Mariano José de Larra («Fígaro»). Recreación gráfica de Librería5 a partir del retrato histórico difundido en las Obras completas de Fígaro (1843).
Nombre completo: Mariano José de Larra y Sánchez de Castro
Nacimiento: Madrid, 24 de marzo de 1809
Fallecimiento: Madrid, 13 de febrero de 1837
Movimiento: Romanticismo
Actividad: periodista, escritor, crítico literario y teatral, dramaturgo, novelista y traductor
Seudónimos: Fígaro, El Duende Satírico, El Pobrecito Hablador, Juan Pérez de Munguía, Andrés Niporesas y otros
Obras destacadas: El doncel de don Enrique el Doliente, Macías y sus artículos políticos, literarios y de costumbres
Veintisiete años que parecen una vida mucho más larga
La brevedad de la vida de Larra resulta engañosa. Nació en Madrid el 24 de marzo de 1809, en plena Guerra de la Independencia, escribió sus primeras publicaciones importantes siendo todavía muy joven y murió antes de cumplir los veintiocho años. Entre ambos extremos se acumulan el exilio infantil, una formación parcialmente francesa, el periodismo, la sátira, el teatro, la novela histórica, la traducción, la crítica literaria, la actividad política, los viajes europeos, una producción periodística extraordinariamente intensa y una vida personal que terminaría formando parte inseparable de su leyenda.
Su nacimiento coincidió además con una ruptura histórica. Su padre, Mariano de Larra y Langelot, médico, había servido al ejército de José Bonaparte. La derrota francesa situó a la familia entre aquellos españoles vinculados al régimen josefino que tuvieron que abandonar el país. En 1813 los Larra marcharon a Francia; Mariano José pasó parte de su infancia en Burdeos y París y recibió allí una educación francesa antes de regresar con su familia a España en 1818.
Ese itinerario infantil tuvo consecuencias importantes. Larra creció entre dos referencias culturales y conoció desde muy pronto algo que después se convertiría en una obsesión de sus artículos: la comparación. España podía ser observada desde dentro, pero también podía compararse con otras sociedades europeas. Esa mirada comparativa no lo convirtió en un simple admirador de todo lo extranjero; le proporcionó una medida con la que juzgar las insuficiencias que encontraba a su alrededor.
Aprender a escribir bajo Fernando VII
La juventud de Larra transcurrió durante los últimos años del reinado de Fernando VII, en una España marcada por la restauración absolutista, las conspiraciones liberales, la censura y una vida intelectual obligada continuamente a negociar con los límites de lo publicable. Estudió en diversos centros como consecuencia de los desplazamientos familiares y pasó también por la Universidad de Valladolid, aunque su trayectoria universitaria no desembocó en una carrera académica convencional.
Su auténtica universidad fue muy pronto la prensa. En 1828 publicó las cinco entregas de El Duende Satírico del Día. El título resulta significativo porque anticipa uno de los procedimientos que utilizará durante toda su carrera: colocarse una máscara para hablar con mayor libertad. El seudónimo no sirve solamente para ocultar una identidad; crea un personaje desde el que observar, preguntar, exagerar, provocar y fingir una determinada distancia respecto de aquello que se comenta.
En 1832 apareció El Pobrecito Hablador, revista satírica de costumbres publicada bajo la personalidad del bachiller Juan Pérez de Munguía. Allí continúa desarrollándose una escritura que mezcla la escena cotidiana, el diálogo, la narración breve, la caricatura social y la reflexión. Larra todavía está buscando la forma definitiva de su voz, pero ya ha encontrado su territorio.
El nacimiento de Fígaro
En 1833 comenzó a colaborar en La Revista Española utilizando el nombre que terminaría desplazando a todos los demás: Fígaro. El seudónimo remitía inevitablemente al personaje creado por Beaumarchais, el criado inteligente, irreverente y verbalmente peligroso que observa las jerarquías desde una posición incómoda para quienes las ocupan.
Fígaro permitió a Larra construir una identidad periodística reconocible. El lector no recibía simplemente la opinión de Mariano José de Larra, sino la mirada de un personaje que podía presentarse como testigo, interlocutor, víctima o juez de las situaciones que narraba. El procedimiento le daba una enorme libertad literaria. Un artículo podía comenzar con una visita, una conversación, una comida o un paseo y terminar convertido en un diagnóstico político o moral.
El costumbrismo como instrumento de análisis
Larra suele aparecer junto a Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón entre los grandes representantes del costumbrismo español. La asociación es correcta, pero puede resultar engañosa si entendemos el género como una simple colección de estampas pintorescas. En Larra, la costumbre casi nunca es un fin en sí misma. Es una puerta de entrada.
Una comida permite estudiar la mala educación; un trámite administrativo revela la ineficacia de una organización; una expresión repetida descubre una forma colectiva de pensar; una vivienda nueva pone en cuestión determinada idea del progreso; una representación teatral sirve para discutir sobre literatura, gusto, censura y vida pública. Lo cotidiano funciona como muestra de laboratorio.
Ésa es una de las razones por las que algunos de sus artículos soportan tan bien el paso del tiempo. El contexto histórico ha cambiado, pero el mecanismo intelectual continúa funcionando. Larra observa primero el síntoma y después pregunta qué estructura lo produce.
Vuelva usted mañana: la burocracia convertida en literatura
Entre sus artículos más famosos se encuentra Vuelva usted mañana. El argumento es extraordinariamente sencillo: un extranjero llega a España convencido de que podrá resolver rápidamente determinados negocios y descubre que cada gestión queda aplazada. La frase del título va convirtiéndose en una especie de respuesta universal.
Lo importante no es que Larra descubriera que una oficina podía funcionar mal. Su hallazgo literario consiste en convertir una experiencia administrativa en una estructura narrativa. Cada aplazamiento confirma el anterior, la frustración aumenta y el lector empieza a reconocer que el verdadero personaje del artículo no es una persona determinada, sino un sistema de comportamientos.
De ahí procede también su longevidad. «Vuelva usted mañana» dejó de ser sólo el título de un artículo escrito en el siglo XIX y entró en el lenguaje como fórmula crítica aplicada a la burocracia, la demora y la resistencia institucional al cambio.
El castellano viejo: cuando la sinceridad sirve de coartada
En El castellano viejo, Larra construye la sátira alrededor de una comida. El personaje que se enorgullece de su espontaneidad y franqueza interpreta las formas sociales como falsedad; el narrador descubre, sin embargo, que esa pretendida autenticidad puede convertirse simplemente en descortesía.
El artículo posee una modernidad particular porque plantea un conflicto todavía reconocible: la oposición entre quien considera cualquier regla de convivencia una afectación hipócrita y quien entiende que ciertas convenciones existen precisamente para reducir el daño que unas personas pueden causarse a otras. La exageración cómica convierte la comida en desastre, pero debajo permanece una cuestión moral seria.
En este país: criticar a todos sin incluirse entre ellos
En otros casos el objeto de estudio es una expresión. En este país examina la facilidad con la que alguien puede atribuir todos los defectos a una entidad colectiva y abstracta mientras se considera personalmente ajeno a ellos. El país parece convertirse en culpable de aquello que hacen los individuos que lo componen.
Ese procedimiento revela una de las obsesiones intelectuales de Larra: la relación entre responsabilidad individual y estructura social. Las instituciones importan, las leyes importan y la política importa, pero las costumbres no existen independientemente de quienes las reproducen.
La Nochebuena de 1836: cuando la sátira regresa contra el autor
La evolución de Larra puede percibirse con especial intensidad en La Nochebuena de 1836. El escritor que tantas veces había utilizado su posición de observador para juzgar el mundo termina sometido a una mirada inversa. La crítica deja de dirigirse exclusivamente hacia el exterior y adquiere una dimensión personal mucho más sombría.
El artículo pertenece a la etapa final de su producción y permite comprender por qué reducir a Larra al humorista que se burlaba de la burocracia resulta insuficiente. Su periodismo se había desplazado progresivamente hacia zonas donde la política, la frustración colectiva y el desencanto personal eran cada vez más difíciles de separar.
Un periodista político en una España inestable
Larra escribió mientras España atravesaba una sucesión vertiginosa de cambios: absolutismo, muerte de Fernando VII, regencia de María Cristina, Estatuto Real, Primera Guerra Carlista, gobiernos moderados y progresistas, reformas, pronunciamientos y censura. Su pensamiento político tampoco permaneció inmóvil.
Defendió la modernización del país y combatió intelectualmente el absolutismo y el carlismo, pero eso no significa que se identificara sin reservas con cualquier fuerza que se llamase liberal. Apoyó determinadas reformas y después criticó sus resultados cuando creyó que traicionaban las expectativas creadas. Su relación con la política fue precisamente la de alguien que encontraba continuamente insuficiente la distancia entre los principios proclamados y sus consecuencias reales.
En 1836 dio incluso el paso desde el periodismo hacia la representación política. Se presentó por Ávila y resultó elegido diputado dentro del campo político ligado al gobierno de Istúriz. Sin embargo, el motín de La Granja provocó la caída de aquel gobierno y la anulación de las elecciones, de modo que nunca llegó a ejercer efectivamente el escaño para el que había sido elegido.
El episodio resulta muy propio de su biografía: cuando el crítico intenta entrar en la institución, la propia inestabilidad de la política española elimina la institución antes de que pueda ocupar su lugar.
La censura y el arte de decir indirectamente
Para comprender la escritura de Larra hay que recordar también que buena parte de su carrera se desarrolló bajo sistemas de censura. El articulista no escribía desde un espacio contemporáneo de libertad de expresión garantizada. Una frase podía provocar la intervención de las autoridades y una obra teatral podía ser prohibida.
Eso ayuda a explicar la utilidad de la alegoría, el diálogo, el personaje ficticio, el extranjero imaginario y la ironía. La escritura indirecta no era únicamente una preferencia estética. Permitía construir significados que podían resultar mucho más peligrosos expresados de manera frontal.
La censura, paradójicamente, contribuyó así a afilar algunos de los instrumentos estilísticos de un escritor cuya especialidad acabaría siendo precisamente decir más de lo que aparentemente estaba diciendo.
Mucho más que articulista
La extraordinaria fama de los artículos ha terminado ocultando parcialmente el resto de su actividad literaria. Larra escribió y adaptó teatro, tradujo obras francesas, ejerció intensamente la crítica teatral y publicó narrativa. Su trayectoria demuestra hasta qué punto las fronteras entre periodismo y literatura eran permeables durante el Romanticismo.
- El Duende Satírico del Día (1828), primera gran experiencia periodística propia.
- El Pobrecito Hablador (1832-1833), revista satírica de costumbres.
- El doncel de don Enrique el Doliente (1834), novela histórica ambientada en el siglo XV.
- Macías, drama histórico estrenado en 1834.
- Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, cuyos primeros tomos comenzaron a publicarse en 1835.
- Centenares de artículos, críticas, traducciones y piezas vinculadas a la prensa y al teatro.
El doncel y Macías: el otro Larra romántico
En 1834 publicó El doncel de don Enrique el Doliente, novela histórica situada en el reinado de Enrique III de Castilla. El protagonista, Macías, pertenece a una tradición medieval que el Romanticismo podía reconocer inmediatamente: amor imposible, destino, pasión y destrucción. Ese mismo material alimenta el drama Macías, estrenado en septiembre de aquel año.
Estas obras recuerdan que Larra no estaba fuera del Romanticismo observándolo irónicamente desde una mesa de periódico. Participaba plenamente de él. La diferencia es que su inteligencia crítica le permitía al mismo tiempo vivir las contradicciones románticas y analizarlas.
También por eso existe una relación tan intensa entre el escritor público y el personaje privado que la posteridad construiría después de su muerte. Larra escribió sobre Macías, el amante condenado por una pasión imposible, y la biografía posterior terminó leyendo la propia vida de Larra según un esquema semejante. Conviene distinguir la literatura de la biografía para no convertir esa coincidencia en una profecía retrospectiva.
Europa como espejo
En 1835 Larra salió de España y viajó por Portugal, Inglaterra, Bélgica y Francia, permaneciendo varios meses en París. No era su primer contacto con Francia: había vivido allí de niño. El viaje adulto, sin embargo, reforzó el horizonte europeo desde el que observaba la situación española.
Europa aparece en Larra menos como un lugar perfecto que como posibilidad comparativa. Francia o Inglaterra podían proporcionar ejemplos de organización política, actividad económica, vida cultural o modernización, pero el objetivo último seguía siendo español. El problema no consistía en convertir España en otro país; consistía en preguntarse por qué determinados cambios parecían posibles en otros lugares y encontraban aquí tantas resistencias.
Éste es uno de los elementos que explican la posterior fascinación de la Generación del 98 por Larra. Décadas después, otros escritores volverían a formular una pregunta semejante sobre España, Europa, modernización y decadencia y reconocieron en Fígaro un precursor de aquella inquietud.
La desesperación no explica por sí sola a Larra
La muerte de Larra el 13 de febrero de 1837 ha condicionado inevitablemente la lectura de toda su obra. Se suicidó en su domicilio madrileño con sólo veintisiete años. Su relación con Dolores Armijo atravesaba entonces una ruptura definitiva y su trayectoria política acababa de sufrir un grave revés, mientras sus artículos finales muestran un pesimismo cada vez más acusado.
Sin embargo, convertir su muerte en el resultado mecánico de una única decepción amorosa simplifica una situación personal de la que nunca podremos reconstruir completamente todas las causas. También produce otro efecto engañoso: obliga a leer retrospectivamente cada página anterior como si hubiera conducido inevitablemente a aquel desenlace.
Larra no escribió durante años para convertirse en protagonista de una tragedia romántica. Fue un profesional de la prensa de enorme éxito, negoció contratos, discutió sobre política, viajó, escribió teatro y novela, participó en tertulias, intentó entrar en el Parlamento y convirtió su nombre periodístico en una marca intelectual reconocida. La muerte pertenece a su biografía; no debería devorarla.
El retrato de las Obras completas de Fígaro de 1843
Mariano José de Larra («Fígaro»). Reproducción incluida por Editorial Ebro de la estampa dibujada por Rosario Weiss y grabada por Pedro Hortigosa para las Obras completas de Fígaro, Madrid, 1843. Weiss tomó como referencia el célebre retrato de Larra realizado por José Gutiérrez de la Vega.
La imagen reproducida por Editorial Ebro posee una historia mucho más interesante de lo que podría sugerir a primera vista su condición de ilustración escolar. No se trata simplemente de una recreación moderna del rostro de Larra. Su origen puede seguirse hasta una estampa realizada en 1843, apenas seis años después de la muerte del escritor, destinada a figurar como frontispicio de las Obras completas de Fígaro.
El Museo Nacional del Romanticismo conserva un ejemplar de aquella estampa e identifica a Rosario Weiss como autora del dibujo y a Pedro Hortigosa como grabador. Weiss construyó la efigie a partir del conocido retrato de Larra pintado por José Gutiérrez de la Vega hacia 1835, pero la trasladó a un lenguaje gráfico adecuado para su reproducción editorial. Hortigosa convirtió después ese dibujo en una estampa que podía acompañar una edición impresa y circular junto a los escritos de Fígaro.
La cadena de transmisión resulta especialmente reveladora. Primero existió el retrato pintado de Larra realizado en vida por Gutiérrez de la Vega; después Rosario Weiss reinterpretó esa imagen para las Obras completas de Fígaro; Pedro Hortigosa la llevó al grabado en 1843; y más de un siglo después Editorial Ebro volvió a reproducir aquella estampa en una antología escolar de 1963. El mismo rostro atravesó así pintura, dibujo, grabado y reproducción editorial.
La fecha de 1843 concede además a la imagen un valor documental particular. No estamos ante una reconstrucción tardía de cómo la posteridad imaginó a Larra, sino ante una representación publicada cuando todavía vivían muchas personas que lo habían conocido personalmente. La propia aparición de la estampa en una edición titulada Obras completas de Fígaro muestra también hasta qué punto el seudónimo había quedado unido al escritor pocos años después de su muerte.
El Museo del Romanticismo señala incluso que la publicación del retrato fue anunciada en la prensa de la época. La imagen formaba parte, por tanto, de la construcción temprana de la memoria pública de Larra. No sólo se reunían sus textos: también comenzaba a fijarse el rostro con el que las generaciones posteriores identificarían a Fígaro.
Cuando Editorial Ebro recuperó esa imagen en 1963 estaba enlazando, probablemente sin que el estudiante que abría el pequeño volumen reparase en ello, con una tradición gráfica que se remontaba a los primeros años de la posteridad de Larra. La ilustración escolar era, en realidad, la última estación de una historia iconográfica de más de un siglo.
Un escritor hecho para el periódico
Hay autores cuya obra parece necesitar la distancia del libro. Larra pertenece al caso contrario. Su inteligencia literaria encuentra en el periódico un medio especialmente adecuado porque necesita intervenir mientras las cosas todavía están ocurriendo. La actualidad no es un estorbo para su literatura: es su materia prima.
Eso explica que sus artículos mezclen géneros que hoy tendemos a separar. Hay narración, opinión, crítica política, ensayo, diálogo, escena teatral, autobiografía, caricatura, periodismo cultural y análisis social dentro de piezas relativamente breves. Larra no tendría ninguna necesidad de preguntarse si está escribiendo una columna, un relato o un ensayo antes de empezar. Utiliza aquello que necesita para producir un efecto determinado.
En ese sentido puede considerarse una de las figuras fundacionales del articulismo español moderno. La autoridad del escritor no procede sólo de disponer de información, sino de poseer una voz reconocible. El lector vuelve porque quiere saber qué ha ocurrido, pero también porque quiere saber qué hará Fígaro con aquello que ha ocurrido.
El humor que acaba dejando de hacer gracia
Una característica esencial de su estilo es la capacidad para hacer que el lector entre en el artículo atraído por la comicidad y termine en un lugar mucho menos confortable. Larra exagera personajes, encadena equívocos, reproduce conversaciones absurdas y construye situaciones casi teatrales. La risa crea complicidad.
Después llega el desplazamiento. Lo que parecía una persona ridícula empieza a representar una conducta extendida; lo que parecía un accidente se convierte en costumbre; lo que parecía costumbre termina relacionado con una determinada organización social. El lector descubre entonces que quizá también forma parte de aquello de lo que se estaba riendo.
Ésa es la diferencia entre la broma y la sátira. La primera termina cuando produce la risa. La segunda utiliza la risa para llegar a otro sitio.
El problema de España antes del «problema de España»
Larra murió más de sesenta años antes del desastre de 1898, pero numerosos escritores de aquella generación reconocieron en él una sensibilidad próxima. La razón no está en que defendieran exactamente las mismas soluciones políticas, sino en la semejanza de la pregunta: por qué un país con posibilidades evidentes parece incapaz de transformar determinadas estructuras, hábitos y formas de pensar.
La crítica de Larra tampoco puede reducirse a una caricatura de España como país esencialmente defectuoso. Precisamente porque considera que las cosas podrían ser distintas, las critica. El fatalista puro no escribe cientos de páginas intentando convencer a nadie; se limita a aceptar que nada puede cambiar.
En Fígaro encontramos algo más incómodo: la tensión entre esperanza y decepción. El progreso parece posible, pero cada avance produce nuevas resistencias; las reformas prometen cambios que después pueden resultar insuficientes; quienes combaten una estructura terminan reproduciendo algunos de sus vicios. De ahí procede buena parte de la energía de su prosa.
Por qué continúa leyéndose
El Madrid administrativo, político y periodístico de 1833 ha desaparecido. También han desaparecido muchos de los personajes, polémicas teatrales y circunstancias concretas que alimentaron sus artículos. Sin embargo, Larra conserva una cualidad poco frecuente: determinadas estructuras de comportamiento siguen siendo inmediatamente reconocibles.
La burocracia que se protege a sí misma, el ciudadano que responsabiliza siempre al país de conductas que él mismo reproduce, la falsa franqueza que sirve para justificar la mala educación, la modernización puramente aparente, la distancia entre el discurso político y su aplicación o la tendencia a convertir cualquier problema colectivo en una culpa ajena no pertenecen exclusivamente al reinado de Fernando VII.
Eso no significa que España permanezca inmóvil desde 1837. Significa algo bastante más interesante: que Larra consiguió separar determinados mecanismos humanos de la circunstancia inmediata en la que los observó. Cuando eso ocurre, el periodismo empieza a convertirse en literatura.
Cómo empezar a leer a Larra
No es necesario comenzar por sus obras completas ni reconstruir previamente toda la política del siglo XIX. Larra funciona especialmente bien mediante una lectura gradual. Vuelva usted mañana ofrece una entrada inmediata a su sátira institucional; El castellano viejo muestra su capacidad para convertir una situación doméstica en crítica de las costumbres; En este país permite observar su análisis del lenguaje cotidiano; y La Nochebuena de 1836 muestra el extremo más sombrío y personal de su evolución.
Después resulta mucho más fácil ampliar la lectura hacia sus artículos políticos, la crítica teatral, El doncel de don Enrique el Doliente y Macías. Sólo entonces se aprecia completamente que «Fígaro» era una parte fundamental de Larra, pero no todo Larra.
Conclusión
Mariano José de Larra pertenece a ese reducido grupo de escritores cuya obra ha terminado infiltrándose en el lenguaje de lectores que quizá ni siquiera los han leído. «Vuelva usted mañana» puede pronunciarse hoy sin recordar la página de la que procede. Ésa es una forma excepcional de supervivencia literaria.
Pero reducirlo a una colección de frases memorables sería perder precisamente aquello que hace interesante su escritura. Larra construyó un método. Miraba una escena minúscula, descubría la costumbre que había detrás, buscaba la estructura que sostenía esa costumbre y terminaba preguntándose qué decía todo aquello sobre la sociedad que la consideraba normal.
Fue romántico y satírico, europeísta y profundamente español, escritor literario y profesional del periódico, observador de los demás y finalmente observador de sí mismo. Sus contradicciones no son un obstáculo para comprenderlo; son una de las razones por las que continúa resultando moderno.
La posteridad convirtió su muerte a los veintisiete años en una de las grandes imágenes del Romanticismo español. Su obra, sin embargo, demuestra algo más importante que aquella tragedia biográfica: en menos de una década de verdadera actividad literaria fue capaz de crear una voz que seguiría siendo reconocible casi dos siglos después.
Larra escribía sobre su presente. La prueba de su grandeza es que seguimos descubriendo nuestro presente dentro de algunas de aquellas páginas.
La obra de Fígaro puede situarse dentro de un fenómeno literario y periodístico más amplio en El costumbrismo español: la literatura que convirtió la vida cotidiana en documento. La comparación con Ramón de Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón permite comprobar hasta qué punto una misma forma literaria podía utilizarse para criticar, documentar o conservar mundos muy diferentes.
Larra, Mesonero y Estébanez aparecen reunidos en el volumen Escritores costumbristas, preparado por José Manuel Blecua para la Biblioteca Clásica Ebro.