Crónicas de la ultramodernidad — José Antonio Marina

¿Y si la inteligencia no debiera medirse por lo que sabemos, sino por nuestra capacidad para dirigir la vida? En el año 2000, José Antonio Marina propuso una nueva etapa del pensamiento: la ultramodernidad, una alternativa tanto al racionalismo moderno como al relativismo posmoderno. Su proyecto reunía ciencia, sentimientos, creación, libertad y ética en una filosofía orientada a transformar la realidad. Veintiún años después reconocería que el término no había tenido aceptación y que lo había abandonado. Nuestro ejemplar pertenece a la edición de Anagrama de 2000, en la colección Argumentos, y permite reconstruir el nacimiento y la evolución de aquella propuesta.

Una persona puede resolver ecuaciones de extraordinaria complejidad y ser incapaz de organizar satisfactoriamente su propia vida. Puede conocer los principios de la psicología y mantener relaciones personales desastrosas, dominar la lógica y dejarse arrastrar por impulsos que perjudican sus intereses, o poseer conocimientos científicos excepcionales y utilizar sus capacidades para provocar sufrimiento. Estas situaciones presentan una dificultad para cualquier concepción de la inteligencia que identifique su excelencia exclusivamente con el conocimiento. Si una facultad sirve para comprender el mundo, pero no garantiza que sepamos desenvolvernos en él, ¿hemos definido correctamente su finalidad?

José Antonio Marina hizo de esta pregunta uno de los centros de su investigación filosófica. En Crónicas de la ultramodernidad, publicado por Anagrama en 2000, propone ampliar el concepto tradicional de inteligencia para incorporar la invención de fines, la regulación de los sentimientos, la voluntad, la creación de posibilidades y la capacidad de orientar el comportamiento. Su propósito no es negar la importancia del conocimiento científico, sino rechazar que este constituya necesariamente la culminación de nuestra actividad intelectual. Saber es indispensable, pero el valor de lo que sabemos depende también de aquello que conseguimos hacer con ello.

La consecuencia de esta modificación es considerable. Si la inteligencia se define únicamente mediante operaciones cognitivas, sus manifestaciones superiores podrían encontrarse en la ciencia, la matemática o la capacidad de resolver problemas abstractos. Si, por el contrario, se entiende como una facultad destinada a dirigir la conducta, la evaluación de sus resultados exige considerar las consecuencias de nuestras decisiones. La inteligencia deja de ser exclusivamente una cuestión de verdad y comienza a relacionarse con la felicidad, la convivencia y la ética. Marina no propone abandonar la razón, sino situarla dentro de una actividad humana más amplia.

El libro constituye una etapa particularmente interesante de ese proyecto. No fue concebido como un tratado académico convencional, desarrollado desde una primera premisa hasta una conclusión definitiva. Su materia procede de artículos publicados en prensa, reflexiones sobre la actualidad y textos que el autor reorganiza para mostrar cómo va formándose un sistema. En una entrevista publicada por El País el 7 de junio de 2000, con motivo de la aparición del volumen, Marina defendía la necesidad de practicar una filosofía capaz de ocuparse de los problemas cotidianos. La presentación editorial insistía en una expresión reveladora: el libro debía mostrar la biografía de un sistema filosófico que todavía se estaba construyendo.

El ejemplar conservado en Librería5 pertenece a la edición de Anagrama de aquel mismo año. Su índice organiza las reflexiones en seis grandes capítulos: la defensa de la ultramodernidad, el Proyecto Ariadna y las experiencias sentimentales, la cartografía de los rumbos sociales, el arte, la inteligencia ética y la genealogía de los deberes. La secuencia revela una arquitectura intelectual precisa: desde la definición de una nueva manera de pensar hasta sus consecuencias para la vida afectiva, la organización social, la creación artística y la moral.

Cubierta de Crónicas de la ultramodernidad de José Antonio Marina, Anagrama, colección Argumentos, edición de 2000
Cubierta del ejemplar de Librería5. La ilustración reproduce «Allées Piétonnières», de Jean-Pierre Stora: una multitud de pequeñas figuras humanas recorre una estructura de caminos entrecruzados. El diseño de la colección está acreditado a Julio Vivas. La imagen resulta especialmente apropiada para un libro dedicado a la orientación de la conducta, la convivencia y las posibilidades de la acción.

La filosofía como servicio público: cuarenta y dos artículos para construir un sistema

La primera singularidad de Crónicas de la ultramodernidad es su origen. Una reseña publicada por Carlos Goñi en Aceprensa, el 25 de octubre de 2000, identifica cuarenta y dos artículos procedentes de distintos medios, acompañados de páginas inéditas que permiten integrarlos en un conjunto. El resultado no es una sucesión arbitraria de opiniones periodísticas, sino el intento de utilizar materiales nacidos de la actualidad para descubrir las relaciones que existen entre problemas aparentemente independientes. El aburrimiento, las drogas, las creencias, la familia, el derecho, la libertad, el arte o el terrorismo pueden considerarse asuntos diferentes, pero también manifestaciones de una misma dificultad: cómo orientar racionalmente la vida individual y colectiva en un mundo de posibilidades crecientes.

Marina defiende que la filosofía no debería quedar confinada a las controversias entre especialistas. Su labor consistiría también en examinar las ideas mediante las cuales las personas interpretan la realidad y toman decisiones. La comparación que establece con la protección del medio ambiente es expresiva: así como necesitamos cuidar las condiciones materiales de nuestra existencia, también debemos preocuparnos por la calidad de los conceptos, valores y creencias que circulan en la sociedad. Vivimos rodeados de palabras que condicionan nuestro comportamiento, y una idea confusa puede producir consecuencias tan reales como un error técnico. El filósofo adquiere entonces una responsabilidad pública: identificar esas confusiones, investigar sus causas y proponer instrumentos intelectuales que permitan desenvolverse mejor.

En la presentación del libro de junio de 2000, recogida por El País, aparece una muestra poco convencional de este método. Marina explicaba que leía revistas dirigidas a mujeres jóvenes para analizar los modelos de conducta que difundían entre sus lectoras. El interés del ejemplo no reside en el valor literario de esas publicaciones, sino en considerarlas documentos capaces de revelar cómo una sociedad fabrica deseos, expectativas y criterios de comportamiento. El investigador filosófico no necesita limitarse a estudiar los grandes tratados de su disciplina; puede encontrar problemas relevantes en la publicidad, la televisión, las relaciones sentimentales o las preocupaciones aparentemente triviales de la vida cotidiana. La filosofía deja de observar exclusivamente su propia historia y vuelve a investigar el mundo donde viven sus destinatarios.

Esta ambición explica también la forma del volumen. El pensamiento se presenta como una actividad que avanza mediante observaciones, correcciones y relaciones inesperadas. La prensa ofrece problemas particulares y el ensayo intenta descubrir la estructura que los conecta. No obstante, el procedimiento plantea una dificultad metodológica: la acumulación de ejemplos no demuestra por sí sola la existencia de un sistema filosófico coherente. Una colección de artículos puede mostrar la persistencia de ciertas preocupaciones sin establecer necesariamente que todas se resuelvan mediante un principio común. Marina parece consciente de esta exigencia y organiza sus materiales alrededor de una teoría de la inteligencia que aspira a proporcionar continuidad a asuntos muy diferentes.

La propuesta adquiere así una dimensión doble. Por una parte, pretende acercar la filosofía a la experiencia ordinaria y devolverle utilidad pública. Por otra, rechaza que esa aproximación deba reducirse a una colección de consejos prácticos. El propósito es encontrar criterios suficientemente generales para orientar decisiones particulares. Una filosofía que quisiera ser útil sin conservar rigor terminaría convertida en simple opinión; una filosofía que defendiera el rigor renunciando a intervenir sobre los problemas humanos correría el riesgo de convertirse en una actividad intelectualmente sofisticada, pero socialmente irrelevante. Buena parte del interés de Marina consiste en intentar habitar el espacio entre esos dos extremos.

Después de la modernidad y de la posmodernidad: la inteligencia como acción

La ultramodernidad nace de una confrontación con dos grandes tradiciones intelectuales. Marina presenta la modernidad como una época que atribuyó a la razón y al conocimiento científico una posición privilegiada. Su confianza en la investigación permitió desarrollar instrumentos capaces de explicar fenómenos naturales y transformar extraordinariamente las condiciones materiales de la existencia. Pero el progreso científico no garantiza automáticamente la solución de los problemas morales. Una sociedad puede producir conocimientos cada vez más precisos y utilizar simultáneamente esos conocimientos para perfeccionar tecnologías destructivas, intensificar formas de dominación o multiplicar conflictos cuyas consecuencias no sabe administrar. El éxito de la inteligencia científica no demuestra, por sí mismo, que la humanidad esté utilizando inteligentemente sus capacidades.

La posmodernidad aparece en el esquema de Marina como una reacción crítica frente a la pretensión de que la razón pueda establecer fundamentos universales e indiscutibles. El cuestionamiento de los grandes relatos, la atención a la pluralidad de perspectivas y el protagonismo de la creación cultural permitieron revisar numerosas certezas heredadas. Sin embargo, desde la interpretación del filósofo, una parte de ese movimiento habría terminado debilitando la confianza en la posibilidad de justificar racionalmente nuestras decisiones. Si todas las interpretaciones se consideran igualmente válidas y se renuncia a distinguir entre argumentos mejor o peor fundamentados, resulta difícil explicar por qué deberíamos preferir una sociedad justa a otra organizada mediante la arbitrariedad.

Conviene introducir aquí una cautela intelectual. La posmodernidad no constituye una escuela homogénea y sus autores no comparten necesariamente una misma teoría del conocimiento. Reducirla a la negación de toda verdad puede servir como contraste expositivo, pero no agota la complejidad de sus aportaciones. La formulación de Marina debe comprenderse como una propuesta filosófica situada frente a determinadas corrientes, no como una descripción definitivamente aceptada de todo el pensamiento contemporáneo. Precisamente por eso resulta más interesante su intención de conservar algunas críticas posmodernas sin abandonar la aspiración moderna de encontrar criterios racionales compartidos.

La ultramodernidad intenta efectuar esa operación mediante una nueva definición de inteligencia. No basta con comprender los hechos ni con producir interpretaciones originales: debemos utilizar nuestras facultades para dirigir el comportamiento, inventar posibilidades, seleccionar fines y ejecutar proyectos. Conocer y crear son capacidades importantes, pero quedan incorporadas a una actividad más amplia cuyo resultado debe evaluarse también por sus consecuencias sobre la existencia. La razón deja de funcionar como finalidad última y se convierte en instrumento indispensable de una empresa que incluye sentimientos, voluntad y decisión. La creatividad no desaparece, sino que se orienta hacia problemas cuya resolución exige transformar situaciones reales.

El cambio permite reformular una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa ser inteligente? Desde el punto de vista de la capacidad cognitiva, un individuo puede destacar por su rapidez de razonamiento, su memoria o sus conocimientos. Desde una perspectiva práctica, habría que examinar también su capacidad para elegir objetivos adecuados, superar dificultades, reconocer errores y evitar comportamientos que destruyen aquello que pretende conseguir. Marina sostiene que la culminación de esta concepción se encuentra en la ética, porque la convivencia plantea problemas que ninguna inteligencia puramente individual puede resolver satisfactoriamente. No vivimos como conciencias aisladas; nuestras decisiones afectan a otros y dependen de las posibilidades que otros nos reconocen.

La propuesta contiene una intuición fértil, aunque no elimina todas las dificultades. Una inteligencia puede dirigir el comportamiento con extraordinaria eficacia hacia fines moralmente rechazables. Un estafador puede diseñar estrategias complejas, anticipar las reacciones de sus víctimas y ejecutar un plan perfectamente coordinado. Su conducta demuestra capacidades cognitivas y prácticas, pero difícilmente constituye un modelo de excelencia moral. Para concluir que la inteligencia debe culminar en la ética es necesario explicar por qué determinados fines merecen preferencia sobre otros. La eficacia de los medios no produce automáticamente la legitimidad de los objetivos. Esta dificultad no invalida el proyecto de Marina; señala el lugar donde una teoría de la inteligencia orientada a la acción necesita encontrar sus fundamentos normativos.

El Proyecto Ariadna: sentimientos, deseos y laberintos personales

El segundo gran capítulo del libro lleva un título que remite a la mitología griega: «El Proyecto Ariadna. Venturas y desventuras sentimentales». Ariadna proporcionó a Teseo el hilo que debía permitirle salir del laberinto después de enfrentarse al Minotauro. La imagen resulta apropiada para un filósofo interesado en comprender los mecanismos que orientan la conducta. Las emociones, los deseos y las relaciones afectivas pueden convertirse en territorios difíciles de recorrer cuando sus protagonistas desconocen las fuerzas que condicionan sus decisiones. Disponer de un hilo conductor no significa eliminar los peligros, sino encontrar una manera de reconocer el camino y evitar que una experiencia termine convirtiéndose en una sucesión incomprensible de impulsos.

La inclusión de la vida sentimental dentro del proyecto ultramoderno responde a una convicción central de Marina: la separación entre inteligencia, sentimientos y voluntad empobrece nuestra comprensión del comportamiento humano. Las personas no actúan exclusivamente después de comparar argumentos abstractos. Desean, temen, anticipan satisfacciones, interpretan gestos y reaccionan ante experiencias que modifican sus expectativas. La razón participa en esos procesos, pero no opera desde una posición completamente independiente. Comprender el comportamiento exige examinar tanto las capacidades cognitivas como la manera en que las emociones intervienen sobre los fines que perseguimos y los recursos que movilizamos para alcanzarlos.

El interés de esta perspectiva reside en que permite abandonar dos simplificaciones opuestas. La primera considera los sentimientos como fuerzas irracionales que deberían ser reprimidas para permitir el funcionamiento adecuado de la inteligencia. La segunda los convierte en autoridades incuestionables, como si experimentar intensamente una emoción bastara para justificar cualquier conducta derivada de ella. Marina intenta situarlos dentro de una teoría de la acción: las emociones proporcionan información sobre nuestra relación con el mundo, pero también pueden interpretarse, educarse y regularse. Su intensidad no determina necesariamente su valor, y la satisfacción inmediata de un deseo puede entrar en conflicto con proyectos que el propio individuo considera más importantes.

La relación entre sentimientos y autonomía presenta consecuencias educativas y sociales. Aprender a reconocer el miedo, la frustración, la atracción o el resentimiento no equivale simplemente a adquirir un vocabulario psicológico. Significa desarrollar capacidades para intervenir sobre situaciones en las que esas experiencias condicionan nuestras decisiones. Una persona que identifica las circunstancias que desencadenan determinada reacción dispone de más posibilidades para modificar su comportamiento que otra que interpreta sus impulsos como acontecimientos absolutamente inevitables. Esta concepción no presupone una libertad ilimitada ni niega la fuerza de los condicionamientos biográficos y sociales. Propone estudiar los mecanismos mediante los cuales podemos ampliar nuestro margen de intervención sobre ellos.

El Proyecto Ariadna pertenece también a una trayectoria bibliográfica reconocible. Marina había publicado El laberinto sentimental en 1996 y El misterio de la voluntad perdida en 1997. Ambas obras forman parte de una investigación continuada sobre las relaciones entre inteligencia, afectividad y autodeterminación. Las Crónicas no presentan, por tanto, una incursión ocasional en problemas sentimentales, sino una pieza dentro de una arquitectura intelectual que venía desarrollándose desde años anteriores. La posibilidad de recorrer ese itinerario permite comprender por qué el autor considera que una filosofía destinada a orientar la vida no puede desentenderse de aquello que las personas desean, temen o esperan.

Cartografía de los rumbos sociales: identidad, libertad y convivencia

El tercer capítulo, «Cartografía de los rumbos sociales», traslada la investigación desde la experiencia individual hacia las relaciones colectivas. La metáfora cartográfica tiene una función precisa: vivir en sociedad implica orientarse dentro de un espacio construido mediante instituciones, normas, creencias, identidades y expectativas compartidas. Ninguna persona elige completamente las circunstancias en las que comienza su existencia. Recibe una lengua, determinadas costumbres, formas de organización familiar y concepciones acerca de lo que resulta aceptable o censurable. Al mismo tiempo, puede examinar parte de ese patrimonio y participar en su transformación. La vida social aparece como una combinación de estructuras heredadas y posibilidades abiertas a la intervención humana.

La reseña de Carlos Goñi publicada en 2000 identifica entre los asuntos tratados por Marina la libertad, el poder, la familia, la religión, el terrorismo y la tolerancia. La amplitud temática responde a la intención de encontrar criterios que permitan evaluar comportamientos y proyectos colectivos. Una sociedad puede considerar legítimas ciertas formas de autoridad durante generaciones y terminar rechazándolas cuando cambia su comprensión de la dignidad o de la libertad. También puede desarrollar instituciones destinadas a proteger determinados bienes y descubrir posteriormente que esas mismas instituciones producen efectos perjudiciales. La inteligencia social consistiría, al menos parcialmente, en reconocer esas contradicciones y disponer de mecanismos para corregirlas.

Una de las dificultades de esta perspectiva reside en distinguir la autonomía individual de la simple ausencia de restricciones. La libertad puede interpretarse como posibilidad de elegir sin interferencias, pero también como capacidad efectiva para desarrollar proyectos. Una persona formalmente libre de tomar determinadas decisiones puede carecer de educación, recursos o condiciones materiales para convertirlas en alternativas reales. Por el contrario, una sociedad que pretende garantizar el bienestar de todos mediante una planificación exhaustiva puede terminar reduciendo la iniciativa personal hasta convertir a los individuos en destinatarios pasivos de decisiones ajenas. El problema no desaparece proclamando la superioridad abstracta de una de las dos posiciones. Exige investigar las condiciones concretas bajo las cuales las personas pueden participar en la determinación de sus propios fines.

La relación entre inteligencia y sociedad permite formular otra pregunta: ¿puede una comunidad ser inteligente o estúpida? Si las instituciones son resultado de actividades humanas y condicionan las posibilidades de quienes viven dentro de ellas, parece razonable evaluar su funcionamiento atendiendo a los problemas que consiguen resolver. Una organización puede disponer de especialistas excepcionalmente preparados y producir decisiones colectivas desastrosas. También puede contar con recursos modestos y establecer procedimientos que faciliten la cooperación, reduzcan conflictos y permitan corregir errores. La excelencia individual no garantiza necesariamente la eficacia del conjunto, porque las relaciones entre sus integrantes pueden favorecer u obstaculizar la utilización de sus capacidades.

Esta línea de reflexión conduce hacia una filosofía política de la responsabilidad. No basta con preguntar qué derechos posee un individuo ni qué obligaciones establece una institución. También importa examinar si las estructuras sociales permiten realizar los proyectos que justifican su existencia y si disponen de procedimientos para revisar sus resultados. La ultramodernidad pretende conservar la aspiración ilustrada de mejorar racionalmente el mundo, pero situando esa empresa dentro de una realidad humana donde los sentimientos, los intereses y los conflictos forman parte del problema. La razón no sustituye a la política; proporciona instrumentos para investigar sus consecuencias y discutir sus fines.

El arte como bella metáfora: crear posibilidades donde antes no existían

El cuarto capítulo recibe el título «El arte, una bella metáfora». Su posición dentro del índice no es accidental. Marina concede a la creación artística una importancia que trasciende el entretenimiento o la producción de objetos estéticamente agradables. El arte permite imaginar relaciones nuevas entre elementos conocidos, transformar la percepción de la realidad y descubrir posibilidades que anteriormente pasaban inadvertidas. Una novela puede modificar nuestra comprensión de un conflicto sin ofrecer una teoría explícita; una pintura puede reorganizar visualmente un espacio familiar; una composición musical puede producir una experiencia que no se deja reducir fácilmente a proposiciones descriptivas. La creatividad revela que la inteligencia no se limita a registrar lo existente, sino que puede intervenir sobre las formas mediante las cuales interpretamos el mundo.

Esta concepción enlaza directamente con Teoría de la inteligencia creadora, publicada en 1993. Para Marina, inventar no significa actuar al margen de toda regla ni producir combinaciones arbitrarias. La creación requiere reconocer posibilidades dentro de condiciones concretas, seleccionar objetivos y encontrar procedimientos adecuados para realizarlos. El artista trabaja con materiales que ofrecen resistencia y posibilidades, del mismo modo que un científico debe respetar las propiedades del fenómeno que investiga o un educador necesita comprender las características de sus alumnos. La diferencia entre actividades no elimina la presencia de un proceso creativo común: imaginar una transformación y encontrar los medios que permitan llevarla a cabo.

La metáfora artística adquiere aquí una dimensión ética. Si crear consiste en introducir posibilidades valiosas en la realidad, también podemos examinar la vida personal y social como una actividad creadora. Una institución jurídica no es simplemente un objeto descubierto en la naturaleza; es una construcción humana destinada a establecer relaciones y proteger determinados intereses. Una forma de convivencia tampoco aparece terminada de una vez para siempre. Se desarrolla mediante decisiones, conflictos, aprendizajes y modificaciones históricas. La imaginación moral puede concebir situaciones que todavía no existen, mientras la razón y la experiencia permiten investigar las condiciones necesarias para hacerlas posibles.

Sin embargo, la creatividad no garantiza la bondad. También pueden inventarse mecanismos de explotación, instrumentos de manipulación o instituciones destinadas a perpetuar desigualdades. La producción de novedades no constituye por sí misma una virtud. Por eso la teoría de Marina necesita completar su elogio de la creación con criterios capaces de evaluar los fines perseguidos. El arte proporciona una imagen poderosa de la inteligencia como actividad transformadora, pero la transformación ética exige justificar por qué determinadas posibilidades deben realizarse y otras rechazarse. La belleza de una solución no basta para demostrar su justicia, del mismo modo que la originalidad de una idea no demuestra su verdad.

El recorrido que va desde la percepción estética hasta la intervención moral constituye uno de los aspectos más sugestivos de la ultramodernidad. La realidad no se presenta como un escenario completamente cerrado que las personas deban limitarse a aceptar. Ofrece condiciones y resistencias, pero también posibilidades cuyo descubrimiento depende de nuestra actividad. La inteligencia creadora aparece entonces como una facultad para ampliar el horizonte de lo posible, mientras la ética debe investigar qué posibilidades merecen convertirse en realidad. Esta relación explica que Marina quiera reunir en su proyecto ciencia, arte y moral, en lugar de considerarlos territorios absolutamente independientes.

La inteligencia ética: por qué conocer la verdad no basta para vivir bien

El quinto capítulo, «La inteligencia ética», constituye el centro normativo del proyecto. Marina defiende que la actividad intelectual alcanza una dimensión superior cuando se orienta hacia la construcción de una vida que merezca ser vivida. La afirmación no significa que todos los problemas morales puedan resolverse mediante cálculos ni que exista una fórmula sencilla para alcanzar la felicidad. Su propósito consiste en rechazar la separación rígida entre conocimiento y comportamiento. Una persona puede comprender perfectamente las consecuencias previsibles de sus actos y continuar realizando acciones que perjudican sus propios intereses o los de quienes la rodean. Desde esta perspectiva, la excelencia cognitiva constituye una condición valiosa, pero insuficiente, de una inteligencia verdaderamente orientada a la vida.

La teoría adquiere especial importancia cuando se examina la relación entre felicidad individual y convivencia. Si cada persona persigue determinados fines, sus proyectos pueden coincidir, complementarse o entrar en conflicto. La solución no puede consistir simplemente en permitir que prevalezca quien disponga de más recursos, porque ese procedimiento dejaría la protección de los individuos sometida a relaciones de fuerza cambiantes. Tampoco parece suficiente imponer a todos una idea uniforme de felicidad, ya que las diferencias personales forman parte de las condiciones que cualquier organización social debe reconocer. La ética aparece como una investigación sobre los criterios que permitirían conciliar proyectos diferentes dentro de un marco compartido de respeto, libertad y dignidad.

En una conferencia pronunciada en Barcelona en abril de 1998, documentada por El País, Marina ya había defendido públicamente la ultramodernidad como alternativa a las posiciones nihilistas que consideraba paralizantes. Reivindicaba la investigación científica, la construcción sistemática del conocimiento y la posibilidad de justificar racionalmente determinados criterios de verdad. Esta intervención es relevante porque demuestra que el concepto no apareció repentinamente con la edición de las Crónicas. Formaba parte de una investigación que el autor estaba desarrollando al menos desde la década anterior y que intentaba devolver a la filosofía una confianza crítica en la capacidad humana para mejorar sus condiciones de existencia.

El objetivo de la inteligencia ética no puede reducirse, sin embargo, a proporcionar técnicas de bienestar personal. Una conducta puede producir satisfacción inmediata y causar daños graves a otras personas. La felicidad tampoco resulta moralmente equivalente en todas sus formas si depende de la privación arbitraria de bienes ajenos. Para convertirla en un fin compartido es necesario introducir criterios que no dependan exclusivamente de las preferencias individuales. Esta exigencia acerca la reflexión de Marina a la teoría de los derechos, la dignidad y la legitimidad de las instituciones. El problema ya no consiste solamente en enseñar a las personas a alcanzar sus objetivos, sino en investigar qué objetivos pueden perseguirse de manera compatible con el reconocimiento de los demás.

La cuestión conserva una actualidad evidente en una época de sistemas informáticos capaces de resolver problemas complejos y producir información a gran escala. La capacidad de procesar datos no determina por sí sola cuáles deben ser los fines de una organización, qué consecuencias merecen considerarse aceptables ni quién tiene legitimidad para establecerlos. Podemos utilizar tecnologías extraordinariamente eficaces para conseguir objetivos socialmente beneficiosos o para perfeccionar mecanismos de control y manipulación. Esta comparación pertenece a nuestra lectura contemporánea de la obra, no a una predicción tecnológica formulada por Marina en 2000. Su interés consiste en mostrar que la distinción entre capacidad intelectual y orientación ética sigue planteando problemas incluso cuando cambian radicalmente los instrumentos disponibles.

Genealogía de los deberes: los derechos como construcción humana vulnerable

El sexto y último capítulo del desarrollo principal lleva por título «Genealogía de los deberes». Constituye quizá una de las partes más fértiles del libro para la reflexión jurídica contemporánea. Marina propone revisar la relación entre derechos y obligaciones mediante una idea que contradice ciertas presentaciones simplificadas de la moral: los derechos no constituyen realidades que funcionen automáticamente por el mero hecho de ser proclamadas. Son construcciones humanas cuya eficacia depende de instituciones, compromisos y conductas capaces de sostenerlas. La declaración de un derecho puede expresar una aspiración legítima, pero su realización exige que otras personas y organizaciones asuman obligaciones concretas.

Esta tesis aparece documentada en varios pasajes del propio libro, reproducidos por el Grup d'Educació sobre derechos humanos, con referencias a las páginas 232, 239 y 241 de la edición de Anagrama de 2000. Marina sostiene que la noción de derecho ocupa una posición fundamental dentro de su ética y que los deberes se justifican mediante ella. No propone abandonar los derechos para regresar a una moral centrada exclusivamente en la obediencia, sino comprender que su existencia práctica requiere esfuerzos sostenidos. La cultura contemporánea corre el riesgo, desde su perspectiva, de acostumbrarse a reclamar derechos olvidando las obligaciones que permiten hacerlos efectivos.

La distinción resulta especialmente importante porque permite separar proclamación y realización. Un ordenamiento jurídico puede reconocer el derecho a la educación y, sin embargo, resultar incapaz de proporcionar escuelas suficientes, profesores preparados o condiciones materiales para que todos puedan ejercerlo. Puede reconocer el acceso a la justicia mientras mantiene procedimientos tan costosos o lentos que determinados ciudadanos renuncian a defender sus pretensiones. Incluso el derecho de propiedad necesita instituciones que permitan identificar titularidades, resolver conflictos y proteger a los propietarios frente a apropiaciones arbitrarias. Los ejemplos no demuestran que tales derechos carezcan de valor cuando su cumplimiento es imperfecto. Muestran que la eficacia exige una estructura de deberes, recursos y procedimientos que no puede deducirse automáticamente de su proclamación.

Marina utiliza imágenes materiales para expresar esta dependencia. Los derechos se parecen a construcciones que necesitan soportes y mantenimiento: no permanecen suspendidos por una fuerza misteriosa, sino gracias a las actividades que permiten conservarlos. La comparación posee una virtud pedagógica porque evita imaginar el orden moral como un conjunto de declaraciones que funcionan independientemente de las relaciones humanas. Una sociedad puede extender el reconocimiento formal de determinados derechos y, al mismo tiempo, debilitar las condiciones que permiten disfrutarlos. La protección jurídica es una actividad continuada, no un acontecimiento que queda definitivamente resuelto después de la aprobación de una ley.

Esta concepción abre también un problema filosófico que merece distinguirse cuidadosamente. Afirmar que los derechos necesitan deberes para hacerse efectivos no equivale a sostener que su validez moral dependa enteramente del reconocimiento estatal. Podemos considerar que una persona posee una pretensión legítima incluso cuando las instituciones se niegan a protegerla. De hecho, la crítica de las leyes injustas necesita algún criterio que permita distinguir entre el derecho efectivamente reconocido y aquello que debería ser reconocido. La genealogía propuesta por Marina resulta especialmente convincente cuando se interpreta como una investigación sobre las condiciones históricas y sociales de realización de los derechos, sin confundir necesariamente esas condiciones con el fundamento último de su legitimidad.

El planteamiento permite recuperar una relación frecuentemente oscurecida por el lenguaje de las reivindicaciones. Cuando alguien reclama el cumplimiento de un derecho, está solicitando simultáneamente una determinada conducta de otros: abstenerse de perjudicarlo, proporcionarle una prestación, respetar una esfera de libertad o establecer procedimientos para resolver conflictos. Las obligaciones no son elementos accesorios que aparecen después de la declaración de derechos. Forman parte de las condiciones mediante las cuales esa declaración puede modificar la realidad. La ética deja de consistir exclusivamente en identificar bienes deseables y pasa a examinar los compromisos necesarios para hacerlos posibles.

El último movimiento de las Crónicas devuelve así el proyecto ultramoderno a su punto de partida. Si la inteligencia debe orientarse hacia la acción, la ética no puede limitarse a describir valores. Necesita investigar cómo convertirlos en prácticas, instituciones y comportamientos. Los derechos ofrecen un horizonte de protección; los deberes expresan algunas de las condiciones que permiten avanzar hacia él. La relación entre ambos proporciona una aplicación concreta de la idea central de Marina: una inteligencia que se conforma con conocer lo que debería existir, pero renuncia a intervenir sobre las condiciones que permitirían realizarlo, permanece incompleta.

El nombre que Marina abandonó y el ejemplar de Anagrama de 2000

La historia posterior del concepto ofrece una circunstancia particularmente interesante. En un artículo titulado «Posmodernismo», publicado en su página personal el 1 de noviembre de 2021, José Antonio Marina volvió a explicar el origen de la ultramodernidad. Recordaba que había intentado conservar el proyecto ilustrado incorporando algunas aportaciones críticas de los movimientos posmodernos, sin regresar simplemente a la modernidad ni aceptar una ruptura completa con ella. Pero añadía una confesión reveladora: el término no había logrado aceptación y había terminado abandonándolo. El escritor contemplaba incluso la posibilidad de recuperarlo para abordar nuevos debates filosóficos.

La observación permite distinguir entre el destino de una palabra y la continuidad de las ideas que pretendía expresar. Que una denominación no consiga establecerse dentro del vocabulario filosófico no demuestra que las preguntas que la originaron hayan desaparecido. La teoría de la inteligencia creadora, la preocupación por los sentimientos, la investigación sobre la voluntad y el interés por la ética continuaron formando parte de la producción posterior de Marina. La ultramodernidad puede entenderse, por tanto, como una formulación histórica de un proyecto intelectual más amplio, cuyo desarrollo no dependía necesariamente de que aquella etiqueta alcanzase difusión general.

Esta circunstancia también invita a reconsiderar la ambición inicial. Marina había propuesto una denominación capaz de situar su pensamiento después de la modernidad y de la posmodernidad, como si pudiera identificarse una nueva etapa caracterizada por la primacía de la inteligencia ética. El reconocimiento posterior de su escasa aceptación recuerda que los conceptos filosóficos no se consolidan únicamente por la voluntad de quienes los formulan. Necesitan incorporarse a discusiones, instituciones y prácticas intelectuales compartidas. Puede existir una propuesta original sin que llegue a convertirse en una corriente histórica reconocida. El fracaso de una etiqueta no equivale necesariamente al fracaso de su contenido, pero impide confundir la formulación de un programa con su aceptación efectiva.

El ejemplar que conservamos en Librería5 documenta el momento inicial de aquella aspiración. Fue publicado por Editorial Anagrama, S. A., en Barcelona, en 2000, dentro de la colección Argumentos, identificada con el número 244 en la ficha editorial. La página legal acredita el copyright de José Antonio Marina, 2000, y el correspondiente a la editorial del mismo año. Su ISBN es 84-339-0595-3, equivalente a 978-84-339-0595-6, y el depósito legal figura como B. 22.507-2000. La impresión corresponde a Liberdúplex, S. L., con domicilio indicado en la calle Constitució, 19, de Barcelona. Nuestro ejemplar tiene 272 páginas, según el recuento físico de Librería5.

El diseño de la colección está acreditado a Julio Vivas y la ilustración de cubierta a Jean-Pierre Stora, con la obra Allées Piétonnières. La imagen representa pequeños grupos de personas que recorren pasarelas y caminos dentro de una construcción geométrica de apariencia laberíntica. No disponemos de documentación que permita atribuir al ilustrador una intención expresamente filosófica relacionada con el texto, pero su composición admite una lectura coherente con los problemas del libro: los seres humanos actúan dentro de estructuras que condicionan sus recorridos, encuentran bifurcaciones y deben orientarse entre posibilidades que no controlan completamente.

La contracubierta incluye una presentación del proyecto ultramoderno y una relación de obras anteriores del autor, entre ellas Elogio y refutación del ingenio, Teoría de la inteligencia creadora, Ética para náufragos, El laberinto sentimental, El misterio de la voluntad perdida y La selva del lenguaje. La enumeración sitúa el volumen dentro de una producción filosófica que había adquirido notable reconocimiento durante la década de 1990. Marina recibió el Premio Anagrama de Ensayo por Elogio y refutación del ingenio y el Premio Nacional de Ensayo por Teoría de la inteligencia creadora, antecedentes que ayudan a comprender la posición desde la que presentó su propuesta.

Contracubierta de Crónicas de la ultramodernidad de José Antonio Marina, edición de Anagrama de 2000
Contracubierta del ejemplar de 2000. Anagrama presenta la ultramodernidad como una concepción de la inteligencia que une conocimiento, creación, sentimientos y ética. La nota editorial explica además la vocación de Marina de practicar una filosofía orientada a la vida cotidiana.

El índice ofrece la estructura exacta del libro. La introducción comienza en la página 9; «Defensa de la ultramodernidad», en la 23; «El Proyecto Ariadna. Venturas y desventuras sentimentales», en la 65; «Cartografía de los rumbos sociales», en la 117; «El arte, una bella metáfora», en la 199; «La inteligencia ética», en la 225; y «Genealogía de los deberes», en la 241. Tras estos capítulos aparecen una despedida, las fuentes y un índice temático. Esta organización confirma que el autor pretendió ofrecer una continuidad argumental a materiales surgidos de investigaciones y publicaciones diferentes.

Obra

Título
Crónicas de la ultramodernidad
Autor
José Antonio Marina
Publicación original
2000
Lengua original
Español
Género
Ensayo filosófico
Forma
Artículos y reflexiones organizados como sistema filosófico
Materia
Ultramodernidad, inteligencia, ética, sentimientos, libertad, arte, derechos y deberes
Corriente propuesta
Ultramodernidad

Edición conservada

Editorial
Editorial Anagrama, S. A.
Colección
Argumentos
Número de colección
244
Edición
Edición de 2000
Año
2000
Lugar
Barcelona, España
ISBN
84-339-0595-3
ISBN-13 equivalente
978-84-339-0595-6
Depósito legal
B. 22.507-2000
Idioma
Español
Extensión del ejemplar
272 páginas
Imprenta
Liberdúplex, S. L., Barcelona
Diseño de colección
Julio Vivas
Ilustración de cubierta
Allées Piétonnières, Jean-Pierre Stora
Encuadernación
Rústica ilustrada

Particularidades documentales

Organización
Introducción, seis capítulos principales, despedida, fuentes e índice temático.
Origen de los textos
La obra integra cuarenta y dos artículos periodísticos, según la reseña de Carlos Goñi publicada en 2000, con materiales adicionales de enlace.
Proyecto filosófico
Presenta la ultramodernidad como superación crítica de la modernidad y la posmodernidad mediante una teoría ética de la inteligencia.
Evolución posterior
Marina reconoció en 2021 que había abandonado el término ultramodernidad por su escasa aceptación, aunque contemplaba recuperarlo.
Documentación del ejemplar
Cubierta, contracubierta, página legal e índice conservados en Librería5.

La recepción contemporánea de la obra permite comprender la ambición con la que fue presentada. En octubre de 2000, Carlos Goñi destacó que Marina intentaba recuperar una forma sistemática y humanística de pensar, capaz de afrontar los problemas cotidianos sin renunciar a la investigación intelectual. Dos años antes, su conferencia ante el Congreso de Filósofos Jóvenes había provocado controversia precisamente por la severidad de sus críticas al pensamiento europeo y a determinadas consecuencias de la posmodernidad. No se trataba, por tanto, de un concepto inventado únicamente para proporcionar un título atractivo a una colección de artículos. El autor lo había defendido públicamente y pretendía convertirlo en una alternativa reconocible dentro del debate filosófico de su tiempo.

Desde la perspectiva actual, la palabra ultramodernidad puede parecer una de aquellas denominaciones con las que cada generación intenta anunciar que ha encontrado una salida definitiva a las contradicciones de las anteriores. La historia intelectual aconseja cierta prudencia frente a esos anuncios. Los movimientos filosóficos raramente sustituyen a sus predecesores de manera completa, y una nueva teoría no elimina automáticamente los problemas que pretende resolver. Sin embargo, la escasa fortuna posterior de una etiqueta no impide reconocer una cuestión de fondo que conserva todo su interés: la dificultad de justificar una idea de inteligencia limitada al conocimiento cuando las consecuencias de nuestras decisiones dependen también de los fines que perseguimos y de la manera en que utilizamos nuestras capacidades.

La propuesta de Marina puede discutirse precisamente porque no se conforma con celebrar la inteligencia como un atributo admirable. Exige examinar su ejercicio y sus resultados. Saber mucho no equivale necesariamente a pensar bien, pensar bien no garantiza actuar correctamente y alcanzar un objetivo no demuestra que mereciera ser perseguido. Cada transición introduce problemas nuevos que ninguna definición sencilla puede clausurar. El valor de las Crónicas reside en convertir esas dificultades en parte de un programa filosófico, no en haberlas resuelto de una vez para siempre.

En la cubierta de nuestro ejemplar, las pequeñas figuras humanas recorren pasarelas que se cruzan en distintas direcciones. Algunas parecen avanzar juntas; otras se separan, se encuentran o cambian de nivel. La imagen ofrece una metáfora apropiada para cerrar la lectura: podemos comprender la estructura del camino, descubrir sus bifurcaciones y calcular las consecuencias de determinados recorridos, pero todavía necesitamos decidir hacia dónde queremos dirigirnos.

Y esa es, finalmente, la pregunta que atraviesa todo el libro. La humanidad ha desarrollado capacidades extraordinarias para conocer y modificar el mundo. La ultramodernidad de Marina pretende averiguar si será también capaz de utilizarlas para construir una forma de vida mejor. Su respuesta exige ampliar la inteligencia hasta incorporar los fines, las decisiones y la responsabilidad por sus consecuencias. La discusión sobre la legitimidad de esos fines continúa abierta, pero el problema que la origina difícilmente puede considerarse agotado.

Quizá el destino más interesante de una filosofía que pretendía inaugurar una época nueva no sea haber proporcionado el nombre de esa época, sino haber formulado preguntas que permanecen cuando el nombre ha dejado de utilizarse.

Fuentes consultadas