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Chelkash
Episodio · Texto completo en español · Traducción preparada a partir de la primera publicación rusa de 1895
Prólogo
Dos hombres se encuentran en un puerto. Uno no posee nada y parece completamente libre. El otro sueña con poseer algo precisamente para poder ser libre. De esa contradicción nace Chelkash.
Grigori Chelkash es ladrón, borracho, vagabundo y contrabandista. Ha roto los vínculos que atan al hombre a una casa, una profesión y una tierra. Gavrila es exactamente lo contrario: un joven campesino cuyo horizonte entero está formado por unas parcelas agotadas, una madre anciana, una posible esposa, un caballo, una vaca y el dinero necesario para convertirse en dueño de su propia vida.
Gorki los encierra juntos en una pequeña barca y los lanza al mar. Entonces empieza el verdadero relato.
El mar ocupa una posición fundamental. Frente al puerto, las mercancías, los almacenes, las máquinas y el dinero, el mar aparece como un espacio sin propietario: oscuro, inmenso, peligroso y libre. Chelkash se siente engrandecido sobre él. Gavrila siente miedo.
Pero el dinero terminará invirtiendo sus posiciones. El hombre asustado descubre que es capaz de matar por poseerlo; el delincuente descubre que todavía existe una forma de degradación que le produce repugnancia. Gorki evita así una cómoda división entre el hombre bueno y el hombre malo. Los dos son contradictorios, vulnerables y capaces de una súbita grandeza o de una súbita miseria.
Ficha de la obra
La primera publicación de Chelkash
Chelkash apareció en 1895 en la revista rusa Русское богатство —Russkoe bogatstvo, literalmente «La riqueza rusa»— con el subtítulo Эпизодъ, «Episodio».
Para esta edición de Librería5 se ha utilizado como referencia aquella primera publicación, conservando así el interés añadido de enfrentarnos al relato tal como apareció ante sus primeros lectores y no simplemente a una transcripción procedente de recopilaciones posteriores.
Libertad, tierra y dinero
El relato enfrenta dos concepciones aparentemente opuestas de la libertad. Para Chelkash, ser libre consiste en no pertenecer a nada. Para Gavrila, por el contrario, significa poseer: una casa propia, una parcela propia, animales propios y dinero suficiente para no depender de un suegro o de un patrón.
La ironía está en que ambos desean la libertad y, sin embargo, cada uno contempla la libertad del otro como una forma de esclavitud.
La llegada del dinero convierte esa discusión filosófica en algo físico. Quinientos cuarenta rublos transforman la percepción de Gavrila. Lo que pocas horas antes consideraba pecado, peligro y condenación empieza a parecerle aceptable. Y cuando imagina todo lo que podría construir con aquella suma, incluso la vida de Chelkash empieza a adquirir para él un precio.
El desenlace es particularmente duro porque Gorki no concede a ninguno de los dos una victoria completa. Chelkash conserva su orgullo, pero continúa siendo un hombre arrancado de todo. Gavrila consigue el dinero con el que soñaba, pero conoce ya aquello de lo que ha sido capaz para obtenerlo.
Sobre esta traducción
Esta versión española ha sido preparada para Librería5 a partir del texto ruso de la publicación de 1895. El material de partida conserva la ortografía rusa prerrevolucionaria y presenta numerosos cortes de línea y pequeños defectos propios de la extracción digital de un facsímil antiguo.
Se han corregido únicamente esos accidentes mecánicos para reconstruir el texto antes de traducirlo. No se ha intentado convertir a Gorki en un escritor contemporáneo: se ha mantenido su ritmo narrativo, las repeticiones expresivas, la extensión de las descripciones y la aspereza de los diálogos.
Chelkash
Episodio
El cielo azul del sur, oscurecido por el polvo levantado en el puerto, estaba turbio; el ardiente sol miraba apagadamente el mar verdoso, como a través de un fino velo gris. No podía reflejarse en el agua, continuamente hendida por los golpes de los remos, las hélices de los vapores, las quillas profundas y afiladas de las falúas turcas y de otros veleros que surcaban en todas direcciones el estrecho puerto, donde las libres olas del mar, aprisionadas entre granito y oprimidas por las enormes cargas que se deslizaban sobre sus lomos, golpeaban contra los costados de los barcos y contra los muelles, golpeaban y murmuraban, cubiertas de espuma por los choques y ensuciadas por toda clase de desperdicios.
El tintineo de las cadenas de las anclas, el estrépito de los enganches de los vagones que transportaban las mercancías, el alarido metálico de unas planchas de hierro que caían en alguna parte sobre las piedras del pavimento, el golpe sordo de la madera, el traqueteo de los carros, los silbatos de los vapores —unas veces agudos y penetrantes, otras sordos y rugientes—, los gritos de los cargadores, de los marineros y de los vigilantes de la aduana: todos aquellos sonidos se fundían en una ensordecedora sinfonía de la jornada de trabajo y, balanceándose indecisos, parecían quedar suspendidos en el cielo sobre el puerto, como si temieran elevarse aún más y desaparecer en él.
Y desde la tierra ascendían sin cesar nuevas oleadas de ruido: unas sordas y retumbantes, que sacudían severamente cuanto las rodeaba; otras agudas, fragorosas, capaces de desgarrar los oídos y el aire polvoriento y abrasador.
El granito, el hierro, la madera, el pavimento del puerto, los barcos y los hombres: todo respiraba con los poderosos sonidos de un himno frenético y apasionado a Mercurio.
Pero las voces humanas, apenas audibles dentro de él, eran débiles y ridículas.
Y ridículos y dignos de lástima eran también los propios hombres que habían originado aquel estrépito: sus pequeñas figuras polvorientas, harapientas y ágiles, dobladas bajo el peso de las mercancías que cargaban sobre la espalda y bajo el peso de las preocupaciones que las empujaban de un lado para otro, entre nubes de polvo y un mar de calor y sonidos, resultaban insignificantes y diminutas comparadas con los colosos de hierro que las rodeaban, con las montañas de mercancías, los vagones atronadores y todo aquello que ellos mismos habían creado.
Lo creado por ellos los había esclavizado y despojado de su personalidad.
Los pesados vapores gigantes, con las calderas encendidas, silbaban, siseaban o dejaban escapar hondos suspiros, y en cada sonido nacido de ellos parecía percibirse una nota burlona de irónico desprecio hacia las figuras grises y polvorientas de los hombres que reptaban por sus cubiertas y llenaban sus profundas bodegas con los productos de su trabajo servil.
Movían a risa hasta las lágrimas aquellas largas hileras de cargadores que transportaban sobre sí miles de puds de trigo y lo vertían en los vientres de hierro de los barcos para ganarse unas pocas libras de aquel mismo pan destinado a sus propios estómagos, que, por desgracia para los hombres, no eran de hierro y conocían el dolor del hambre.
Los hombres harapientos, sudorosos, embrutecidos por el cansancio, el ruido y el calor; y las máquinas poderosas, resplandecientes al sol en su robustez y serenidad, creadas por aquellos mismos hombres; máquinas que, en último término, no eran movidas por el vapor, sino por los músculos y la sangre de sus creadores...
En aquella comparación había todo un poema de ironía cruel y fría.
El ruido aplastaba; el polvo irritaba las fosas nasales y cegaba los ojos; el calor abrasaba el cuerpo y lo agotaba, y todo alrededor —los edificios, los hombres, el pavimento— parecía tenso, maduro, preparado para romperse, perdiendo la paciencia, a punto de estallar en alguna catástrofe grandiosa, en una explosión tras la cual, en el aire purificado, se respiraría libre y fácilmente, la calma reinaría sobre la tierra y aquel ruido polvoriento, ensordecedor, irritante para los nervios, capaz de llevar a una furia desesperada, desaparecería, y en la ciudad, en el mar y en el cielo todo sería tranquilo, claro y hermoso...
Pero sólo lo parecía.
Lo parecía porque el hombre todavía no se había cansado de esperar algo mejor y porque el deseo de sentirse libre aún no había muerto en él...
Sonaron doce campanadas acompasadas y claras.
Cuando se extinguió el último sonido de bronce, la salvaje música del trabajo había disminuido casi a la mitad. Un minuto después se había convertido en un sordo murmullo de descontento.
Ahora podían oírse las voces humanas y el chapoteo del mar.
Había llegado la hora de comer.
I
Cuando los cargadores abandonaron el trabajo y se dispersaron por todo el puerto en ruidosos grupos, comprando comida a las vendedoras y sentándose a comer allí mismo, sobre el pavimento, en los rincones sombríos, apareció entre ellos Grishka Chelkash, viejo lobo acosado, bien conocido por la gente del puerto como borracho empedernido y ladrón hábil y audaz.
Iba descalzo, vestido con unos viejos pantalones de pana desgastados, sin gorra y con una sucia camisa de algodón cuyo cuello desgarrado dejaba al descubierto los huesos móviles, secos y angulosos, cubiertos de piel morena.
Por sus cabellos negros entrecanos, revueltos, y por su rostro arrugado, afilado y rapaz, se veía que acababa de despertar.
En uno de sus largos bigotes castaños llevaba prendida una brizna de paja; otra se le había enredado en la barba incipiente de la mejilla izquierda, recién afeitada, y detrás de una oreja se había colocado una pequeña rama de tilo acabada de arrancar.
Alto, huesudo y algo encorvado, caminaba lentamente sobre las piedras y, moviendo su nariz aguileña y rapaz, lanzaba miradas penetrantes a su alrededor, haciendo brillar sus fríos ojos grises mientras buscaba a alguien entre los cargadores.
Sus bigotes castaños, espesos y largos, temblaban a cada momento como los de un gato, y las manos, cruzadas a la espalda, se frotaban nerviosamente una contra otra, retorciéndose sus dedos largos, torcidos y prensiles.
Incluso allí, entre centenares de figuras de vagabundos tan harapientas y ásperas como la suya, llamaba inmediatamente la atención por su parecido con un halcón de la estepa, por su delgadez depredadora y por aquel andar cauteloso, aparentemente suave y tranquilo, pero interiormente excitado y vigilante, como el vuelo del nervioso pájaro al que se parecía.
Cuando llegó a la altura de un grupo de cargadores vagabundos que se habían instalado a la sombra, bajo una montaña de cestos de carbón, se levantó a su encuentro un muchacho fornido, de rostro estúpido cubierto de manchas violáceas y cuello arañado, a quien evidentemente acababan de dar una buena paliza.
Se puso a caminar a su lado y dijo en voz baja:
—Los de la flota han echado de menos dos fardos de manufacturas... Los están buscando. ¿Me oyes, Grishka?
—¿Y? —preguntó Chelkash, midiéndolo tranquilamente con la mirada.
—¿Cómo que «y»? Que los buscan. Nada más.
—¿Han preguntado por mí para que les ayude a encontrarlos?
Y Chelkash, con una sonrisa afilada, miró hacia donde se alzaba el almacén de la Flota Voluntaria.
—¡Vete al diablo!
El compañero dio media vuelta.
—¡Eh, espera! ¿Quién te ha decorado así? Mira que te han estropeado la fachada. ¿Has visto a Mitka por aquí?
—¡Hace tiempo que no lo veo! —gritó el otro, alejándose apresuradamente hacia sus compañeros.
Chelkash siguió adelante. Todos lo recibían como a un hombre de sobra conocido. Pero él, siempre alegre y mordaz, aquel día estaba evidentemente de mal humor y respondía a las preguntas con sequedad y monosílabos.
De detrás de un montón de mercancías surgió de pronto un guardia de aduanas, verde oscuro, cubierto de polvo y militarmente erguido.
Le cerró el paso, plantándose ante él en actitud desafiante, con la mano izquierda agarrada a la empuñadura del sable corto y la derecha intentando coger a Chelkash por el cuello.
—¡Alto! ¿Adónde vas?
Chelkash retrocedió un paso, levantó los ojos hacia el guardia y sonrió secamente.
El rostro rojo, bonachón y astuto del funcionario intentaba adoptar una expresión amenazadora: se hinchó, se puso redondo y violáceo, movió las cejas, abrió mucho los ojos y resultó extraordinariamente cómico.
—¡Ya te dijeron que no te atrevieras a entrar en el puerto, que te rompería las costillas! ¿Y vuelves otra vez? —gruñó amenazadoramente.
—¡Buenos días, Semiónych! Hacía mucho que no nos veíamos —lo saludó tranquilamente Chelkash, tendiéndole la mano.
—¡Ojalá no volviera a verte en mi vida! ¡Anda, anda!
Pero Semiónych estrechó de todos modos la mano que le tendían.
—Dime una cosa —continuó Chelkash sin soltar de sus dedos prensiles la mano de Semiónych y sacudiéndola con familiaridad amistosa—. ¿No has visto a Mishka?
—¿Qué Mishka ni qué demonios? ¡No conozco ningún Mishka! ¡Lárgate, hermano! Como te vea el del almacén, te...
—El pelirrojo, con el que trabajé la última vez en el Kostromá —insistió Chelkash.
—Con el que robaste, querrás decir. Se lo llevaron al hospital. A tu Mishka le aplastó la pierna una pieza de hierro. Vete, hermano, mientras te lo piden por las buenas; vete, o te saco de aquí a patadas.
—¡Ajá! Mira tú... Y decías que no conocías a Mishka. Pues sí que lo conoces. ¿Por qué estás tan enfadado, Semiónych?
—Mira, Grishka, ¡a mí no me vengas con cuentos! ¡Largo!
El guardia empezaba a enfurecerse y, mirando a los lados, trataba de liberar la mano de la fuerte presa de Chelkash.
Éste lo observaba tranquilamente bajo sus espesas cejas, sonreía para sus bigotes y, sin soltarlo, continuó hablando:
—No tengas tanta prisa. Ya me hartaré de hablar contigo y después me iré. Anda, cuéntame: ¿cómo vives? ¿Están bien tu mujer y tus niños?
Y haciendo brillar siniestramente los ojos, añadió mostrando los dientes en una sonrisa burlona:
—Tengo intención de ir a visitarte, pero nunca encuentro tiempo; siempre ando bebiendo...
—Bueno... bueno... ¡Déjate de eso! Tú... ¡no bromees, demonio huesudo! Yo, hermano, de verdad... ¿O es que ya piensas robar por las casas y las calles?
—¿Para qué? Aquí tenemos bienes de sobra para toda tu vida y la mía. De sobra, por Dios. Semiónych, oye, ¿no habrás sido tú quien ha mangado esos dos fardos de manufacturas?... Ten cuidado, Semiónych, ¡no vayan a pillarte!
Indignado por la insolencia de Chelkash, Semiónych se puso morado y empezó a temblar, salpicando saliva y tratando de decir algo.
Chelkash le soltó la mano y, con sus largas piernas, regresó tranquilamente hacia la puerta del puerto.
El guardia lo siguió, profiriendo furiosas maldiciones.
Chelkash había recuperado el buen humor. Silbaba finamente entre los dientes y, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, avanzaba con el lento andar de un hombre libre, repartiendo a derecha e izquierda burlas y chanzas punzantes.
Le respondían del mismo modo.
—¡Mira tú, Grishka! ¡Cómo te protege la autoridad! ¿Te estaba pasando revista o qué? —gritó uno de los cargadores que ya habían terminado de comer y descansaban tumbados en el suelo.
—Como voy descalzo, Semiónych vigila que no vaya a clavarme algo en el pie —respondió Chelkash.
Llegaron a la puerta.
Dos soldados registraron a Chelkash y lo empujaron suavemente hacia la calle.
—¡No lo dejéis entrar! —gritaba Semiónych desde el interior del recinto del puerto.
Chelkash cruzó la calle y se sentó en un bolardo frente a la puerta de una taberna.
De las puertas del puerto salía con estrépito una interminable hilera de carros cargados. En dirección contraria corrían carros vacíos cuyos cocheros daban saltos sobre ellos.
El puerto vomitaba un trueno aullante y polvo acre y hacía temblar la tierra.
Acostumbrado a aquella agitación nerviosa y excitado por la escena con Semiónych, Chelkash se encontraba magníficamente.
Ante él sonreía una buena ganancia que requeriría poco trabajo y mucha habilidad. Chelkash estaba seguro de poseerla de sobra y, entornando los ojos, soñaba con la juerga que se daría a la mañana siguiente, cuando todo hubiera terminado y los billetes crujieran en su bolsillo.
Entonces recordó a su compañero Mishka, que aquella noche le habría resultado muy útil si no se hubiese roto la pierna.
Chelkash maldijo para sus adentros, pensando que quizá él solo, sin Mishka, no pudiera arreglárselas.
¿Cómo sería la noche?
Miró al cielo y después calle abajo.
A unos seis pasos de él, junto a la acera, sentado sobre el pavimento y apoyado de espaldas en otro bolardo, había un joven vestido con camisa azul de tela moteada, pantalones del mismo tejido, alpargatas de corteza y una rota gorra rojiza.
A su lado había una pequeña talega y una guadaña sin mango, envuelta en un haz de heno cuidadosamente sujeto con una cuerda.
El muchacho era ancho de hombros, robusto, rubio, con el rostro tostado y curtido por el viento y unos grandes ojos azules que miraban a Chelkash con confianza y bondad.
Chelkash le enseñó los dientes, sacó la lengua y, poniendo una cara espantosa, se quedó mirándolo fijamente con los ojos desorbitados.
El muchacho parpadeó primero, desconcertado, pero de pronto rompió a reír.
—¡Ah, qué tipo!
Y casi sin levantarse del suelo se desplazó torpemente desde su bolardo hasta el de Chelkash, arrastrando la talega por el polvo y haciendo golpear contra las piedras el extremo de la guadaña.
—¿Qué, hermano? Parece que te has corrido una buena juerga —dijo, tirándole de una pernera.
—Así ha sido, mocoso; así ha sido —reconoció abiertamente Chelkash.
Aquel muchacho sano y bonachón, con sus claros ojos infantiles, le había gustado inmediatamente.
—¿Vienes de la siega?
—¡Claro! Hemos segado una barbaridad y hemos ganado cuatro perras. ¡Mal asunto! Hay gente a montones. Han llegado todos esos muertos de hambre y han tirado los jornales por los suelos. En el Kubán pagaban sesenta kopeks. ¡Bonita cosa! Y antes, dicen, pagaban tres rublos, cuatro, cinco...
—¡Antes! Antes allí pagaban tres rublos sólo por ver a un ruso. Hace unos diez años yo me ganaba la vida precisamente así. Llegabas a una stanitsa y decías: «Soy ruso». Enseguida venían a mirarte, te palpaban, se admiraban y... toma tres rublos. Y además te daban de beber y de comer. ¡Y podías quedarte cuanto quisieras!
Mientras escuchaba a Chelkash, el muchacho abrió primero mucho la boca, mostrando en su rostro redondo una admiración desconcertada; pero después comprendió que aquel harapiento mentía, chasqueó los labios y soltó una carcajada.
Chelkash mantuvo el gesto grave, escondiendo la sonrisa bajo el bigote.
—¡Qué tío! Lo cuentas como si fuera verdad y yo te escucho como un idiota... No, por Dios, antes allí...
—¿Y yo qué estoy diciendo? Precisamente digo que antes allí...
—¡Anda ya! —dijo el muchacho haciendo un gesto con la mano—. ¿Eres zapatero? ¿O sastre? ¿Qué eres tú?
—¿Yo? —repitió Chelkash y, tras pensarlo, dijo—: Pescador.
—¿Pescador? Vaya. ¿Y qué pescas, peces?
—¿Para qué peces? Los pescadores de aquí no pescan solamente peces. Pescan más bien ahogados, anclas viejas, barcos hundidos... de todo. Hay aparejos especiales para eso.
—¡Miente, miente! Tú debes de ser de esos pescadores que cantan:
por las secas riberas,
y por graneros y despensas...
—¿Has visto a alguno de ésos? —preguntó Chelkash mirándolo con una sonrisa y pensando que aquel buen muchacho era muy tonto.
—No. ¿Dónde iba a verlos? Pero he oído hablar de ellos.
—¿Te gustan?
—¿Ellos? ¡Claro! No están mal. Son tipos libres... independientes...
—Y a ti... ¿qué te importa la libertad? ¿Es que te gusta?
—¡Pues claro! Eres tu propio amo, vas donde quieres, haces lo que quieres... ¡Eso es lo mejor! Si sabes mantenerte derecho y no tienes piedras sobre la conciencia, no hay cosa mejor. Anda por ahí como quieras; acuérdate solamente de Dios...
Chelkash escupió con desprecio y dejó de preguntar, apartándose del muchacho.
—Mira mi caso ahora —continuó éste, repentinamente inspirado—. Desde que murió mi padre tenemos poca hacienda, mi madre es vieja y la tierra está exprimida. ¿Qué voy a hacer? Hay que vivir. ¿Pero cómo? Vete a saber. Tendré que casarme y entrar de yerno en una casa acomodada. Bueno. Si me dieran a la hija con su parte... Pero no; el suegro, ese demonio, no querrá darle nada. Y entonces tendré que dejarme los lomos trabajando para él... mucho tiempo... años. Así está la cosa.
»Pero si yo consiguiera unos ciento cincuenta rublos, me pondría inmediatamente en pie y le diría a Antip: “¡Toma! ¿Me das a Marfa con su parte? ¿No? Pues no hace falta. Gracias a Dios hay más muchachas en el pueblo”. Y entonces sería completamente libre, dueño de mí mismo...
El muchacho suspiró.
—Pero ahora no hay remedio: tendré que meterme de yerno. Pensaba ir al Kubán y sacar doscientos rublos. ¡Ja! ¡Menudo señor iba a ser yo! Pero nada, se acabó. No ha salido. Así que, de yerno... de jornalero... Porque yo solo no puedo levantar mi hacienda... de ninguna manera. ¡Ay, ay!
Al muchacho le repugnaba profundamente la idea de entrar como yerno.
Hasta se le ensombreció el rostro y se puso triste. Se removió pesadamente sobre el suelo y sacó a Chelkash de los pensamientos en que lo habían sumido sus palabras.
Chelkash sintió que ya no tenía ganas de hablar, pero por alguna razón preguntó de todos modos:
—¿Y ahora adónde vas?
—¿Adónde voy a ir? A casa, claro.
—Pues para mí no está tan claro, hermano. Igual pensabas irte a Turquía...
—¡A Tur-quí-a! —alargó el muchacho—. ¿Qué cristiano ortodoxo va allí? ¡También dices unas cosas!
—Qué... idiota eres —suspiró Chelkash, y volvió a apartarse de él.
Esta vez no sentía el menor deseo de dirigirle una palabra más.
Aquel sano campesino despertaba algo dentro de él. Era una sensación vaga, irritante, que había madurado sin intervención de su voluntad, se agitaba en algún lugar profundo y le impedía concentrarse y pensar en todo cuanto debía hacer aquella noche.
El muchacho, ofendido, refunfuñaba en voz baja y lanzaba de vez en cuando miradas de soslayo hacia Chelkash. Había inflado cómicamente las mejillas, fruncido los labios y sus ojos entrecerrados parpadeaban con excesiva frecuencia.
Evidentemente, no esperaba que la conversación con aquel harapiento bigotudo terminara tan rápida y desagradablemente.
El «harapiento» ya no le prestaba atención.
Silbaba pensativo sentado en el bolardo y marcaba el compás golpeándolo con el talón desnudo y sucio.
El muchacho quiso desquitarse.
—¡Eh, pescador! ¿Te emborrachas a menudo? —empezó a decir.
Pero en aquel mismo instante el pescador volvió rápidamente la cara hacia él y preguntó:
—Escucha, mocoso. ¿Quieres trabajar conmigo esta noche? ¿Eh? ¡Contesta rápido!
—¿Trabajar en qué? —preguntó el muchacho con desconfianza.
—¡Pues en lo que yo te mande! Saldremos a pescar. Tú remarás.
—Bueno... ¿Por qué no? Se puede trabajar. Sólo que... no quisiera meterme en algún lío contigo. Pareces demasiado... raro... oscuro...
Chelkash sintió algo semejante a una quemadura en el pecho y dijo en voz baja, con fría cólera:
—Tú no hables de lo que no entiendes. Como te dé un golpe en la cabeza, quizá entonces se te aclare lo que tienes dentro.
Saltó del bolardo, tiró del bigote con la mano izquierda, cerró la derecha formando un puño duro y nervudo y sus ojos brillaron.
El muchacho se asustó.
Miró rápidamente a su alrededor y, parpadeando con temor, también se puso de pie.
Se midieron con los ojos y guardaron silencio.
—¿Y bien? —preguntó Chelkash severamente.
Hervía y temblaba por la ofensa que le había infligido aquel ternerillo a quien había despreciado durante toda la conversación y a quien ahora odiaba de repente porque tenía aquellos limpios ojos azules, aquel rostro sano y tostado, aquellas manos cortas y fuertes; porque poseía en algún lugar una aldea y una casa en ella; porque un campesino acomodado deseaba tomarlo como yerno; por toda su vida pasada y futura y, sobre todo, porque él, aquel niño comparado con Chelkash, se atrevía a amar la libertad sin conocer su precio y sin necesitarla.
Siempre resulta desagradable ver que alguien a quien consideras peor e inferior a ti ama u odia lo mismo que tú y de ese modo se vuelve semejante a ti.
El muchacho miraba a Chelkash y sentía que tenía ante sí a un amo.
—Yo... —empezó— no me niego. Hasta me alegro. Precisamente estoy buscando trabajo. Me da lo mismo trabajar para ti que para otro. Sólo he dicho que no pareces un trabajador... estás demasiado... hecho polvo. Pero ya sé que eso puede pasarle a cualquiera. Señor, ¿acaso no he visto borrachos? ¡Uf, cuántos! Y peores que tú.
—Bueno, bueno. Entonces ¿aceptas? —preguntó Chelkash ya con más suavidad.
—¿Yo? ¡Vamos! ¡Con mucho gusto! Dime el precio.
—El precio dependerá del trabajo. Según sea el trabajo y según la pesca... Puedes sacar cinco rublos. ¿Entendido?
Pero ahora se trataba de dinero, y el campesino quería ser preciso y exigía la misma precisión de su patrón.
La desconfianza y la sospecha se encendieron de nuevo en él.
—Eso no me conviene, hermano. Prefiero pájaro en mano...
Chelkash asumió el papel de jefe.
—¡No discutas! Espera. ¡Vamos a la taberna!
Y echaron a andar uno junto al otro: Chelkash con el aire importante de un patrón, retorciéndose el bigote; el muchacho mostrando una completa disposición a obedecer, aunque todavía lleno de desconfianza y temor.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Chelkash.
—¡Gavrila! —respondió.
Cuando entraron en una taberna sucia y ahumada y Chelkash, acercándose al mostrador con el tono familiar de un cliente habitual, pidió una botella de vodka, sopa de col, carne asada y té y, después de enumerarlo todo, dijo brevemente al tabernero: «Todo fiado», a lo que éste asintió en silencio, Gavrila se llenó inmediatamente de respeto hacia aquel harapiento que era su patrón y gozaba allí de tanta notoriedad y crédito.
—Bueno, ahora comeremos algo y hablaremos como es debido. Tú quédate sentado; yo tengo que ir a un sitio.
Se marchó.
Gavrila miró alrededor.
La taberna estaba en un sótano; era húmeda y oscura y estaba llena del olor sofocante de vodka requemado, humo de tabaco, alquitrán y alguna otra cosa acre.
Frente a Gavrila, en otra mesa, se sentaba un hombre borracho vestido de marinero, con barba roja y cubierto de polvo de carbón y alquitrán.
Gruñía una canción, hipando a cada momento, compuesta enteramente por palabras entrecortadas y deformadas, unas extrañamente sibilantes y otras guturales.
Evidentemente no era ruso.
Detrás de él se habían instalado dos moldavas, harapientas, morenas y tostadas por el sol, que también chirriaban alguna canción con voces de borrachas.
Después, de la oscuridad surgían otras figuras, todas extrañamente desgreñadas, todas medio borrachas, ruidosas, inquietas...
Gavrila sintió miedo al quedarse allí solo.
Deseó que su patrón regresara cuanto antes.
Entretanto, el ruido de la taberna crecía. Aumentaba a cada segundo, fundiéndose en una única nota, y parecía que allí rugiera un enorme animal provisto de cien gargantas distintas, sordamente irritado, esforzándose por escapar de aquel húmedo sótano sin conseguir encontrar una salida hacia la libertad...
Gavrila sentía que algo embriagador y pesado penetraba en él, en todos sus miembros al mismo tiempo; la cabeza le daba vueltas y se le nublaban los ojos, que recorrían curiosamente la taberna.
Regresó Chelkash y se pusieron a comer, beber y hablar.
A la tercera copa Gavrila estaba borracho.
Se había puesto alegre y quería decir algo agradable a su patrón, que —¡qué buen tipo!— sin conocerlo de nada le había dado una comida tan sabrosa.
Pero las palabras, que ascendían hacia su garganta en oleadas enteras, por alguna razón no conseguían desprenderse de la lengua.
Chelkash lo miraba y sonreía burlonamente.
—¡Te has puesto bueno!... ¡Ay, pedazo de sopa! ¡Con cinco copas! ¿Cómo vas a trabajar ahora?
—¡Amigo! —decía Gavrila, abriendo una sonrisa borracha y bonachona—. ¡No tengas miedo! Yo te cumpliré... ¡ya verás!... Déjame que te bese, ¿eh?
—Bueno, bueno... ¡Toma, échate otra!
Gavrila bebió otra y llegó finalmente a un estado en el que todo empezó a oscilar ante sus ojos en movimientos uniformes y ondulados.
Aquello era desagradable y le producía náuseas.
Su rostro adquirió una expresión infantilmente perdida y estúpidamente entusiasmada. Cuando trataba de decir algo, movía cómicamente los labios y mugía.
Chelkash, observándolo con atención, se retorcía el bigote y, como si recordara algo, continuaba sonriendo, aunque ahora de manera sombría y maligna.
La taberna rugía con su estrépito de borrachos.
El marinero pelirrojo dormía apoyado sobre la mesa.
—¡Vamos! —dijo Chelkash levantándose.
Gavrila intentó ponerse en pie, pero no pudo y, después de soltar una fuerte maldición, se echó a reír con la risa absurda de un borracho.
—¡Menuda llevas! —dijo Chelkash, sentándose otra vez frente a él.
Gavrila seguía riendo, mirando a su patrón con ojos embotados.
Y éste lo contemplaba detenidamente, con vigilancia y reflexión.
Veía ante sí a un hombre cuya vida había caído entre sus garras de lobo.
Él, Chelkash, se sentía capaz de darle un giro en una dirección o en otra. Podía romper aquella vida como si fuera una carta y podía ayudarla a asentarse dentro de los sólidos límites de la existencia campesina.
Al sentirse dueño de otro ser humano, disfrutaba y pensaba que aquel muchacho nunca bebería de la copa que el destino le había obligado a beber a él, Chelkash...
Envidiaba aquella joven vida y sentía lástima por ella; se burlaba y hasta se inquietaba por ella, imaginando que podría volver a caer algún día en manos como las suyas.
Y finalmente todos aquellos sentimientos se fundieron en Chelkash en uno solo, algo paternal y posesivo.
Sentía lástima por el muchacho y, al mismo tiempo, lo necesitaba.
Entonces Chelkash cogió a Gavrila por las axilas y, empujándolo suavemente por detrás con la rodilla, lo sacó al patio de la taberna, donde lo depositó en el suelo, a la sombra de una pila de leña, y se sentó junto a él a fumar su pipa.
Gavrila se removió un poco, mugió y se quedó dormido.
II
—Bueno, ¿está listo? —preguntó Chelkash en voz baja a Gavrila, que manipulaba los remos.
—¡Ahora mismo! Este tolete se mueve. ¿Puedo darle un golpe con el remo?
—¡Ni se te ocurra! Nada de ruido. Apriétalo bien con las manos y entrará en su sitio.
Trabajaban silenciosamente con una pequeña barca amarrada a la popa de uno de los numerosos barcos de vela cargados de duelas de roble y grandes falúas turcas, unas medio descargadas y otras todavía llenas de madera de palma, sándalo y gruesos troncos de ciprés.
La noche era oscura.
Gruesas capas de nubes desgreñadas se desplazaban por el cielo y el mar estaba tranquilo, negro y espeso como aceite.
Respiraba un aroma húmedo y salado y sonaba suavemente al chapotear contra los cascos de los barcos y contra la orilla, meciendo apenas la pequeña embarcación de Chelkash.
A gran distancia de la costa se alzaban del mar alrededor de la barca los oscuros esqueletos de los navíos, clavando en el cielo negro sus mástiles afilados, rematados por faroles de diversos colores.
El mar reflejaba sus luces y estaba sembrado de multitud de temblorosas manchas amarillas.
Resultaba bellísimo sobre su pecho aterciopelado, suave, negro mate, que respiraba de manera tan uniforme y poderosa.
El mar dormía el sueño sano y profundo de un trabajador que había soportado mucho durante la jornada.
—¡Vamos! —dijo Gavrila, dejando caer los remos en el agua.
—¡Adelante!
Chelkash, con un fuerte golpe del timón, hizo salir la barca hacia la franja de agua entre dos embarcaciones y avanzaron velozmente sobre la superficie resbaladiza, que bajo los golpes de los remos se encendía con una luminiscencia fosforescente azulada.
Una larga cinta de aquella luz, ancha y temblorosa, serpenteaba detrás de la popa.
—¿Qué tal la cabeza? ¿Te duele? —preguntó Chelkash sonriendo.
—¡Una barbaridad! Me zumba como si fuera de hierro. Voy a mojarla un poco.
—¿Para qué? Toma, mójate mejor por dentro. Te ayudará antes.
Le tendió una botella a Gavrila.
—¿Sí? ¡Que Dios nos bendiga!
Se oyó el fino borboteo del líquido.
—¡Eh! ¿Te gusta?... ¡Basta! —lo detuvo Chelkash.
La barca volvió a lanzarse adelante, silenciosa y ligera, serpenteando entre los barcos.
De repente salieron de aquel laberinto y ante ellos se abrió el mar: infinito, silencioso, brillante y respirando acompasadamente, extendiéndose hasta muy lejos, allí donde de sus aguas ascendían al cielo masas de nubes violáceas y azul grisáceas, con suaves bordes amarillos; otras verdosas, del color del agua marina; y otras nubes aburridas, plomizas, que arrojaban sombras tan tristes y pesadas que deprimían la mente y el alma.
Se arrastraban con gran lentitud unas sobre otras, unas veces fundiéndose y otras adelantándose, y había algo fatal en aquel lento movimiento de masas sin alma.
Parecía que allí, en el confín del mar, fueran infinitas y que siempre continuarían trepando con indiferencia por el cielo, movidas por la torpe y maligna intención de impedir que volviera a brillar sobre el mar adormecido con sus millones de ojos dorados: las estrellas multicolores, vivas y soñadoras, capaces de despertar elevados deseos en los hombres que aman su puro y sagrado resplandor.
Sobre el mar se extendía un rumor sordo y suave: el sonido de su respiración dormida.
—¿Es bonito el mar? —preguntó Chelkash.
—No está mal. Sólo que da miedo —respondió Gavrila, hundiendo con fuerza y regularidad los remos en el agua.
El agua tintineaba y chapoteaba apenas bajo sus largos remos y continuaba brillando con aquella cálida luz azul del fósforo.
—¡Da miedo! ¡Mira qué idiota! —gruñó Chelkash disgustado.
Él, ladrón y cínico, amaba el mar.
Su naturaleza turbulenta y nerviosa, ávida de impresiones, nunca se saciaba contemplando aquella extensión oscura, ilimitada, libre y poderosa.
Le molestó oír semejante respuesta a su pregunta sobre la belleza de aquello que amaba.
Sentado en la popa, cortaba el agua con el timón y miraba serenamente hacia delante, lleno del deseo de avanzar durante mucho, mucho tiempo sobre aquella superficie de terciopelo.
En el mar siempre nacía en su interior un sentimiento amplio y cálido que envolvía toda su alma y la limpiaba un poco de la suciedad de la vida.
Apreciaba aquello y le gustaba sentirse mejor allí, entre el agua y el aire, donde los pensamientos sobre la vida y la propia vida perdían siempre los primeros su agudeza y la segunda su valor.
—¿Y dónde están los aparejos? —preguntó de pronto Gavrila con sospecha, buscando con los ojos por la barca.
Chelkash se estremeció.
—¿Los aparejos? Los tengo en la popa.
—¿Qué clase de aparejos? —volvió a preguntar Gavrila, esta vez con mayor sospecha.
—¿Cuáles?... Sedales y...
Pero a Chelkash le dio vergüenza mentir a aquel chiquillo ocultándole sus verdaderos propósitos y sintió pena por aquello que el muchacho acababa de destruir en su pecho con aquella pregunta.
Se enfureció.
La conocida sensación de quemazón en el pecho y la garganta lo atravesó, y dijo a Gavrila con malignidad, dureza y autoridad:
—Mira: tú estás sentado ahí, pues sigue sentado. Y no metas la nariz en lo que no es asunto tuyo. Te he contratado para remar: así que rema. Si sigues moviendo la lengua, será peor para ti. ¿Lo entiendes? Pues entiéndelo.
Por un momento la barca tembló y se detuvo.
Los remos quedaron dentro del agua, llenándola de espuma, y Gavrila se removió inquieto en el banco.
—¡Rema!
Una áspera blasfemia estremeció el aire.
Gavrila movió los remos.
La barca arrancó en rápidos y nerviosos impulsos, cortando ruidosamente el agua.
—¡Más regular!
Chelkash se incorporó desde la popa sin soltar el timón y clavó sus fríos ojos en el rostro pálido de Gavrila, cuyos labios temblaban.
Inclinado hacia delante, Chelkash parecía un gato dispuesto a saltar.
Se oía el furioso rechinar de sus dientes y el temeroso crujido de algún nudillo.
—¿Quién grita? —se oyó una voz severa desde el mar.
—¡Vamos, demonio, rema!... ¡Más suave con los remos! ¡Te mato, perro!... ¡Vamos, rema! ¡Rema! ¡Uno, dos! ¡Vamos! Como sueltes un sonido... ¡te despedazo! —siseaba Chelkash.
—Virgen... Madre de Dios... —susurraba Gavrila, temblando y agotándose por el miedo y el esfuerzo.
La barca giró suavemente y regresó hacia el puerto, donde las luces de los faroles se apiñaban formando un grupo multicolor y se veían los negros troncos de los mástiles.
—¡Eh! ¿Quién grita? —se oyó de nuevo.
Ahora la voz estaba más lejos que antes.
Chelkash se tranquilizó.
—¡Eres tú quien grita, amigo! —dijo en dirección a la voz.
Después se volvió hacia Gavrila, que continuaba murmurando una oración.
—Bueno, hermano, ¡qué suerte has tenido! Si esos demonios hubieran venido detrás de nosotros, se acabó para ti. ¿Lo entiendes? Yo te habría enviado directamente... ¡a los peces!
Ahora que Chelkash hablaba tranquila e incluso bondadosamente, Gavrila, todavía estremecido de terror, empezó a suplicar:
—¡Escucha, perdóname! ¡Por Cristo, déjame marchar! ¡Déjame en cualquier sitio! ¡Ay, ay, ay! ¡Estoy perdido! Acuérdate de Dios, déjame ir. ¿Qué soy yo para ti? ¡No puedo con esto! Nunca me he metido en cosas así... Es la primera vez... ¡Señor! ¡Voy a perderme! ¿Cómo has podido engañarme así, hermano? ¡Es pecado!... ¡Me estás perdiendo el alma!... Cosas oscuras...
—¿Qué cosas? —preguntó Chelkash severamente—. ¿Eh? ¿Qué clase de cosas?
El miedo del muchacho lo divertía, y disfrutaba tanto de él como de sentirse él, Chelkash, un hombre tan terrible.
—Cosas malas, hermano... Déjame, por Dios... ¿Qué soy yo para ti? ¿Eh? Amigo... hermano...
—¡Calla! Si no te necesitara, no te habría traído. ¿Lo entiendes? Pues cállate.
—¡Señor! —sollozó Gavrila.
—¡Bueno, bueno! ¡No gimotees! —lo cortó Chelkash.
Pero Gavrila ya no podía contenerse.
Lloraba en silencio, sorbía por la nariz, se removía en el banco, aunque seguía remando con fuerza y desesperación.
La barca volaba como una flecha.
De nuevo se alzaron ante ellos los oscuros cascos de los barcos y la barca volvió a perderse entre ellos, girando como una peonza por las estrechas franjas de agua entre los costados.
—¡Eh, tú! Escucha. Si alguien te pregunta algo, calla si quieres seguir vivo. ¿Entendido?
—¡Ay! —suspiró Gavrila desesperadamente ante aquella orden severa, y añadió con amargura—: ¡Qué destino tan perdido el mío!
—¡No aúlles! —susurró Chelkash con autoridad.
Por efecto de aquel susurro, Gavrila perdió toda capacidad de pensar y se convirtió en un autómata sin pensamientos, enteramente penetrado por un frío presentimiento de desgracia.
Hundía mecánicamente los remos en el agua, se inclinaba hacia atrás, volvía a sacarlos, los arrojaba de nuevo y, mientras tanto, contemplaba obstinadamente sus alpargatas.
El rumor adormecido de las olas al golpear los barcos parecía amenazar con algo, advertir de algo y era terrible.
Ahí estaba el puerto.
Tras su muralla de granito se oían voces humanas, chapoteos, una canción y finos silbatos...
—¡Alto! —susurró Chelkash—. ¡Suelta los remos! ¡Empuja la pared con las manos! ¡Más despacio, demonio!
Gavrila, agarrándose con las manos a la piedra resbaladiza, llevó la barca a lo largo de la pared.
La barca avanzaba sin ruido, deslizando el costado por el verdín adherido a la piedra.
—¡Alto!... Dame los remos. ¡Dámelos! ¿Dónde tienes el pasaporte? ¿En la talega? Dame la talega. ¡Vamos, rápido! Esto, querido amigo, es para que no escapes. Ahora ya no escaparás. Sin remos quizá todavía podrías arreglártelas para huir, pero sin pasaporte no te atreverás. Espera. Y ten cuidado: si haces el menor ruido, ¡te encontraré hasta en el fondo del mar!
Y de repente, agarrándose con las manos a algo, Chelkash se elevó y desapareció sobre el muro.
Gavrila se estremeció.
Todo había sucedido tan rápidamente.
Sintió que se desprendía de él, que resbalaba fuera de él, aquella maldita carga de miedo que sentía en presencia de aquel ladrón flaco y bigotudo.
«¡Ahora podría escapar!»
Respiró libremente y miró a su alrededor.
A su izquierda se elevaba un casco negro sin mástiles, una especie de gigantesco ataúd, silencioso, deshabitado y vacío.
Cada golpe de las olas contra sus costados provocaba en él un eco sordo y resonante parecido a un pesado suspiro.
A la derecha se extendía la húmeda pared de piedra del muelle, fría y pesada como una serpiente.
Detrás se distinguían también otros esqueletos negros y, delante, por la abertura entre el muro y el costado de aquel ataúd, podía verse el mar, silencioso y desierto, con nubes que reptaban por encima.
Todo era frío, negro y siniestro.
Gavrila sintió miedo.
Y aquel miedo era peor que el que le inspiraba Chelkash: entró en su pecho como un afilado trozo de hielo, lo contrajo formando un pequeño ovillo temeroso y lo clavó al banco de la barca...
Todo a su alrededor permanecía en silencio.
Ni un solo sonido salvo los suspiros del mar.
Parecía que de un momento a otro aquel silencio fuera a estallar en algo terrible, ensordecedoramente furioso, algo que sacudiría el mar hasta el fondo, desgarraría las pesadas manadas de nubes del cielo y dispersaría todos aquellos barcos negros.
Las nubes avanzaban por el cielo con la misma monotonía que antes; cada vez surgían más desde el mar y, contemplando el cielo, podía imaginarse que también él era un mar, sólo que un mar agitado y congelado en plena agitación, invertido sobre el otro, dormido, tranquilo y liso.
Las nubes parecían olas precipitándose hacia la tierra con sus rizos de crestas grises, y también abismos de los que el viento hubiera arrancado aquellas olas, y grandes rompientes que todavía no se habían cubierto de la espuma verdosa de la rabia y la ira.
Gavrila se sentía aplastado por aquella sombría belleza y aquel silencio y deseaba que regresara cuanto antes su patrón.
¿Y si se quedaba allí?
El tiempo transcurría lentamente, más lentamente que las nubes que reptaban por el cielo...
Y el silencio se hacía a cada instante más siniestro.
Tras la pared del muelle se oyó un chapoteo, un roce y algo parecido a un susurro.
Gavrila creyó que iba a morir.
—¡Eh! ¿Duermes? ¡Coge esto!... ¡Con cuidado! —se oyó la voz sorda de Chelkash.
Desde el muro descendía algo pesado y cúbico.
Gavrila lo recibió en la barca.
Descendió otro bulto igual.
Después apareció sobre el muro la larga figura de Chelkash, los remos surgieron de algún sitio, la talega cayó a los pies de Gavrila y Chelkash, respirando pesadamente, se sentó en la popa.
Gavrila lo miró con una sonrisa alegre y temerosa.
—¿Cansado? —preguntó.
—Un poco, ternero. ¡Vamos, rema bien! ¡Dale con todas tus fuerzas! Has trabajado bien, hermano. La mitad está hecha. Ahora sólo tenemos que pasar entre los ojos de los diablos y después recibirás tu dinero y podrás irte con tu Masha. ¿Tienes una Masha, pequeño?
—N... no.
Gavrila se esforzó con todas sus fuerzas, trabajando con el pecho como un fuelle y con los brazos como resortes de acero.
El agua rugía bajo la barca y la franja azul detrás de la popa era ahora más ancha.
Gavrila quedó inmediatamente empapado en sudor, pero siguió remando con todas sus fuerzas.
Después de haber experimentado dos veces durante aquella noche un miedo semejante, temía experimentarlo por tercera y sólo deseaba una cosa: terminar cuanto antes aquel maldito trabajo, pisar tierra firme y huir de aquel hombre antes de que realmente lo matara o lo llevara a la cárcel.
Decidió no hablarle de nada, no contradecirlo, hacer todo cuanto le mandara y, si conseguía librarse de él sano y salvo, mandar decir al día siguiente una misa a san Nicolás el Taumaturgo.
De su pecho estaba a punto de brotar una oración apasionada.
Pero se contuvo, resopló como una máquina de vapor y permaneció en silencio, mirando de reojo a Chelkash bajo las cejas.
Éste, seco y largo, inclinado hacia delante y parecido a un pájaro a punto de levantar el vuelo, miraba la oscuridad ante la proa con sus ojos de halcón.
Moviendo su nariz aguileña y rapaz, sujetaba firmemente la caña del timón con una mano y con la otra jugueteaba con el bigote, que temblaba con las sonrisas que a cada momento torcían sus finos labios.
Chelkash estaba satisfecho de su éxito, de sí mismo y de aquel muchacho tan aterrorizado por él y convertido en su esclavo.
Saboreaba de antemano la gran juerga del día siguiente y en aquel momento disfrutaba de la fuerza con la que había sometido a aquel joven sano y fresco.
Lo observaba esforzarse y empezó a sentir lástima de él; quiso animarlo.
—¡Eh! —dijo en voz baja con una sonrisa—. ¿Qué, te has asustado de verdad, eh?
—N... no... —exhaló Gavrila, soltando un gruñido.
—Ahora no hace falta que te mates tanto con los remos. Ya está casi terminado. Sólo falta pasar un sitio... Descansa un poco.
Gavrila obedeció, redujo el ritmo, se secó con la manga el sudor de la cara y volvió a meter los remos en el agua.
—Ahora rema más despacio. Que el agua no hable. Hay que atravesar una puerta. Suave, suave... Aquí, hermano, hay gente seria. Te pueden soltar un tiro y hacerte un bulto en la frente tan grande que ni tendrás tiempo de quejarte.
La barca avanzaba ahora casi completamente silenciosa.
De los remos sólo caían gotas azules y, cuando tocaban el mar, en el lugar de su caída se encendía durante unos instantes una pequeña mancha azul.
La noche se volvía cada vez más cálida y silenciosa.
El cielo ya no parecía un mar agitado. Las nubes se habían extendido por él y lo cubrían con una pesada cortina uniforme, inmóvil y suspendida a poca altura del agua.
Y el mar se había vuelto todavía más tranquilo y negro y parecía oler con mayor intensidad a su aroma cálido y salado.
—¡Ah, si se pusiera a llover! —susurró Chelkash—. Pasaríamos como detrás de una cortina.
A izquierda y derecha de la barca se levantaron de las aguas negras unas construcciones: gabarras inmóviles, sombrías y también negras.
Sobre una de ellas se movía una luz; alguien caminaba con un farol.
El mar acariciaba sus costados y sonaba suplicante y sordo, y ellas respondían con un eco profundo y frío, como si no quisieran ceder ante él en alguna disputa.
—¡Los cordones! —susurró Chelkash apenas audiblemente.
Desde el momento en que Chelkash le había ordenado remar más despacio, una tensión aguda y expectante había vuelto a apoderarse de Gavrila.
Todo él se inclinó hacia delante, hacia la oscuridad, y le parecía que estaba creciendo: sus huesos y tendones se alargaban con un dolor sordo, la cabeza, llena de un único pensamiento, le dolía; la piel de la espalda se estremecía y pequeñas agujas afiladas y frías se le clavaban en las piernas.
Los ojos le dolían por escrutar tan intensamente la oscuridad, esperando que de un momento a otro surgiera de ella algo que les gritara:
«¡Alto, ladrones!»
Cuando Chelkash susurró «los cordones», Gavrila se estremeció y un pensamiento agudo y ardiente lo atravesó, rozando todos sus nervios tensos: quería gritar, llamar a la gente en su auxilio...
Ya había abierto la boca, se había levantado ligeramente del banco, sacado pecho, llenado los pulmones de aire...
Pero de repente, golpeado por el terror como por un látigo, cerró los ojos y cayó del banco.
Delante de la barca, lejos en el horizonte, surgió de las aguas negras del mar una enorme espada de fuego azul.
Se elevó, hendió la oscuridad de la noche, deslizó su punta por las nubes del cielo y después se tendió sobre el pecho del mar formando una ancha franja azul.
Y en aquella banda luminosa surgieron de la oscuridad barcos que hasta entonces habían sido invisibles: negros, silenciosos, cubiertos por una exuberante niebla nocturna.
Parecía que hubieran permanecido durante mucho tiempo en el fondo del mar, arrastrados allí por las poderosas manos de una tempestad, y que ahora se elevaran obedeciendo a la fuerza y el mandato de aquella espada azul de fuego nacida del mar para mirar el cielo y todo cuanto había por encima del agua.
Sus jarcias abrazaban los mástiles como algas tenaces que hubieran ascendido del fondo junto con aquellos gigantes negros atrapados entre sus redes.
Y de nuevo se elevó desde el mar aquella extraña espada azul; volvió a partir la noche y se tendió en otra dirección.
Y allí donde se tendió volvieron a surgir de la oscuridad los esqueletos de barcos que eran invisibles antes de su aparición.
La barca de Chelkash se detuvo y osciló sobre el agua como desconcertada.
Gavrila yacía en el fondo cubriéndose la cara con las manos, mientras Chelkash lo golpeaba con el remo y siseaba furioso, aunque en voz baja:
—¡Idiota! Es el crucero de aduanas... ¡Es un reflector eléctrico! ¡Levántate, pedazo de animal! ¡Dentro de un momento nos enfocarán!... ¡Nos perderás a ti y a mí, demonio! ¡Vamos!
Finalmente, después de que uno de los golpes con el extremo del remo cayera sobre la nuca de Gavrila con más fuerza que los demás, éste se incorporó de un salto y, sin atreverse aún a abrir los ojos, se sentó en el banco, agarró los remos a tientas y puso en marcha la barca.
—¡Más despacio! ¡Te mato!... Ya te lo he dicho. ¡Más despacio! ¡Menudo idiota, maldito seas! ¿De qué te has asustado? ¿Eh, cara de nabo? El farol es un espejo, nada más. ¡Más suave con los remos, demonio amargado! Mueven el espejo de un lado para otro e iluminan el mar para comprobar si navegan por ahí tipos como tú y yo. Vigilan el contrabando. A nosotros no nos alcanzarán; están demasiado lejos. No tengas miedo, muchacho. No nos alcanzarán. Ahora nosotros...
Chelkash miró triunfalmente a su alrededor.
—¡Ya está, hemos salido!... ¡Uf!... Bueno, ¿estás contento, pedazo de alcornoque?
Gavrila no respondió.
Remaba, respiraba pesadamente y miraba de reojo hacia el lugar donde aquella espada de fuego seguía elevándose y descendiendo.
No conseguía creer a Chelkash cuando afirmaba que aquello no era más que un farol con reflector.
El frío resplandor azul, que partía la oscuridad y obligaba al mar a brillar con fulgor plateado, contenía algo inexplicable y amenazador, y Gavrila volvió a caer bajo el hipnótico poder de su angustioso miedo.
Un presentimiento le pesaba y pinchaba en el pecho.
Remaba automáticamente, pálido, encogido, como esperando un golpe desde arriba.
Ya no quedaba dentro de él ningún deseo.
Estaba vacío, privado de alma.
Las emociones de aquella noche habían roído finalmente todo cuanto había de humano en él.
Chelkash, por el contrario, volvía a sentirse triunfante.
¡Éxito completo! ¡Fin de todas las preocupaciones!
Sus nervios, habituados a las sacudidas, se relajaron y regresaron a la normalidad.
Sus bigotes temblaban voluptuosamente y en sus ojos se encendía una luz codiciosa.
Se sentía magníficamente; silbaba entre los dientes, aspiraba profundamente el aire húmedo del mar, miraba a su alrededor en la oscuridad y sonreía de buen humor cada vez que sus ojos se detenían en Gavrila.
Pasó el viento y despertó el mar, que de pronto empezó a jugar con una multitud de pequeñas olas.
Las nubes parecieron hacerse más finas y transparentes, aunque continuaban cubriendo todo el cielo.
Y pese a que el viento, todavía suave, corría libremente sobre el mar, las nubes permanecían inmóviles, como si estuvieran sumidas en algún pensamiento gris y aburrido.
—Bueno, hermano, ¡recobra el sentido! Ya va siendo hora. Mírate: parece que te hayan exprimido el alma del cuerpo y sólo haya quedado un saco de huesos. ¡Amigo querido! Ya se ha terminado todo. ¡Eh!
A Gavrila incluso le resultó agradable escuchar una voz humana, aunque fuera la de Chelkash.
—Te oigo... —dijo en voz baja.
—Así me gusta. Pedazo de miga. Anda, ponte al timón y yo remaré. Debes de estar cansado.
Gavrila cambió de sitio mecánicamente.
Cuando Chelkash, al intercambiar los lugares, lo miró a la cara y vio que se tambaleaba sobre las piernas temblorosas, sintió todavía más lástima de él.
Le dio una palmada en el hombro.
—Vamos, vamos. No tengas miedo. Por lo menos has ganado bien. Te recompensaré generosamente, hermano. ¿Quieres un billete de veinticinco rublos?
—Yo... no quiero nada. Sólo llegar a tierra...
Chelkash hizo un gesto con la mano, escupió y empezó a remar, lanzando los remos muy atrás con sus largos brazos.
El mar había despertado.
Jugaba con pequeñas olas, las engendraba, las adornaba con flecos de espuma, las enfrentaba y las rompía hasta convertirlas en polvo menudo.
Al deshacerse, la espuma siseaba y suspiraba, y todo se llenaba de rumor musical y chapoteos.
La oscuridad parecía haberse vuelto más viva.
—Bueno, dime... —empezó Chelkash—. Llegarás a tu pueblo, te casarás, empezarás a cavar la tierra, a sembrar trigo, tu mujer te llenará de hijos, no habrá comida suficiente y tendrás que dejarte la piel toda la vida... Bueno, ¿qué gracia tiene eso?
—¿Qué gracia va a tener? —respondió Gavrila, todavía temeroso y estremecido—. Qué se le va a hacer...
En algunos lugares el viento abrió las nubes y por los huecos asomaban fragmentos azules de cielo, con una o dos estrellas.
Reflejadas por el mar juguetón, aquellas estrellas saltaban sobre las olas, desapareciendo y volviendo a brillar.
—¡Más a la derecha! —dijo Chelkash—. Ya debemos de estar cerca. Sí... Se acabó. ¡Buen trabajo! Mira cómo son las cosas... Una noche y me he embolsado quinientos rublos. ¿Qué te parece?
—¿Quinientos? —repitió Gavrila con incredulidad.
Pero enseguida se asustó y preguntó rápidamente, tocando con el pie los fardos de la barca:
—¿Y qué es esto?
—Seda. Una mercancía cara. Si la vendieras a su precio valdría más de mil. Pero yo no soy exigente... ¿Qué te parece, eh?
—¿Sí...? —dijo Gavrila interrogativamente—. ¡Si yo tuviera algo así!
Suspiró y recordó de repente el pueblo, su pobre hacienda, sus necesidades, a su madre y todo aquello lejano y querido por lo que se había marchado a trabajar y por lo que había sufrido tanto aquella noche.
Una oleada de recuerdos de su pequeña aldea se apoderó de él: la veía descendiendo por una empinada ladera hacia el río, ahogada en todo un bosque de abedules, sauces, serbales y cerezos silvestres...
Aquellos recuerdos le infundieron algo cálido y lo animaron un poco.
—¡Ay, qué bien estaría! —suspiró tristemente.
—Sí... Imagino que ahora mismo tomarías el tren y saldrías disparado hacia casa. ¡Cómo iban a quererte las muchachas de tu pueblo! ¡Ah, de qué manera! Elige a la que quieras. Te construirías una casa... Aunque, bueno, para una casa quizá no alcanzara...
—Eso es verdad... La madera está cara donde vivimos.
—Bueno, pues arreglarías la vieja. ¿Tenéis caballo?
—Caballo sí, pero es demasiado viejo... el diablo.
—Pues entonces un caballo. ¡Un buen caballo! Una vaca... ovejas... aves de todas clases... ¿Eh?
—¡No sigas! ¡Si pudiera ser así! ¡Ay, Señor! ¡Entonces sí que viviría!
—Sí, hermano, no estaría mal esa vida... Yo también sé de qué va eso. Hubo un tiempo en que tuve mi propio nido... Mi padre era uno de los campesinos más ricos del pueblo...
Chelkash remaba lentamente.
La barca, balanceándose sobre las olas, que traviesamente saltaban por encima de los bordes, avanzaba apenas sobre el oscuro mar, que jugaba cada vez con mayor fuerza.
Los dos hombres soñaban, mecidos por el agua y mirando pensativamente a su alrededor.
Chelkash había empezado a conducir los pensamientos de Gavrila hacia la aldea para animarlo y tranquilizarlo un poco.
Al principio hablaba sonriendo escépticamente bajo el bigote; pero después, respondiendo a su compañero y recordándole las alegrías de la vida campesina, de las que él mismo se había desencantado hacía mucho y que había olvidado hasta aquel momento, poco a poco se dejó arrastrar y, en vez de interrogar al muchacho sobre la aldea y sus asuntos, empezó sin advertirlo a hablar de sí mismo.
—Lo principal en la vida campesina, hermano, es la libertad. Eres tu propio amo. Tienes tu casa; aunque no valga un kopek, es tuya. Tienes tu tierra; aunque sólo sea un puñado, ¡es tuya! Tu gallina, tu huevo, tu manzana... ¡Eres rey en tu tierra! Y después está el orden... Te levantas por la mañana: trabajo. En primavera uno, en verano otro, en otoño, en invierno... otro distinto. Vayas adonde vayas, siempre regresas a tu casa. ¡Calor! ¡Paz!... Eres rey, ¿verdad?
Chelkash terminó con entusiasmo aquella larga enumeración de las ventajas y derechos de la vida campesina, olvidándose por alguna razón de sus obligaciones.
Gavrila lo miraba con curiosidad y también se había animado.
Durante aquella conversación ya había conseguido olvidar con quién trataba y veía delante de él a un campesino igual que él, unido para siempre a la tierra por el sudor de muchas generaciones, atado a ella por los recuerdos de la infancia, que por propia voluntad se había apartado de ella y de sus cuidados y había recibido por aquella separación el castigo merecido.
—Eso sí que es verdad, querido hermano. ¡Qué verdad! Mira tú mismo lo que eres ahora sin tierra, ¿eh? La tierra, hermano, es como una madre; no puedes olvidarla por mucho tiempo.
Chelkash volvió en sí.
Sintió aquella irritante quemazón en el pecho que aparecía siempre que alguien tocaba su amor propio, el amor propio de un aventurero temerario, sobre todo si lo hacía una persona sin ningún valor a sus ojos.
—¡Menuda molienda llevas! —dijo ferozmente—. ¿Te creías que yo estaba hablando en serio? ¡Sí, espera sentado!
—Pero hombre, qué tipo eres... —Gavrila volvió a acobardarse—. ¿Acaso hablaba de ti? Si debe de haber muchos como tú. ¡Uf! ¡Cuánta gente desgraciada hay por el mundo!... Vagando...
—¡Siéntate a remar, foca! —ordenó Chelkash brevemente, conteniendo por alguna razón todo un torrente de insultos que le había subido a la garganta.
Volvieron a cambiar de sitio.
Al pasar por encima de los fardos para llegar a la popa, Chelkash sintió un agudo deseo de darle una patada a Gavrila y arrojarlo al agua, y al mismo tiempo no encontró fuerzas para mirarlo a la cara.
La breve conversación terminó, pero ahora incluso del silencio de Gavrila le llegaba a Chelkash un aroma de aldea...
Recordaba el pasado y se olvidaba de gobernar la barca, que las olas habían hecho girar y que se alejaba hacia el mar.
Las olas parecían comprender que aquella barca había perdido su rumbo y, lanzándola cada vez más alto, jugaban fácilmente con ella, encendiéndose bajo los remos con su dulce fuego azul.
Ante Chelkash pasaban rápidamente escenas del pasado, de un pasado muy lejano, separado del presente por un muro entero de once años de vida vagabunda.
Se vio niño; vio su aldea; a su madre, mujer rolliza de mejillas rojas y bondadosos ojos grises; a su padre, un gigante de barba rojiza y rostro severo.
Se vio de novio y vio a su esposa, Anfisa, de ojos negros, larga trenza, robusta, suave y alegre; después se vio de nuevo a sí mismo, guapo, soldado de la Guardia.
Vio otra vez a su padre, ya canoso y encorvado por el trabajo; y a su madre, arrugada, hundida hacia la tierra.
Contempló también la escena de su regreso al pueblo después del servicio militar; vio cómo su padre se enorgullecía delante de toda la aldea de su Grigori, aquel soldado fuerte, bigotudo, apuesto y gallardo...
La memoria, látigo de los desgraciados, da vida hasta a las piedras del pasado y añade gotas de miel incluso al veneno que un día bebimos, y todo ello únicamente para rematar al hombre con la conciencia de sus errores y, obligándolo a amar aquel pasado, privarlo de toda esperanza en el futuro.
Chelkash sintió que lo envolvía una corriente conciliadora y acariciadora de aire natal que traía hasta sus oídos las tiernas palabras de su madre, las sólidas conversaciones de su padre, campesino de vieja estirpe, multitud de sonidos olvidados y los jugosos aromas de la madre tierra recién deshelada, recién arada y recién cubierta por la seda esmeralda de los cultivos de invierno...
Y se sintió derribado, caído, miserable y solo, arrancado y expulsado para siempre de aquel orden de vida en el que se había formado la sangre que corría por sus venas.
—¡Eh! ¿Pero adónde vamos? —preguntó de repente Gavrila.
Chelkash se estremeció y miró a su alrededor con la inquieta mirada de un depredador.
—¡Mira dónde nos ha llevado el diablo!... No pasa nada. Rema un poco más fuerte. Enseguida llegamos.
—¿Estabas pensando? —preguntó Gavrila sonriendo.
Chelkash lo miró atentamente.
El muchacho ya se había recuperado por completo; estaba tranquilo, alegre y parecía incluso triunfante.
Era muy joven. Toda la vida estaba en sus manos.
Y no sabía nada.
Eso era malo.
Quizá la tierra conseguiría retenerlo...
Al pasar aquellos pensamientos por la cabeza de Chelkash, éste se sintió todavía más triste y respondió sombríamente a la pregunta de Gavrila:
—Estoy cansado... Y además este balanceo...
—Balancea bastante, eso es verdad... Entonces, con esto —Gavrila tocó los fardos con el pie— ya no nos atraparán, ¿no?
—No. Quédate tranquilo. Ahora lo entregaré y recibiré el dinero... Sí...
—¿Quinientos?
—No menos, supongo.
—Eso sí que es dinero. Si fuera para mí, pobre desgraciado... ¡Uf, qué canción les cantaría yo!
—¿Como campesino?
—¡De qué otra forma! Ahora mismo...
Y Gavrila salió volando sobre las alas de sus sueños.
Chelkash parecía abatido.
Los bigotes le colgaban, el costado derecho, alcanzado por las olas, estaba mojado; sus ojos se habían hundido y habían perdido su brillo.
Parecía lamentable y cansado.
Todo lo depredador de su figura se había apagado bajo aquella humilde melancolía que parecía manifestarse incluso en los pliegues de su camisa sucia.
—Yo también estoy terriblemente cansado... Reventado.
—Ya llegamos... Ahí...
Chelkash hizo girar bruscamente la barca y la dirigió hacia algo negro que sobresalía del agua.
El cielo volvió a cubrirse enteramente de nubes y comenzó a caer una lluvia fina y cálida, que tintineaba alegremente al golpear las crestas de las olas.
—¡Alto! ¡Despacio! —ordenó Chelkash.
La proa golpeó contra el casco de una gabarra.
—¿Están durmiendo esos diablos? —gruñó Chelkash, tratando de alcanzar con el bichero unas cuerdas que colgaban por el costado—. No han bajado la escala... Ahora empieza a llover, ¡no podía haber empezado antes! ¡Eh, morenos!... ¡Eh, eh!
—¿Chelkash eres tú? —se oyó desde arriba una voz suave, ronroneante.
—¡Sí! ¡Baja la escala!
—Kalimera, Chelkash.
—¡Baja la escala, demonio ahumado! —rugió Chelkash.
—Oh, hoy ha venido enfadado... ¡Ela!
—¡Sube, Gavrila! —dijo Chelkash a su compañero.
Un minuto después estaban sobre la cubierta.
Tres oscuras figuras barbudas que hablaban animadamente entre sí en una extraña lengua áspera miraban por la borda hacia la barca de Chelkash.
Un cuarto hombre, envuelto en una larga túnica, se acercó a él y le estrechó la mano en silencio; después miró con desconfianza a Gavrila.
—Prepara el dinero para la mañana —dijo brevemente Chelkash—. Ahora voy a dormir. Gavrila, ven. ¿Quieres comer?
—Dormir... —respondió Gavrila.
Cinco minutos después roncaba en la sucia bodega de la gabarra.
Chelkash, sentado a su lado, se probaba en el pie una bota de alguien y, escupiendo pensativamente hacia un lado, silbaba entre los dientes con aspereza y tristeza.
Después se tumbó junto a Gavrila, se quitó la bota que había probado y, colocando las manos bajo la cabeza, miró fijamente hacia la cubierta, moviendo los bigotes.
La gabarra se balanceaba suavemente sobre las aguas juguetonas; en algún lugar crujía la madera con un sonido quejumbroso; la lluvia caía suavemente sobre la cubierta y las olas chapoteaban contra los costados.
Todo aquello era triste y sonaba como la canción de cuna de una madre que no conserva esperanza alguna en la felicidad de su hijo...
Y Chelkash se durmió.
III
Fue el primero en despertar.
Miró inquieto a su alrededor, se tranquilizó inmediatamente y dirigió los ojos hacia Gavrila, que aún dormía.
Éste roncaba dulcemente y sonreía en sueños con todo su infantil, sano y tostado rostro.
Chelkash suspiró y subió por la estrecha escala de cuerda.
Por la abertura de la bodega asomaba un pedazo plomizo de cielo.
Había luz, pero era una luz gris y triste, casi otoñal.
Chelkash regresó unas dos horas después.
Tenía el rostro colorado, los bigotes gallardamente retorcidos hacia arriba y en los labios brillaba una sonrisa alegre y bondadosa.
Llevaba botas altas y resistentes, chaqueta y pantalones de cuero y parecía un cazador.
Toda aquella ropa estaba desgastada, pero era fuerte y le sentaba muy bien; ensanchaba su figura, disimulaba su delgadez huesuda y le daba aspecto guerrero.
—¡Eh, ternero, levántate! —dijo, empujando a Gavrila con el pie.
Éste se incorporó de un salto y, todavía medio dormido, no lo reconoció y lo miró asustado con ojos turbios.
Chelkash soltó una carcajada.
—¡Mira tú! —dijo Gavrila finalmente con una amplia sonrisa—. ¡Te has convertido en un señor!
—Nosotros hacemos estas cosas rápido. Pero mira que eres miedoso, ¡ay, ay! ¿Cuántas veces pensaste morirte anoche? Dímelo.
—Pero hombre, ponte en mi lugar: ¡era la primera vez que hacía algo así! ¡Podía condenarme el alma para siempre!
—¿Y volverías a hacerlo?
—¿Otra vez?... Pues eso... depende... ¿cómo decirlo?... Depende de lo que se gane. Eso es.
—Bueno, ¿y si fueran dos billetes de cien?
—¿Doscientos rublos, quieres decir? Bueno... eso podría hacerse...
—¡Espera! ¿Y si condenas el alma?
—Bueno... quizá no se condene —sonrió Gavrila—. Y si no se condena, te conviertes en un hombre para toda la vida.
Chelkash se echó a reír alegremente.
—Bueno, basta de bromas. Vámonos a tierra. Prepárate.
—¿Yo? Si ya estoy preparado.
Y allí estaban otra vez en la barca.
Chelkash al timón, Gavrila a los remos.
Sobre ellos, el cielo gris, uniformemente cubierto de nubes; bajo su barca, el mar verde turbio jugaba ruidosamente, levantándola sobre olas todavía pequeñas que arrojaban alegremente salpicaduras claras y saladas.
Lejos, ante la proa, se distinguía una franja amarilla de playa arenosa, mientras detrás de la popa se extendía hasta perderse de vista el mar libre y juguetón, todo surcado por manadas de olas veloces, algunas ya adornadas con un estrecho fleco de espuma.
También a lo lejos se veían numerosos barcos balanceándose sobre el pecho del mar; muy lejos, a la izquierda, todo un bosque de mástiles y las blancas masas de las casas de la ciudad.
Desde allí llegaba por el mar un rumor sordo y retumbante que, unido al chapoteo de las olas, componía una música buena y poderosa...
Y sobre todo ello se había tendido un fino velo de niebla cenicienta que alejaba unos objetos de otros.
—¡Uf! Para esta tarde se pondrá bravo —dijo Chelkash señalando el mar con la cabeza.
—¿Habrá tormenta? —preguntó Gavrila, abriendo poderosamente las olas con los remos.
Ya estaba empapado de pies a cabeza por las salpicaduras que el viento esparcía sobre el mar.
—Sí —confirmó Chelkash.
Gavrila lo miraba inquisitivamente y en sus ojos se expresaba claramente la espera de algo.
—Bueno, ¿cuánto te han dado? —preguntó finalmente, viendo que Chelkash no pensaba iniciar la conversación.
—¡Mira! —dijo Chelkash, tendiéndole algo que había sacado del bolsillo.
Gavrila vio billetes de colores y todo ante sus ojos adquirió tonos vivos e irisados.
—¡Ah, tú!... Y yo pensaba que me mentías. Esto... ¿cuánto es?
—¡Quinientos cuarenta! ¿Qué te parece?
—¡B... bien! —susurró Gavrila, siguiendo con ojos codiciosos los quinientos cuarenta rublos que desaparecían de nuevo en el bolsillo.
—¡Ay!... Si yo tuviera semejante dinero...
Suspiró oprimido.
—¡Nos vamos a correr una juerga tú y yo, muchacho! —exclamó Chelkash entusiasmado—. ¡Vaya que sí! No creas que voy a olvidarme de ti, hermano. Te daré... cuarenta. ¿Eh? ¿Estás contento? ¿Quieres que te los dé ahora mismo?
—Si... no te molesta... ¿por qué no? Los aceptaré.
Gavrila temblaba entero de expectación y de alguna otra sensación aguda que le chupaba el pecho.
—¡Ja, ja, ja! ¡Mira el muñeco del diablo! «Los aceptaré.» ¡Acéptalos, hermano, por favor! ¡Te lo ruego, acéptalos! No sé qué voy a hacer yo con semejante montaña de dinero. ¡Líbrame de ella! ¡Toma!
Chelkash tendió a Gavrila varios billetes rojos.
Éste los cogió con mano temblorosa, abandonó los remos y empezó a esconderlos dentro de la camisa, entornando los ojos con avidez y aspirando ruidosamente el aire, como si bebiera algo ardiente.
Chelkash lo observaba con una sonrisa burlona.
Gavrila volvió a coger los remos y empezó a remar nerviosa y apresuradamente, como si tuviera miedo de algo y con los ojos bajos.
Le temblaban los hombros y las orejas.
—Qué avaricioso eres... No está bien. Aunque, bueno... campesino... —dijo Chelkash pensativamente.
—¡Pero es que con dinero se pueden hacer tantas cosas! —exclamó Gavrila, inflamándose de repente con apasionada excitación.
Y empezó a hablar, entrecortadamente, con prisas, como si tratara de alcanzar sus propios pensamientos y atrapara las palabras al vuelo, de la vida en el pueblo con dinero y sin dinero.
¡Respeto, abundancia, libertad, alegría!
Chelkash lo escuchaba atentamente, con el rostro serio y los ojos entrecerrados por algún pensamiento.
A veces sonreía satisfecho.
—¡Hemos llegado! —interrumpió finalmente el discurso de Gavrila.
Una ola levantó la barca y la empujó hábilmente sobre la arena.
—Bueno, hermano, esto se acabó. Hay que sacar la barca un poco más arriba para que no se la lleve el agua. Vendrán a buscarla. Y tú y yo nos despedimos. De aquí a la ciudad habrá unos ocho verstas. ¿Tú qué? ¿Vuelves a la ciudad?
En el rostro de Chelkash continuaba brillando una sonrisa bondadosa y astuta, y todo él tenía el aspecto de un hombre que hubiera pensado algo muy agradable para sí y completamente inesperado para Gavrila.
Con la mano metida en el bolsillo hacía crujir allí los billetes.
—No... Yo... no volveré... Yo...
Gavrila respiraba con dificultad, como si algo lo estrangulara.
Dentro de él hervía una masa oscura de deseos, palabras y sentimientos que se devoraban unos a otros y lo abrasaban como fuego.
Chelkash lo miró desconcertado.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Pues... eso...
Pero el rostro de Gavrila unas veces se ponía rojo y otras gris; se retorcía sobre el terreno, como si quisiera lanzarse contra Chelkash o estuviera desgarrado por algún otro deseo que le resultaba difícil realizar.
Chelkash empezó a sentirse incómodo ante semejante excitación.
Esperó a ver en qué terminaba.
Gavrila empezó a reír de una manera extraña, con una risa parecida a un sollozo.
Tenía la cabeza baja y Chelkash no podía verle la expresión del rostro; sólo distinguía vagamente sus orejas, que unas veces se volvían rojas y otras pálidas.
—¡Vete al diablo! —dijo Chelkash haciendo un gesto con la mano—. ¿Es que te has enamorado de mí? Te retuerces como una muchacha. ¿Te duele separarte de mí? ¡Eh, mocoso! Dime qué te pasa o me largo.
—¡¿Te vas?! —gritó Gavrila con voz sonora.
La playa arenosa y desierta pareció estremecerse con su grito y las ondulaciones amarillas de arena formadas por las olas parecieron agitarse.
Chelkash también se estremeció.
De repente Gavrila saltó de su sitio, se arrojó a los pies de Chelkash, los abrazó con ambos brazos y tiró de ellos hacia sí.
Chelkash perdió el equilibrio y cayó pesadamente sentado sobre la arena.
Rechinó los dientes y alzó violentamente su largo brazo con el puño cerrado.
Pero no llegó a golpear, detenido por el susurro avergonzado y suplicante de Gavrila:
—¡Amigo!... Dame... ese dinero. Dámelo, por Cristo... ¿Qué es para ti? Lo has conseguido en una sola noche... ¡sólo una noche! Y yo necesitaría años... Dámelo... Rezaré por ti. Siempre... en tres iglesias... por la salvación de tu alma... Tú lo tirarías al viento... y yo lo metería en la tierra... ¡Ay, dámelo! ¿Qué significa para ti? ¿Acaso te cuesta tanto? Una noche... ¡y eres rico! Haz una buena obra. Eres un hombre perdido... No tienes camino... Y yo podría... ¡Ay, dámelo!
Chelkash, asustado, sorprendido y enfurecido, permanecía sentado sobre la arena, inclinado hacia atrás y apoyándose en las manos.
Callaba y miraba espantosamente al muchacho, que había hundido la cabeza entre sus rodillas y susurraba, sin aliento, sus súplicas.
Finalmente lo apartó, se puso en pie de un salto y, metiendo la mano en el bolsillo, arrojó los billetes de colores contra Gavrila.
—¡Toma, perro! ¡Traga! —rugió, temblando de excitación, de una aguda compasión y de odio hacia aquel esclavo codicioso.
Y al arrojar el dinero se sintió un héroe.
La audacia resplandecía en sus ojos y en toda su figura.
—Yo mismo quería darte más. Ayer me dio lástima... Recordé la aldea... Pensé: voy a ayudar al muchacho. Esperaba a ver qué hacías, si me lo pedirías o no. Y tú... ¡Bah, pedazo de fieltro! ¡Mendigo! ¿Es posible torturarse así por dinero? ¡Idiota! ¡Demonios codiciosos! Perdéis el juicio... ¡Por cinco kopeks os venderíais vosotros mismos! ¿Eh?
—¡Amigo! ¡Que Cristo te salve! ¡Pero si ahora tengo... miles! ¡Ahora soy rico! —chillaba Gavrila de felicidad, temblando entero y escondiendo el dinero dentro de la camisa—. ¡Ay, querido! ¡No lo olvidaré en toda mi vida! ¡Nunca! Y mandaré a mi mujer y a mis hijos que recen por ti.
Chelkash escuchaba sus chillidos y exclamaciones, contemplaba aquel rostro luminoso deformado por una alegría codiciosa y sentía que él, ladrón, juerguista, arrancado de todo cuanto existe en la vida, jamás sería tan codicioso, tan bajo, tan olvidado de sí mismo.
¡Jamás sería así!
Y aquel pensamiento y aquella sensación, llenándolo de conciencia de su libertad y de su audacia, lo retuvieron junto a Gavrila en la desierta orilla del mar.
—¡Me has hecho feliz! —gritaba Gavrila.
Y, agarrando la mano de Chelkash, se la apretaba contra el rostro.
Chelkash guardaba silencio y enseñaba los dientes como un lobo.
Gavrila seguía desahogándose:
—¿Sabes lo que pensé? Cuando veníamos hacia aquí... vi el dinero... y pensé: cojo yo a éste... a ti... con el remo... ¡zas! El dinero para mí y a él al mar... a ti... ¿eh? ¿Quién iba a echarte de menos? Y aunque te encontraran, no se pondrían a investigar quién y cómo te había... matado. No eres un hombre por el que fueran a montar ruido... ¡No haces falta en la tierra! ¿Quién iba a defenderte? ¡Mira tú!... ¿Eh?
—¡Dame el dinero! —rugió Chelkash, agarrando a Gavrila por el cuello.
Gavrila se sacudió una vez, dos veces...
La otra mano de Chelkash se enroscó a su alrededor como una serpiente...
Se oyó el desgarrón de la camisa y Gavrila quedó tendido sobre la arena con los ojos locamente desorbitados, arañando el aire con los dedos y agitando las piernas.
Chelkash, erguido, seco, depredador, enseñando ferozmente los dientes, se reía con una risa entrecortada y venenosa mientras sus bigotes saltaban nerviosamente sobre su rostro anguloso y afilado.
Nunca en toda su vida le habían golpeado de manera tan dolorosa.
Y jamás había estado tan enfurecido.
—¿Qué, eres feliz? —preguntó entre risas a Gavrila.
Le dio la espalda y se alejó en dirección a la ciudad.
Pero no había dado ni dos pasos cuando Gavrila se arqueó como un gato, se levantó sobre una rodilla y, después de hacer un amplio movimiento con el brazo, le lanzó una piedra redonda gritando con maldad:
—¡Toma!
Chelkash soltó un gemido, se llevó ambas manos a la nuca, se inclinó hacia delante, se volvió hacia Gavrila y cayó de bruces sobre la arena.
Gavrila quedó inmóvil mirándolo.
Chelkash movió una pierna, intentó levantar la cabeza y después quedó estirado como una cuerda.
Entonces Gavrila echó a correr hacia la lejanía, donde sobre la brumosa estepa colgaba una negra nube desgreñada y todo estaba oscuro.
Las olas susurraban al subir por la arena, se fundían con ella y volvían a avanzar.
La espuma siseaba y las gotas de agua volaban por el aire.
Comenzó a llover.
Al principio escasa, la lluvia se volvió rápidamente densa y gruesa, cayendo del cielo en finos chorros que tejían toda una red de delgados hilos de agua, una red que ocultó inmediatamente la lejanía de la estepa y la lejanía del mar.
Gavrila desapareció tras ella.
Durante largo tiempo no pudo verse nada excepto la lluvia y el largo hombre tendido sobre la arena junto al mar.
Pero de pronto volvió a aparecer entre la lluvia Gavrila, corriendo.
Volaba como un pájaro y, al llegar junto a Chelkash, cayó a su lado y empezó a darle la vuelta sobre el suelo.
Su mano se hundió en una sustancia roja, caliente y viscosa...
Se estremeció y retrocedió con el rostro pálido y enloquecido.
—¡Hermano, levántate! —susurraba al oído de Chelkash bajo el ruido de la lluvia.
Reanimado por el agua, Chelkash recobró el conocimiento y apartó a Gavrila con un empujón.
—Vete... lejos...
—¡Hermano! Perdóname... Fue el diablo... —susurraba Gavrila temblando y besando la mano de Chelkash.
—Vete... Márchate... —jadeó éste.
—¡Quítame este pecado del alma! ¡Amigo! ¡Perdóname!
—Per... ¡Vete! ¡Vete al diablo! —gritó de repente Chelkash, incorporándose sobre la arena.
Su rostro estaba pálido y furioso, los ojos turbios se le cerraban como si tuviera muchísimo sueño.
—¿Qué quieres... todavía? Ya has... hecho lo tuyo... ¡y ahora vete! ¡Largo!
Quiso empujar con el pie al abatido Gavrila, pero no pudo y habría vuelto a caer si Gavrila no lo hubiera sujetado abrazándolo por los hombros.
El rostro de Chelkash quedó ahora al nivel del de Gavrila.
Los dos estaban pálidos, miserables y espantosos.
—¡Puf! —Chelkash escupió en los ojos, abiertos de par en par, de su ayudante.
Éste se limpió humildemente con la manga y susurró:
—Haz conmigo lo que quieras... No responderé ni una palabra. Perdóname por Cristo.
—¡Basura!... ¡Ni siquiera sabes pecar como es debido! —gritó Chelkash con desprecio.
Rasgó la camisa que llevaba bajo la chaqueta y, en silencio, rechinando de vez en cuando los dientes, empezó a vendarse la cabeza.
—¿Cogiste el dinero? —preguntó entre dientes.
—¡No lo cogí, hermano! ¡No lo quiero! ¡Sólo trae desgracias!
Chelkash metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó el fajo de billetes, volvió a guardar uno solo y arrojó todo el resto a Gavrila.
—¡Toma y vete!
—No lo cogeré, hermano... ¡No puedo! ¡Perdóname!
—¡Cógelo, te digo! —rugió Chelkash haciendo girar espantosamente los ojos.
—¡Perdóname!... Entonces lo cogeré... —dijo Gavrila tímidamente.
Y cayó a los pies de Chelkash sobre la arena mojada, generosamente regada por la lluvia.
—¡Mientes, lo cogerás, basura! —dijo Chelkash con seguridad.
Con esfuerzo, agarró a Gavrila por los cabellos, le levantó la cabeza y le metió el dinero contra la cara.
—¡Cógelo! ¡Cógelo! No has trabajado gratis, supongo. ¡Toma, no tengas miedo! No te avergüences de haber estado a punto de matar a un hombre. Por gente como yo nadie te pedirá cuentas. Hasta te darán las gracias si se enteran. Toma. Nadie sabrá nada de lo que has hecho, y bien merece una recompensa. ¡Bueno, ahí lo tienes!
Gavrila vio que Chelkash se reía y se sintió aliviado.
Apretó con fuerza el dinero en la mano.
—¡Hermano! ¿Me perdonas? ¿No quieres? ¿Eh? —preguntó lloroso.
—¡Queridísimo! —respondió Chelkash imitándole el tono mientras se ponía en pie tambaleándose—. ¿Perdonarte por qué? No hay nada que perdonar. Hoy tú a mí, mañana yo a ti...
—Ay, hermano, hermano... —suspiró Gavrila tristemente, moviendo la cabeza.
Chelkash permanecía ante él con una extraña sonrisa.
El trapo que llevaba en la cabeza se teñía poco a poco de rojo y empezaba a parecer un turbante turco.
La lluvia caía a cántaros.
El mar murmuraba sordamente y las olas golpeaban la orilla, ahora ya con furia e ira.
Los dos hombres guardaron silencio.
—Bueno, adiós —dijo Chelkash con frialdad y burla, poniéndose en camino.
Se tambaleaba, le temblaban las piernas y mantenía la cabeza de una manera extraña, como si temiera perderla.
—¡Perdóname, hermano! —pidió Gavrila una vez más.
—No pasa nada —respondió fríamente Chelkash y siguió caminando.
Avanzó tambaleándose, sosteniéndose continuamente la cabeza con la palma de la mano izquierda y tirando suavemente con la derecha de su bigote castaño.
Gavrila permaneció mucho rato mirándolo hasta que desapareció bajo la lluvia, que continuaba derramándose desde el cielo en finos e interminables chorros y envolvía todo cuanto había alrededor en una niebla impenetrable de color de acero.
Entonces Gavrila se quitó la gorra mojada, se santiguó, miró el dinero que apretaba en la palma, respiró libre y profundamente, lo guardó dentro de la camisa y, con pasos largos y firmes, echó a andar por la orilla en dirección opuesta a aquella por la que había desaparecido Chelkash.
El mar aullaba, arrojaba sus pesadas y tiernas olas sobre la arena costera y las rompía en salpicaduras.
La lluvia azotaba el agua y la tierra.
El viento rugía...
Todo estaba lleno de aullidos, rugidos y estrépito.
Detrás de la lluvia no podían verse ni la lejanía ni el cielo.
Pronto la lluvia y las salpicaduras de las olas lavaron la mancha roja del lugar donde había yacido Chelkash; borraron las huellas de Chelkash y las huellas del joven sobre la arena de la costa...
Y en la desierta orilla del mar no quedó nada que recordara el pequeño drama que se había desarrollado entre dos hombres.
M. GORKI
Después de la lectura
El último gesto del relato es borrar las huellas.
La lluvia limpia la sangre; las olas destruyen las marcas de los dos hombres sobre la arena. El mundo no conserva memoria de lo ocurrido entre ellos. Para el mar, la lucha entre la libertad de Chelkash y la codicia, el miedo y los sueños campesinos de Gavrila no ha sido más que un pequeño acontecimiento humano.
Pero la violencia del desenlace obliga a reconsiderar todo lo anterior. Gavrila había pasado la noche temiendo perder su alma participando en un robo. Horas después está dispuesto a matar por el producto de aquel robo. Chelkash, el delincuente, acaba desprendiéndose voluntariamente del dinero por cuyo reparto ha estado a punto de morir.
Ninguno queda convertido en ejemplo moral. Gavrila regresa hacia una vida socialmente respetable llevando en el pecho el dinero del delito. Chelkash desaparece ensangrentado hacia su vida marginal, pero conservando una feroz idea de dignidad personal.
Una de las grandes figuras del primer Gorki
Chelkash pertenece a ese mundo de vagabundos, trabajadores, marginados y hombres expulsados del orden social que hizo reconocible la primera narrativa de Gorki.
Aquí el personaje resulta especialmente poderoso porque su marginalidad no se presenta únicamente como miseria. También contiene independencia, orgullo y una relación casi física con la libertad. El mar, que aterroriza a Gavrila, es precisamente el lugar donde Chelkash se siente más limpio y más dueño de sí mismo.
Esa ambigüedad impide reducir el relato a una simple denuncia social. Chelkash habla de pobreza y de trabajo, pero también de memoria, pertenencia, dinero, orgullo y del extraño precio que cada hombre asigna a su propia libertad.
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