Un viejo conde arruinado agoniza en una vivienda colectiva soviética. Antes de morir sólo le queda una preocupación verdaderamente importante: vengarse de tres estudiantes que se han burlado de él en el periódico mural de la casa.
Como los tiempos han cambiado y ya no puede recurrir a los métodos de sus antepasados, inventa una venganza mucho más eficaz: convencer a cada uno de los jóvenes de que en realidad es hijo suyo y, por tanto, heredero de un título nobiliario.
El conde de Mediterráneo (Граф Средиземский) es una pequeña máquina satírica de Ilf y Petrov contra la aristocracia superviviente, la ortodoxia burocrática, el lenguaje político y el miedo soviético a un origen social inconveniente.
Librería5 presenta una nueva traducción directa del ruso, realizada a partir de la tradición textual procedente del original de los autores.
El viejo conde se moría.
Yacía sobre un estrecho y sucio diván y, estirando su cabeza de pájaro, miraba por la ventana con repugnancia. Detrás del cristal temblaba una pequeña rama verde, semejante a un broche. En el patio alborotaban los niños. Y sobre la valla de la casa de enfrente, el antiguo conde Mediterráneo alcanzaba a distinguir un lema sobre la recogida de materias aprovechables, pintado con plantilla:
A Mediterráneo aquel lema le resultaba odioso desde hacía tiempo, pero ahora parecía contener incluso alguna alusión ofensiva.
El exconde apartó la vista de la ventana y la clavó con irritación en el techo agrietado.
¡Qué poco condal era la habitación de Mediterráneo!
No había retratos de fornidos personajes de los tiempos de Catalina vestidos con casacas de moaré. Tampoco los acostumbrados escudos tártaros redondos. Los muebles eran de patas finas, sin abolengo. El parqué no estaba encerado y nada se reflejaba en él.
Antes de morir, el conde debería haber pensado en sus antepasados, entre los que figuraban famosos guerreros, estadistas e incluso un enviado ante la corte española.
También debería haber pensado en Dios, pues era hombre creyente y acudía regularmente a la iglesia.
Pero, en lugar de todo aquello, sus pensamientos se ocupaban de mezquinas trivialidades de la vida cotidiana.
—Me muero en condiciones antihigiénicas —refunfuñaba con acritud—. Y todavía no han sido capaces de blanquear el techo.
Y, como hecho adrede, volvió a acordarse del incidente más ofensivo de todos.
Cuando el conde aún no era un «ex» y todo lo que ahora pertenecía al pasado seguía siendo presente, en 1910, había comprado por seiscientos francos una parcela en el cementerio de Niza.
Allí precisamente, bajo aquel verdor eléctrico, había pensado encontrar el descanso eterno el conde Mediterráneo.
No hacía mucho había enviado a Niza una carta mordaz en la que renunciaba a la sepultura y exigía que le devolvieran el dinero.
Pero la administración del cementerio se había negado cortésmente.
La carta indicaba que las cantidades abonadas por una tumba no estaban sujetas a devolución; sin embargo, si el cuerpo de monsieur Mediterráneo llegaba a Niza acompañado de la documentación acreditativa de su derecho sobre la parcela funeraria, sería efectivamente enterrado en el cementerio nizardo.
Naturalmente, todos los gastos correspondientes a la inhumación correrían íntegramente por cuenta de monsieur.
Los ingresos que obtenía el conde vendiendo cigarrillos en un puesto eran muy reducidos, y había depositado grandes esperanzas en aquel dinero de Niza.
La correspondencia con las autoridades del cementerio le había causado numerosas preocupaciones y había ejercido un efecto devastador sobre su organismo.
Después de aquella repugnante carta, donde se trataban con tanta serenidad las cuestiones relativas al transporte de los restos mortales del conde, se debilitó por completo y apenas volvió a levantarse del diván.
Desconfiando, con razón, de los consuelos del médico del distrito, se preparaba para saldar sus cuentas con la vida.
Sin embargo, no quería morir, del mismo modo que un niño no quiere abandonar un partido de pelota para irse a casa a hacer los deberes.
El conde tenía todavía entre manos un importante asunto de rencillas contra tres estudiantes universitarios —Shkarlato, Pruzhanski y Talmudovski— que vivían en el piso de arriba.
La enemistad entre él y los jóvenes había surgido por el procedimiento habitual.
En el periódico mural de la casa apareció una caricatura coloreada que representaba al conde de la manera más desagradable posible: con unas orejas enormes y un cuerpo diminuto.
Bajo el dibujo figuraban unos versos:
hay cuarto para quien se mete.
Aquí encuentras al momento
un ajeno de clase elemento.
¿Qué dirán al conocer
que Mediterráneo conde llegó a ser?
Debajo de los versos aparecía la firma:
Mediterráneo se asustó.
Se puso inmediatamente a redactar una réplica y decidió escribirla también en verso.
Pero no logró alcanzar la elevada técnica poética demostrada por sus enemigos.
Además, a Shkarlato, Pruzhanski y Talmudovski les habían llegado visitas. Arriba rasgueaban una guitarra, entonaban canciones y se dedicaban a luchar produciendo terribles golpes contra el suelo.
De vez en cuando llegaban hasta abajo exclamaciones:
—...Engels lo critica, pero en cambio Plejánov...
Mediterráneo sólo consiguió escribir el primer verso:
«Que fui conde nunca lo he ocultado...»
En prosa no había nada que refutar.
El ataque quedó sin respuesta.
El asunto se fue apagando por sí solo.
Pero Mediterráneo no podía olvidar la ofensa.
Al quedarse dormido veía aparecer sobre la pared oscura, como el «Mene, Tekel, Peres» del festín de Baltasar, tres palabras fosforescentes:
PRUZHANSKI
TALMUDOVSKI
Al anochecer, el callejón se volvió cálido y oscuro como el espacio entre dos manos juntas.
Los muelles del diván chirriaban.
El conde se moría inquieto.
Una semana antes había elaborado ya un minucioso plan de venganza contra los jóvenes.
Era todo un arsenal de las habituales vilezas propias de una vivienda colectiva: una denuncia a la administración de la casa contra Shkarlato, Pruzhanski y Talmudovski acusándolos de destrozar el inmueble; una carta anónima dirigida a la secretaría de la universidad, firmada por «Un amigo de la instrucción pública», donde se acusaba a los tres estudiantes de chubarovismo y pecado de sodomía; y una comunicación secreta a la milicia informando de que en la habitación de los universitarios pernoctaban ciudadanos sospechosos sin registrar.
El conde estaba al corriente de los acontecimientos contemporáneos.
Por eso había incluido además en su plan otra carta anónima dirigida a la célula universitaria, con una oscura insinuación acerca de que el miembro del Partido Talmudovski practicaba constantemente en su habitación una desviación derechista bajo la cobertura de «fraseología izquierdista».
Pero todavía no había ejecutado nada.
Se lo había impedido la Huesuda.
Cuando cerraba los ojos, el conde sentía su presencia en la habitación.
Estaba detrás del polvoriento armario eslavo.
En sus manos brillaba místicamente la guadaña.
Podía ocurrir algo verdaderamente desagradable:
que el conde muriese sin haberse vengado.
Y, sin embargo, había que lavar aquella afrenta.
Los antepasados de Mediterráneo acostumbraban a lavar toda clase de ofensas con sangre.
Pero el conde ya no podía inundar el país con torrentes de la joven y ardiente sangre de Shkarlato, Pruzhanski y Talmudovski.
Las premisas económicas habían cambiado.
Y tampoco quedaba ya tiempo para poner en marcha el complicado sistema de denuncias, pues, según todos los indicios, al conde le restaban sólo unas horas de vida.
Había que inventar, en sustitución de aquello, alguna venganza rápida y de efectos contundentes.
Cuando el estudiante Talmudovski atravesaba el patio de la casa, iluminado por una gorda luna griega, alguien lo llamó.
Se volvió.
Desde la ventana de la habitación del conde lo reclamaba una mano huesuda.
—¿A mí? —preguntó sorprendido el estudiante.
La mano siguió llamándolo y se oyó la aguda voz de pavo real de Mediterráneo:
—Entre usted. Se lo suplico. Es necesario.
Talmudovski alzó los hombros.
Un minuto después estaba sentado sobre el diván, a los pies del conde.
Una pequeña bombilla difundía por la habitación una débil luz de bronce.
—Camarada Talmudovski —dijo el conde—, me encuentro a las puertas de la muerte. Mis días están contados.
—¡Bueno, quién los ha contado! —exclamó el bondadoso Talmudovski—. Todavía vivirá usted más de un segmento temporal.
—No trate de consolarme. Con mi muerte expiaré todo el mal que le causé en otro tiempo.
—¿A mí?
—Sí, hijo mío —gimió Mediterráneo con voz de ministro del culto—. A usted. Soy un gran pecador. Durante veinte años he sufrido sin encontrar fuerzas para revelarle el secreto de su nacimiento. Pero ahora, al morir, quiero contárselo todo.
Usted no es Talmudovski.
—¿Cómo que no soy Talmudovski? —dijo el estudiante—. Soy Talmudovski.
—No. Usted no es Talmudovski en absoluto.
Usted es Mediterráneo. El conde Mediterráneo.
Es mi hijo.
Naturalmente, puede no creerme, pero es la verdad más pura.
Los moribundos no mienten.
Usted es mi hijo y yo soy su desgraciado padre.
Acérquese.
Permita que lo abrace.
Pero no se produjo ningún movimiento recíproco de ternura.
Talmudovski se levantó de un salto y el grueso tomo de Plejánov que tenía sobre las rodillas cayó al suelo con un golpe.
—¿Qué tontería es ésta? —gritó—. ¡Yo soy Talmudovski! ¡Mis padres llevan treinta años viviendo en Tiráspol! Precisamente la semana pasada recibí una carta de mi padre Talmudovski.
—Ése no es su padre —dijo tranquilamente el viejo—. Su padre está aquí, muriéndose sobre este diván.
Sí.
Fue hace veintidós años.
Conocí a su madre entre los juncos, a orillas del Dniéster.
Era una mujer encantadora, su madre.
—¡Pero qué demonios! —exclamaba el larguirucho Talmudovski mientras corría de un lado a otro de la habitación—. ¡Esto es sencillamente una indecencia!
—Nuestro regimiento —continuó el viejo vengativo—, un regimiento de la Guardia de Su Majestad el rey de Dinamarca, participaba entonces en unas grandes maniobras. Y yo era un gran pecador. Me llamaban el Don Juan de Peterhof.
Seduje a su madre y engañé a Talmudovski, a quien usted ha considerado erróneamente su padre.
—¡Eso es imposible!
—Comprendo su conmoción, hijo mío. Es natural.
Ya sabe usted lo difícil que resulta hoy vivir siendo conde.
Del Partido, naturalmente, ¡fuera!
Ánimo, hijo mío.
Preveo que también lo depurarán de la universidad.
Y en la casa escribirán versos sobre usted, igual que los escribieron sobre mí:
«¿Qué dirán cuando sepan que Talmudovski fue conde hasta ayer?»
Pero reconozco en usted, hijo mío, el noble corazón de los condes Mediterráneo, el noble, valiente y piadoso corazón de nuestra estirpe, cuyo último vástago es usted.
Los Mediterráneo siempre creyeron en Dios.
¿Acude usted a la iglesia, hijo mío?
Talmudovski agitó una mano y, gritando:
—¡Váyase al demonio!
salió disparado de la habitación.
Su sombra atravesó apresuradamente el patio y desapareció en el callejón.
El viejo conde soltó una risita y miró hacia el rincón oscuro formado por el armario.
La Huesuda ya no le parecía tan terrible.
Agitaba amistosamente la guadaña y hacía sonar un despertador.
En la pared volvieron a encenderse las palabras fosforescentes, pero el apellido «Talmudovski» había desaparecido.
Sólo ardían con luz verde otros dos:
PRUZHANSKI
En aquel momento resonó en el patio una voz alegre:
—¡Por mares, por olas, hoy aquí y mañana allá!
¡Por los ma-ares, mares, mares, mares!
Era el alegre miembro del Komsomol Pruzhanski, que regresaba a casa de un carnaval celebrado en el río.
Sus estrechos pantalones blancos relucían bajo la luna.
Tenía prisa.
En casa lo esperaba una lucioperca marinada dentro de una lata redonda.
—¡Camarada Pruzhanski! —lo llamó el conde, levantando con dificultad hasta la ventana su cabeza de gallo—. ¡Eh, camarada Pruzhanski!
—¿Eres tú, Verka? —gritó el komsomol, levantando la cabeza.
—No. Soy yo, Mediterráneo. Tengo que hablar con usted. Entre un momento.
Cinco minutos después, Pruzhanski, herido en lo más profundo del corazón, daba vueltas por la habitación iluminada por aquella luz de bronce.
Se agitaba como si lo hubiera atacado un enjambre de abejas.
El viejo conde, sujetándose con una mano el mentón, largo y blando como un monedero, narraba con suavidad:
—Fui un gran pecador, hijo mío. Por aquel entonces era un brillante oficial de un regimientito de la Guardia de Su Majestad el rey de Dinamarca. Mi regimiento participaba en unas grandes maniobras cerca de Vítebsk.
Y allí conocí a su madre.
Era una mujer encantadora, aunque judía.
Seré breve.
Se enamoró de mí.
Y exactamente nueve meses después, en la pobre vivienda del sastre Pruzhanski, comenzó a moverse un pequeño bulto rojo.
Aquel bulto era usted, Pruzhanski.
—¿Por qué piensa usted que aquel bulto rojo era precisamente yo? —preguntó Pruzhanski con voz llorosa—. Es decir, lo que quiero preguntar es por qué piensa que el padre de aquel bulto rojo era precisamente usted.
—Aquella santa mujer me amaba —respondió satisfecho de sí mismo el moribundo—. Era un alma pura, aunque judía. Ella misma me contó quién era el verdadero padre de su hijo.
Ese padre soy yo.
Y ese hijo es usted.
Es usted mi hijo, Yasha.
No es Pruzhanski.
Es Mediterráneo.
¡Es conde!
Y yo soy un gran pecador.
En el regimientito me llamaban incluso el Don Juan de Oranienbaum.
Abráceme, joven conde, último retoño de nuestra estirpe moribunda.
Pruzhanski estaba tan aturdido que abrazó impulsivamente al viejo canalla.
Después volvió en sí y dijo con angustia:
—¡Ay, ciudadano Mediterráneo, ciudadano Mediterráneo! ¿Por qué no se llevó usted ese secreto a la tumba? ¿Qué va a ocurrir ahora?
El viejo conde contempló compasivamente a su segundo y único hijo, tosió y comenzó a aconsejarlo:
—¡Pobre corazón noble! ¡Cuántas privaciones tendrá todavía que sufrir!
Del Komsomol, naturalmente, fuera.
Aunque espero que usted mismo no quiera permanecer en una corporación hostil a nuestra clase.
De la universidad, fuera.
¿Y para qué quiere usted una universidad soviética?
Los condes Mediterráneo siempre se educaron en liceos.
Abrázame otra vez, Yáshenka.
¿No ves que me estoy muriendo aquí mismo, sobre el diván?
—No puede ser —dijo desesperadamente Pruzhanski.
—Sin embargo, es un hecho —replicó secamente el viejo—. Los moribundos no mienten.
—Yo no soy conde —se defendió el komsomol.
—Sí, es conde.
—¡El conde es usted!
—Los dos somos condes —concluyó Mediterráneo.
—Pobre hijo mío. Ya veo los versos que escribirán sobre usted:
«¿Qué dirán cuando sepan, por fin, que Pruzhanski es simplemente conde?»
Pruzhanski se marchó inclinándose hacia un lado y murmurando:
—Así que soy conde... Ay, ay, ay...
Su apellido ardiente se extinguió sobre la pared.
Sólo quedó suspendida en la habitación, como una terrible inscripción funeraria, una palabra:
El viejo conde trabajaba con una energía sorprendente para un moribundo.
Consiguió atraer hasta su habitación a Shkarlato, que no pertenecía al Partido, y le confesó que él, el conde, era un gran pecador.
De su relato se desprendía que el estudiante era el último descendiente de los condes Mediterráneo y, por consiguiente, él mismo era conde.
—Fue en Tiflis —hilvanaba Mediterráneo con voz ya cansada—. Yo era entonces oficial de la Guardia...
Shkarlato salió tambaleándose a la calle, loco de alegría.
Le zumbaban los oídos y al estudiante le parecía que detrás de él, arrastrándose y tintineando sobre la acera, avanzaba un largo sable recto y blanco de caballería.
—Bien empleado les está —jadeó el conde—. Que no escriban versos.
El último apellido se apagó sobre la pared.
Un fresco viento llegado de los vapores irrumpió en la habitación.
La Huesuda salió de detrás del armario eslavo.
Mediterráneo lanzó un chillido.
La Muerte descargó sobre él un golpe de guadaña.
Y el conde murió con una sonrisa feliz sobre los labios azules.
Aquella noche ninguno de los tres estudiantes durmió en casa.
Vagaron por las calles violetas, cada uno por una parte distinta de la ciudad, asustando con su aspecto a los cocheros nocturnos.
Los agitaban sentimientos muy diversos.
Ya entrada la tercera hora de la madrugada, Talmudovski estaba sentado sobre el bordillo de granito de una acera y susurraba:
—No tengo derecho moral a ocultar mis orígenes a la célula. Debo ir y declararlo. ¿Pero qué dirán Pruzhanski y Shkarlato? Quizá ni siquiera quieran seguir viviendo conmigo en la misma habitación. Sobre todo Pruzhanski. Es un tipo impulsivo. Seguramente ni me dará la mano.
Mientras tanto, Pruzhanski, con sus pantalones blancos ya llenos de manchas, daba vueltas alrededor del monumento a Pushkin y trataba ardientemente de convencerse a sí mismo:
—Al fin y al cabo, yo no tengo la culpa. Soy víctima de una aventura amorosa de un representante del régimen zarista, impregnado de arriba abajo. Yo no quiero ser conde.
No se lo puedo contar a nadie.
Talmudovski sencillamente dejará de dirigirme la palabra.
Es interesante saber qué habría hecho Engels en mi lugar.
Estoy perdido.
Hay que ocultarlo.
No hay otra posibilidad.
¡Ay, ay, ay!
¿Y qué dirá Shkarlato?
«Te infiltraste —dirá—, te arrimaste.»
Aunque no pertenezca al Partido, es un activista terrible.
¡Ay, qué dirá cuando descubra que yo, Pruzhanski, soy un exconde!
Ocultarlo.
¡Ocultarlo!
Mientras tanto, el activista Shkarlato, todavía ensordecido por el tintineo de aquel sable invisible, recorría las calles con paso militar, lanzando de vez en cuando gallardas exclamaciones:
—Lástima que no dejara herencia.
¡Un héroe de leyenda!
Mi padre decía que tenía una finca en la provincia de Chernígov.
Je, nací en mal momento.
Ahora allí habrá seguramente un sovjós.
¡Eh, adelante, llama la trompeta, húsares negros!
¿Sería capaz de beberme una botella de ron sentado en el alféizar de una ventana?
Habrá que probarlo.
Pero no puedo contárselo a nadie.
Talmudovski y Pruzhanski, por envidia, podrían perjudicarme.
¡Qué bien estaría casarse con una condesa!
Por la mañana entras en el boudoir...
Pruzhanski fue el primero en regresar a casa.
Temblando de pies a cabeza, se metió en la cama y se hizo un ovillo, como un rosco, bajo la manta color frambuesa.
Apenas había comenzado a entrar en calor cuando se abrió la puerta y apareció Talmudovski, cuyo rostro tenía un color oscuro, semejante al papel de lija.
—Escucha, Yashka —dijo con severidad—. ¿Qué harías si uno de nosotros tres resultara ser hijo de un conde?
Pruzhanski dejó escapar un débil grito.
«Ya está —pensó—. Empieza.»
—Pero ¿qué harías? —insistió decididamente Talmudovski.
—¡Qué tonterías! —respondió Pruzhanski, completamente acobardado—. ¡Qué condes vamos a ser nosotros!
—Sí, pero supongamos. ¿Qué harías?
—¿Yo personalmente?
—Sí. Tú personalmente.
—Personalmente rompería con él toda relación.
—¿Y ni siquiera le dirigirías la palabra? —exclamó Talmudovski con un gemido.
—No. Ni hablaría con él. ¡Jamás! Pero ¿a qué viene esta conversación tan estúpida?
—No es una conversación estúpida —dijo sombríamente Talmudovski—. De esto depende toda una vida.
«Perdido, estoy perdido», pensó Pruzhanski, saltando bajo la manta como un ratón.
«Naturalmente, nadie querrá hablar conmigo —pensaba Talmudovski—. Pruzhanski tiene toda la razón.»
Y se dejó caer pesadamente sobre el asiento redondo y color de galleta de una silla vienesa.
El komsomol había desaparecido completamente entre las olas de la manta.
Se produjo un silencio largo y desagradable.
En la entrada resonaron unos pasos gallardos.
Shkarlato apareció en la habitación.
Durante un buen rato la examinó con desprecio.
—Apesta —dijo con altivez—. Exactamente como un dormitorio de indigentes. No entiendo cómo podéis vivir aquí.
Para un aristócrata es absolutamente imposible.
Aquellas palabras causaron a los dos estudiantes un golpe terrible.
Les pareció que una centella esférica había penetrado flotando en la habitación y que, balanceándose en el aire, estaba eligiendo víctima.
—Debe de ser agradable poseer una finca —dijo vagamente Shkarlato, mirando provocativamente a sus compañeros—. Venderla y vivir de los intereses en París. Montar en bicicleta.
¿Verdad, Talmudovski?
¿Qué opinas, Pruzhanski?
—¡Basta! —gritó Talmudovski—. Dime, Shkarlato, ¿qué harías si descubrieras que uno de nosotros es secretamente conde?
Entonces también Shkarlato se asustó.
Un sudor color naranja apareció sobre su rostro.
—Bueno, muchachos —balbuceó—. Al fin y al cabo tampoco hay nada particularmente terrible. Supongamos que descubrís que yo soy conde. Un poco desagradable, claro, pero...
—¿Y si fuera yo? —exclamó Talmudovski.
—¿Tú qué?
—Pues eso... que resultara ser conde.
—¿Tú, conde?
Eso sí que me hace reír.
—Pues resulta que soy conde —dijo desesperadamente el miembro del Partido.
—¿El conde Talmudovski?
—No soy Talmudovski —dijo el estudiante—. Soy Mediterráneo. No tengo absolutamente ninguna culpa, pero es un hecho.
—¡Eso es mentira! —gritó Shkarlato—. ¡Mediterráneo soy yo!
Los dos condes se midieron con la mirada, atónitos.
Desde un rincón de la habitación llegó un prolongado gemido.
Era el tercer conde, que ya no había podido soportar el tormento de la espera y emergía de debajo de la manta.
—¡Yo no tengo la culpa! —gritaba—. ¿Acaso quería yo ser hijo de un conde? ¡Un exceso amoroso de un representante del régimen completamente podrido...!
Quince minutos después, los estudiantes estaban sentados sobre el colchón de Pruzhanski, duro como el corcho, intercambiando experiencias sobre su breve condición condal.
—¿También te habló del regimientito de Su Majestad el rey de Dinamarca?
—Sí.
—A mí también.
¿Y a ti, Pruzhanski?
—Naturalmente. Además me dijo que mi madre era un alma pura, aunque judía.
—¡Viejo canalla! De mi madre también dijo que era un alma pura, aunque griega.
—¿Y te pidió que lo abrazaras?
—Sí.
—¿Y lo abrazaste?
—No. ¿Y tú?
—Yo sí.
—¡Pues vaya idiota!
Al día siguiente, desde la ventana, los estudiantes vieron cómo sacaban al callejón un ataúd amarillo en el que reposaba todo cuanto quedaba de terrenal del vengativo conde.
Una plataforma fúnebre plateada, tirada por un solo caballo, comenzó a traquetear sobre el pavimento.
Sobre la cabeza del dócil animal se balanceaba un gran penacho blanco de general.
Dos ancianas de mirada severa echaron a correr detrás del ataúd que se alejaba.
El mundo se había librado de un gran pendenciero.
Nota sobre el texto y esta traducción
El conde de Mediterráneo (Граф Средиземский) fue escrito por Iliá Ilf y Evgueni Petrov probablemente hacia 1930-1931. El cuento no llegó a publicarse en vida de sus autores y apareció por primera vez en 1957.
La presente traducción de Librería5 se ha realizado directamente del ruso siguiendo la tradición textual fijada a partir del original conservado de los autores.
El texto utiliza numerosos términos, fórmulas burocráticas y referencias políticas propias de la Unión Soviética de aquellos años. Se han conservado cuando forman parte de la comicidad del relato, evitando sustituirlas por equivalentes modernos que alterarían el tono.
- Mediterráneo. El apellido ruso Средиземский es ficticio y juega con la raíz de la palabra «Mediterráneo». En esta traducción se conserva el juego convirtiéndolo en apellido: el conde Mediterráneo.
- Chubarovismo. Término difundido en la URSS a raíz del llamado caso del callejón Chubarov de Leningrado, convertido después en expresión asociada a determinadas formas de violencia sexual y gamberrismo.
- Komsomol. Organización juvenil comunista soviética. La pertenencia de Pruzhanski explica el pánico que le provoca imaginarse descendiente de una familia aristocrática.
- Célula del Partido. Organización básica local del Partido Comunista dentro de una institución, centro de trabajo o universidad.
La presente versión es una traducción nueva e independiente y no reproduce ninguna traducción española anteriormente publicada.
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