La selva del lenguaje — José Antonio Marina

Dos personas pueden utilizar las mismas palabras y no comprenderse. Podemos hablar con nosotros mismos, inventar historias, convertir una promesa en una obligación o sentir algo para lo que todavía no encontramos nombre. En 1998, José Antonio Marina publicó un ensayo que pretendía devolver el lenguaje al ser humano después de décadas de formalismos lingüísticos. Su investigación desembocaría en el Diccionario de los sentimientos, publicado en 1999 con Marisa López Penas. Nuestro ejemplar pertenece a la tercera edición de enero de 1999, dentro de la colección Argumentos de Anagrama, y conserva una de las cubiertas más originales de la serie, ilustrada por Pep Montserrat.

Dos personas discuten. Ambas conocen perfectamente el significado de las palabras que utilizan, hablan la misma lengua y construyen frases gramaticalmente correctas. Ninguna de ellas parece tener dificultades para expresar sus argumentos. Sin embargo, conforme avanza la conversación, aumenta la distancia entre sus posiciones. Cada interlocutor cree haber explicado suficientemente lo que piensa y atribuye la incomprensión al otro. Llegado un momento, incluso pueden coincidir en buena parte de los hechos y continuar discutiendo como si sostuvieran afirmaciones incompatibles. El problema no reside necesariamente en el vocabulario, la sintaxis o la transmisión material de los sonidos. Algo más profundo ha fracasado.

Esta situación cotidiana permite formular una pregunta que las descripciones exclusivamente formales del lenguaje no pueden resolver por sí solas: ¿qué significa realmente comprender a alguien? Conocer la definición de las palabras no garantiza entender los motivos de quien las pronuncia. Una frase puede representar una petición, una amenaza, una ironía, una promesa o una declaración de afecto, dependiendo de las circunstancias y de las intenciones de sus protagonistas. Incluso cuando su significado literal parece inequívoco, el acto realizado mediante ella puede permanecer oculto. La comunicación humana no se reduce a transmitir unidades lingüísticas entre dos organismos capaces de reconocerlas.

En La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos, publicado por Anagrama en diciembre de 1998, José Antonio Marina propone investigar precisamente ese territorio donde las palabras se encuentran con la experiencia, la inteligencia, la voluntad y los afectos. Su propósito es construir una lingüística que no olvide a los individuos que hablan, piensan, desean y utilizan el lenguaje para intervenir sobre el mundo. La gramática, la semántica y los estudios sobre las estructuras lingüísticas conservan toda su importancia, pero no bastan para explicar por qué alguien pronuncia una frase, qué pretende conseguir mediante ella o qué sucede cuando sus interlocutores atribuyen significados diferentes a una misma expresión.

La investigación forma parte de un proyecto filosófico que Marina venía desarrollando desde Elogio y refutación del ingenio, publicado en 1992, y Teoría de la inteligencia creadora, de 1993. Después de examinar las capacidades inventivas de la inteligencia, sus relaciones con la ética, los sentimientos y la voluntad, el autor dirige su atención hacia la herramienta que permite organizar buena parte de esas actividades: el lenguaje. Pero no se interesa únicamente por las palabras pronunciadas en público. También quiere comprender el habla interior, las relaciones entre pensamiento y expresión, la creación de significados y las condiciones que permiten interpretar las emociones propias y ajenas.

El título utiliza una metáfora particularmente adecuada. Una selva no es un conjunto de objetos perfectamente ordenados que puedan examinarse uno a uno sin alterar sus relaciones. Es un sistema donde múltiples procesos se superponen, donde los caminos pueden perderse y donde una intervención aparentemente sencilla produce consecuencias difíciles de anticipar. El lenguaje presenta una complejidad semejante: sus reglas permiten construir frases reconocibles, pero las experiencias de quienes las utilizan introducen ambigüedades, desplazamientos, contradicciones y posibilidades que ninguna clasificación elemental puede agotar. Marina invita al lector a entrar en ese territorio sin reducirlo prematuramente a un sistema de signos desconectado de la vida.

Cubierta de La selva del lenguaje, de José Antonio Marina, Anagrama, con una cebra integrada visualmente en un conjunto de líneas naranjas y negras, ilustración de Pep Montserrat
Cubierta del ejemplar conservado en Librería5. La ilustración de Pep Montserrat presenta una cebra cuyas rayas se confunden parcialmente con una estructura geométrica de franjas oscuras y anaranjadas. El diseño de la colección corresponde a Julio Vivas. La imagen ofrece una sugerente metáfora visual sobre la relación entre figura, contexto e interpretación.

Devolver las palabras a quienes las pronuncian

La primera gran batalla intelectual del libro se libra contra una tentación comprensible de las ciencias: estudiar sus objetos mediante procedimientos cada vez más precisos y terminar confundiendo el modelo utilizado con la totalidad del fenómeno investigado. La lingüística ha desarrollado instrumentos extraordinariamente útiles para describir estructuras gramaticales, relaciones sintácticas, transformaciones fonéticas y regularidades semánticas. Gracias a ellos podemos comparar lenguas diferentes, explicar aspectos de su evolución y comprender mecanismos que los hablantes utilizan sin conocer explícitamente las reglas que siguen. Pero el éxito de esas investigaciones no demuestra que una lengua pueda explicarse completamente prescindiendo de las personas que la utilizan.

Marina considera que determinadas tradiciones formalistas han llevado demasiado lejos la separación entre el lenguaje y la experiencia humana. Su crítica no consiste simplemente en negar las aportaciones de Ferdinand de Saussure, Noam Chomsky o los investigadores de las estructuras lingüísticas. Intenta recordar que las palabras existen como instrumentos de una actividad realizada por sujetos concretos. Un hablante no selecciona expresiones únicamente porque sean compatibles con determinadas reglas gramaticales. Las utiliza porque quiere informar, convencer, recordar, amenazar, consolar, inventar, preguntar o comprender algo que le sucede. La forma de una frase constituye una parte de su realidad; su función dentro de una conducta humana representa otra que no puede desaparecer de la explicación.

La reivindicación del sujeto hablante tampoco autoriza a prescindir de las estructuras compartidas. Si cada persona atribuyera a las palabras significados completamente privados e inaccesibles para los demás, la comunicación resultaría imposible. El lenguaje necesita convenciones, regularidades y expectativas sociales que permitan interpretar los mensajes. La dificultad consiste en comprender cómo esas estructuras colectivas se actualizan en situaciones particulares, donde los interlocutores poseen experiencias, intereses y conocimientos diferentes. Una palabra conserva un significado convencional, pero su utilización puede introducir matices que dependen de la situación y que ningún diccionario recoge exhaustivamente.

En esta dirección se encuentra uno de los grandes aciertos del planteamiento. El lenguaje puede estudiarse como sistema y como acción, pero ninguna de estas perspectivas sustituye completamente a la otra. Describir las reglas de una lengua no explica por sí solo por qué alguien utiliza una determinada expresión para provocar una reacción concreta. Examinar las intenciones individuales tampoco permite reconstruir automáticamente las estructuras que hacen posible su comprensión. La investigación necesita establecer relaciones entre ambos niveles y evitar que el deseo de obtener modelos científicos elegantes termine eliminando precisamente aquello que los modelos pretendían explicar.

Saber y conocer: el mundo que construimos antes de hablar

El primer capítulo del desarrollo principal, «Saber y conocer», comienza en la página 27. Su posición dentro del índice resulta significativa porque Marina no inicia la investigación describiendo únicamente palabras o reglas gramaticales. Retrocede hacia las condiciones cognitivas que permiten reconocer objetos, atribuirles propiedades y organizar experiencias. Antes de construir una frase sobre el mundo debemos disponer de algún modo de distinguir aquello sobre lo que hablamos. La percepción, la memoria y el aprendizaje intervienen en esa actividad, proporcionando esquemas mediante los cuales identificamos regularidades y anticipamos situaciones.

Una persona puede reconocer un objeto sin recordar inmediatamente su nombre. También puede comprender el uso de una herramienta sin ser capaz de describir técnicamente sus propiedades. Estas experiencias muestran que el conocimiento y su formulación verbal mantienen relaciones estrechas, pero no resultan necesariamente idénticos. Marina se interesa por el proceso mediante el cual las experiencias se organizan en estructuras que posteriormente pueden incorporarse al lenguaje. La investigación del significado exige examinar cómo reconocemos lo que nos rodea, qué información conservamos y de qué manera utilizamos los conocimientos anteriores para interpretar acontecimientos nuevos.

El segundo capítulo, «El diccionario mental», comienza en la página 50 y desarrolla una dimensión complementaria. Los hablantes disponemos de un repertorio extraordinario de palabras y asociaciones que utilizamos con una rapidez difícil de explicar mediante una imagen ingenua de la memoria. Cuando alguien pregunta por un objeto familiar, su denominación puede aparecer casi instantáneamente; en otras ocasiones sabemos perfectamente qué queremos expresar, pero no encontramos la palabra adecuada. También puede suceder que una expresión nos recuerde otras relacionadas por su sonido, su significado o las experiencias en las que anteriormente la encontramos. El léxico mental no funciona simplemente como un diccionario impreso cuyas entradas permanecen almacenadas en orden alfabético.

La investigación psicolingüística permite examinar esas redes de relaciones y las operaciones mediante las cuales recuperamos información. Pero Marina está interesado también en una dificultad filosófica: conocer cómo se activa una palabra no equivale necesariamente a comprender de dónde procede el significado que le atribuimos. Nuestra experiencia acumulada, las prácticas culturales y los usos compartidos intervienen en la formación de los conceptos. El lenguaje no se limita a designar un inventario de objetos previamente delimitados. Participa en la manera en que organizamos sus diferencias y semejanzas, establecemos categorías y comunicamos aquello que hemos aprendido. La llamada selva comienza mucho antes de pronunciar la primera frase.

Comunicación y significación: entender una frase no es entender a una persona

El tercer capítulo, «Comunicación y significación», comienza en la página 70 y conduce hacia uno de los problemas centrales de la obra. Una teoría elemental de la comunicación puede representar el proceso como la transmisión de un mensaje desde un emisor hasta un receptor mediante un código compartido. Este esquema resulta útil para describir determinados aspectos de la transferencia de información, pero encuentra dificultades cuando intentamos explicar qué sucede realmente en una conversación humana. El receptor no se limita a identificar señales. Debe reconstruir referencias, interpretar intenciones, relacionar lo escuchado con sus conocimientos previos y decidir qué respuesta resulta adecuada.

Imaginemos que alguien pregunta durante una reunión si la ventana está abierta. La frase puede expresar una solicitud de información, una queja por la temperatura o una petición indirecta para que otra persona cierre la ventana. Su interpretación depende del contexto y de las expectativas compartidas. Una respuesta perfectamente literal puede resultar comunicativamente absurda si ignora la finalidad práctica del enunciado. El ejemplo permite comprender la importancia de la pragmática lingüística, dedicada a investigar la utilización del lenguaje en situaciones concretas. Las palabras no poseen necesariamente una única función que pueda deducirse sin atender a las circunstancias de su emisión.

Marina relaciona esta complejidad con los conflictos que aparecen cuando los interlocutores creen compartir una interpretación y, en realidad, atribuyen significados diferentes a lo dicho. La incomprensión puede nacer de una ambigüedad léxica, pero también de experiencias personales que modifican el valor de determinadas expresiones. Una persona puede interpretar como desprecio aquello que otra considera una observación neutra; una broma puede percibirse como una agresión cuando falta la confianza que permitiría comprender su intención humorística; una promesa puede adquirir significados distintos según las expectativas de quienes participan en ella. La comunicación exige, por tanto, una actividad interpretativa que no queda garantizada por el dominio de las reglas gramaticales.

La dimensión social de este problema resulta evidente. Buena parte de los conflictos humanos se desarrolla mediante conversaciones en las que las personas no discuten exclusivamente sobre hechos, sino también sobre lo que creen que otros han querido decir. El lenguaje puede facilitar la cooperación, pero también producir agravios, sospechas y enfrentamientos que se alimentan de interpretaciones sucesivas. Una teoría del sujeto hablante necesita examinar esas consecuencias porque las palabras forman parte de la conducta. No son únicamente objetos que puedan clasificarse desde fuera: intervienen en relaciones que modifican la vida de sus participantes.

¿Pero quién demonios habla? La conversación que mantenemos con nosotros mismos

El cuarto capítulo comienza en la página 89 con una pregunta deliberadamente provocadora: «¿Pero quién demonios habla?». El título obliga a abandonar una imagen excesivamente sencilla del sujeto que produce lenguaje. Normalmente suponemos que una persona decide qué quiere comunicar, selecciona las palabras adecuadas y las pronuncia. Sin embargo, nuestra experiencia cotidiana muestra que las frases pueden aparecer en la conciencia sin que hayamos preparado de manera deliberada cada uno de sus elementos. Recordamos expresiones inesperadas, encontramos soluciones mientras pensamos en otros asuntos y descubrimos lo que verdaderamente queríamos decir después de haber empezado a hablar.

Esta dificultad se vuelve todavía más interesante cuando examinamos el habla interior. Podemos discutir con nosotros mismos, formular preguntas cuya respuesta desconocemos, imaginar conversaciones que nunca tendrán lugar y revisar decisiones mediante argumentos expresados silenciosamente. El lenguaje permite convertir determinadas experiencias en objetos de reflexión. Una persona puede sentir enfado y posteriormente preguntarse si existen razones suficientes para mantenerlo; puede desear algo y descubrir mediante una deliberación interior que su realización perjudicaría otros proyectos; puede anticipar una discusión y preparar respuestas antes de encontrarse con su interlocutor. En estos casos el lenguaje no funciona simplemente como un mecanismo para transmitir información a otros. Participa en la organización de la conducta individual.

La pregunta por el sujeto hablante conduce también hacia las relaciones entre conciencia y procesos cognitivos no conscientes. Marina se interesa por las operaciones que permiten producir expresiones antes de que aparezcan formuladas en la experiencia consciente. El hecho de que una palabra nos venga a la cabeza no significa que conozcamos directamente todos los mecanismos que han intervenido en su recuperación. Tampoco demuestra que carezcamos de participación en su producción. Nuestra actividad intelectual incorpora procesos que podemos describir, modificar y entrenar sin disponer de una observación inmediata de cada operación. La espontaneidad de una ocurrencia puede ser resultado de una larga acumulación de aprendizaje.

El problema tiene consecuencias para la comprensión de la identidad personal. Nuestra vida mental no constituye un depósito perfectamente ordenado de afirmaciones que permanecen disponibles para una conciencia soberana. Recordamos, interpretamos, anticipamos y reorganizamos experiencias mediante instrumentos que no dominamos completamente. El habla interior puede ayudarnos a tomar distancia respecto a nuestros impulsos, pero también alimentar preocupaciones repetitivas, justificar decisiones anteriores o convertir interpretaciones discutibles en certezas aparentemente evidentes. La capacidad de hablarnos a nosotros mismos amplía nuestras posibilidades de autorregulación sin convertirnos necesariamente en observadores infalibles de nuestra propia mente.

La inteligencia lingüística y el habla creadora: por qué las frases no son simples combinaciones

Los capítulos quinto y sexto, «La inteligencia lingüística» y «El habla creadora», comienzan respectivamente en las páginas 111 y 131. Ambos relacionan el lenguaje con una de las preocupaciones más persistentes de Marina: la creatividad humana. Los hablantes podemos construir frases que nunca hemos pronunciado anteriormente y comprender expresiones que encontramos por primera vez. Una lengua posee reglas y recursos compartidos, pero sus posibilidades de combinación permiten producir una variedad extraordinaria de enunciados. Esta capacidad había ocupado un lugar central en la lingüística generativa, aunque Marina intenta examinarla desde una teoría más amplia de la inteligencia que actúa, imagina y persigue fines.

La creación lingüística no se limita a la literatura. Una persona inventa una expresión para describir una experiencia que no consigue comunicar mediante las palabras habituales; otra encuentra la manera de explicar un problema complejo utilizando una comparación sencilla; un niño construye frases nuevas aplicando regularidades que ha aprendido sin recibir instrucciones explícitas sobre todas sus posibilidades. En todos estos casos intervienen capacidades que permiten ir más allá de la reproducción mecánica de expresiones anteriores. Pero la creación exige también una relación con el mundo, con los interlocutores y con las condiciones que determinan si el resultado puede comprenderse.

El lenguaje literario proporciona ejemplos especialmente visibles de esa libertad. Una metáfora puede relacionar realidades que habitualmente permanecen separadas y permitir que el lector comprenda un fenómeno desde una perspectiva inesperada. La ironía puede producir un significado diferente del que parece desprenderse literalmente de una frase. Un relato transforma acontecimientos imaginarios en una experiencia que el lector puede utilizar para interpretar situaciones reales. Marina había examinado algunas de estas facultades en Elogio y refutación del ingenio, pero aquí las sitúa dentro de un problema más general: cómo produce la inteligencia expresiones capaces de modificar el conocimiento y las relaciones entre las personas.

La creatividad verbal tampoco queda garantizada por la originalidad formal. Una expresión puede ser extraordinariamente novedosa y no comunicar nada reconocible, del mismo modo que una formulación tradicional puede adquirir un significado profundo cuando aparece en circunstancias adecuadas. El valor de una intervención depende de las relaciones que establece con aquello que pretende expresar. La inteligencia lingüística necesita seleccionar, corregir y adaptar sus producciones, no simplemente multiplicar combinaciones posibles. Hablar creativamente supone descubrir nuevas maneras de decir, pero también reconocer cuándo esas maneras permiten comprender mejor y cuándo solo añaden dificultad innecesaria.

Esta observación contiene una lección que alcanza a la escritura filosófica y científica. El lenguaje especializado resulta imprescindible cuando necesitamos distinguir conceptos que la expresión cotidiana trata de manera demasiado imprecisa. Pero la complejidad terminológica no constituye una virtud por sí misma. Una teoría puede utilizar palabras difíciles porque describe fenómenos difíciles; también puede emplearlas para ocultar la pobreza de una explicación. El rigor depende de las distinciones que conseguimos establecer y justificar, no del grado de oscuridad de las expresiones utilizadas. La inteligencia lingüística se manifiesta tanto en la creación de conceptos nuevos como en la capacidad para explicar con claridad aquello que hemos conseguido comprender.

Comprender e interpretar: la hermenéutica como encuentro entre mundos

El séptimo capítulo, «La comprensión y la hermenéutica», comienza en la página 146. La hermenéutica se ocupa de los problemas relacionados con la interpretación, especialmente cuando el significado no puede reducirse a una correspondencia inmediata entre palabras y objetos. Comprender un texto exige reconocer relaciones internas, identificar referencias, considerar las condiciones de su producción y distinguir entre lo que sus expresiones permiten afirmar y aquello que nosotros añadimos desde nuestras propias expectativas. El problema aparece en la literatura, en la historia, en la filosofía y en las conversaciones ordinarias, porque los seres humanos interpretamos permanentemente producciones lingüísticas que no proceden de nuestra propia experiencia.

Un documento jurídico proporciona un ejemplo especialmente fértil. La lectura de una disposición legal exige comprender sus palabras, pero también su posición dentro del ordenamiento, las circunstancias a las que pretende aplicarse y las relaciones que mantiene con otras normas. Una misma expresión puede adquirir consecuencias diferentes dependiendo de que aparezca en una declaración política, un contrato, una sentencia o una disposición sancionadora. Conocer su significado ordinario resulta necesario, pero no siempre suficiente para determinar qué obligaciones, facultades o prohibiciones establece. La interpretación forma parte del funcionamiento del derecho, no constituye una actividad excepcional que aparece únicamente cuando el legislador ha escrito mal.

La importancia del contexto no significa que todas las interpretaciones sean igualmente defendibles. Un texto impone restricciones mediante su vocabulario, su organización y las relaciones que pueden reconstruirse entre sus partes. Las convenciones compartidas también establecen expectativas que permiten reconocer determinadas lecturas como más justificadas que otras. Pero la comprensión exige una actividad que no puede sustituirse completamente por la identificación aislada de signos. Interpretar supone utilizar conocimientos, revisar hipótesis y relacionar aquello que encontramos con las circunstancias pertinentes. El problema filosófico consiste en explicar cómo puede realizarse esa actividad de manera rigurosa sin fingir que el intérprete carece de historia, intereses y expectativas.

La cuestión es especialmente importante para el proyecto de Marina porque devuelve al sujeto una posición activa dentro del lenguaje. Quien comprende no recibe pasivamente un significado terminado; participa en su reconstrucción utilizando facultades cognitivas y experiencias anteriores. Sin embargo, tampoco puede atribuir legítimamente cualquier significado a cualquier expresión. La interpretación se desarrolla dentro de un espacio compartido donde las palabras, los contextos y las prácticas permiten discutir si una comprensión está suficientemente justificada. El lenguaje adquiere así una dimensión pública que impide reducirlo tanto a un código autónomo como a una sucesión de experiencias privadas incomunicables.

Los lenguajes fracasados: mentiras, silencios y malentendidos

El octavo capítulo, «Los lenguajes fracasados», comienza en la página 166 y permite apreciar una de las características más originales de la investigación. Las teorías del lenguaje suelen estudiar con especial atención los mecanismos que permiten producir expresiones comprensibles. Marina propone examinar también aquello que sucede cuando esos mecanismos no consiguen sus objetivos o cuando la actividad comunicativa queda deformada por intereses, limitaciones y conflictos. Una frase puede ser impecable desde el punto de vista gramatical y resultar completamente inútil para resolver una situación. La corrección formal no garantiza el éxito comunicativo, del mismo modo que la transmisión exacta de una información no demuestra que el destinatario haya comprendido su importancia.

La mentira constituye un caso especialmente interesante porque utiliza las posibilidades ordinarias del lenguaje para producir una interpretación deliberadamente equivocada. Quien engaña necesita que su interlocutor comprenda la estructura de la expresión y confíe suficientemente en las condiciones de la comunicación. La falsedad adquiere eficacia precisamente porque aprovecha mecanismos destinados a transmitir información. No constituye necesariamente un fracaso técnico del lenguaje: puede representar un éxito instrumental de quien pretende manipular las creencias ajenas. Pero sí introduce una contradicción respecto a la función cooperativa que permite a los interlocutores utilizar las palabras para construir conocimientos compartidos.

Los silencios y las reservas ofrecen dificultades diferentes. Una persona puede comprender perfectamente aquello que debería decir y decidir no hacerlo por miedo, vergüenza, prudencia o cálculo. En determinadas circunstancias el silencio constituye una forma legítima de proteger la intimidad; en otras puede impedir que una relación avance o que un conflicto se resuelva. La ausencia de palabras también puede comunicar, pero su interpretación depende extraordinariamente del contexto. Callar ante una acusación no significa necesariamente admitirla, como tampoco guardar silencio ante una declaración afectiva demuestra siempre indiferencia. El destinatario puede llenar ese vacío mediante inferencias que respondan más a sus propios temores que a las intenciones de quien permanece callado.

La comunicación fracasa igualmente cuando las personas utilizan las mismas expresiones dentro de marcos de interpretación incompatibles. Los malentendidos culturales, las diferencias de experiencia y las expectativas asociadas a determinadas relaciones pueden transformar una conversación aparentemente sencilla en un conflicto. No basta con ordenar a los participantes que sean más claros si desconocen las condiciones que producen la incomprensión. En ocasiones necesitan descubrir qué entienden por los conceptos fundamentales de la discusión, por qué atribuyen intenciones distintas a determinados comportamientos o qué experiencias anteriores condicionan sus reacciones. La solución puede exigir revisar no solo las palabras, sino también las interpretaciones del mundo que las acompañan.

El estudio de los fracasos lingüísticos proporciona así una visión menos ingenua de la comunicación. Hablar no garantiza ser escuchado, ser escuchado no garantiza ser comprendido y ser comprendido no garantiza conseguir aquello que se pretendía. La distancia entre estos resultados permite analizar problemas personales, educativos, políticos y jurídicos sin atribuirlos automáticamente a deficiencias del vocabulario. El lenguaje es una capacidad extraordinaria, pero su eficacia depende de condiciones que no se encuentran contenidas exclusivamente en las reglas de la lengua.

El lenguaje y la realidad: de los sentimientos al derecho

El noveno capítulo, «El lenguaje y la realidad», comienza en la página 185 y conduce hacia una cuestión filosófica fundamental: qué relación existe entre las palabras que utilizamos y el mundo al que pretendemos referirnos. Podemos nombrar objetos, describir acontecimientos y establecer afirmaciones cuya verdad depende de circunstancias externas a nuestras expresiones. Pero el lenguaje también permite clasificar experiencias, formular proyectos y producir consecuencias sociales que no existirían de la misma manera sin determinadas prácticas lingüísticas. La palabra no se limita siempre a representar algo previamente establecido; en ocasiones participa en la creación de relaciones que adquieren una realidad efectiva para quienes las reconocen.

La vida jurídica muestra con especial claridad esta capacidad. Un contrato puede surgir mediante declaraciones de voluntad emitidas dentro de las condiciones establecidas por el ordenamiento. Una sentencia puede modificar la situación jurídica de una persona, y una disposición normativa puede introducir obligaciones que no existían antes de su aprobación. Las palabras empleadas en estos actos no funcionan simplemente como descripciones de acontecimientos externos. Forman parte de prácticas institucionales capaces de producir consecuencias. Naturalmente, la eficacia no nace de una fuerza misteriosa contenida en el lenguaje: depende de reglas, competencias, procedimientos y condiciones sociales que atribuyen determinados efectos a ciertos actos.

Esta observación constituye una aplicación de las ideas de la filosofía del lenguaje sobre los actos de habla y permite ampliar la reflexión de Marina sin atribuirle necesariamente todos los ejemplos anteriores. Las instituciones humanas necesitan categorías que permitan identificar situaciones, establecer diferencias y orientar el comportamiento. Pero también pueden mantener distinciones mediante prácticas lingüísticas cuya legitimidad merece discusión. Una denominación administrativa puede facilitar el tratamiento de miles de expedientes y, simultáneamente, ocultar aspectos relevantes de las personas concretas a las que se aplica. El lenguaje ofrece precisión y economía, pero ninguna clasificación garantiza por sí sola que sus consecuencias sean justas.

Los sentimientos proporcionan otro terreno donde la relación entre palabras y realidad resulta especialmente compleja. Sentir miedo, vergüenza, resentimiento o gratitud no equivale simplemente a identificar un objeto exterior. Estas experiencias incorporan valoraciones, recuerdos, expectativas y relaciones con otras personas. El vocabulario que utilizamos para describirlas permite establecer distinciones cuya importancia no resulta siempre evidente. La humillación no equivale exactamente a la vergüenza, ni la envidia al deseo de poseer algo que otro tiene. Comprender esas diferencias puede modificar la interpretación que hacemos de una experiencia y las decisiones que adoptamos ante ella.

Pero reconocer la importancia del vocabulario afectivo no obliga a sostener que los sentimientos son creados íntegramente por las palabras que los designan. Las personas pueden experimentar miedo o dolor sin disponer de una descripción lingüística precisa de lo que les ocurre. El problema consiste en investigar cómo el lenguaje organiza, transforma y comunica experiencias cuya existencia también depende de procesos corporales, psicológicos y sociales. Marina se interesa especialmente por ese encuentro entre vivencia y concepto, porque considera que la capacidad para describir nuestros estados afectivos amplía las posibilidades de comprenderlos y orientar nuestra conducta.

Una crítica académica: ¿son los sentimientos experiencias privadas o historias compartidas?

La recepción intelectual del libro proporciona una controversia especialmente valiosa. El filósofo Jorge Vicente Arregui publicó el 1 de septiembre de 1999, en Revista de Libros, una reseña titulada Lenguaje y sujeto. Su análisis reconoce la amplitud interdisciplinaria del proyecto de Marina, capaz de relacionar lingüística, psicología, filosofía y estudios culturales, pero identifica una tensión que afecta precisamente a la teoría de los sentimientos. No basta con afirmar que las palabras permiten expresar experiencias privadas y, simultáneamente, que los conceptos afectivos describen estructuras narrativas vinculadas a relaciones sociales. Ambas explicaciones pueden conducir hacia concepciones diferentes de aquello que pretendemos investigar.

La primera perspectiva considera el sentimiento como una experiencia que ocurre en la conciencia individual y que posteriormente recibe una denominación lingüística. La segunda examina términos como celos, culpa o resentimiento atendiendo a las situaciones, expectativas y comportamientos que les proporcionan significado. Los celos, por ejemplo, no se identifican necesariamente mediante una sensación corporal única que todos experimentan de forma idéntica. Su comprensión requiere considerar relaciones afectivas, posibilidades de pérdida, expectativas de exclusividad y maneras de interpretar la conducta ajena. En este sentido, una palabra sentimental puede condensar una historia que reconocemos culturalmente y que permite organizar experiencias distintas bajo una misma categoría.

Arregui objeta que Marina parece oscilar entre ambas perspectivas, especialmente cuando intenta identificar estructuras afectivas universales mediante el estudio del vocabulario. Si las emociones deben comprenderse a través de contextos narrativos y prácticas compartidas, resulta problemático tratarlas simultáneamente como entidades naturales perfectamente delimitadas que el lenguaje se limita a descubrir. La dificultad afecta a una pregunta central de la investigación: ¿encontramos en distintas lenguas nombres diferentes para sentimientos esencialmente idénticos o las propias categorías culturales participan en la manera en que esos sentimientos se experimentan y comprenden?

Esta crítica no destruye la importancia del proyecto; permite identificar con mayor precisión su dificultad filosófica. El hecho de que distintas culturas posean vocabularios afectivos diferentes no demuestra automáticamente que sus integrantes experimenten emociones biológicamente incomparables. Pero la existencia de ciertas regularidades corporales tampoco garantiza que todas las categorías sentimentales puedan traducirse sin pérdida de significado. Una investigación rigurosa necesita relacionar biología, psicología, prácticas sociales y lenguaje sin convertir ninguno de estos niveles en explicación exclusiva de los restantes. Precisamente por eso la discusión continúa siendo fértil: las palabras con las que describimos nuestra vida afectiva son documentos de la experiencia humana, aunque no constituyan un inventario transparente y definitivo de sus componentes.

Del ensayo de 1998 al Diccionario de los sentimientos de 1999

El subtítulo de La selva del lenguaje permite reconstruir su verdadera posición dentro de la producción de Marina. La obra nació como una introducción a un diccionario de los sentimientos, pero la investigación de los problemas lingüísticos fue adquiriendo suficiente amplitud para convertirse en un ensayo independiente. El resultado presenta una teoría general del lenguaje humano y utiliza las dificultades del vocabulario afectivo como uno de sus principales campos de observación. No se trata, por tanto, de un diccionario convencional que reúna definiciones ordenadas alfabéticamente. Es una investigación filosófica sobre las condiciones que permiten nombrar, distinguir y comprender las experiencias.

El proyecto anunciado alcanzó una realización editorial al año siguiente con la publicación del Diccionario de los sentimientos, escrito por José Antonio Marina y Marisa López Penas y publicado por Anagrama en 1999. La obra se organiza alrededor de una investigación del léxico sentimental y de las estructuras psicológicas que pueden reconocerse en las palabras utilizadas para designar afectos. Su segunda parte ofrece una clasificación temática de términos, mientras la investigación general relaciona documentación lexicográfica, psicología y comparación entre culturas. La participación de López Penas, especialista en documentación, proporciona una dimensión complementaria a la investigación filosófica.

La continuidad entre ambos volúmenes resulta especialmente importante para comprender la manera de trabajar de Marina. Una investigación que inicialmente pretendía ordenar palabras termina obligando a examinar cómo funciona la memoria, qué relación mantienen pensamiento y lenguaje, de dónde proceden los significados y cómo interpretamos las experiencias ajenas. La elaboración de un instrumento lexicográfico conduce hacia una teoría del sujeto que utiliza ese instrumento. El diccionario ya no puede presentarse únicamente como un repertorio de equivalencias verbales: necesita considerar las experiencias, prácticas y relaciones que permiten distinguir sus entradas.

Esta historia editorial también introduce una diferencia respecto a los procedimientos habituales de clasificación. Un diccionario puede adquirir gran utilidad práctica sin resolver definitivamente todos los problemas filosóficos relacionados con sus categorías. Podemos distinguir entre ira, irritación, indignación y resentimiento para comunicarnos con mayor precisión, aunque las fronteras entre esas experiencias permanezcan abiertas a discusión. La investigación científica y filosófica no siempre necesita clausurar un problema para producir instrumentos valiosos. En ocasiones, su contribución consiste precisamente en mostrar qué distinciones resultan útiles y dónde comienzan las dificultades que todavía debemos investigar.

La tercera edición de enero de 1999: el ejemplar conservado en Librería5

El ejemplar que conservamos en Librería5 pertenece a la tercera edición de enero de 1999 de La selva del lenguaje. Introducción a un diccionario de los sentimientos, publicada por Editorial Anagrama, S. A. La página legal identifica expresamente la primera edición de diciembre de 1998, una segunda edición del mismo mes y la tercera de enero de 1999. Esta sucesión documenta la rápida continuidad editorial del título durante sus primeras semanas de circulación, aunque las inscripciones por sí solas no permiten calcular el número de ejemplares vendidos ni las tiradas correspondientes.

El libro pertenece a la colección Argumentos, número 219. El copyright se atribuye a José Antonio Marina y a Editorial Anagrama, ambos de 1998. El domicilio editorial que aparece impreso es Pedro de la Creu, 58, Barcelona. El ISBN es 84-339-0569-4, equivalente a 978-84-339-0569-7, y el depósito legal figura como B. 2371-1999. La impresión corresponde a Liberdúplex, S. L., situada en la calle Constitució, 19, de Barcelona. Nuestro ejemplar tiene 320 páginas, según el recuento físico de Librería5.

La cubierta representa una de las particularidades más atractivas del volumen. Su diseño sigue la estética reconocible de la colección Argumentos, con un fondo negro y una imagen central. La ilustración está acreditada a Pep Montserrat y presenta una cebra integrada en un espacio de franjas oscuras y anaranjadas. Su pelaje parece prolongar algunas de las líneas del fondo, creando una tensión visual entre el animal y la estructura que lo rodea. El diseño de la colección corresponde a Julio Vivas, cuyo trabajo contribuyó a proporcionar a numerosos ensayos de Anagrama una identidad visual inmediatamente reconocible.

La imagen ofrece una posibilidad interpretativa especialmente apropiada para el libro. Una misma figura puede resultar evidente o difícil de distinguir dependiendo de las relaciones que establecemos entre sus elementos. Las rayas permiten identificar a la cebra, pero al confundirse parcialmente con las del entorno también dificultan separar sus contornos. El reconocimiento depende de una actividad perceptiva que organiza diferencias, semejanzas y referencias espaciales. No podemos demostrar que el ilustrador pretendiera formular una teoría sobre el lenguaje mediante esa composición, pero su funcionamiento visual resulta sugerente cuando se relaciona con un ensayo dedicado a la interpretación y a la manera en que los contextos modifican nuestras experiencias.

Contracubierta de La selva del lenguaje de José Antonio Marina, Anagrama, con la presentación de la lingüística humanista y referencia a los estudios de los sentimientos
Contracubierta del ejemplar de Anagrama. La presentación editorial destaca la necesidad de estudiar el lenguaje como una actividad humana, atendiendo a las incomprensiones, los malentendidos, el habla interior y la expresión de los sentimientos. Incluye también una nota sobre las obras anteriores de Marina y el código ISBN.

El índice comienza con una introducción en la página 9 y se desarrolla en nueve capítulos: «Saber y conocer», «El diccionario mental», «Comunicación y significación», «¿Pero quién demonios habla?», «La inteligencia lingüística», «El habla creadora», «La comprensión y la hermenéutica», «Los lenguajes fracasados» y «El lenguaje y la realidad». El epílogo comienza en la página 217 y las notas y el trabajo bibliográfico ocupan una extensa sección a partir de la 221. Esta organización confirma el propósito de construir una teoría que avance desde las condiciones cognitivas del significado hasta los problemas de interpretación y realidad.

Una particularidad documental que conviene conservar es la identificación exacta de la edición. Las fichas bibliográficas actuales suelen presentar La selva del lenguaje como una obra de 1998, que es su año de primera publicación, mientras que el ejemplar de Librería5 declara expresamente su pertenencia a la tercera edición de enero de 1999. No existe contradicción entre ambos datos: uno identifica la aparición original del libro y el otro la edición material que tenemos delante. Esta distinción permite documentar la circulación inicial de una obra que consiguió varias ediciones en un periodo muy breve.

Obra

Título
La selva del lenguaje
Subtítulo
Introducción a un diccionario de los sentimientos
Autor
José Antonio Marina
Primera publicación
1998
Lengua original
Español
Género
Ensayo filosófico
Ámbito
Filosofía del lenguaje y psicolingüística
Materia
Lenguaje, inteligencia, significado, sentimientos, comunicación, hermenéutica y creatividad
Continuación del proyecto
Diccionario de los sentimientos, José Antonio Marina y Marisa López Penas, 1999

Edición conservada

Editorial
Editorial Anagrama, S. A.
Colección
Argumentos
Número de colección
219
Edición
Tercera edición, enero de 1999
Año
1999
Lugar
Barcelona, España
ISBN
84-339-0569-4
ISBN-13 equivalente
978-84-339-0569-7
Depósito legal
B. 2371-1999
Idioma
Español
Extensión del ejemplar
320 páginas
Imprenta
Liberdúplex, S. L., Barcelona
Diseño de colección
Julio Vivas
Ilustración de cubierta
Pep Montserrat
Encuadernación
Rústica ilustrada

Particularidades documentales

Secuencia editorial
Primera y segunda ediciones en diciembre de 1998; tercera edición en enero de 1999.
Estructura
Introducción, nueve capítulos, epílogo y extensa sección de notas y bibliografía.
Ilustración
Cubierta de Pep Montserrat, con una cebra integrada visualmente en una composición de franjas geométricas.
Recepción crítica
Reseñas de José Ramón Ayllón y Jorge Vicente Arregui, ambas publicadas en 1999, con valoraciones distintas de su propuesta filosófica.
Proyecto posterior
El estudio introductorio del lenguaje antecede al Diccionario de los sentimientos de 1999, escrito con Marisa López Penas.
Documentación
Cubierta, contracubierta, página legal e índice del ejemplar conservado en Librería5.

El lenguaje después de la inteligencia artificial: ¿puede haber palabras sin un hablante humano?

Leído desde 2026, el proyecto de Marina adquiere una dimensión que su autor no podía desarrollar en los mismos términos cuando publicó el libro. Los sistemas contemporáneos de inteligencia artificial pueden generar conversaciones extensas, traducir textos, producir argumentos, reconocer referencias contextuales y explicar significados sin que intervenga directamente una persona en la elaboración de cada respuesta. Su funcionamiento plantea una nueva dificultad para cualquier teoría que identifique de manera demasiado estrecha la producción lingüística con la experiencia humana. Si una máquina consigue participar eficazmente en intercambios verbales, ¿qué elementos de esa actividad requieren necesariamente las facultades que Marina atribuye al sujeto hablante?

La pregunta necesita varias distinciones. Producir una frase gramaticalmente correcta no equivale a comprender su significado en todos los sentidos posibles. Mantener una conversación coherente tampoco demuestra automáticamente la existencia de experiencias subjetivas semejantes a las humanas. Pero el hecho de que los mecanismos empleados sean diferentes no autoriza a negar sin examen todas las capacidades funcionales que observamos. Los sistemas artificiales obligan a separar la competencia lingüística, la capacidad para utilizar información contextual, la orientación hacia objetivos y la posible existencia de experiencias conscientes. Confundir estas dimensiones conduce a conclusiones prematuras, tanto cuando atribuimos a la máquina una subjetividad humana completa como cuando negamos toda relevancia intelectual a su comportamiento porque no ha sido producida mediante los procedimientos biológicos habituales.

La crítica de Marina a los formalismos puede resultar especialmente útil en este debate. Si el lenguaje debe estudiarse únicamente como una estructura de signos, la producción de expresiones adecuadas podría parecer suficiente para explicar toda la actividad lingüística. Si, por el contrario, necesitamos investigar qué función cumplen esas expresiones dentro de una conducta, debemos examinar también los objetivos, las condiciones de producción, las relaciones con el entorno y los efectos que producen sobre sus destinatarios. La llegada de nuevos sistemas capaces de generar lenguaje no elimina la importancia de estas preguntas. Las vuelve más difíciles porque introduce agentes técnicos cuyas capacidades observables pueden parecer familiares mientras sus procesos internos difieren profundamente de los humanos.

Existe además una dimensión práctica que afecta directamente a la calidad de la comunicación. Una máquina puede generar una respuesta formalmente impecable y, sin embargo, interpretar equivocadamente el problema que una persona intenta resolver. También puede ofrecer una explicación persuasiva cuya aparente seguridad no corresponda a la solidez de sus fundamentos. El usuario necesita entonces distinguir entre la elegancia de la expresión y la validez del contenido, del mismo modo que en las relaciones humanas debe distinguir entre comprender las palabras y comprender aquello que el interlocutor pretende conseguir. La fluidez lingüística facilita la comunicación, pero puede ocultar deficiencias que serían más visibles en una respuesta torpe.

La posibilidad de mantener conversaciones con sistemas artificiales introduce así un nuevo capítulo en la historia de los problemas que Marina investigaba en 1998. Antes de preguntar exclusivamente si las máquinas hablan como nosotros, conviene examinar qué significa hablar, qué criterios utilizamos para reconocer la comprensión y qué consecuencias tiene atribuir capacidades lingüísticas a entidades de naturaleza diferente. El ensayo no ofrece respuestas definitivas a estas cuestiones contemporáneas, pero proporciona un conjunto de distinciones con las que pueden plantearse de manera más rigurosa.

Una inteligencia empalabrada que todavía necesita comprenderse

La propuesta filosófica de La selva del lenguaje termina conduciendo hacia una conclusión que excede la lingüística. Los seres humanos no utilizamos las palabras únicamente para informar acerca de un mundo previamente organizado. También las empleamos para decidir, recordar, construir relaciones, interpretar conflictos y modificar la manera en que comprendemos nuestras propias experiencias. El lenguaje participa en la formación de proyectos y en la coordinación de conductas que no podrían desarrollarse de la misma forma sin mecanismos simbólicos compartidos. Pero esa capacidad no garantiza que la comunicación alcance siempre sus objetivos ni que las interpretaciones resultantes sean verdaderas o justas.

La inteligencia lingüística constituye una herramienta extraordinaria precisamente porque puede utilizarse para fines diferentes. Permite describir conocimientos científicos, escribir novelas, establecer compromisos jurídicos, organizar instituciones y expresar sentimientos cuya complejidad resultaría difícil de comunicar mediante otros recursos. También permite engañar, manipular, humillar y producir conflictos que se alimentan de palabras aparentemente inocentes. Su importancia no reside en una supuesta bondad inherente, sino en la amplitud de las posibilidades que introduce dentro de la vida individual y colectiva. La misma facultad que facilita la cooperación puede perfeccionar formas de enfrentamiento y dominación.

El proyecto de Marina aspira a incorporar esas posibilidades dentro de una teoría general de la inteligencia. Conocer el funcionamiento de las palabras es importante, pero el estudio no debería terminar en sus estructuras formales. Necesitamos investigar cómo aparecen las expresiones, por qué las utilizamos, qué consecuencias producen y de qué manera podemos mejorar nuestra capacidad para comprender y hacernos comprender. El lenguaje vuelve así al terreno de la acción, donde la verdad, los sentimientos y la ética intervienen sobre decisiones que afectan a personas concretas.

La cebra de Pep Montserrat ofrece una imagen apropiada para cerrar esta investigación. Sus rayas permiten reconocerla y, al mismo tiempo, dificultan separarla del entorno. El espectador necesita organizar relaciones entre figura y fondo para comprender aquello que está contemplando. Algo semejante sucede cuando tratamos de interpretar las palabras. Podemos conocer cada elemento de una frase y continuar sin comprender su función dentro de una situación; podemos reconocer una expresión familiar y atribuirle un significado que su autor nunca pretendió comunicar; podemos encontrar definiciones precisas y descubrir que resultan insuficientes para explicar una experiencia.

Quizá la verdadera selva del lenguaje no esté formada por la extraordinaria cantidad de palabras que hemos inventado, sino por las relaciones que establecemos mediante ellas. La dificultad no consiste solamente en encontrar el camino entre los signos, sino en reconocer a quienes los utilizan y aquello que esperan conseguir. Una lengua puede describirse mediante reglas; una conversación, en cambio, sucede entre seres cuyas experiencias y expectativas nunca resultan completamente idénticas.

Y ahí permanece la pregunta que justifica el libro: ¿qué significa comprender, cuando las palabras que hacen posible nuestro entendimiento también pueden convertirse en el instrumento de nuestros mayores malentendidos?

Fuentes consultadas