Los que se echaron al monte — Isidro Cicero

En abril de 1957 murió Juanín, uno de los últimos guerrilleros antifranquistas de Cantabria. En diciembre cayó también su compañero Bedoya. Veinte años después, cuando España recuperaba sus primeras elecciones democráticas desde la Segunda República, Isidro Cicero publicó una investigación sobre aquellos hombres y las comunidades que habían vivido entre la resistencia armada y la represión franquista. Su primera tirada de seis mil ejemplares se agotó en doce días. El volumen conservado en Librería5 pertenece a la tercera edición de 1977.

El 24 de abril de 1957 murió Juan Fernández Ayala, conocido como Juanín. No fue en una batalla decisiva ni durante una ofensiva capaz de cambiar el destino político de España. Murió en una carretera de Liébana, cuando la Guerra Civil llevaba oficialmente dieciocho años terminada y la dictadura de Francisco Franco continuaba gobernando. Había pasado buena parte de su vida adulta entre montañas, bosques, escondites y caminos secundarios, perseguido por la Guardia Civil y obligado a depender de personas que podían perder su propia libertad por proporcionarle alimento o refugio. Durante años había conseguido sobrevivir cuando muchos de sus compañeros estaban muertos, encarcelados o exiliados. Su nombre había adquirido dimensiones legendarias, pero la leyenda no consiguió protegerlo de las balas.

Siete meses después murió Francisco Bedoya Gutiérrez, su compañero durante la última etapa de aquella existencia clandestina. Ambos habían sobrevivido al desmantelamiento de buena parte de las organizaciones guerrilleras cántabras, a la desaparición de las esperanzas de una intervención internacional y a la creciente dificultad de encontrar apoyo entre una población rural sometida a una vigilancia constante. La dictadura seguía firmemente instalada en el poder. Mientras España comenzaba a experimentar las transformaciones económicas que conducirían a miles de campesinos hacia las ciudades industriales, aquellos hombres permanecían atrapados en una guerra que ya no podían ganar y de la que tampoco encontraban una salida segura.

En 1977, un periodista de Liébana llamado Isidro Cicero Gómez publicó Los que se echaron al monte, una obra dedicada a reconstruir las vidas de Machado, Gildo, Juanín y Bedoya, así como las circunstancias históricas y humanas de la guerrilla antifranquista en Cantabria. El libro apareció cuando el país acababa de celebrar sus primeras elecciones generales democráticas desde 1936. Muchos testigos de los acontecimientos continuaban vivos, las familias conservaban recuerdos que durante años habían circulado en voz baja y las montañas donde se habían producido las persecuciones seguían siendo reconocibles para quienes las habían habitado.

El éxito fue inmediato. La primera tirada, de seis mil ejemplares, se agotó en apenas doce días, según la historia editorial conservada por Ediciones Tantín. La rapidez de aquella recepción explica que el ejemplar de Librería5 lleve impresa la indicación de tercera edición dentro del mismo año de su publicación. No era simplemente un libro sobre cuatro guerrilleros muertos veinte años antes. Era una intervención en la memoria de una sociedad que comenzaba a recuperar la posibilidad de hablar públicamente de su pasado.

Cubierta de Los que se echaron al monte, de Isidro Cicero Gómez, tercera edición de 1977, Editorial Popular, con los nombres de Machado, Gildo, Juanín y Bedoya
Cubierta del ejemplar conservado en Librería5. La tercera edición de 1977 presenta una composición con paisaje montañoso, municiones y fotografía histórica. La portada acredita su fotografía a Estudios Cruz y el trabajo creativo a Grupo Barrio.

Una guerra que continuó después de la victoria

La Guerra Civil española terminó oficialmente el 1 de abril de 1939, pero aquella fecha no significó el final inmediato de todas las formas de violencia política. El nuevo régimen emprendió una extensa represión contra quienes consideraba enemigos de la España vencedora, mediante procesos militares, ejecuciones, encarcelamientos, depuraciones profesionales y una vigilancia que alcanzó a numerosos ámbitos de la vida cotidiana. La derrota republicana había llegado a Cantabria antes del final general de la guerra: Santander cayó en agosto de 1937 y los últimos territorios republicanos del norte fueron ocupados durante los meses siguientes. Para muchos antiguos combatientes, militantes obreros y personas señaladas por sus antecedentes políticos, aquella derrota abrió una etapa de incertidumbre sobre su seguridad y su futuro. Algunos consiguieron regresar a sus pueblos después de pasar por cárceles o procedimientos administrativos; otros encontraron enormes dificultades para reincorporarse a una existencia normal. Hubo también quienes consideraron que ocultarse en las montañas ofrecía mayores posibilidades de supervivencia que entregarse a unas autoridades cuya actuación les inspiraba temor.

Los primeros huidos no constituían necesariamente un ejército clandestino organizado. Entre ellos existían diferencias de origen, trayectoria política y objetivos. Algunos habían participado en unidades republicanas que quedaron dispersas durante la derrota; otros escaparon de detenciones o comenzaron a ocultarse después de sufrir nuevas presiones. Las montañas de Liébana, los Picos de Europa y las comarcas vecinas ofrecían refugios naturales en cuevas, bosques, cabañas e invernales, pero la geografía que protegía frente a las patrullas también imponía condiciones extraordinariamente difíciles. El invierno podía hacer inhabitable un escondite, el alimento dependía de relaciones con los habitantes de los pueblos y los desplazamientos requerían una vigilancia constante para evitar encuentros con quienes participaban en la persecución. La vida clandestina no era una sucesión ininterrumpida de aventuras, sino una experiencia dominada por la incertidumbre, el agotamiento y la necesidad de conservar vínculos con el exterior.

Durante los años cuarenta, determinadas partidas adquirieron estructuras políticas y militares más definidas. El Partido Comunista de España impulsó la organización de agrupaciones guerrilleras, mientras la evolución de la Segunda Guerra Mundial alimentaba la esperanza de que la derrota del fascismo europeo terminara provocando también el derrumbe del régimen de Franco. La resistencia armada dejó de responder exclusivamente a la necesidad de ocultación de individuos perseguidos y se integró, en parte, dentro de una estrategia política que pretendía mantener activa la oposición a la dictadura. Sin embargo, aquella expectativa se fue debilitando cuando la victoria aliada no produjo una intervención contra el régimen español. La consolidación del franquismo y el desarrollo de la Guerra Fría transformaron progresivamente las posibilidades de la guerrilla, que perdió apoyos y capacidad operativa mientras aumentaba la presión de las fuerzas de seguridad.

La investigación posterior ha permitido reconstruir el desmantelamiento de estas estructuras. Un estudio del colectivo Desmemoriados, dedicado a los supervivientes de la Brigada Machado, sitúa en 1948 la desarticulación de la organización de la Agrupación Guerrillera de Santander y explica que los intentos posteriores de reorganización comunista no consiguieron restablecer la situación anterior. Los grupos que permanecieron activos se vieron obligados a concentrarse en su propia supervivencia. La distancia entre aquella fase y los últimos años de Juanín y Bedoya resulta fundamental: no puede hablarse de una organización guerrillera idéntica durante dos décadas, porque cambiaron sus integrantes, sus objetivos inmediatos, sus apoyos y las condiciones sociales que hacían posible su existencia.

La montaña fue al mismo tiempo refugio y prisión. Cada escondite protegía de una amenaza inmediata, pero alejaba a sus ocupantes de una vida ordinaria. Cada intervención de una persona exterior podía proporcionar alimento, noticias o protección, pero también abrir la posibilidad de una denuncia o una emboscada. La resistencia que había nacido dentro de un conflicto político terminó convirtiéndose para algunos de sus últimos protagonistas en una lucha desesperada por seguir viviendo fuera de las instituciones que los perseguían. Comprender esa transformación es indispensable para no convertir a los hombres del monte en personajes inmóviles de una leyenda, ajenos a los cambios que afectaron a España entre la Guerra Civil y los últimos años cincuenta.

Machado, Gildo, Juanín y Bedoya: cuatro nombres para veinte años de resistencia

La cubierta del ejemplar identifica cuatro protagonistas que representan momentos diferentes de la guerrilla cántabra. El primero es Ceferino Roiz Sánchez, conocido como Machado, antiguo combatiente republicano y militante comunista vinculado a la organización de los grupos que actuaron en los Picos de Europa y Liébana. Su figura alcanzó tanta importancia que una de las agrupaciones terminó siendo conocida como Brigada Machado, denominación que continuó utilizándose después de su muerte. Machado cayó el 22 de abril de 1945 durante un enfrentamiento con la Guardia Civil en la zona de Pandébano, cuando la Segunda Guerra Mundial se aproximaba a su final y la posibilidad de una transformación internacional seguía alimentando las expectativas de algunos resistentes españoles. El contraste cronológico resulta especialmente significativo: mientras Alemania estaba a punto de rendirse ante los aliados, en las montañas de Cantabria moría un hombre que había mantenido la esperanza de que aquella derrota terminara afectando también al régimen instaurado en España.

El segundo es Hermenegildo Campo Campillo, Gildo el Tresvisano, procedente de Tresviso y vinculado durante años a las partidas que continuaron operando después de las primeras grandes pérdidas. Su trayectoria representa una fase en la que la resistencia seguía dependiendo de relaciones locales, refugios dispersos y una organización cada vez más vulnerable a la persecución. Gildo murió el 20 de octubre de 1952 durante una operación de la Guardia Civil en Tama, cerca de Potes. Aquel enfrentamiento desembocó en un episodio especialmente grave para la familia que había proporcionado refugio a los guerrilleros, y su recuerdo continúa ocupando un lugar importante en la historia de la represión de posguerra en Liébana. Su muerte no representó únicamente la desaparición de otro combatiente, sino una etapa avanzada de la desarticulación de las redes que habían sostenido la resistencia durante años.

El tercero es Juan Fernández Ayala, Juanín, cuya vida terminó adquiriendo una notoriedad superior a la de buena parte de sus compañeros. Había combatido en el ejército republicano, sufrido prisión y regresado después a una existencia sometida a vigilancia. Las investigaciones posteriores sitúan su incorporación definitiva a la clandestinidad armada en julio de 1943, después de una etapa marcada por detenciones y malos tratos. Durante los años siguientes participó en la guerrilla organizada y compartió refugios y operaciones con diversos compañeros. La desaparición de muchos de ellos y la progresiva debilidad de las redes clandestinas lo obligaron a desenvolverse en condiciones cada vez más difíciles. En 1957 seguía siendo perseguido cuando buena parte de la población española había comenzado a experimentar transformaciones sociales y económicas muy diferentes de las que habían marcado su juventud. Su nombre había pasado a ocupar un lugar ambiguo entre la historia y la leyenda: para unos representaba la resistencia a la dictadura; para otros era un hombre armado cuya presencia seguía provocando miedo.

El cuarto protagonista es Francisco Bedoya Gutiérrez, conocido como Paco Bedoya, nacido en Serdio en 1929. Su incorporación a la clandestinidad corresponde a una etapa posterior a la de Machado y otros primeros huidos. Había participado como enlace y sufrido prisión antes de integrarse en los restos de la guerrilla. A partir de 1952 su trayectoria quedó estrechamente vinculada a la de Juanín. Ambos consiguieron sobrevivir cuando casi todas las estructuras guerrilleras cántabras habían desaparecido, desplazándose por una zona extensa que incluía Liébana, otros territorios de Cantabria y comarcas limítrofes. La relación entre ambos terminó convirtiéndose en uno de los elementos más conocidos de la memoria popular de la guerrilla. Después de la muerte de Juanín, Bedoya continuó oculto algunos meses más, hasta caer el 2 de diciembre de 1957 en la zona de Islares y Castro Urdiales, cuando intentaba abandonar aquella situación clandestina.

La sucesión de estos cuatro nombres proporciona una estructura histórica reconocible, pero no debe confundirse con la totalidad del movimiento. Junto a ellos aparecen hombres como Santiago Rey, Mauro Roiz, José Marcos Campillo, Alejandro del Cerro y otros participantes cuyas trayectorias han sido recuperadas mediante investigaciones posteriores. También existieron desacuerdos políticos, formas diferentes de actuación y episodios de violencia que no admiten una interpretación uniforme. La historia de la guerrilla no fue una empresa de cuatro hombres extraordinarios separados de la sociedad, sino una experiencia colectiva donde intervinieron combatientes, colaboradores, autoridades, familias y comunidades enteras. Los protagonistas de la cubierta permiten aproximarse al conjunto, pero su importancia no autoriza a olvidar a quienes permanecieron fuera de la imagen.

El 20 de octubre de 1952: la tragedia de Tama

Entre los acontecimientos más graves de la resistencia guerrillera cántabra figura lo ocurrido el 20 de octubre de 1952 en Tama, una localidad situada cerca de Potes. La importancia de aquella jornada no reside únicamente en la muerte de Hermenegildo Campo, Gildo, sino en la violencia ejercida contra una familia que había proporcionado refugio a los hombres del monte. En una vivienda del barrio de El Coterillo vivían Dominador Gómez, su esposa Carmen de Miguel y la hija de ambos, también llamada Carmen. La casa había servido de escondite para guerrilleros perseguidos, entre ellos Gildo, conocido en la comarca desde mucho antes de aquella jornada. Las relaciones de ayuda que permitían sobrevivir a los hombres clandestinos también exponían a quienes permanecían en sus hogares, especialmente cuando las autoridades conseguían identificar los lugares utilizados por las partidas.

Según la reconstrucción publicada por Marcos Pereda en Público en septiembre de 2024, cuatro agentes de la Guardia Civil llegaron a la vivienda y comenzaron un registro. En su interior se encontraban ocultos Gildo, otro guerrillero conocido como Pin el Asturiano y Joaquín Sánchez, llamado el Andaluz. La operación desembocó en un enfrentamiento armado en el que murieron el sargento José Sanz, Gildo y Pin, mientras Joaquín Sánchez logró escapar. Pero la violencia no terminó con el combate. Los testimonios recogidos por las investigaciones posteriores describen el asesinato de Dominador Gómez, Carmen de Miguel y su hija a manos de agentes de la Guardia Civil. Sus cuerpos fueron trasladados a Potes, donde la población pudo conocer las consecuencias de la operación. Después se produjeron nuevas detenciones e interrogatorios que extendieron el miedo entre familiares, conocidos y habitantes de la comarca.

La tragedia muestra hasta qué punto la persecución de los guerrilleros podía afectar a personas que no habían participado directamente en las acciones armadas. Una vivienda utilizada como refugio se convirtió en escenario de un enfrentamiento y sus habitantes acabaron perdiendo la vida. El hecho obliga a distinguir las responsabilidades individuales y la posición de las instituciones que actuaban mediante el poder público. La existencia de grupos armados clandestinos podía justificar investigaciones y actuaciones dirigidas a impedir delitos concretos, pero no convertía en legítimas las represalias contra personas indefensas. La violencia contra quienes habían proporcionado alojamiento tenía además consecuencias intimidatorias para toda la comunidad. Los vecinos comprendían que una relación personal o una ayuda ofrecida a alguien perseguido podía transformar radicalmente su existencia.

En nuestro ejemplar, el índice dedica un apartado preciso a «En Tama, 20 de octubre de 1952», que comienza en la página 259. La conservación del lugar y de la fecha es importante porque permite relacionar el relato de Cicero con las investigaciones posteriores. Cuando se publicó el libro en 1977, habían transcurrido veinticinco años desde los acontecimientos, pero todavía existían personas que habían presenciado sus consecuencias y familiares para quienes la tragedia no constituía una referencia histórica distante. Recuperar aquellos testimonios permitía incorporar a la memoria pública experiencias que durante años habían permanecido condicionadas por el control político y por el temor a las represalias.

La historia de Tama también ayuda a comprender por qué las investigaciones sobre la guerrilla necesitan prestar atención a quienes no aparecen como protagonistas principales de los enfrentamientos. Las víctimas de la represión podían ser familiares, enlaces y vecinos cuya participación consistió en proporcionar alimento, permitir el uso de una vivienda o mantener relaciones personales con los perseguidos. La historia de un conflicto interno no queda completamente reconstruida mediante las cifras de combatientes muertos y agentes caídos. También debe explicar qué sucedió a las comunidades que continuaron existiendo después de que desaparecieran los hombres armados.

Los enlaces, las mujeres y las comunidades atrapadas entre dos violencias

La representación popular del guerrillero suele concentrarse en el hombre armado que atraviesa los bosques y consigue escapar de una patrulla gracias a su conocimiento del terreno. Sin embargo, esa imagen oculta una parte fundamental de la historia. Ninguna partida podía permanecer indefinidamente en las montañas sin ayuda exterior. Los hombres del monte necesitaban alimento, ropa, medicamentos, noticias y contacto con personas que pudieran facilitarles desplazamientos y refugios. Esa función correspondía a los enlaces, una red formada por familiares, amigos, militantes clandestinos y vecinos cuya colaboración podía responder a convicciones políticas, relaciones personales o sentimientos de solidaridad. La eficacia de esas redes dependía de su discreción: muchas tareas consistían en actividades aparentemente ordinarias, como transportar comida, acudir a una vivienda o transmitir un mensaje durante un desplazamiento cotidiano.

Los enlaces asumían riesgos distintos de los que corrían los propios guerrilleros. Quien permanecía escondido podía intentar huir de un cerco o trasladarse a otra comarca, aunque cada desplazamiento resultara peligroso. Quienes vivían en los pueblos tenían casas, trabajos, tierras y personas dependientes de ellos. Una detención podía comprometer no solamente al colaborador, sino también a sus familiares, mientras los interrogatorios podían utilizarse para identificar otras relaciones clandestinas. La persecución adquiría así una dimensión social que superaba los enfrentamientos armados. La red humana que sostenía a los guerrilleros era también el principal punto vulnerable de su supervivencia.

Las mujeres desempeñaron funciones importantes en esas redes, aunque durante mucho tiempo su participación quedó menos visible en las narraciones centradas en los combatientes. Madres, hermanas, esposas y colaboradoras proporcionaron alimento, refugio e información y soportaron detenciones, amenazas y otras consecuencias de la represión. Algunas actuaron por sus vínculos familiares y otras por convicciones políticas propias. La historiografía posterior ha comenzado a recuperar estas trayectorias con mayor precisión. Un trabajo publicado por El Faradio en octubre de 2025, dedicado a mujeres como Lola Lavín y Fidela Gutiérrez, muestra cómo la resistencia clandestina dependió también de personas que durante décadas permanecieron en un segundo plano dentro de los relatos más conocidos.

La situación de la población rural era especialmente compleja porque las relaciones de vecindad podían adquirir significados políticos que antes no tenían. Ofrecer refugio a alguien perseguido podía entenderse como una obligación moral, una manifestación de solidaridad o una forma de participación clandestina. Negarse a proporcionar ayuda podía generar conflictos con los guerrilleros, mientras colaborar podía provocar una actuación represiva de las autoridades. Las partidas armadas también desarrollaron acciones violentas, mediante amenazas, secuestros o represalias contra personas consideradas enemigas o informantes. Reconocer estas actuaciones no significa equiparar automáticamente todos los poderes y responsabilidades, pero permite comprender que numerosos habitantes de las comarcas afectadas vivieron en una situación donde las decisiones cotidianas podían tener consecuencias extraordinariamente graves.

La Guardia Civil desarrolló operaciones destinadas a interrumpir las redes de abastecimiento y localizar los refugios guerrilleros. La investigación sobre familiares, colaboradores y desplazamientos resultaba fundamental porque el terreno montañoso dificultaba una persecución basada exclusivamente en patrullas. El índice del libro refleja esa amplitud de perspectivas. El cuarto capítulo, «Mira cómo se pasea la Guardia Civil por la carretera...», incluye apartados dedicados a guardias y bandidos, operaciones de persecución y testimonios de quienes participaron en ellas. El quinto incorpora «Yo estuve en la cárcel con Bedoya» y «Desterrados en Valderredible», referencias que trasladan la atención hacia experiencias penitenciarias y consecuencias de la represión que afectaron a personas distintas de los principales combatientes.

La historia de la guerrilla se convierte así en una historia de relaciones humanas sometidas a una presión constante. La montaña no era un territorio completamente separado de la sociedad. Dependía de ella para obtener recursos y conservar información, y esa dependencia permitió que el conflicto penetrara en cocinas, establos, caminos, mercados, cárceles y viviendas familiares. Los hombres que se echaron al monte nunca dejaron de pertenecer a las comunidades donde habían nacido. Precisamente por eso, su persecución terminó alcanzando a muchas personas que continuaban viviendo en ellas.

Isidro Cicero: periodismo, memoria oral y una historia recuperada

Isidro Cicero Gómez nació en 1947 en Valdeprado, en Liébana, y desarrolló una trayectoria vinculada al periodismo, la literatura, la edición y la investigación de la cultura cántabra. Cuando publicó Los que se echaron al monte tenía veintinueve años, una circunstancia especialmente significativa porque pertenecía a una generación que no había participado directamente en la Guerra Civil, pero había crecido en una sociedad donde sus consecuencias continuaban formando parte de la experiencia cotidiana. Su conocimiento del territorio y de las relaciones entre las comunidades lebaniegas le proporcionaba un punto de partida diferente del de quien se aproxima exclusivamente mediante documentación administrativa. Para muchos habitantes de aquellas comarcas, los nombres de Juanín, Gildo o Machado no eran referencias extraídas de un archivo, sino recuerdos familiares, historias transmitidas durante años y acontecimientos vinculados a lugares conocidos.

Una de las características más importantes del libro es su utilización de testimonios personales dentro de una estructura narrativa. El autor no se limita a ordenar acontecimientos por fecha y reproducir documentos. Combina recuerdos, conversaciones, escenas y referencias territoriales para construir una narración que aproxima la historia a la experiencia concreta de sus protagonistas. Ediciones Tantín, responsable de varias reediciones posteriores, ha relacionado ese procedimiento con el nuevo periodismo y con una elaboración literaria de la oralidad. La caracterización resulta apropiada para comprender por qué la obra alcanzó un público que probablemente habría sido menor si se hubiera presentado como un estudio académico exclusivamente documental.

El índice demuestra la importancia de esa composición. El primer capítulo, «Han matado a Juanín», comienza en la página 13 y reúne diez apartados que incluyen «El lunes de Pascua», «24 de abril», «¿Simplemente bandoleros?», «En redacción», «Han matado a Juanín, excelencia», «Regaña la abuela», «Un cálido recordatorio», «Guardia civil retirado», «Mala suerte» y «Santas misiones». El libro no comienza por el golpe militar de 1936 ni por la organización de las primeras partidas, sino por la noticia del final de Juanín. Después retrocede hacia los antecedentes mediante el segundo capítulo, «¡Si no hubiera sido aquella guerra...!», cuyo primer apartado se titula «20 años antes». El lector conoce el desenlace antes de reconstruir las circunstancias que condujeron a él, de manera que el interés se desplaza desde la incertidumbre sobre la supervivencia del protagonista hacia la comprensión de una trayectoria humana condicionada por la guerra y la represión.

El tercer capítulo, «Por esos montes de Dios», comienza en la página 101 e introduce lugares, personajes y testimonios vinculados a la actividad guerrillera. El cuarto se ocupa de las operaciones de persecución, mientras que el quinto, «Aquel muchacho te daba hasta la camisa», conduce hacia los últimos años de Juanín y Bedoya. Esta arquitectura permite reconocer un procedimiento narrativo deliberado: partir de una noticia, reconstruir sus antecedentes, ampliar el escenario humano y regresar finalmente a los acontecimientos que condujeron a la desaparición de los protagonistas. No se trata simplemente de contar qué ocurrió antes y después, sino de explicar cómo una vida llega a encontrarse en una situación determinada.

El empleo de la memoria oral proporciona al libro una importancia adicional. Cuando Cicero investigó los hechos, todavía existían numerosos testigos directos que podían contar sus experiencias. Las décadas posteriores facilitaron el acceso a algunos archivos y permitieron desarrollar nuevas investigaciones, pero también provocaron la desaparición de buena parte de esas voces. Por ello, un testimonio recogido en 1977 posee un valor documental que no se reduce a su exactitud cronológica. Permite conocer la manera en que una persona recordaba los acontecimientos, qué detalles consideraba significativos y cómo había interpretado durante años una experiencia que afectó profundamente a su vida.

El propio Cicero ha defendido posteriormente la necesidad de situar la guerrilla dentro de la resistencia a la sublevación militar de 1936 y a la represión que siguió a la derrota republicana. En una entrevista publicada por la Sociedad Cántabra de Escritores en 2020, recordó que quienes se ocultaron en las montañas formaban parte de un proceso histórico mucho más amplio, protagonizado por personas que habían combatido contra el golpe de Estado y que, tras la derrota, encontraron diferentes formas de persecución. Su interpretación expresa una posición histórica reconocible y permite comprender el sentido que atribuye a la recuperación de aquellas vidas. Al mismo tiempo, el conocimiento de los hechos puede enriquecerse mediante la comparación de sus testimonios con investigaciones posteriores y documentación procedente de otras fuentes.

1977: seis mil ejemplares agotados en doce días

La publicación de Los que se echaron al monte durante el verano de 1977 coincidió con un momento extraordinario de la vida política española. Francisco Franco había muerto en noviembre de 1975, la Ley para la Reforma Política había sido aprobada mediante referéndum en diciembre de 1976 y el 15 de junio de 1977 se celebraron elecciones generales que abrieron el proceso constituyente. Las instituciones comenzaban a transformarse, los partidos políticos recuperaban actividad pública y las libertades de expresión y asociación ampliaban progresivamente el espacio donde podían discutirse asuntos que durante la dictadura habían permanecido sometidos a restricciones. Sin embargo, aquella apertura no eliminaba inmediatamente el miedo ni las relaciones personales construidas durante décadas. Muchas familias conservaban recuerdos de detenciones, asesinatos y represalias que no habían podido expresar libremente, mientras buena parte de los protagonistas de los acontecimientos continuaba viviendo en las mismas localidades donde habían sucedido.

En ese contexto, el libro de Cicero apareció como una intervención en una memoria todavía cercana. No era una investigación sobre un conflicto ocurrido varios siglos antes, sino una reconstrucción de hechos que habían marcado directamente a la generación anterior y a numerosas personas que aún estaban vivas. El rápido agotamiento de los seis mil ejemplares de la primera tirada revela la existencia de un interés considerable. Una reseña publicada por la Hoja del Lunes de Santander el 12 de septiembre de 1977, conservada mediante el archivo digital de José Ramón Saiz Viadero, confirma que la obra había aparecido en agosto y que su primera edición se había agotado poco después. La noticia proporciona un testimonio contemporáneo de aquella acogida, independiente de las presentaciones comerciales de las reediciones posteriores.

El éxito adquiere mayor importancia cuando se considera la naturaleza de la publicación. No se trataba de una novela de moda ni de un manual dirigido al mercado internacional, sino de una investigación sobre acontecimientos vinculados a una región concreta, protagonizados por personas cuyos nombres conservaban una resonancia especial entre los habitantes de sus pueblos. Una parte de los lectores podía haber conocido personalmente a Juanín, Bedoya o alguno de sus colaboradores. Otros habían crecido escuchando historias diferentes sobre los mismos hechos. La obra les proporcionaba una narración que reunía recuerdos dispersos y permitía aproximarse a acontecimientos sobre los que habían circulado durante años versiones oficiales, rumores y testimonios privados.

La rapidez de las ventas explica que nuestro ejemplar pertenezca a la tercera edición de 1977. No es una reedición preparada después de décadas de investigaciones académicas y transformaciones culturales, sino un volumen producido durante la primera etapa de circulación del libro. Esa proximidad temporal le confiere un valor material particular: conserva la presentación que recibió una obra destinada a convertirse en una referencia para la memoria histórica de Cantabria. La portada, la identificación editorial, los nombres de los protagonistas y la organización del contenido pertenecen al momento en que el libro comenzó a intervenir en el debate público sobre la guerrilla antifranquista.

La continuidad posterior confirma que aquella curiosidad inicial no fue pasajera. Ediciones Tantín ha documentado una duodécima edición y presenta la obra como un libro que llegó a incorporarse al patrimonio cultural de numerosas familias cántabras. Su circulación durante décadas ha permitido que lectores nacidos mucho después de la muerte de los últimos guerrilleros conozcan una parte de la historia regional mediante una narración que conserva las características de su origen periodístico. El libro ha pasado así de ser una publicación vinculada al clima político de la Transición a constituir una referencia reconocible dentro de la memoria colectiva del norte de España.

La permanencia editorial no demuestra que todas las afirmaciones de la primera edición sean definitivas. La investigación histórica ha avanzado, han aparecido nuevos documentos y se han desarrollado interpretaciones diferentes sobre determinados episodios. Pero un libro puede conservar su importancia incluso cuando el conocimiento posterior permite corregir aspectos concretos de su contenido. Los que se echaron al monte pertenece simultáneamente a dos historias: la de los guerrilleros que vivieron entre la Guerra Civil y 1957, y la de una sociedad que comenzó a recuperar públicamente aquellas experiencias en 1977.

De los testimonios a la arqueología: los nuevos hallazgos de la Brigada Machado

La historia de los guerrilleros cántabros continúa siendo objeto de investigación. Los trabajos posteriores han permitido ampliar el conocimiento de las estructuras clandestinas, identificar a participantes menos conocidos y contrastar testimonios con documentación militar, policial, judicial y familiar. Entre las contribuciones importantes figuran las investigaciones de Antonio Brevers sobre la Brigada Machado y los últimos guerrilleros de Cantabria, así como los estudios del colectivo Desmemoriados y de otros investigadores dedicados a la historia de la represión y de la resistencia antifranquista. Los nuevos materiales han permitido reconsiderar algunos episodios transmitidos durante décadas mediante relatos populares, entre ellos determinadas versiones sobre las circunstancias de la muerte de Juanín y Bedoya.

Uno de los descubrimientos recientes más interesantes se relaciona con la cueva Treslasbasnás, un antiguo refugio guerrillero localizado en Liébana. En enero de 2024, Jesús Pelayo y Delia Guardo consiguieron encontrar una cueva siguiendo los recuerdos transmitidos por Francisco Verdeja, abuelo de Delia, que había conocido referencias sobre aquellos escondites durante su infancia. En 2025, la Dirección General de Cultura y Patrimonio Histórico de Cantabria encargó trabajos arqueológicos a Rafael Bolado y José Ángel Hierro. La investigación permitió estudiar objetos conservados en el refugio y relacionar su utilización con las actividades de los hombres de la Brigada Machado durante la década de 1940.

La historia del descubrimiento es especialmente significativa porque combina memoria oral, observación del terreno y evidencia material. Una persona conserva durante décadas la descripción de un refugio que había conocido mediante conversaciones antiguas; sus familiares consiguen localizar el lugar y una investigación arqueológica proporciona información adicional sobre su utilización. El episodio adquiere todavía mayor interés por su relación con una fotografía histórica donde aparecen varios guerrilleros junto a unas rocas. La identificación del entorno permitió vincular aquella imagen con la zona del refugio, abriendo nuevas posibilidades para estudiar las circunstancias en que fue tomada y la identidad de sus protagonistas.

La fotografía se ha relacionado con Juanín y Machado, mientras que la identificación de un tercer hombre ha sido objeto de distintas hipótesis. Algunos testimonios lo vinculaban con Ramón Manjón, pero los materiales encontrados en la cueva también permitieron considerar la posibilidad de que fuera Alejandro del Cerro. Entre los objetos recuperados aparecieron elementos que podían relacionarse con problemas de salud sufridos por este último y materiales escritos que reforzaban su vinculación con el refugio. Los investigadores no consideran definitivamente resuelta la identidad del tercer personaje, pero el caso muestra cómo una fotografía antigua puede adquirir nueva información histórica cuando se combina con restos materiales y recuerdos transmitidos por personas que conocían el territorio.

La arqueología también permite examinar dimensiones de la vida clandestina que las grandes narraciones políticas suelen dejar en segundo plano. Los hombres del monte necesitaban organizar espacios reducidos, conservar alimento, proteger objetos de la humedad, disponer de herramientas y mantener materiales que podían resultar imprescindibles para sobrevivir. Los restos de un refugio ofrecen la posibilidad de estudiar esa experiencia cotidiana mediante evidencias independientes de los testimonios. Una cueva que durante décadas permaneció oculta puede proporcionar información sobre la relación entre los guerrilleros y su entorno, la duración de determinadas estancias y los recursos utilizados para conservar una mínima capacidad de actuación.

La comparación con el libro de Cicero permite reconocer la transformación de los instrumentos de investigación histórica. En 1977, una de las principales posibilidades consistía en entrevistar a personas que todavía podían recordar directamente los acontecimientos. En 2025, muchas de aquellas voces habían desaparecido, pero la arqueología, la digitalización de documentos y la colaboración entre investigadores y familiares permitían recuperar materiales que antes permanecían desconocidos. Cada generación dispone de recursos diferentes para aproximarse al pasado, y ninguna necesita considerar definitivamente cerrada una historia mientras existan nuevas evidencias que puedan ser examinadas.

El ejemplar de Librería5: tercera edición de 1977, Editorial Popular

La página legal del ejemplar conservado en Librería5 permite identificar con precisión su producción editorial. El volumen fue publicado por Editorial Popular, con domicilio en la calle Bola, número 3, Madrid, y atribuye el copyright a Isidro Cicero. El ISBN impreso es 84-85016-07-6, equivalente en el sistema actual de trece dígitos a 978-84-85016-07-5. El depósito legal figura como M. 41.560-1977. La portada declara expresamente la tercera edición, circunstancia que sitúa nuestro ejemplar dentro del primer año de circulación de una obra cuya rápida acogida obligó a realizar nuevas tiradas.

La producción gráfica también aparece documentada. La fotografía de portada está acreditada a Estudios Cruz, mientras que el trabajo creativo corresponde a Grupo Barrio. La impresión se atribuye a Maribel, Artes Gráficas, situada en la calle Tomás Bretón, número 51, edificios 5 y 7, Madrid. Estos datos permiten reconstruir parcialmente la participación de los profesionales que intervinieron en la edición y conservan información sobre la actividad de la industria gráfica española durante la Transición.

La cubierta combina un paisaje montañoso con una composición donde aparecen municiones, un arma y una fotografía antigua. Los tonos verdes y terrosos refuerzan su vinculación con el entorno rural, mientras que el título se presenta mediante grandes letras negras. Un sello circular destaca la indicación de tercera edición y una referencia diagonal identifica a Cantabria. El diseño responde a una concepción periodística de la obra: el lector no encuentra una ilustración fantástica ni una representación novelada de los protagonistas, sino una composición destinada a comunicar la relación del libro con acontecimientos reales.

La contracubierta prolonga esa intención mediante una imagen de montaña y cuatro nombres escritos a mano, acompañados de lugares y años de muerte. La relación constituye una especie de memorial gráfico. Machado aparece vinculado a Pandébano en 1945; Gildo, a Tama en 1952; Juanín, al Molino de la Vega en 1957; y Bedoya, al monte Cerredo, también en 1957. La sucesión de nombres permite contemplar de una sola mirada el largo proceso de desaparición de una resistencia que atravesó diferentes etapas durante casi dos décadas.

Contracubierta de Los que se echaron al monte, de Isidro Cicero, con los nombres manuscritos de Machado, Gildo, Juanín y Bedoya y los lugares y años de su muerte
Contracubierta del ejemplar. Los cuatro nombres manuscritos y sus lugares de muerte resumen visualmente el final de distintas etapas de la guerrilla cántabra.

La extensión comunicada del ejemplar es de 304 páginas. Su índice permite reconstruir una estructura compuesta por una introducción y cinco capítulos principales. El primero, «Han matado a Juanín», comienza en la página 13 e incluye diez apartados. El segundo, «¡Si no hubiera sido aquella guerra...!», empieza en la 63 y reconstruye antecedentes de la resistencia. El tercero, «Por esos montes de Dios», comienza en la 101 y presenta lugares, personajes y testimonios relacionados con la guerrilla. El cuarto, «Mira cómo se pasea la Guardia Civil por la carretera...», se inicia en la 155 y examina operaciones y experiencias vinculadas a la persecución. El quinto, «Aquel muchacho te daba hasta la camisa», comienza en la 233 y conduce hacia las últimas etapas de Juanín y Bedoya, terminando con el apartado «Así mataron a Bedoya», iniciado en la página 284.

La disposición de estos materiales demuestra que el libro no fue concebido como una simple cronología de acontecimientos militares. Parte del final de Juanín, retrocede hacia el origen de su situación, incorpora las experiencias de quienes participaron en la guerrilla y en su persecución y concluye con la desaparición de sus últimos protagonistas. Los títulos de algunos apartados poseen una fuerza expresiva particular: «¿Simplemente bandoleros?» introduce una cuestión sobre el lenguaje empleado para definir a los resistentes; «Yo estuve en la guerrilla con Juanín» anuncia un testimonio de participación; «Yo anduve persiguiendo a los del monte» incorpora la perspectiva de quienes actuaron contra ellos; y «Desterrados en Valderredible» recuerda que las consecuencias del conflicto alcanzaron a personas que no permanecieron armadas en las montañas.

Obra

Título
Los que se echaron al monte
Subtítulo de cubierta
Machado, Gildo, Juanín, Bedoya...
Autor
Isidro Cicero Gómez
Género
Periodismo histórico, memoria oral y narrativa documental
Lengua original
Español
Materia
Guerrilla antifranquista, maquis, posguerra española, Cantabria, Liébana y memoria histórica
Primera publicación
1977
Ámbito geográfico
Cantabria, Picos de Europa y comarcas vecinas
Período histórico
Guerra Civil y guerrilla de posguerra hasta 1957

Edición conservada

Editorial
Editorial Popular
Edición
Tercera edición, 1977
Año
1977
Lugar
Madrid, España
ISBN
84-85016-07-6
ISBN-13
978-84-85016-07-5
Depósito legal
M. 41.560-1977
Idioma
Español
Extensión
304 páginas
Fotografía de portada
Estudios Cruz
Creatividad gráfica
Grupo Barrio
Imprenta
Maribel, Artes Gráficas, Madrid
Encuadernación
Rústica ilustrada

Particularidades documentales

Estructura
Introducción y cinco capítulos principales, con testimonios y episodios relacionados con la guerrilla y su persecución.
Protagonistas
Machado, Gildo, Juanín y Bedoya.
Hechos destacados
Resistencia en los Picos de Europa, sucesos de Tama de 1952 y muertes de Juanín y Bedoya en 1957.
Recepción inicial
La primera tirada de seis mil ejemplares se agotó en doce días, según Ediciones Tantín.
Edición temprana
Tercera edición de 1977, publicada durante el primer año de circulación del libro.
Continuidad editorial
Al menos doce ediciones documentadas.

La memoria después de los muertos

La desaparición de Juanín y Bedoya no puso fin a las consecuencias humanas del conflicto. Los familiares de los muertos continuaron viviendo, los supervivientes tuvieron que reconstruir sus existencias y las comunidades donde habían ocurrido los acontecimientos conservaron durante décadas recuerdos profundamente diferentes. Algunas personas habían admirado a los hombres del monte; otras les habían temido o sufrido sus acciones. Hubo quienes participaron en su persecución y quienes padecieron represalias por mantener relaciones con ellos. El paso del tiempo no convirtió automáticamente esas experiencias en una memoria compartida. La historia de la guerrilla siguió siendo objeto de interpretaciones enfrentadas, condicionadas tanto por los hechos como por la posición que cada persona había ocupado dentro de ellos.

Una investigación histórica rigurosa no necesita resolver esa complejidad mediante una absolución general ni una condena colectiva. Su función consiste en reconstruir las circunstancias, identificar responsabilidades y distinguir actuaciones que no pueden recibir la misma valoración por el simple hecho de haberse producido en un contexto de violencia política. La existencia de actos violentos cometidos por guerrilleros no convierte en legítimas las represalias contra civiles, del mismo modo que la represión estatal no permite considerar automáticamente justificada cualquier actuación de la resistencia. El conocimiento histórico exige reconocer las diferencias entre quienes ejercían el poder público, quienes se oponían a él mediante las armas y quienes tuvieron que convivir con las consecuencias de aquella confrontación sin haber elegido necesariamente participar en ella.

La memoria de la guerrilla plantea también una cuestión relacionada con el control de la información. Las instituciones que conservan los archivos, elaboran los informes oficiales y determinan qué publicaciones pueden circular poseen una capacidad extraordinaria para influir en la manera en que una sociedad conoce su pasado. Durante décadas, numerosas experiencias de la posguerra fueron representadas mediante categorías administrativas y políticas establecidas por el régimen vencedor. Frente a esa situación, recuperar testimonios de familiares, antiguos combatientes, vecinos y otras personas implicadas permite ampliar el conjunto de voces que intervienen en la reconstrucción histórica. Los testimonios deben contrastarse, pero su existencia impide que el relato dependa exclusivamente de la documentación producida por quienes ejercieron la autoridad.

El libro de Isidro Cicero adquirió importancia porque intervino en esa recuperación cuando todavía resultaba posible escuchar directamente a una parte de sus protagonistas. La obra no surgió de una distancia académica absoluta, sino de un territorio donde permanecían los lugares, los recuerdos y las relaciones personales vinculadas a los acontecimientos. Su éxito demuestra que existía una necesidad cultural acumulada: miles de personas deseaban conocer una historia que durante años había quedado sometida al silencio, al miedo o a versiones oficiales que no agotaban la complejidad de lo sucedido.

El conocimiento posterior ha ampliado aquella reconstrucción mediante investigaciones documentales y arqueológicas. Las cuevas recuperadas, las fotografías identificadas y los testimonios comparados con nuevos materiales permiten continuar estudiando una experiencia cuya dimensión humana resulta difícil de reducir a un conjunto cerrado de acontecimientos. La muerte de los protagonistas no impide que aparezcan nuevas evidencias sobre sus vidas, del mismo modo que la desaparición de una organización armada no elimina las consecuencias que produjo sobre la sociedad donde actuó.

El 24 de abril de 1957 murió Juanín. El 2 de diciembre cayó Bedoya. Ninguno de los dos llegó a conocer las elecciones de 1977 ni pudo contemplar cómo sus nombres reaparecían en las librerías de una España que comenzaba a recuperar sus libertades. Sus trayectorias habían terminado en caminos y montañas que continuaron existiendo mucho después de que desaparecieran quienes los recorrieron. En aquellas comarcas siguieron viviendo familias, antiguos vecinos, personas que habían prestado ayuda y otras que habían participado en la persecución. Cada una conservó una parte diferente de lo sucedido.

Veinte años después, un periodista nacido en aquel territorio reunió testimonios, reconstruyó acontecimientos y publicó un libro. La primera tirada se agotó en doce días. El país que durante décadas había dificultado la circulación de determinadas historias demostró que existían miles de lectores dispuestos a conocerlas.

En el ejemplar de Librería5 permanecen una cubierta montañosa, los nombres de cuatro guerrilleros, una indicación de tercera edición y los datos de una imprenta madrileña de 1977. Es un objeto material procedente del momento en que aquella historia comenzó a recuperar un espacio público. También constituye una puerta hacia investigaciones que todavía hoy continúan aportando documentos, testimonios y descubrimientos.

Los hombres del monte murieron. También desaparecieron muchos de sus perseguidores y contemporáneos. Las instituciones cambiaron, los pueblos se transformaron y las generaciones posteriores heredaron una historia que no habían vivido personalmente. Pero sus nombres permanecieron en los archivos, en los recuerdos y en los libros que sobrevivieron a sus protagonistas.

La muerte había puesto fin a sus vidas. El silencio, en cambio, no consiguió poner fin a su historia.

Fuentes consultadas