Nombre completo: Ramón de Mesonero Romanos
Nacimiento: Madrid, 19 de julio de 1803
Fallecimiento: Madrid, 30 de abril de 1882
Seudónimo: El Curioso Parlante
Actividad: escritor, periodista, costumbrista, editor, cronista urbano y gestor municipal
Movimiento: costumbrismo y Romanticismo español
Obras destacadas: Panorama matritense, Escenas matritenses, Manual de Madrid, El antiguo Madrid y Memorias de un setentón
Fundador de: Semanario Pintoresco Español (1836)
Cronista de Madrid: desde 1864
Un escritor que nació y murió en Madrid
Hay escritores vinculados a una ciudad por nacimiento, por residencia o por elección. En el caso de Ramón de Mesonero Romanos, Madrid no fue simplemente el lugar donde transcurrió su vida: terminó convirtiéndose en la materia fundamental de su obra. Nació allí en 1803 y murió en la misma ciudad en 1882, después de haber dedicado décadas a observarla, describirla, estudiarla y conservar su memoria.
Su larga vida le permitió atravesar casi todo el siglo XIX español. Nació pocos años antes de la invasión napoleónica y sobrevivió a Fernando VII, al Trienio Liberal, a las guerras carlistas, al reinado de Isabel II, a la Revolución de 1868, a Amadeo de Saboya, a la Primera República y a los primeros años de la Restauración borbónica. Esa longevidad lo distingue inmediatamente de otro gran costumbrista de su generación, Mariano José de Larra, nacido apenas seis años después pero muerto en 1837. Mesonero tuvo tiempo para contemplar cómo la actualidad de su juventud se convertía en historia.
La comparación ayuda a comprenderlo, aunque no conviene reducir a ninguno de los dos al contraste. Ambos utilizaron la prensa y el cuadro de costumbres, ambos observaron Madrid y ambos participaron del ambiente literario del Romanticismo. Pero su temperatura intelectual era distinta. Larra tiende a buscar la contradicción y a convertirla en sátira; Mesonero manifiesta una inclinación mucho mayor por registrar, clasificar y conservar.
Uno utiliza frecuentemente Madrid como tribunal desde el que juzgar España. El otro acaba convirtiendo Madrid en archivo.
«El Curioso Parlante»
El seudónimo elegido por Mesonero Romanos resulta casi una definición de su método. «El Curioso Parlante» es alguien que mira y después cuenta. La curiosidad precede a la palabra. Antes de escribir hay que observar qué ocurre en una calle, cómo se comporta una familia, qué aspecto tiene una tienda, quién ocupa un café, cómo se desplaza la gente por la ciudad y qué nuevos hábitos comienzan a sustituir a los antiguos.
En sus cuadros de costumbres, el escenario urbano adquiere tanta importancia como los personajes. Madrid no aparece como un decorado inmóvil dentro del cual ocurren historias, sino como un organismo en transformación. Las obras públicas alteran itinerarios; desaparecen edificios; surgen nuevos comercios; las modas modifican el aspecto de las calles; los medios de transporte cambian las distancias; el teatro, los cafés y los paseos reorganizan la sociabilidad.
La literatura permite detener durante unas páginas aquello que la propia ciudad está empezando a transformar o destruir.
De joven testigo a memorialista del siglo
Mesonero pertenecía a una familia acomodada dedicada a actividades comerciales. La muerte de su padre en 1820 lo obligó a asumir responsabilidades familiares cuando todavía era muy joven. Ese mismo año comenzó el Trienio Liberal y Mesonero se incorporó a la Milicia Nacional. Décadas después, aquellos acontecimientos reaparecerían en sus recuerdos, contemplados desde la perspectiva del anciano que había sobrevivido a muchos de sus protagonistas y a buena parte de las pasiones políticas de su juventud.
Esa distancia temporal se convertiría en uno de sus grandes privilegios literarios. Mesonero pudo escribir primero como testigo de una época y después como memorialista de esa misma época. Sus Memorias de un setentón no pertenecen al mismo momento vital que las primeras escenas madrileñas: entre unas y otras hay casi medio siglo de experiencia.
Por ello su obra permite observar también cómo cambia la memoria. La ciudad vista mientras ocurre no es exactamente la misma que la ciudad reconstruida cuando muchos de sus espacios y habitantes han desaparecido.
Madrid como tema literario
La actividad costumbrista de Mesonero se consolidó durante los años treinta, en estrecha relación con el desarrollo de la prensa. Sus escenas acabarían reuniéndose y reorganizándose en obras como Panorama matritense y las distintas ediciones de Escenas matritenses. El adjetivo «matritense» no es una simple indicación geográfica: define el territorio intelectual del escritor.
Mesonero no busca únicamente la ciudad excepcional de los grandes acontecimientos históricos. Su atención se dirige con frecuencia hacia el Madrid ordinario: las visitas, las casas, las tiendas, las diversiones, los paseos, los oficios, los empleados, las costumbres familiares y los pequeños espectáculos de la calle. Es precisamente esa escala la que hoy proporciona a sus textos un valor adicional.
El historiador puede reconstruir leyes, gobiernos y acontecimientos consultando archivos oficiales; para saber cómo era caminar por una ciudad, qué llamaba la atención de un vecino o qué costumbre provocaba irritación o diversión, necesita también otro tipo de fuentes. La literatura costumbrista ocupa parcialmente ese espacio.
Las Escenas matritenses
Las Escenas matritenses representan probablemente la expresión más reconocible de esa mirada. Muchos de los textos habían aparecido inicialmente en la prensa y fueron después reunidos, corregidos y reordenados. Esa procedencia periodística explica su libertad formal. Una escena puede aproximarse al relato, otra al diálogo, otra a la crónica y otra a una reflexión sobre los hábitos urbanos.
El procedimiento suele partir de una observación concreta. El narrador entra en un espacio o presencia una conducta, describe a sus protagonistas y comienza a desplegar alrededor de ellos una pequeña anatomía social. El humor está presente, pero su sátira suele resultar menos corrosiva que la de Larra. Mesonero parece conservar incluso cierta simpatía por muchos de los personajes que ridiculiza.
Hay además una dimensión que aumenta con el paso de los años: la conciencia de que Madrid está dejando de ser el Madrid de su juventud. De ahí que el costumbrismo pueda acercarse progresivamente a la conservación de la memoria. Describir una costumbre deja de significar únicamente explicársela al lector contemporáneo; empieza a significar también impedir que se pierda por completo.
Mesonero y Larra: dos maneras de mirar una misma ciudad
La historia literaria ha situado con razón a Mesonero Romanos junto a Mariano José de Larra y Serafín Estébanez Calderón entre los nombres fundamentales del costumbrismo español. Los tres aparecen reunidos, por ejemplo, en la antología Escritores costumbristas, preparada por José Manuel Blecua para la Biblioteca Clásica Ebro.
Pero compartir género no significa compartir mirada. En Larra, la escena cotidiana suele abrirse hasta convertirse en una acusación contra una estructura social, política o moral. Mesonero puede criticar también, pero su impulso característico es menos judicial. Parece preocupado por comprender cómo funciona la ciudad y, progresivamente, por dejar constancia de cómo funcionaba antes de que cambiase.
El Semanario Pintoresco Español
En 1836 Mesonero Romanos fundó el Semanario Pintoresco Español, una de las publicaciones ilustradas más importantes del Romanticismo español. Su primer número apareció en abril de aquel año y la revista continuaría publicándose durante más de dos décadas. Literatura, historia, arte, biografías, viajes, costumbres e ilustraciones convivían dentro de un proyecto destinado a un público más amplio que el estrictamente académico.
La iniciativa demuestra que Mesonero no fue únicamente un escritor que entregaba artículos a periódicos ajenos. También comprendió la prensa como instrumento cultural y participó activamente en la creación de medios capaces de difundir literatura y conocimiento.
En cierto modo, el propósito encaja perfectamente con su personalidad intelectual. La ciudad debía observarse, pero el conocimiento también debía circular. Mesonero participó en la creación de espacios literarios, editoriales e institucionales destinados precisamente a que esa circulación fuese posible.
Un escritor que acabó entrando en el Ayuntamiento
La relación de Mesonero con Madrid terminó superando la literatura. Durante la década de 1840 fue concejal del Ayuntamiento y participó en cuestiones relacionadas con la organización y mejora de la ciudad. El paso resulta extraordinariamente coherente con su obra anterior: después de años observando Madrid desde los periódicos, tuvo la oportunidad de intervenir directamente en algunos de sus problemas.
Presentó propuestas de mejoras urbanas y trabajó sobre cuestiones municipales. El costumbrista había pasado así de describir calles, usos y deficiencias a pensar cómo podían organizarse mejor.
No es frecuente que una trayectoria literaria produzca una transición tan clara entre observación y gestión. Mesonero podía recorrer una calle como escritor y analizar después esa misma ciudad desde la administración municipal. Ambas actividades partían de una misma obsesión: comprender el funcionamiento cotidiano de Madrid.
Viajar para comparar
Como otros intelectuales españoles de su generación, Mesonero viajó por Europa y utilizó esos desplazamientos como oportunidad para comparar ciudades, infraestructuras, instituciones y hábitos sociales. Francia y Bélgica tuvieron especial importancia en esos recorridos y dejaron también huella en sus escritos.
La comparación europea no implicaba necesariamente considerar superior todo lo extranjero. Servía como instrumento crítico. Cuando se conoce una sola ciudad es fácil considerar naturales muchas de sus características; al observar otras, lo que parecía inevitable empieza a revelarse como una elección histórica susceptible de modificación.
Este procedimiento lo acerca de nuevo a Larra, aunque el resultado sea diferente. Ambos miran fuera para poder volver a mirar España con otros ojos. En Mesonero, esa comparación tiende especialmente hacia el urbanismo, las comodidades públicas, los servicios y las formas de organización de la ciudad moderna.
El antiguo Madrid: de cronista del presente a historiador de la ciudad
En 1861 publicó una de sus obras fundamentales, El antiguo Madrid. El título indica el cambio de perspectiva. El escritor que había dedicado buena parte de su juventud a registrar la actualidad dirige ahora la mirada hacia el pasado de la ciudad.
El interés no nace de una nostalgia simple. Para entender el Madrid contemporáneo había que conocer cómo se había formado. Calles, edificios, conventos, plazas y barrios podían leerse como estratos de una historia urbana. Muchos de aquellos lugares habían cambiado de función o estaban desapareciendo bajo las sucesivas reformas.
La investigación necesaria para escribir sobre el antiguo Madrid condujo a Mesonero hacia archivos, documentos y libros. Esa actividad acabaría reforzando una convicción que marcaría sus últimos años: la memoria documental de la ciudad necesitaba instituciones capaces de conservarla.
Cronista de Madrid
En 1864 Mesonero Romanos fue nombrado cronista de Madrid. Pocas designaciones parecen tan naturales contempladas desde el futuro. Para entonces llevaba décadas haciendo precisamente eso, aunque sin título oficial: documentar las transformaciones de la capital.
El nombramiento simboliza además un desplazamiento curioso. El periodista que empezó observando las peculiaridades de sus contemporáneos acaba integrado en las instituciones de la misma ciudad que había convertido en objeto de estudio. La voz privada de «El Curioso Parlante» adquiere una dimensión pública como guardián de una determinada memoria madrileña.
Su longevidad le permitió convertirse también en testigo privilegiado de la evolución de la literatura española. Había conocido el Madrid romántico de Larra y seguía vivo cuando una generación completamente distinta, la de Benito Pérez Galdós, comenzaba a transformar la novela española. Mesonero era ya en vida una conexión humana entre épocas literarias.
La Real Academia y la vida cultural madrileña
Su trayectoria institucional tampoco se limitó al Ayuntamiento. Estuvo vinculado a la Real Academia Española y participó activamente en la vida cultural madrileña, en un ambiente donde instituciones, tertulias, periódicos y asociaciones literarias desempeñaban un papel decisivo.
Estos aspectos ayudan a corregir una visión demasiado estrecha del costumbrista como simple observador pintoresco de tipos populares. Mesonero fue un actor importante de la cultura madrileña del siglo XIX, relacionado con la prensa, la literatura, las instituciones académicas y la administración municipal.
El «Curioso Parlante» podía escribir sobre una escena callejera aparentemente insignificante, pero el hombre situado detrás del seudónimo participaba activamente en la construcción de las instituciones culturales de la capital.
Una biblioteca para conservar Madrid
Uno de los episodios más coherentes de toda su biografía ocurrió durante sus últimos años. Su trabajo sobre la historia madrileña había demostrado a Mesonero la necesidad de reunir y conservar sistemáticamente libros y documentos relacionados con la ciudad. De esa preocupación surgió su participación decisiva en la formación de la biblioteca municipal histórica de Madrid.
En 1876 el Ayuntamiento aprobó la organización de una biblioteca municipal vinculada a ese propósito, y Mesonero quedó estrechamente asociado a sus primeros fondos y a su desarrollo. Parte de su propia biblioteca contribuyó a enriquecer aquel patrimonio documental.
El episodio cierra casi perfectamente el círculo biográfico. Un joven empieza escribiendo artículos sobre las calles de Madrid; décadas después, el anciano contribuye a que la ciudad conserve libros y documentos con los que recordar su propia historia.
Memorias de un setentón: sobrevivir para poder contarlo
En la última etapa de su vida apareció otra de sus obras esenciales: Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid. El título contiene ya la identidad que Mesonero había construido durante décadas. No se presenta simplemente como escritor o memorialista, sino como un hombre definido por dos circunstancias: su edad y su pertenencia a Madrid.
Las memorias reconstruyen acontecimientos políticos, ambientes literarios, personajes, costumbres y experiencias personales de una época que para muchos de sus lectores empezaba ya a convertirse en historia. Su valor procede precisamente de esa proximidad. Mesonero había conocido protagonistas, había recorrido lugares que ya no existían y había presenciado acontecimientos que las generaciones posteriores sólo podían estudiar.
Naturalmente, unas memorias no deben confundirse con un acta notarial. Recordar significa seleccionar, ordenar e interpretar desde el presente episodios ocurridos décadas antes. Esa subjetividad no disminuye el interés de la obra; forma parte de él. Nos permite conocer no sólo qué recordaba Mesonero, sino también cómo quería comprender aquel pasado al final de su vida.
Del costumbrismo a Galdós
La longevidad de Mesonero le permitió contemplar el nacimiento de otra manera de representar Madrid. Cuando Benito Pérez Galdós comenzó su carrera, el antiguo costumbrista era ya una figura venerable de las letras madrileñas. Galdós mostró interés por quien había dedicado décadas a observar la ciudad que también terminaría convirtiéndose en uno de los grandes escenarios de su propia narrativa.
La relación intelectual resulta interesante porque demuestra que el costumbrismo no fue simplemente un callejón sin salida anterior a la novela realista. La observación minuciosa de espacios, tipos sociales, hábitos y lenguajes proporcionó materiales y procedimientos que la narrativa posterior pudo desarrollar a una escala mucho mayor.
Mesonero registraba escenas; Galdós construiría enormes mundos narrativos. Entre ambos existe una diferencia evidente de proyecto literario, pero también una continuidad fundamental: Madrid no funciona como simple telón de fondo. La ciudad produce personajes, conflictos y formas de vida.
El retrato y la firma: una procedencia todavía abierta
Retrato de Ramón de Mesonero Romanos reproducido por Editorial Ebro. No hemos localizado una atribución fiable del autor de la imagen original.
La imagen reproducida por Editorial Ebro plantea un pequeño problema iconográfico que conviene conservar como tal en lugar de resolverlo mediante una atribución insegura. El retrato de Mesonero maduro o anciano circula ampliamente y aparece también en fondos e instituciones dedicados a la memoria madrileña, pero las reproducciones consultadas no proporcionan una autoría segura para esta imagen concreta.
Existen otros retratos de Mesonero Romanos cuya procedencia sí está documentada y que no deben confundirse con éste: pinturas, dibujos, grabados y otras representaciones realizadas a lo largo de su extensa vida. La abundancia de imágenes demuestra hasta qué punto su figura terminó incorporándose a la iconografía cultural del Madrid decimonónico, pero precisamente esa abundancia obliga a extremar la prudencia cuando se intenta atribuir una reproducción determinada.
Por eso la identificación que utilizamos aquí es deliberadamente sencilla: retrato de Ramón de Mesonero Romanos, autor no identificado. Sabemos quién aparece; sabemos que Editorial Ebro reprodujo la imagen; no sabemos con seguridad quién realizó el original que sirvió de modelo. Añadir un nombre sin documentación convertiría una hipótesis en un dato bibliográfico falso.
La firma que acompañaba al retrato
Firma de Ramón de Mesonero Romanos reproducida junto al retrato. Esta misma asociación entre efigie y firma aparece también en documentación iconográfica difundida por la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid.
El facsímil de la firma no constituye, por tanto, un documento independiente añadido arbitrariamente por la edición de Ebro. Forma parte de una composición en la que retrato y firma aparecen asociados, una fórmula que también encontramos en la imagen difundida por la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid. Ebro reutilizó esa asociación iconográfica para presentar al escritor no sólo mediante su rostro, sino también mediante una reproducción de su escritura manuscrita.
El recurso era frecuente en publicaciones biográficas y literarias: el retrato proporcionaba la apariencia física del personaje y la firma añadía una huella personal que reforzaba la sensación documental. En este caso resulta especialmente apropiado, porque Mesonero dedicó buena parte de su vida precisamente a conservar testimonios del pasado madrileño.
No sabemos todavía qué publicación o fondo estableció por primera vez esta combinación concreta de retrato y firma. Esa cuestión puede permanecer abierta sin perjudicar la identificación del personaje. Al contrario, distinguir entre aquello que sabemos y aquello que todavía ignoramos permite reconstruir de manera más fiable la historia de la imagen.
La ironía de El retrato
Existe además una curiosidad extraordinariamente adecuada para un escritor tan atento a las pequeñas ironías de la vida cotidiana. En 1832 Mesonero Romanos publicó un artículo titulado precisamente El retrato. En él juega con las vicisitudes que puede sufrir una efigie cuando sobrevive al individuo representado y termina felicitándose, irónicamente, por no haber pensado en dejar su propio retrato a las generaciones futuras.
La posteridad hizo exactamente lo contrario. Mesonero fue pintado, dibujado, grabado, fotografiado, reproducido en libros y convertido incluso en figura monumental. Su rostro apareció en historias de la literatura, ediciones de sus obras, publicaciones municipales y colecciones escolares. La pequeña imagen de Editorial Ebro que conservamos constituye sólo un eslabón más de esa larga cadena.
Sus principales obras
- Manual de Madrid, guía y descripción de la capital que anticipa su preocupación permanente por comprender la ciudad como conjunto.
- Panorama matritense, recopilación de cuadros y escenas de la vida madrileña publicados durante los años treinta.
- Escenas matritenses, denominación bajo la que quedaron reunidos y reelaborados numerosos artículos costumbristas.
- Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica, testimonio de su interés por comparar Madrid con otras sociedades y ciudades europeas.
- El antiguo Madrid (1861), investigación histórica y topográfica sobre la ciudad que había dedicado décadas a describir en el presente.
- Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, reconstrucción autobiográfica de la sociedad y de la vida política, cultural y cotidiana que había conocido.
El costumbrismo como archivo involuntario
Hay algo paradójico en la supervivencia de Mesonero. Muchos de sus artículos estaban destinados al consumo inmediato. Hablaban de calles conocidas, modas recientes, comportamientos familiares y personajes que el lector podía encontrar al día siguiente caminando por Madrid. La actualidad parecía garantizar que no necesitaban demasiadas explicaciones.
Dos siglos después sucede justamente lo contrario. El interés de esas escenas procede en gran medida de que describen aquello que ya no podemos ver. La calle ha cambiado, el comercio ha desaparecido, las prendas resultan extrañas y las convenciones sociales necesitan explicación. El texto periodístico se transforma así en documento histórico sin haber sido escrito originalmente con esa finalidad.
Ésa es una de las grandes virtudes del costumbrismo. Una ley importante suele quedar registrada en archivos, periódicos y documentos oficiales. Una costumbre insignificante puede desaparecer sin dejar más huella que la página de alguien que decidió observarla.
Conservar no significaba oponerse al cambio
La inclinación de Mesonero por conservar la memoria de la ciudad podría confundirse con una oposición sistemática a la modernización. Su trayectoria demuestra algo bastante más complejo. Participó en proyectos de reforma urbana, estudió modelos europeos y propuso mejoras para Madrid. No deseaba congelar la ciudad.
Su preocupación estaba más cerca de comprender qué se perdía mientras se transformaba. Una ciudad moderna necesita modificar calles, infraestructuras y servicios; al hacerlo destruye inevitablemente partes del paisaje anterior. El trabajo del cronista consiste en impedir que la transformación convierta también el pasado en algo completamente ilegible.
Mesonero podía defender una mejora urbana y al mismo tiempo lamentar la pérdida de una imagen o una costumbre. No existe necesariamente contradicción. Es precisamente la posición de quien considera que progreso y memoria deberían ser capaces de convivir.
La ciudad como organismo
Si reunimos sus distintas facetas —costumbrista, viajero, concejal, historiador y cronista— emerge una concepción bastante coherente de Madrid. La ciudad no es únicamente arquitectura ni únicamente población. Es la combinación de espacios, instituciones, hábitos, servicios, historias, recuerdos y relaciones humanas.
Por eso una modificación aparentemente pequeña puede interesarle. Una calle nueva cambia recorridos; una nueva costumbre modifica relaciones; un espectáculo transforma la manera de ocupar el tiempo; un medio de transporte altera la percepción de las distancias. La ciudad es una suma de sistemas que se afectan mutuamente.
Mesonero no formuló una sociología urbana en sentido contemporáneo, pero su curiosidad lo llevó repetidamente hacia problemas que más tarde estudiarían historiadores y científicos sociales. Su herramienta no era la estadística sino la escena.
Por qué leer hoy a Mesonero Romanos
Es fácil comprender por qué Larra conserva una popularidad inmediata. Su ironía es agresiva, algunas frases parecen escritas para sobrevivir como aforismos y artículos como Vuelva usted mañana permiten establecer conexiones casi automáticas con situaciones actuales. Mesonero exige otra clase de lectura.
Su recompensa está en la acumulación. Una escena aislada puede parecer simplemente curiosa; después de varias, empieza a aparecer una ciudad. Los personajes se repiten en tipos, los espacios forman una geografía y las pequeñas transformaciones comienzan a narrar el nacimiento del Madrid contemporáneo.
También ayuda a comprender una función de la literatura que a veces queda eclipsada por otras más prestigiosas: recordar cómo se vivía. No toda gran página necesita hablar de pasiones universales o conflictos metafísicos. Saber cómo una sociedad ocupaba una tarde, organizaba una visita o contemplaba una calle puede resultar igualmente valioso cuando esa sociedad ha desaparecido.
Un hombre situado entre dos Madrides
Mesonero nació en una ciudad todavía muy próxima en su estructura al Madrid del Antiguo Régimen y murió cuando se perfilaba una capital moderna muy distinta. Entre ambas ciudades habían cambiado gobiernos, edificios, comunicaciones, hábitos, modas y dimensiones urbanas.
Su privilegio fue vivir lo suficiente para percibir esa distancia dentro de una sola biografía. El Madrid que recordaba de niño se había convertido durante su vejez en objeto histórico. Esa experiencia explica en buena medida la creciente importancia de la memoria dentro de su obra.
El joven Curioso Parlante salía a mirar lo que ocurría. El anciano Mesonero necesitaba además recordar lo que había ocurrido.
Del periódico a la biblioteca
Su trayectoria contiene finalmente una hermosa ironía. Mesonero comenzó publicando textos en uno de los medios más efímeros que existen: el periódico, una hoja destinada a ser leída y sustituida pocos días después por otra. Terminó su vida preocupado por una de las actividades culturales más orientadas hacia la permanencia: reunir y conservar libros.
No son extremos tan alejados como parecen. Tanto el artículo costumbrista como la biblioteca responden en su caso a una misma resistencia frente al olvido. El primero fija una escena antes de que cambie; la segunda conserva documentos cuando sus circunstancias originales ya han desaparecido.
Entre ambos momentos se desarrolla prácticamente toda la biografía intelectual de Ramón de Mesonero Romanos.
Conclusión
Ramón de Mesonero Romanos ocupa un lugar singular dentro de la literatura española del siglo XIX porque su obra terminó superponiéndose casi perfectamente a la historia de la ciudad que eligió como tema. Madrid fue para él escenario, personaje, problema administrativo, objeto de investigación y finalmente memoria que debía conservarse.
El seudónimo de «El Curioso Parlante» resume admirablemente la primera parte de ese recorrido. Hay que sentir curiosidad antes de poder contar. Mesonero miraba aquello que otros atravesaban sin detenerse: una calle, una tienda, una familia, un café, una nueva costumbre. Su talento consistió en comprender que la vida ordinaria era también materia literaria.
El tiempo añadió a esos escritos una función que su autor sólo pudo prever parcialmente. Las escenas destinadas al lector contemporáneo se convirtieron en documentos sobre un mundo desaparecido. Y el propio Mesonero, gracias a su extraordinaria longevidad, pudo experimentar ese proceso: acabó recordando como historia aquello que de joven había descrito como actualidad.
Su biografía siguió la misma dirección. Observó Madrid, escribió sobre Madrid, participó en su gobierno municipal, estudió su pasado, fue nombrado cronista de la ciudad y colaboró finalmente en la conservación de sus libros y documentos.
Incluso el retrato que acompaña estas páginas parece participar de la misma historia. No sabemos todavía quién creó la imagen original, y sería incorrecto inventarlo; sí sabemos que el rostro y la firma de Mesonero continuaron reproduciéndose mucho después de su muerte y que la misma asociación documental llegó tanto a instituciones madrileñas como a ediciones escolares.
Hay algo especialmente apropiado en ello. El escritor que dedicó su vida a impedir que Madrid olvidase sus antiguas calles terminó siendo también conservado mediante una imagen cuyo propio origen se ha vuelto parcialmente borroso.
Larra convirtió Madrid en crítica. Galdós lo convertiría en universo narrativo. Mesonero Romanos hizo algo distinto y necesario: pasó casi toda una vida intentando que Madrid no olvidara cómo había sido.
La manera en que El Curioso Parlante convirtió Madrid en materia literaria forma parte de la historia más amplia del costumbrismo español. Su mirada resulta especialmente reveladora cuando se compara con la sátira de Mariano José de Larra y con la representación de Andalucía desarrollada por Serafín Estébanez Calderón.
Una selección de los tres autores puede verse en Escritores costumbristas, volumen de la Biblioteca Clásica Ebro preparado por José Manuel Blecua.