Biblioteca Clásica Ebro: los clásicos españoles desde Zaragoza

Catálogo de la Biblioteca Clásica Ebro, volúmenes publicados Primera página del catálogo de la Biblioteca Clásica Ebro conservado en un volumen de Editorial Ebro de 1963. La relación comienza con el número 1 y alcanza aquí el 50.
Una colección escolar nacida en 1938 que convirtió la literatura española en pequeños volúmenes económicos, anotados y preparados para ser leídos.
Dos humildes páginas publicitarias conservadas al final de un libro permiten reconstruir algo mucho mayor que un catálogo editorial. Ante nosotros aparece prácticamente una biblioteca entera: autores medievales, Siglo de Oro, Romanticismo, teatro, poesía, prosa, antologías y textos históricos ordenados en una larga numeración que en 1963 llegaba ya hasta el número 99. Era la Biblioteca Clásica Ebro, una colección nacida en Zaragoza en 1938 y estrechamente ligada a José Manuel Blecua, concebida para que los estudiantes pudieran enfrentarse directamente a los textos fundamentales de la literatura española sin necesitar grandes y costosas ediciones académicas.

Una biblioteca escondida dentro de un libro

Estas dos hojas aparecen entre las páginas finales de un ejemplar de Escritores costumbristas publicado por Editorial Ebro en 1963. Su función original era puramente comercial: informar al comprador de los títulos que podía encontrar dentro de la misma colección y anunciar los que estaban en preparación. Más de seis décadas después, sin embargo, tienen un valor muy distinto. Leídas como documento, ofrecen una fotografía del catálogo de la Biblioteca Clásica Ebro en un momento concreto de su desarrollo.

La primera página comienza con una declaración extremadamente sencilla: «Tomos en 8.º, de 128 a 150 páginas, ilustrados y encuadernados con cubierta de cartulina en colores». En una sola línea queda resumida la fórmula material de la colección. Eran libros de tamaño reducido, manejables, relativamente breves, ilustrados y producidos con una encuadernación económica. No pretendían competir con la edición monumental destinada al especialista; querían entrar en las aulas, las mochilas y las bibliotecas domésticas.

Debajo aparece la verdadera dimensión del proyecto. La numeración empieza con Tirso de Molina, continúa con Lope de Vega, Juan de Mariana, fray Luis de León, Ruiz de Alarcón, don Juan Manuel, Cervantes, Góngora, el marqués de Santillana, Calderón, Garcilaso, Quevedo y muchos otros. La sucesión termina en la segunda página con el número 99, El villano en su rincón, de Lope de Vega. No estamos, por tanto, ante una pequeña serie de lecturas obligatorias, sino ante el intento de construir una auténtica biblioteca histórica de las letras españolas.

El nombre Biblioteca Clásica Ebro no era una exageración publicitaria: el proyecto aspiraba realmente a que un estudiante pudiera ir formando, volumen a volumen, una biblioteca básica de literatura española.

Zaragoza, 1938: el nacimiento de Clásicos Ebro

La Biblioteca Clásica Ebro nació en Zaragoza en 1938. La propia Editorial Ebro recordaba en sus libros que había sido fundada aquel año por Teodoro de Miguel. La historia de la colección, sin embargo, quedó inseparablemente unida a otro nombre: José Manuel Blecua Teijeiro, uno de los grandes filólogos españoles del siglo XX.

Las fuentes sobre Blecua describen una implicación muy temprana en el proyecto. Teodoro de Miguel, que había adquirido experiencia editorial en Argentina, proporcionó medios económicos y conocimientos técnicos; Blecua participó en la construcción intelectual de una biblioteca que respondía a una preocupación que atravesó buena parte de su carrera docente: enseñar literatura mediante la lectura de la literatura misma. En vez de reducir la asignatura a una sucesión de nombres, fechas y movimientos, había que colocar los textos delante del alumno y darle instrumentos suficientes para comprenderlos.

Esa idea parece evidente hoy, pero no era trivial en la enseñanza española de la época. Clásicos Ebro debía conseguir algo difícil: ofrecer libros suficientemente baratos para el público escolar y, al mismo tiempo, mantener un grado de rigor filológico que impidiera convertirlos en simples resúmenes.

El modelo francés y unas cubiertas inconfundiblemente españolas

El proyecto tampoco nació en aislamiento. Los estudios dedicados a Blecua han señalado como una de las referencias de la colección los Classiques Illustrés Vaubordolle de la editorial francesa Hachette, iniciados en los años veinte; otras referencias recuerdan también la influencia de colecciones de Hachette y Larousse. Ebro tomó aquella idea de edición escolar compacta y la adaptó a un repertorio español.

La adaptación fue también visual. Las cubiertas de Ebro abandonaron buena parte de la severidad francesa y adoptaron un aspecto historicista fácilmente reconocible: grecas ornamentales, marcos decorativos y emblemas que remitían deliberadamente a una tradición tipográfica antigua. En uno de ellos podía leerse Iberus, pater Hispaniae, una identificación simbólica entre el Ebro y España que convertía el propio nombre de la editorial en declaración gráfica.

El resultado era peculiar. Los libros eran baratos y escolares, pero su aspecto no quería parecer provisional. Las ornamentaciones de inspiración antigua comunicaban al estudiante que aquello que llevaba en la mano pertenecía a una tradición cultural que merecía cierta solemnidad.

Un libro económico podía ser pequeño sin presentarse como insignificante.

Cómo estaba construido un Clásico Ebro

La verdadera personalidad de la colección estaba, sin embargo, en su interior. Aunque cada volumen podía presentar variaciones, el modelo general era notablemente estable. Antes del texto solía aparecer una cronología del autor y de su época, seguida de una introducción y una bibliografía. Después venía la obra o la selección de obras, acompañada por notas destinadas a facilitar su comprensión. Al final podían incorporarse juicios críticos y una sección de «Temas de trabajo escolar».

Contextualizar El alumno debía saber cuándo y en qué circunstancias históricas y literarias había sido escrita una obra.
Leer El centro del libro seguía siendo el texto del autor, acompañado por las anotaciones necesarias para hacerlo accesible.
Trabajar Los juicios críticos y los temas escolares convertían la lectura en punto de partida para el análisis y la escritura.

La fórmula tiene un sorprendente aire contemporáneo. La edición no pretendía sustituir la obra por una explicación de la obra. La explicación estaba al servicio de la lectura. Es una diferencia pedagógica fundamental: el estudiante podía conocer quién era Quevedo porque alguien se lo explicaba, pero debía encontrarse también con Quevedo.

La propia carrera de Blecua ayuda a comprender esa orientación. Como profesor de Enseñanza Media había defendido una enseñanza de la literatura basada en el contacto con los textos y en ejercicios que obligasen al alumno a leer y escribir. La Biblioteca Clásica Ebro trasladó ese principio pedagógico al objeto editorial.

Una determinada idea del canon español

El catálogo conservado en 1963 resulta especialmente interesante porque permite observar qué obras consideraba una colección escolar dignas de formar una biblioteca clásica. No aparece un único periodo. La selección recorre prácticamente toda la tradición literaria que entonces se enseñaba como historia de la literatura española.

La Edad Media está representada por autores y obras como Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, don Juan Manuel o el Poema del Cid; el Renacimiento y el Siglo de Oro ocupan un espacio enorme con Garcilaso, fray Luis de León, san Juan de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Tirso, Calderón y otros muchos. Más adelante aparecen Jovellanos, Moratín, Larra, Mesonero Romanos, Estébanez Calderón, Zorrilla, Bécquer y diversas antologías.

Los géneros tampoco se mezclaban sin indicación. A la derecha de cada entrada aparece su clasificación: Prosa, Verso o Teatro, y algunos volúmenes combinan categorías. Dentro de la numeración general convivían así series diferentes, circunstancia que explica que un libro pudiera ser simultáneamente, por ejemplo, el número 72 de la Biblioteca Clásica Ebro y ocupar otra posición particular dentro de la Serie Prosa.

Este catálogo no debe entenderse como una lista neutral de «los mejores libros españoles». Todo canon es también una selección histórica. Nos muestra qué autores, géneros y periodos una editorial vinculada a la enseñanza consideraba centrales en aquel momento, qué textos podían ser convertidos en lectura escolar y qué imagen de la tradición literaria se ofrecía a los alumnos.

Los números 1 al 50

La primera hoja resulta particularmente expresiva porque permite contemplar el crecimiento de la colección desde su comienzo. El número 1 estaba dedicado a Tirso de Molina y El condenado por desconfiado; el número 2, preparado por el propio Blecua, reunía poesía lírica de Lope de Vega. A partir de ahí el catálogo alterna teatro, poesía y prosa sin seguir una estricta ordenación cronológica.

Eso revela que la Biblioteca Clásica Ebro no fue diseñada primero sobre el papel como una enciclopedia cerrada de cien títulos que después simplemente se imprimiera en orden. Fue creciendo mediante incorporaciones sucesivas. La numeración conserva, por tanto, algo de la propia historia editorial del proyecto.

Aparecen incluso tomos dobles, cuyos números ocupan dos posiciones consecutivas. La colección necesitaba acomodar obras y antologías cuya extensión desbordaba el formato habitual, pero procuraba mantener la identidad material del conjunto.

Del 51 al 99: una biblioteca que todavía seguía creciendo

Segunda página del catálogo de Biblioteca Clásica Ebro con los números 51 a 99 Continuación del catálogo, desde el número 51 hasta el 99. Al pie todavía se anuncian nuevos volúmenes «próximos a publicarse» y otros veinticinco títulos en preparación.

La segunda hoja continúa desde el número 51 y alcanza el 99. En ese recorrido aparecen nuevamente autores mayores y menores, obras completas y selecciones, teatro, poesía y prosa. Entre ellos encontramos el Guzmán de Alfarache, las Rimas de Bécquer, las Coplas de Jorge Manrique, textos de Cervantes, Moratín, Calderón, Lope, Tirso, fray Luis de León, san Juan de la Cruz y la antología de Escritores costumbristas de Larra, Mesonero Romanos y Estébanez Calderón.

Pero lo más revelador se encuentra al final. Después del 99 no aparece una fórmula de cierre, sino el encabezamiento «PRÓXIMOS A PUBLICARSE». Se anuncian un tomo doble de escritores místicos y ascéticos y otro dedicado a cantares de gesta, y debajo se añade que existen «25 más en preparación». El catálogo termina incluso invitando al lector a solicitar un folleto detallado.

Es una pequeña ventana al funcionamiento cotidiano de una editorial. El lector de 1963 no contemplaba la Biblioteca Clásica Ebro como hoy contemplamos una colección histórica ya terminada. Para él era una serie viva. Había libros publicados, otros anunciados y otros que todavía se encontraban en preparación.

Las dos páginas conservan algo que normalmente desaparece cuando una colección entra en una biblioteca: la sensación de que el catálogo todavía tenía futuro.

La curiosidad de las «128 a 150 páginas»

La descripción comercial asegura que los tomos tenían «de 128 a 150 páginas». La realidad editorial era necesariamente más flexible. Algunos títulos de la propia colección superaron esa extensión, bien porque la selección de textos lo exigía, bien porque incorporaban un aparato crítico más amplio. El ejemplar de Escritores costumbristas de 1963 del que proceden estas hojas alcanza, por ejemplo, al menos la página 184 antes de sus últimos apartados.

No hay en ello una contradicción importante. La frase del catálogo define el formato típico de la colección, no una condición matemática de todos sus volúmenes. Precisamente estas pequeñas desviaciones permiten observar cómo una fórmula editorial estandarizada debía adaptarse a obras de naturaleza muy diferente.

Una biblioteca barata, pero no intelectualmente barata

La facilidad con la que hoy asociamos «edición escolar» con simplificación puede conducir a una lectura equivocada de estos libros. Clásicos Ebro era económica porque necesitaba serlo. Su público fundamental eran estudiantes de Enseñanza Media y el precio condicionaba papel, tamaño, encuadernación y extensión. El objetivo, sin embargo, no consistía en rebajar intelectualmente los textos.

Los estudios sobre la colección han destacado precisamente la combinación de divulgación y rigor. Las introducciones debían ser breves pero serias; las notas, suficientes sin ahogar la lectura; los textos, fiables dentro de las posibilidades de una colección de aquella naturaleza. Esa combinación explica que numerosos filólogos y profesores participaran en la preparación de los volúmenes.

Blecua representa especialmente bien esa forma de entender la divulgación. Su trabajo académico alcanzaría terrenos de enorme exigencia filológica, pero nunca consideró incompatible esa actividad con la preparación de libros para adolescentes. La diferencia entre investigación y divulgación no debía ser la exactitud, sino la manera de presentar el conocimiento.

Divulgar no significaba saber menos. Significaba explicar mejor y decidir qué era imprescindible.

La biblioteca antes de la fotocopia, Internet y el PDF

Hay que recordar además el mundo material para el que fueron creados estos volúmenes. Un estudiante actual puede localizar en pocos segundos una obra de Cervantes, Quevedo o Larra en una biblioteca digital. Puede comparar ediciones, consultar diccionarios, buscar una palabra y acceder a estudios académicos desde el mismo dispositivo.

Para buena parte de los lectores de mediados del siglo XX, disponer físicamente del texto era el primer problema. Una colección económica no servía sólo para recomendar lecturas: hacía posible poseerlas. Comprar sucesivamente estos pequeños volúmenes significaba construir en casa una biblioteca que de otro modo podía resultar económicamente inaccesible.

Ése es uno de los motivos por los que la larga numeración importa. La editorial no vendía únicamente cada obra aislada. Vendía también la posibilidad de continuar. El número impreso en cada volumen recordaba que antes existían otros y que después llegarían más. El lector podía transformar una compra escolar en una colección.

Un canon que cabía en un bolsillo

Visto desde el presente, el contraste es considerable. En las dos hojas fotografiadas aparecen casi cien números de una colección que pretende abarcar varios siglos de literatura española. Buena parte de esos volúmenes medía apenas unos dieciocho centímetros y rondaba el centenar largo de páginas. La monumentalidad no estaba en cada objeto, sino en la suma.

Ésa es quizá la mejor manera de comprender la Biblioteca Clásica Ebro: como una especie de canon desmontable. El estudiante no recibía una gran historia de la literatura que resumiera a todos los autores, sino piezas independientes que podía leer, conservar y ordenar. Lope estaba en un volumen; Góngora en otro; Larra y los costumbristas en otro; el Poema del Cid, las coplas de Jorge Manrique o los romances tenían los suyos.

La colección enseñaba así literatura de una forma material. Cada lomo decía que una obra poseía entidad suficiente para ocupar un lugar propio en la biblioteca.

La huella de José Manuel Blecua

José Manuel Blecua preparó personalmente numerosos títulos durante los primeros años de Ebro: ediciones o selecciones de Lope de Vega, Góngora, Garcilaso, Lope de Rueda, san Juan de la Cruz y otros autores, además de antologías como la dedicada a la poesía romántica y la de escritores costumbristas. Con el tiempo asumiría también la dirección de la colección.

Su participación ayuda a explicar la longevidad intelectual del proyecto. Blecua no veía la edición escolar como una actividad menor que hubiera que abandonar al llegar a la universidad. La enseñanza secundaria formaba parte de la misma cadena cultural que la investigación filológica: antes de que pudiera existir un futuro especialista tenía que existir primero un lector capaz de enfrentarse a los textos.

Algunos de aquellos pequeños libros continuaron reeditándose durante décadas. Las bibliografías de Blecua registran, por ejemplo, nuevas ediciones de títulos de Ebro en los años setenta e incluso comienzos de los ochenta. La colección perdió centralidad cuando aparecieron proyectos editoriales universitarios y escolares más modernos y económicamente poderosos, pero su vida material no terminó de manera repentina.

De herramienta escolar a objeto histórico

Las páginas reproducidas aquí nunca fueron concebidas para sobrevivir como documento histórico. Eran publicidad inserta al final de un libro. Un lector podía consultarlas, marcar algún título que quisiera comprar y olvidarlas. Precisamente por eso resultan hoy especialmente valiosas.

Un catálogo editorial conserva decisiones que el libro individual no puede mostrar. Permite observar qué autores convivían, cuáles recibían varios volúmenes, qué géneros se consideraban necesarios y hasta qué punto una editorial confiaba en seguir ampliando su público. Nos muestra el proyecto completo desde la perspectiva del momento, antes de que bibliotecarios, coleccionistas e historiadores lo reconstruyan retrospectivamente.

También conserva una manera desaparecida de promocionar libros. No hay algoritmo de recomendación, anuncio personalizado ni enlace directo. El mecanismo comercial consiste simplemente en decirle al lector: si éste le ha interesado, aquí tiene los otros noventa y ocho.

Conclusión: una biblioteca construida volumen a volumen

La Biblioteca Clásica Ebro pertenece a una clase de proyectos editoriales cuyo verdadero tamaño sólo se comprende cuando dejamos de mirar un ejemplar aislado. Cada pequeño tomo podía parecer modesto: cartulina, formato reducido, papel económico y una obra o selección preparada para estudiantes. Reunidos, aquellos libros formaban una ambición cultural mucho mayor.

Desde Zaragoza, Editorial Ebro intentó convertir varios siglos de literatura española en una biblioteca accesible y ordenada. Teodoro de Miguel proporcionó el impulso editorial y José Manuel Blecua aportó una concepción de la enseñanza basada en leer directamente a los autores, contextualizarlos y trabajar sobre sus textos. El resultado fue una colección que buscó reconciliar tres cosas que no siempre conviven fácilmente: precio reducido, utilidad escolar y rigor.

Estas dos páginas de 1963 permiten contemplar el proyecto cuando todavía estaba vivo. Los números llegan hasta el 99, pero debajo continúan apareciendo títulos futuros y «25 más en preparación». Nadie había colocado todavía un punto final. La biblioteca seguía creciendo.

Hoy buena parte de las obras que Ebro imprimía puede leerse gratuitamente en una pantalla. Lo que esas pantallas no reproducen es la función histórica del objeto: el pequeño volumen que un estudiante compraba, llevaba a clase, anotaba y finalmente dejaba en una estantería junto al siguiente número de la colección.

Por eso merece la pena conservar también estas páginas publicitarias. No contienen una obra literaria, pero sí documentan la maquinaria material mediante la cual una sociedad decidió qué obras debían seguir leyéndose y cómo ponerlas al alcance de una nueva generación.

Casi cien números impresos y otros todavía por venir: una biblioteca de clásicos españoles construida desde Zaragoza, libro a libro.

Un volumen de la Biblioteca Clásica Ebro

Entre los títulos de la colección se encuentra Escritores costumbristas, selección de Mariano José de Larra, Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón preparada por José Manuel Blecua. Nuestro ejemplar corresponde a la quinta edición ilustrada, publicada por Editorial Ebro en 1963.

Las imágenes y textos conservados en ese volumen han servido además como punto de partida para reconstruir en Librería5 el contexto de el costumbrismo español y su cultura periodística y visual en el siglo XIX.