Europa, una tarea inacabada — Antonio Sánchez-Gijón

La construcción europea vista desde la España de 1975 · Biblioteca Cultural RTVE

En 1975, Europa llevaba casi treinta años intentando unirse. Había creado instituciones comunes, eliminado numerosas barreras comerciales y comenzado a transformar antiguas rivalidades nacionales en proyectos de cooperación. Sin embargo, seguía sin saber hasta dónde quería llegar. ¿Debía convertirse en una gran potencia política o limitarse a ser un mercado? ¿Estaban sus gobiernos dispuestos a compartir soberanía? ¿Podía existir verdaderamente una Europa unida mientras una parte del continente permanecía bajo regímenes comunistas y otra incluía todavía dictaduras?

Desde España, estas preguntas tenían un significado especialmente incómodo. Nuestro país pertenecía a Europa por geografía e historia, comerciaba con el Mercado Común desde un acuerdo firmado en 1970, pero no formaba parte de la Comunidad Económica Europea. El continente avanzaba hacia nuevas formas de integración mientras España afrontaba el final del franquismo y un futuro político todavía incierto.

En ese escenario apareció Europa, una tarea inacabada, de Antonio Sánchez-Gijón, un periodista especializado en política internacional que conocía de cerca las negociaciones entre España y las instituciones europeas. Publicado por Editorial Planeta en 1975, dentro de la Biblioteca Cultural RTVE, el libro examinaba los orígenes de la integración, sus conflictos internos y las dificultades de convertir un proyecto económico en una verdadera comunidad política.

Su interés actual reside en una circunstancia singular: permite observar el futuro de Europa cuando todavía no se había convertido en pasado. Faltaban once años para la entrada de España en la CEE, diecisiete para el Tratado de Maastricht y décadas para acontecimientos como el Brexit. Nada de eso estaba decidido. La Europa que hoy conocemos era entonces solamente una de las muchas Europas posibles.

Portada de Europa, una tarea inacabada, de Antonio Sánchez-Gijón, Biblioteca Cultural RTVE número 2, Editorial Planeta, 1975
Portada del ejemplar conservado en Librería5. La fotografía está identificada en los créditos editoriales como «Sede de la CEE».

Realistas e idealistas: las dos almas de la construcción europea

El comienzo del libro plantea una oposición que atraviesa toda la historia de la integración europea. Sánchez-Gijón observa que en la construcción de Europa han participado políticos de espíritu práctico, preocupados por las ventajas comerciales, agrícolas o industriales, pero también hombres convencidos de que el continente necesitaba una organización política superior a los Estados tradicionales.

Entre los primeros menciona a Charles de Gaulle, Willy Brandt y Alberto Ullastres. Los presenta como ejemplos de dirigentes que, por diferentes motivos y desde posiciones políticas muy distintas, concedían una enorme importancia a los intereses materiales y a las posibilidades reales de negociación. De Gaulle concebía una Europa dirigida fundamentalmente por sus Estados nacionales y desconfiaba de la cesión de soberanía a instituciones supranacionales. Brandt, por su parte, había defendido la integración europea desde una perspectiva socialdemócrata y pragmática, sin desconocer las dificultades económicas y políticas de su desarrollo.

El caso de Alberto Ullastres tenía un significado particular para los lectores españoles. Antiguo ministro de Comercio y posteriormente embajador ante las Comunidades Europeas, desempeñó un papel fundamental en las relaciones económicas entre España y el Mercado Común. Su actuación ilustra cómo un país podía intentar aproximarse comercialmente a Europa sin encontrarse todavía en condiciones políticas de integrarse plenamente en sus instituciones.

Pero el prólogo de Sánchez-Gijón no convierte a los pragmáticos en los únicos protagonistas de la historia. Frente a ellos sitúa a quienes llama idealistas o soñadores, personas que durante siglos habían imaginado una Europa organizada alrededor de instituciones comunes. El autor menciona al conde de Saint-Simon, al movimiento europeísta de entreguerras y a Aristide Briand, ministro francés de Asuntos Exteriores que en 1929 propuso ante la Sociedad de Naciones avanzar hacia una forma de unión europea.

La contraposición plantea un problema filosófico y político de primera importancia: ¿puede construirse una institución duradera únicamente mediante acuerdos sobre intereses económicos? Los tratados comerciales pueden generar beneficios para todas las partes, pero no producen necesariamente una comunidad política. Los intereses que hoy coinciden pueden separarse mañana, mientras que una auténtica unión necesita alguna forma de lealtad hacia el conjunto.

También existe el peligro contrario. Un ideal de unidad desligado de las realidades económicas y de las decisiones de los gobiernos puede convertirse en una declaración de intenciones sin consecuencias. La historia de Europa ofrece abundantes proyectos de federación o concordia que nunca llegaron a convertirse en instituciones efectivas.

Sánchez-Gijón encuentra precisamente en la combinación de ambas tendencias una de las claves del proceso. Los pragmáticos proporcionaron acuerdos viables y los idealistas mantuvieron viva una ambición política que iba mucho más allá de esos acuerdos. En una formulación que aparece en la introducción, recuerda que quien nunca sueña difícilmente llegará a construir algo verdaderamente importante.

La idea permite leer la integración europea como un proceso que nunca ha seguido una única doctrina. No fue exclusivamente el resultado de una utopía federalista ni una simple operación de apertura comercial. Surgió de la necesidad de reconciliar antiguas potencias enemigas, organizar intereses económicos compartidos y encontrar un espacio para proyectos políticos que anteriormente habían fracasado.

De la guerra europea a los Tratados de Roma

La primera parte de la obra reconstruye el camino que condujo desde los proyectos históricos de unidad continental hasta las instituciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial. Su índice comienza con La Europa de todas y La hora de las naciones, títulos que sitúan el problema en la relación entre una identidad europea común y la formación de Estados nacionales soberanos.

Durante siglos, Europa había compartido tradiciones religiosas, filosóficas, jurídicas y culturales sin constituir una comunidad política única. La expansión de los Estados modernos consolidó estructuras nacionales capaces de organizar ejércitos, recaudar impuestos y desarrollar políticas exteriores independientes. Esa fragmentación permitió la aparición de grandes potencias, pero también produjo conflictos continuos por el control del territorio y el equilibrio continental.

Las dos guerras mundiales transformaron radicalmente el problema. Después de 1945, la unidad europea dejó de ser solamente un ideal intelectual y adquirió una dimensión de seguridad inmediata. Francia y Alemania, enfrentadas repetidamente desde el siglo XIX, debían encontrar una forma de cooperación que dificultara la repetición de nuevas guerras.

La solución impulsada por Robert Schuman y Jean Monnet resultó extraordinariamente concreta. En lugar de comenzar por una constitución europea o por la proclamación de un Estado federal, propusieron poner en común la producción de carbón y acero. Ambas industrias habían sido esenciales para el desarrollo económico y la fabricación de armamento. Compartir su administración significaba transformar una fuente tradicional de rivalidad en un espacio de cooperación.

La Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950 estableció la orientación del proyecto. Europa no se construiría de una sola vez, sino mediante realizaciones concretas capaces de crear solidaridades efectivas. Ese principio explica por qué la integración comenzó con sectores industriales determinados y no con la formación inmediata de un gobierno continental.

La Comunidad Europea del Carbón y del Acero nació mediante el Tratado de París de 1951, que entró en vigor en 1952. Sus seis Estados fundadores fueron Francia, la República Federal de Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. La experiencia permitió ensayar instituciones supranacionales y demostrar que algunas decisiones económicas podían administrarse conjuntamente.

El siguiente gran paso llegó con los Tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de 1957. Mediante ellos se establecieron la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica, conocidas respectivamente como CEE y Euratom. La primera extendió la cooperación a numerosos sectores económicos y abrió el camino hacia un mercado común.

El concepto suponía algo más que una reducción de aranceles. Exigía afrontar diferencias entre legislaciones nacionales, regular la competencia, establecer políticas comunes y desarrollar instituciones capaces de garantizar el cumplimiento de las obligaciones asumidas por los Estados. A medida que crecía la integración económica, las decisiones comunitarias comenzaban a afectar materias tradicionalmente reservadas a los gobiernos nacionales.

Ahí aparecía la cuestión que recorre el ensayo de Sánchez-Gijón: ¿hasta dónde podía avanzar una unión económica sin convertirse también en una unión política? Los seis países habían encontrado razones poderosas para cooperar, pero no todos compartían la misma idea sobre la forma definitiva que debía adoptar Europa.

La dificultad se hizo evidente con la política del general De Gaulle. Francia apoyaba determinados objetivos económicos de la Comunidad, pero su presidente rechazaba una evolución que pudiera subordinar las grandes decisiones nacionales a autoridades supranacionales. La llamada crisis de la silla vacía de 1965 y el compromiso de Luxemburgo de 1966 mostraron que incluso una integración avanzada podía verse paralizada cuando un gobierno consideraba amenazados sus intereses fundamentales.

La construcción europea avanzaba, por tanto, entre dos necesidades difíciles de reconciliar: establecer reglas comunes suficientemente eficaces y conservar la aceptación política de los Estados que debían cumplirlas. El Mercado Común había nacido para superar viejas rivalidades nacionales, pero no podía hacer desaparecer por decreto la existencia de las naciones.

¿Una Europa o varias Europas?

Uno de los epígrafes más sugerentes del índice se titula Dos clases de Europa. Sin disponer del desarrollo completo de ese capítulo, no sería riguroso atribuirle una clasificación cerrada. Sin embargo, la pregunta que sugiere permite comprender un problema fundamental de la época: la palabra Europa designaba realidades diferentes según se utilizara en sentido geográfico, cultural, económico o político.

La Comunidad Económica Europea representaba solamente una parte del continente. Los países de Europa oriental permanecían bajo la influencia soviética y participaban en estructuras económicas y militares distintas, mientras que varios Estados occidentales optaban por mantenerse al margen del Mercado Común. La división de la Guerra Fría convertía la unidad continental en una aspiración mucho más complicada que la mera integración de los seis países fundadores.

Además, las organizaciones europeas existentes no tenían las mismas funciones. El Consejo de Europa, creado en 1949, se ocupaba de promover la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero perseguía una integración sectorial de determinadas industrias. La CEE pretendía desarrollar un mercado común y una cooperación económica creciente. La OTAN, por su parte, era una organización de defensa colectiva vinculada también a Estados norteamericanos.

Confundir estas instituciones produce una imagen falsa de la historia. No existía un único organismo llamado Europa al que se fueran añadiendo funciones progresivamente. Había organizaciones distintas, con miembros, objetivos y fundamentos jurídicos diferentes, aunque algunas compartieran protagonistas y aspiraciones.

La cuestión política más profunda era si esas estructuras podían evolucionar hacia una autoridad europea común. Para los partidarios de una federación, la integración económica debía conducir a instituciones capaces de adoptar decisiones obligatorias para todos sus miembros en un número creciente de materias. Para quienes defendían una Europa de Estados, la cooperación debía preservar el control de los gobiernos nacionales sobre las cuestiones esenciales.

Las diferencias afectaban directamente a la legitimidad democrática. Si una institución europea aprobaba una norma contraria a la posición de un gobierno nacional, ¿de dónde procedía la autoridad de esa norma? ¿Del consentimiento inicial del Estado al firmar los tratados? ¿De la participación de sus representantes en los órganos comunitarios? ¿De un interés europeo independiente de los intereses particulares de sus miembros?

Estas preguntas no eran completamente abstractas. Los reglamentos comunitarios podían producir efectos jurídicos directos, y el Tribunal de Justicia había desarrollado principios que reforzaban la autonomía del ordenamiento comunitario. Las decisiones europeas comenzaban a plantear problemas sobre la relación entre soberanía estatal, primacía del Derecho comunitario y control democrático.

En 1975 el Parlamento Europeo todavía no era elegido directamente por los ciudadanos. Sus miembros procedían de los parlamentos nacionales, y las primeras elecciones europeas por sufragio directo no llegarían hasta 1979. Por ello, el debate institucional tenía una dimensión especialmente delicada: Europa estaba desarrollando instrumentos de integración antes de disponer de todas las formas de representación política que posteriormente adquiriría.

La pluralidad de Europas no consistía únicamente en la separación entre Oriente y Occidente. También existía dentro de la propia Comunidad, donde convivían diversas concepciones sobre la naturaleza del proyecto común. Esa diversidad constituye una de las claves para comprender por qué la integración avanzó mediante compromisos sucesivos en lugar de adoptar desde el principio una estructura constitucional definitiva.

1975: un Mercado Común entre la ampliación y la crisis

El año de publicación de Europa, una tarea inacabada pertenece a uno de los periodos más difíciles de la primera historia comunitaria. La CEE acababa de experimentar su primera ampliación y se encontraba ante una crisis económica internacional que obligaba a revisar numerosas expectativas sobre el crecimiento europeo.

El 1 de enero de 1973 se incorporaron Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido. Los seis miembros fundadores pasaron a ser nueve, una transformación que aumentaba el peso económico y demográfico de la Comunidad, pero también complicaba sus mecanismos de negociación. Los nuevos participantes no tenían necesariamente las mismas prioridades agrícolas, comerciales o presupuestarias que los países fundadores.

La entrada británica había sido especialmente complicada. Charles de Gaulle se había opuesto anteriormente a la incorporación del Reino Unido, entre otros motivos por sus vínculos económicos y políticos con el mundo anglosajón. Cuando Londres consiguió finalmente integrarse, continuaron los desacuerdos sobre su contribución financiera, la política agrícola y el reparto de beneficios del Mercado Común.

El conflicto tuvo una consecuencia extraordinaria en el mismo año de publicación del libro. El 5 de junio de 1975, los británicos celebraron un referéndum sobre su permanencia en la Comunidad Económica Europea. Aproximadamente el 67 % de los votantes eligió continuar. La Cámara de los Comunes británica conserva una reconstrucción documental de las negociaciones y de aquella consulta.

La presencia de un capítulo titulado Gran Bretaña y España, que comienza en la página 125 del ejemplar de Librería5, resulta especialmente interesante a la luz de ese contexto. Ambos países mantenían relaciones muy distintas con la Comunidad: el Reino Unido acababa de incorporarse y discutía las condiciones de su permanencia, mientras España buscaba aproximarse desde el exterior. No conocemos por las páginas examinadas el tratamiento exacto que Sánchez-Gijón dio a cada cuestión, pero el índice confirma que consideró oportuno relacionarlas dentro de su examen del proceso europeo.

A los problemas políticos se añadió el impacto de la crisis del petróleo de 1973. La guerra árabe-israelí de octubre y las restricciones adoptadas por países productores contribuyeron a un fuerte encarecimiento de la energía. Las economías europeas experimentaron inflación, desaceleración y crecientes dificultades industriales. El optimismo de la expansión económica de posguerra comenzó a ceder ante un escenario de incertidumbre.

El Mercado Común tenía que responder a una crisis que afectaba de manera diferente a sus miembros. No todos dependían de los mismos suministros energéticos ni contaban con estructuras productivas semejantes. Los intereses nacionales podían entrar en contradicción precisamente cuando resultaba más necesaria una respuesta conjunta.

El índice de Sánchez-Gijón dedica sus últimas secciones a La CEE, potencia mundial, La gran crisis del MC, Europa cambia de rumbo y Ante las crisis mundiales. La secuencia permite identificar una preocupación por las posibilidades de actuación internacional de la Comunidad en un periodo de dificultades económicas y políticas. No basta con conocer su tamaño comercial para determinar si podía comportarse como una potencia capaz de defender intereses comunes.

El mismo periodo registró avances institucionales. En diciembre de 1974, los jefes de Estado o de Gobierno acordaron en París establecer reuniones periódicas bajo la denominación de Consejo Europeo. La primera reunión de este nuevo órgano se celebró en Dublín los días 10 y 11 de marzo de 1975. La cronología histórica del Consejo de la Unión Europea documenta su creación y evolución.

La coincidencia resulta reveladora. Mientras Europa sufría una crisis económica y discutía las condiciones de su ampliación, sus gobiernos daban un paso para organizar de manera más regular la dirección política del proyecto común. No era todavía la solución definitiva al problema de la unión europea, pero mostraba que las dificultades podían impulsar nuevas formas de cooperación en lugar de provocar necesariamente la desintegración.

España ante Europa: un acuerdo comercial sin integración política

La dimensión española constituye uno de los elementos que más interés proporciona al ensayo. En 1975, España seguía siendo una dictadura, pero había desarrollado relaciones económicas importantes con los países del Mercado Común. La aproximación a Europa no comenzó con la democracia, aunque la posterior integración política estuviera estrechamente vinculada a ella.

En febrero de 1962, el ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella había solicitado abrir conversaciones con la Comunidad Económica Europea para estudiar una vinculación que pudiera evolucionar hacia la plena integración. La petición se formuló en términos económicos y diplomáticos, pero la naturaleza del régimen político español representaba un obstáculo para cualquier forma de asociación política equiparable a la de los Estados democráticos europeos.

La cuestión dio lugar a una prolongada negociación. España buscaba mejorar el acceso de sus productos industriales y agrícolas a los mercados comunitarios. La CEE debía considerar tanto sus intereses comerciales como las posibles consecuencias de establecer relaciones preferenciales con un Estado que no compartía sus instituciones políticas.

Finalmente, el 29 de junio de 1970 se firmó en Luxemburgo un acuerdo comercial preferencial entre España y la Comunidad. El documento establecía reducciones arancelarias y mecanismos destinados a facilitar los intercambios. No convertía a España en miembro de la CEE ni le concedía participación en las decisiones de sus instituciones.

El texto oficial del acuerdo de 1970, conservado en EUR-Lex, permite comprobar esa diferencia. Su objeto principal era desarrollar las relaciones económicas y comerciales entre ambas partes. La integración institucional quedaba fuera de su alcance.

La distinción adquiere especial relevancia al estudiar la figura de Antonio Sánchez-Gijón. Un año antes de publicar Europa, una tarea inacabada, el periodista había elaborado una extensa «Cronología básica del acuerdo España-CEE», publicada en 1974 en la Revista de Instituciones Europeas, hoy conservada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Ese trabajo resulta extraordinariamente útil para comprender su preparación y sus intereses intelectuales. No es una reflexión retrospectiva elaborada muchos años después, sino un documento contemporáneo a las negociaciones. Reconstruye acontecimientos desde la década de 1950, identifica reuniones diplomáticas, reproduce declaraciones de responsables políticos y examina las condiciones concretas del acuerdo comercial.

La cronología permite seguir, por ejemplo, la negociación dirigida por Alberto Ullastres desde la representación española ante las Comunidades Europeas. También documenta conflictos sobre productos agrícolas, contingentes industriales y concesiones comerciales. El aceite de oliva, los cítricos, los vinos y determinados productos manufacturados formaban parte de discusiones que podían parecer técnicas, pero que afectaban directamente a sectores productivos españoles.

Uno de los episodios recogidos por Sánchez-Gijón demuestra hasta qué punto las grandes decisiones internacionales dependían de problemas concretos. Durante las conversaciones de enero de 1970 surgieron discrepancias relacionadas con los precios de determinados quesos, entre ellos Gouda y Edam. La negociación europea no consistía únicamente en discursos sobre la unidad continental: también exigía decidir qué productos podían entrar en cada mercado, con qué aranceles y bajo qué condiciones.

Otro detalle importante aparece en la descripción de la fórmula comercial aceptada. La Comunidad contempló distintas posibilidades de asociación, pero el resultado inmediato fue un acuerdo preferencial que conservaba amplios márgenes de autonomía para la política arancelaria española. El paso hacia formas superiores de integración requeriría nuevas decisiones y negociaciones.

La documentación previa del autor explica por qué su libro de 1975 merece algo más de atención que un resumen divulgativo sobre Europa. Sánchez-Gijón había estudiado las negociaciones reales, sus protagonistas y sus dificultades. Su interés por la integración europea no nacía de una simpatía abstracta hacia el ideal continental, sino también del seguimiento profesional de sus mecanismos diplomáticos y económicos.

La evolución posterior de España permite establecer una comparación que el propio libro no podía realizar todavía. Tras el comienzo de la transición democrática, el Gobierno español presentó formalmente su solicitud de adhesión en julio de 1977. Las negociaciones comenzaron en febrero de 1979, el tratado se firmó en junio de 1985 y la incorporación se hizo efectiva el 1 de enero de 1986.

El Parlamento Europeo, en su documentación sobre el cuadragésimo aniversario de la adhesión española, explica la importancia de ese recorrido. La democratización permitió superar una barrera política fundamental y convirtió el ingreso en las Comunidades Europeas en uno de los grandes objetivos de la política exterior española.

Visto desde 1975, nada de aquello estaba garantizado. El régimen franquista se encontraba en su etapa final, pero todavía no se había definido el sistema constitucional que surgiría de la transición. La Comunidad Europea tampoco podía conocer con certeza las consecuencias políticas y económicas de incorporar a los países del sur de Europa.

Esta perspectiva impide leer la historia como una sucesión inevitable de acontecimientos. La incorporación de España en 1986 fue el resultado de decisiones políticas, reformas internas, negociaciones internacionales y acuerdos entre gobiernos. No era una consecuencia automática de pertenecer geográficamente al continente europeo.

El futuro que Sánchez-Gijón todavía no podía conocer

Uno de los ejercicios más interesantes que permite este libro consiste en comparar las preguntas de 1975 con los acontecimientos posteriores. No para atribuir al autor una capacidad profética, sino para descubrir qué posibilidades estaban abiertas en el momento de escribirlo.

Cuando apareció el volumen, Grecia, España y Portugal todavía no formaban parte de la Comunidad Económica Europea. Grecia ingresaría en 1981, mientras que España y Portugal lo harían en 1986. Aquellas ampliaciones reforzaron la dimensión mediterránea del proyecto y obligaron a afrontar diferencias importantes entre las economías de sus miembros.

En 1975 tampoco se habían celebrado las primeras elecciones directas al Parlamento Europeo, que llegarían en 1979. La evolución de esta institución fue fundamental para introducir una representación ciudadana específicamente europea dentro de un sistema que había nacido principalmente de acuerdos entre gobiernos nacionales.

La integración económica avanzó después mediante el Acta Única Europea, firmada en 1986, que impulsó la construcción del mercado interior y amplió determinados mecanismos de decisión comunitaria. El Tratado de Maastricht, firmado en 1992, creó la Unión Europea y estableció una nueva estructura institucional y política. La moneda única, incorporada posteriormente por numerosos Estados miembros, llevó la cooperación a un terreno que en 1975 seguía siendo objeto de proyectos y debates.

Sin embargo, el proceso también experimentó retrocesos y crisis. La salida del Reino Unido de la Unión Europea, efectiva desde 2020, mostró que la pertenencia comunitaria no tenía por qué ser irreversible. Resulta especialmente llamativo comparar ese desenlace con el referéndum británico de 1975, celebrado apenas dos años después de su entrada en la CEE. En aquella ocasión, la mayoría respaldó la permanencia; varias décadas después, una nueva consulta produjo el resultado contrario.

Esta comparación aporta un significado adicional al título de Sánchez-Gijón. Europa no quedó inacabada únicamente porque en 1975 le faltaran miembros, instituciones o competencias. El proyecto mismo contenía tensiones que no podían eliminarse definitivamente mediante un tratado.

La distribución del poder entre los Estados y las instituciones comunes, el equilibrio entre las regiones más ricas y las menos desarrolladas, la relación entre integración económica y legitimidad democrática o la capacidad de actuar conjuntamente ante las crisis internacionales han continuado planteando dificultades en etapas posteriores.

La historia demuestra que algunas aspiraciones de los primeros europeístas acabaron materializándose, mientras otras fueron reformuladas o abandonadas. También revela que los intereses nacionales, lejos de desaparecer, siguieron interviniendo decisivamente en la evolución comunitaria.

Existe una diferencia fundamental entre observar estos acontecimientos desde el presente y hacerlo desde 1975. Nosotros conocemos los tratados posteriores, las ampliaciones, las crisis y las instituciones que finalmente se consolidaron. Sánchez-Gijón escribía cuando muchas de esas alternativas todavía competían entre sí. Su libro conserva precisamente el valor de esa incertidumbre original.

Un periodista internacional y una biblioteca para el gran público

Antonio Sánchez-Gijón Martínez nació en Cádiz en 1936 y desarrolló una extensa carrera dedicada al periodismo, las relaciones internacionales y los asuntos estratégicos. Trabajó en los diarios Madrid y El País y colaboró con numerosas publicaciones especializadas. Su interés por Europa y la política exterior española aparece documentado ya en estudios de comienzos de los años setenta.

La Asociación de la Prensa de Madrid publicó en 2019 una semblanza biográfica redactada por Enrique Carbonell Sánchez-Gijón. El texto recuerda su formación, su dedicación constante al estudio y su actividad como comentarista internacional, que mantuvo prácticamente hasta su fallecimiento, ocurrido el 29 de diciembre de 2018.

La trayectoria posterior del autor permite reconocer una continuidad entre el joven periodista que estudió las negociaciones de España con la CEE y el analista que siguió escribiendo sobre política internacional durante décadas. Pero para entender la obra de 1975 resulta más relevante su experiencia profesional en aquel momento que cualquier relación exhaustiva de cargos, colaboraciones o acontecimientos personales.

El formato editorial también explica la naturaleza del volumen. Europa, una tarea inacabada fue publicado como número 2 de la Biblioteca Cultural RTVE, una colección que reunió obras breves dedicadas a asuntos de actualidad, sociedad, cultura y política.

El proyecto constituye un ejemplo de colaboración entre medios de comunicación y editoriales. La contraportada de nuestro ejemplar identifica expresamente a cuatro entidades participantes: Editorial Planeta, Prensa Española, Magisterio Español y Editora Nacional.

Otros títulos de la colección permiten apreciar la amplitud de su programa. Entre los primeros números figuran ¿A qué se llama aborto?, La población, entre la vida y la muerte, La revolución cultural, Un signo de nuestro tiempo: las drogas y La vida rural en la España del siglo XX. Eran asuntos que respondían a debates sociales y culturales reconocibles para un público amplio.

La propia RTVE conserva referencias bibliográficas a varios de estos volúmenes en su Manual de Estilo, lo que confirma la existencia de la colección y permite identificar algunos de sus títulos, autores y números.

En ese contexto, el libro de Sánchez-Gijón cumplía una función divulgativa concreta. No pretendía ser un tratado jurídico especializado sobre las Comunidades Europeas, sino explicar a lectores españoles cómo se había formado el proyecto europeo, por qué atravesaba dificultades y qué cuestiones determinarían su futuro.

El ejemplar conservado en Librería5 tiene 160 páginas, encuadernación en rústica y un formato aproximado de bolsillo. Su índice sitúa el comienzo del último apartado, Bibliografía básica, en la página 153. Algunas fichas comerciales consignan 153, 154 o 157 páginas; probablemente utilizan criterios diferentes para describir la extensión del texto o del volumen, aunque no disponemos de una comprobación que permita establecer una explicación universal. La paginación física de nuestro ejemplar es de 160 páginas.

La página legal documenta asimismo el depósito legal B. 10126-1975 y el ISBN 84-320-2613-1. El copyright figura a nombre de Antonio Sánchez-Gijón y Editorial Planeta, S. A., con dirección en la calle Calvet, 51-53, de Barcelona.

Un detalle significativo es el crédito de la cubierta. La fotografía se identifica como una sede de la Comunidad Económica Europea, mientras que el diseño se atribuye a Valeriano Pérez, S. A. Las ilustraciones interiores se relacionan con Fotofiel, Magisterio Español y Europa Press. La composición, reproducción, impresión y encuadernación estuvieron a cargo de Printer, industria gráfica, S. A., en Sant Vicenç dels Horts, Barcelona.

Contraportada de Europa, una tarea inacabada, con fotografía del periodista Antonio Sánchez-Gijón y relación de las cuatro editoriales participantes
Contraportada de la primera edición, con la presentación del autor y los nombres de las cuatro editoriales participantes.

La presentación editorial de la contraportada considera la unidad europea una realidad en construcción, más que un sueño irrealizable. Pero insiste en que seguía siendo una tarea inacabada y en que su desenlace determinaría el lugar del continente en los grandes debates internacionales.

Leído medio siglo después, ese diagnóstico conserva un interés que excede la historia de la Comunidad Económica Europea. La construcción de instituciones supranacionales obliga a conciliar identidades políticas diferentes, distribuir competencias, compartir responsabilidades y aceptar que una parte de las decisiones colectivas no responderá exactamente a las preferencias de cada Estado.

El gran problema europeo no ha consistido únicamente en decidir cuántos países debían formar parte de una organización. Ha consistido, desde el principio, en determinar qué clase de comunidad estaban dispuestos a construir y qué sacrificios aceptarían para hacerla posible.

Quizá por eso el título elegido por Sánchez-Gijón ha envejecido mejor que muchas afirmaciones circunstanciales de su época. Europa podía estar inacabada en 1975 porque todavía no había encontrado su forma definitiva. También puede seguir estándolo porque una comunidad política de Estados y ciudadanos distintos no alcanza necesariamente una configuración final e irreversible.

Desde esa perspectiva, la tarea inacabada no es solo una descripción de las dificultades de la Europa de los años setenta. Es también una forma de expresar la naturaleza abierta de un proyecto político que debe ser negociado, justificado y reconstruido por cada generación.

Ficha bibliográfica del ejemplar

Obra

Título
Europa, una tarea inacabada
Autor
Antonio Sánchez-Gijón
Primera publicación
1975
Idioma original
Español
Género
Ensayo de política internacional
Materia
Historia de la integración europea

Edición

Editorial
Editorial Planeta, S. A.
Coedición
Planeta, Prensa Española, Magisterio Español y Editora Nacional
Colección
Biblioteca Cultural RTVE
Número de colección
2
Lugar
Barcelona
Año
1975
ISBN
84-320-2613-1
Depósito legal
B. 10126-1975
Páginas
160
Encuadernación
Rústica
Impresión
Printer, industria gráfica, S. A., Sant Vicenç dels Horts (Barcelona)
Diseño de cubierta
Valeriano Pérez, S. A.
Ilustraciones
Fotofiel, Magisterio Español y Europa Press

Ejemplar de Librería5

Documentación
Portada, contraportada, página legal, introducción e índice.
Última sección del índice
Bibliografía básica, página 153.
Particularidad
Ejemplar de 160 páginas frente a otras paginaciones consignadas en catálogos comerciales.

La descripción se basa principalmente en el ejemplar físico conservado en Librería5. La identificación de las instituciones, las fechas de la integración europea y la trayectoria posterior del autor se han contrastado con fuentes históricas externas.

Fuentes consultadas