La necesidad — Vladimir Korolenko

 

Ilustración de La necesidad, de Vladimir Korolenko: dos sabios ante un antiguo templo en ruinas presidido por una divinidad de piedra.

Cuento oriental
Vladimir Korolenko
Nueva traducción directa del ruso · Librería5

Publicado originalmente en 1898, La necesidad (Необходимость) es un cuento filosófico de Vladimir Korolenko sobre la libertad, el determinismo, la voluntad y la responsabilidad humana.

La presente versión ha sido traducida directamente del ruso tomando como referencia la edición de las obras completas de Korolenko publicada en 1914. Es independiente de las traducciones españolas anteriormente publicadas.

I

Una vez, mientras tres buenos ancianos —Ulaya, Darnu y Purana— estaban sentados a la puerta de la vivienda que compartían, se acercó a ellos el joven Kassapa, hijo del rajá Lichavi, y se sentó en el poyo sin pronunciar una sola palabra. Tenía pálidas las mejillas; sus ojos habían perdido el brillo de la juventud y en ellos asomaba el desaliento.

Los ancianos se miraron entre sí, y el buen Ulaya dijo:

—Escucha, Kassapa: dinos a nosotros, tres ancianos que te queremos bien, qué es lo que desde hace algún tiempo oprime tu alma. El destino te ha rodeado de dones desde la cuna y, sin embargo, tienes un aspecto tan abatido como el último de los esclavos de tu padre, el pobre Djevaka, que todavía ayer sintió sobre sí el peso de la mano de vuestro administrador...

—El pobre Djevaka nos ha enseñado las cicatrices de su espalda —dijo el severo Darnu.

Y el afable Purana añadió:

—Precisamente queríamos llamar tu atención sobre ello, buen Kassapa...

Pero el joven no le dejó continuar. Se levantó de un salto y dijo con una impaciencia que nunca antes habían advertido en él:

—¡Callad, bondadosos ancianos, con vuestros taimados reproches! Por lo visto creéis que debo responder por cada cicatriz de la espalda del esclavo Djevaka, aunque se las haya causado el administrador. Y yo dudo mucho de que deba responder siquiera por mis propios actos.

Los ancianos volvieron a mirarse, y Ulaya dijo:

—Continúa, hijo mío, si así te place.

—¿Si me place? —lo interrumpió el joven con una risa amarga—. Ésa es precisamente la cuestión: no sé si algo me place o no. Ni siquiera sé si soy yo quien quiere lo que quiero, o si algún otro lo quiere por mí.

Calló.

Reinaba un silencio absoluto. Sólo el viento agitó la copa de un árbol y una hoja cayó a los pies de Purana. Mientras Kassapa la seguía con mirada sombría, una piedra se desprendió de la roca calentada por el sol y rodó hasta la orilla del arroyo, donde en aquel momento descansaba un gran lagarto.

Todos los días, a aquella hora, salía hasta allí y, erguido sobre las patas delanteras, con los abultados ojos cerrados bajo los párpados, parecía escuchar las sabias conversaciones de los ancianos. Cualquiera habría podido pensar que dentro de aquel cuerpo verde se hallaba encerrada el alma de algún sabio brahmán.

Aquella vez, la piedra liberó esa alma de su envoltura verde para nuevas transformaciones...

Una sonrisa amarga cruzó el rostro de Kassapa.

—Ahí lo tenéis, bondadosos ancianos —dijo—. Preguntadle a esa hoja si quiso desprenderse de la rama; preguntadle a la piedra si se separó de la roca por voluntad propia; o al lagarto si quiso encontrarse debajo de la piedra. Llegó el momento, la hoja cayó y el lagarto ya no volverá a escuchar vuestras conversaciones. Eso es todo cuanto sabemos, y no podía suceder de otro modo. ¿O acaso diréis que debía y podía haber sucedido de manera distinta a como sucedió?

—No podía —respondieron los ancianos—. Lo que ocurrió tenía que ocurrir dentro del entramado general de los acontecimientos.

—Vosotros mismos lo habéis dicho. Entonces también las cicatrices de la espalda de Djevaka tenían que existir dentro de ese entramado general de los acontecimientos, y cada una de ellas estaba escrita desde la eternidad en el libro de la necesidad. Y vosotros queréis que yo —que soy una piedra como ésa, un lagarto como ése, una hoja semejante en el tronco común de la vida, una insignificante corriente en este arroyo arrastrado por una fuerza desconocida desde su nacimiento hasta su desembocadura...— queréis que luche contra la fuerza de la corriente que también me arrastra a mí...

Empujó con el pie la piedra ensangrentada, que cayó al agua, y volvió a sentarse en el poyo junto a los buenos ancianos.

Sus ojos volvieron a apagarse y entristecerse.

El anciano Darnu guardó silencio; el anciano Purana movió la cabeza. Sólo el jovial Ulaya se echó a reír y dijo:

—También debe de estar escrito en el libro de la necesidad que yo te cuente, Kassapa, lo que les sucedió una vez a los dos ancianos Darnu y Purana que tienes delante... Y en ese mismo libro estará escrito que tú escuches esta historia.

Y contó acerca de sus compañeros la extraña historia que sigue, mientras ellos la escuchaban sonriendo, sin confirmar ni negar nada.

II

En el país —comenzó— donde florece el loto y el río sagrado hace correr sus aguas, no había brahmanes más sabios que Darnu y Purana. Nadie había estudiado mejor los shastras, ni nadie se había sumergido más profundamente en la antigua sabiduría de los Vedas.

Pero cuando ambos alcanzaron el confín del verano de sus vidas y la ventisca del invierno cercano rozó sus cabellos con sus copos de nieve, ninguno de los dos estaba todavía satisfecho consigo mismo.

Los años se marchaban, la tumba se acercaba y, en cambio, la verdad parecía alejarse.

Entonces ambos, sabiendo que era imposible apartar de sí la tumba, decidieron acercar a sí mismos la verdad.

Darnu fue el primero en ponerse las ropas del peregrino. Colgó de su cintura una calabaza con agua, tomó un bastón y emprendió el camino.

Tras dos años de difíciles vagabundeos llegó al pie de una elevada montaña y, en una de sus terrazas, a una altura donde las nubes podían pasar libremente la noche, vio las ruinas de un templo.

No lejos del camino, unos pastores vigilaban sus rebaños en un prado, y Darnu les preguntó qué templo había sido aquél, qué hombres habían acudido a él y a qué dios habían ofrecido allí sus sacrificios.

Pero los pastores se limitaron a mirar la montaña y después al hombre que preguntaba, sin saber qué responder al peregrino.

Finalmente dijeron:

—Nosotros, habitantes del valle, no sabemos qué contestarte. Pero tenemos un viejo pastor, Anurudzha, que desde hace mucho apacienta sus rebaños en estas alturas. Quizá él lo sepa.

Y fueron a buscar al anciano.

—Tampoco yo puedo decirte —dijo éste— qué hombres exactamente, ni en qué época, ni a qué dios ofrecían allí sus sacrificios. Pero mi padre oyó decir a mi abuelo, y así me lo contó a mí, que mi bisabuelo decía que en otro tiempo vivió en las laderas de estas montañas una tribu de sabios. Todos ellos perecieron después de levantar aquel templo. Y aquel dios se llamaba... «Necesidad».

—¿Necesidad? —exclamó Darnu vivamente—. ¿Y no sabes, buen padre, qué aspecto tenía esa divinidad? ¿No seguirá viviendo todavía en el templo?

—Somos gente sencilla —respondió de nuevo el anciano— y nos resulta difícil contestar a tus sabias preguntas. Cuando yo era joven —y de eso hace ya muchísimo tiempo— apacentaba los rebaños en estas laderas. Por entonces todavía había allí un ídolo de piedra negra y brillante. Algunas veces, cuando me sorprendía cerca una tormenta —y las tormentas son terribles en estos desfiladeros—, llevaba mi rebaño a refugiarse en el viejo templo. A menudo entraba corriendo también Angapali, la pastora de la ladera vecina, temblando y asustada. Yo la calentaba entre mis brazos, mientras el antiguo dios nos contemplaba con una extraña sonrisa. Pero nunca nos causó ningún daño, quizá porque Angapali lo adornaba siempre con flores. Aunque dicen que...

El pastor se detuvo, mirando a Darnu con incertidumbre, como si se avergonzara de continuar delante de él.

—¿Qué dicen? Termina, buen hombre —le pidió el sabio.

—Dicen que no todos los adoradores del antiguo dios murieron... Algunos se dispersaron por el mundo... Y a veces, aunque muy rara vez, regresan aquí. Preguntan, como has hecho tú, por el camino del templo y suben para interrogar al antiguo dios. A ésos los convierte en piedra. Los ancianos han visto en el templo unas columnas o estatuas con apariencia de hombres sentados, cubiertas abundantemente de correhuela y otras plantas trepadoras. Sobre algunas habían hecho sus nidos los pájaros. Después, poco a poco, se convertían en polvo.

Darnu meditó profundamente sobre aquel relato.

«¿No estaré ahora cerca de mi objetivo? Pues sabido es que de quien, como un ciego, no ve; como un sordo, no oye; y, como un árbol, permanece insensible e inmóvil, debe saberse que ha alcanzado el reposo y el conocimiento».

Y se dirigió al pastor:

—Amigo mío, indícame el camino del templo.

El pastor cumplió su petición y, cuando Darnu comenzó a ascender animosamente por el sendero cubierto de maleza, el anciano permaneció largo rato observándolo y finalmente dijo a sus jóvenes compañeros:

—¡Que no me llamen el más viejo de los pastores, sino el más joven de los corderos que todavía maman, si ese viejo dios no recibe pronto una nueva víctima! ¡Que me pongan el yugo como a un buey o me carguen de fardos como a un asno si en el viejo templo no aparece un nuevo ídolo de piedra!

Los pastores escucharon respetuosamente al anciano y volvieron a dispersarse por los pastos.

Y de nuevo los rebaños pastaron tranquilamente en el valle; el labrador caminó detrás de su arado; brilló el sol; descendieron las noches, y los hombres se entregaron a sus ocupaciones sin pensar ya en el sabio Darnu.

Pero poco después —algunos días, quizá más—, otro peregrino se encontraba al pie de la montaña preguntando nuevamente por el templo.

Y cuando también él, siguiendo las indicaciones del pastor, comenzó alegremente a ascender por la montaña, el anciano movió la cabeza y dijo:

—Ahí va otro.

Era Purana, que seguía las huellas del sabio Darnu mientras pensaba para sí:

«Que nadie pueda decir que Darnu encontró una verdad que Purana no fue capaz de encontrar».

III

Darnu subió a la montaña.

El camino era difícil. Se veía claramente que el pie humano rara vez pisaba aquellos senderos cubiertos por la vegetación. Pero Darnu superó animosamente todos los obstáculos y llegó por fin hasta unas puertas medio derruidas sobre las cuales podía leerse una antigua inscripción:

«Yo soy la Necesidad, señora de todos los movimientos».

En las paredes no había otras imágenes ni adornos, salvo fragmentos de números y misteriosos cálculos.

Darnu entró en el santuario.

De las viejas paredes emanaba la quietud de la destrucción y de la muerte. Pero hasta la propia destrucción parecía haberse detenido allí, dejando en reposo las quebraduras mismas de unas paredes que contaban ya muchos siglos.

En uno de los muros se abría una amplia hornacina. Varios escalones conducían a un altar sobre el cual se alzaba un ídolo de piedra negra y brillante que contemplaba la desolación con una extraña sonrisa.

Abajo brotaba un arroyo, cuyo murmullo llenaba de susurros aquella sensible quietud. Varias palmeras hundían sus raíces en la humedad y se elevaban hacia el cielo azul, que miraba libremente al interior a través del techo derrumbado.

Darnu cayó involuntariamente bajo el extraño hechizo del lugar y decidió interrogar a la misteriosa divinidad cuyo aliento parecía impregnar todavía el templo en ruinas.

Tomó agua del frío arroyo y recogió algunos frutos que una vieja higuera dejaba caer abundantemente desde sus ramas. Después comenzó sus preparativos conforme a todas las reglas prescritas en los libros de contemplación.

Ante todo se sentó frente al ídolo, con las piernas recogidas, y permaneció largo tiempo mirándolo, tratando de imprimir su imagen en la mente.

Después, descubriéndose el vientre, fijó los ojos en el lugar donde, antes de nacer, el cordón umbilical lo había unido al seno de su madre.

Pues sabido es que entre el ser y el no ser cabe todo aquello que puede ser conocido, y de allí deben surgir las revelaciones de la contemplación...

En esa posición lo encontraron la puesta del sol del primer día y el amanecer del segundo.

Después, el ardiente mediodía fue sustituido varias veces por la frescura de la tarde y las sombras nocturnas cedieron su lugar a la luz del sol, mientras Darnu continuaba sentado en la misma posición, extendiendo sólo de vez en cuando la calabaza para beber agua o recogiendo inconscientemente algún fruto.

Los ojos del sabio se volvieron opacos y fijos; sus miembros se hincharon.

Al principio sintió las molestias de la inmovilidad y el dolor. Después aquellas sensaciones fueron hundiéndose en las profundidades de la inconsciencia y, ante la mirada inmóvil del sabio, otro mundo —el mundo de la contemplación— comenzó a desplegar sus extrañas visiones e imágenes.

Ya no guardaban relación alguna con cuanto experimentaba el sabio que las contemplaba. Eran desinteresadas, independientes de todo, se bastaban a sí mismas y, por tanto, en ellas estaba a punto de revelarse la verdad...

Resulta difícil decir cuánto tiempo transcurrió de aquel modo.

El agua de la calabaza se había secado; la palmera movía lentamente sus hojas; los frutos rojizos se desprendían y caían junto a los pies del sabio, pero él los dejaba en el suelo.

Casi se había liberado ya del hambre y de la sed.

El sol del mediodía había dejado de calentarlo y la frescura de la noche ya no lo enfriaba.

Finalmente dejó de distinguir la luz del día de la oscuridad nocturna.

Entonces apareció ante la mirada interior de Darnu la revelación que tanto había esperado.

De su vientre comenzó a crecer un tallo verde de bambú, rematado por un nudo como una caña ordinaria. Del nudo brotó el segmento siguiente y, así, elevándose cada vez más, el tallo creció hasta alcanzar cincuenta segmentos, correspondientes a los cincuenta años del sabio.

En la misma punta, en lugar de una hoja o una inflorescencia, se sentó algo que tenía la forma del ídolo del templo.

Y aquel ser miró a Darnu con maliciosa burla.

—Pobre Darnu —dijo finalmente—. ¿Para qué has venido hasta aquí con tantos trabajos? ¿Qué necesitas, pobre Darnu?

—Busco la verdad —respondió el sabio.

—Pues mírame. Yo soy aquello que buscabas. Pero veo que mi aspecto te resulta desagradable y repulsivo.

—No te comprendo —dijo Darnu.

—Escucha, Darnu. Ves cincuenta segmentos de caña.

—Los cincuenta segmentos son mis años —respondió el sabio.

—Y yo estoy sentada sobre ellos porque soy la Necesidad, señora de todos los movimientos. Todas las criaturas, todo cuanto respira, todo cuanto existe, todo cuanto vive es débil, impotente, privado de poder; bajo el influjo de la Necesidad alcanza el fin de su existencia, que es la muerte.

»Yo he gobernado los cincuenta segmentos de tu vida desde la cuna hasta este mismo instante.

»Nada has hecho tú en toda tu existencia: ni una sola obra buena ni una sola obra mala...

»No entregaste un solo óbolo a un mendigo movido por la compasión; no descargaste un solo golpe en la ira de tu corazón...

»No hiciste crecer una sola rosa en el jardín del monasterio ni talaste un solo árbol del bosque...

»No alimentaste a un solo animal ni mataste siquiera un mosquito que chupara tu sangre...

»En toda tu vida no hiciste un solo movimiento que no hubiera sido calculado de antemano por mí...

»Porque yo soy la Necesidad...

»Te enorgullecías de tus actos o te hundías en profundo arrepentimiento por tu pecado. Tu corazón temblaba de amor o de cólera; y yo... yo me reía de ti, porque yo soy la Necesidad y todo había sido prescrito por mí.

»Cuando salías a la plaza para enseñar a otros necios como tú qué debían hacer y qué debían evitar, yo reía y me decía: ahora el sabio Darnu proclamará su sabiduría ante ingenuos insensatos y compartirá su santidad con los pecadores.

»Y no porque Darnu sea sabio y santo, sino porque yo, la Necesidad, soy como una corriente y Darnu es una hoja que la corriente arrastra.

»Pobre Darnu: pensabas que la búsqueda de la verdad te había traído hasta aquí... Y, sin embargo, en estas paredes, entre mis cálculos, está escrito el día y la hora en que cruzarías este umbral.

»Porque yo soy la Necesidad...

»¡Pobre sabio!

—Me repugnas —dijo Darnu con aversión.

—Lo sé. Porque te creías libre y yo soy la Necesidad, señora de tus movimientos.

Entonces Darnu se enfureció, agarró los cincuenta segmentos de la caña, los quebró y los arrojó lejos de sí.

—Así —dijo— trato los cincuenta segmentos de mi vida, porque durante estos cincuenta años no he sido más que un juguete de la Necesidad. Ahora me libero, porque la he conocido y quiero arrojar su yugo.

Pero la Necesidad, invisible en la oscuridad que envolvía la apagada mirada del sabio, se echó a reír y volvió a decir:

—No, pobre Darnu. Sigues siendo mío. Porque yo soy la Necesidad.

Entonces Darnu abrió los ojos con dificultad y sintió de inmediato que tenía las piernas hinchadas y doloridas.

Quiso levantarse, pero volvió a dejarse caer.

Porque ahora comprendía el sentido de todas las inscripciones del templo y todos los cálculos se habían vuelto claros para él.

Y en cuanto quiso estirar sus miembros, vio que su deseo ya estaba escrito en la pared.

Desde algún lugar que parecía pertenecer a otro mundo llegó hasta él la voz de la Necesidad:

—Vamos, levántate, pobre Darnu. Tus miembros están hinchados. Ya lo ves: 999.998 de entre la multitud de tus hermanos hacen eso mismo. Es necesario.

Darnu, irritado, permaneció en la misma posición, que ahora le causaba sufrimientos todavía mayores.

Pero se dijo:

«Yo seré aquel único entre la multitud que no se someta a la Necesidad, porque soy libre».

Mientras tanto, el sol alcanzó el centro del cielo y, entrando por el hueco del tejado, comenzó a abrasar con fuerza su cuerpo apenas protegido.

Darnu extendió la mano hacia la calabaza.

Pero inmediatamente vio que aquello también estaba escrito en la pared dentro de la cifra 999.998, y la Necesidad volvió a decir:

—Pobre sabio, necesitas beber.

Darnu dejó la calabaza donde estaba.

—No beberé, porque soy libre.

Alguien volvió a reír en un rincón lejano del templo.

En aquel momento, uno de los frutos de la higuera, ya pesado por la madurez, se desprendió y cayó junto a la mano del sabio.

Inmediatamente cambió una cifra en la pared.

Darnu comprendió que se trataba de un nuevo atentado de la Necesidad contra su libertad interior.

—No comeré —dijo—, porque soy libre.

Alguien volvió a reírse en las profundidades del templo y, en el murmullo del arroyo, le pareció escuchar:

—¡Pobre Darnu!

El sabio perdió definitivamente la paciencia.

Permaneció inmóvil, sin mirar los frutos que de vez en cuando caían de las ramas, sin escuchar el seductor murmullo del agua, repitiéndose sin cesar una sola cosa:

«¡Soy libre, libre, libre!»

Y para impedir que algún fruto, en contra de su libertad, pudiera introducirse de algún modo en su boca, apretó los labios y cerró fuertemente los dientes.

Así permaneció durante largo tiempo, liberado del hambre y de la sed, tratando de extender hacia los cuatro puntos del mundo la convicción de su libertad interior.

Adelgazó, se secó, se volvió rígido como la madera, perdió toda medida del tiempo y del espacio, dejó de distinguir el día de la noche y continuó repitiéndose que era libre.

Después de algún tiempo, las aves, acostumbradas ya a su inmovilidad, comenzaron a volar hasta él y a posarse sobre su cuerpo.

Más tarde, una pareja de tórtolas salvajes construyó su nido sobre la cabeza del sabio libre y crió tranquilamente a sus polluelos entre los pliegues de su turbante.

«¡Oh, estúpidos pájaros! —pensaba el sabio Darnu cuando primero el arrullo de la pareja y después los chillidos de los polluelos llegaban hasta su conciencia—. Hacen todo esto porque no son libres y obedecen las leyes de la Necesidad».

Y hasta cuando sus hombros comenzaron a cubrirse de excrementos de pájaro, seguía diciéndose:

—¡Estúpidos! También hacen eso porque no son libres.

A sí mismo, en cambio, se consideraba libre en grado sumo e incluso próximo a los dioses.

Desde el suelo comenzaron a elevarse delgados tallos de plantas trepadoras y a enroscarse en torno a sus miembros inmóviles...

IV

Sólo una vez el sabio Darnu salió parcialmente de su completa inconsciencia e incluso sintió, en algún remoto rincón de su alma, una ligera sorpresa.

La causa fue la aparición del sabio Purana.

Exactamente igual que Darnu, el sabio Purana se acercó al templo, leyó la inscripción situada sobre la entrada y, después de entrar, comenzó a examinar los signos de las paredes.

El sabio Purana se parecía poco a su severo compañero.

Era afable y de rostro redondo. La parte central de su cuerpo presentaba unas redondeces agradables a la vista; sus ojos brillaban y sus labios sonreían.

En su sabiduría nunca había sido obstinado como Darnu y buscaba más bien el reposo bienaventurado que la libertad.

Después de recorrer el templo se acercó a la hornacina, se inclinó ante la divinidad y, al ver el arroyo y la higuera, dijo:

—Aquí tenemos una divinidad de agradable sonrisa; allí, un arroyo de agua dulce y una higuera. ¿Qué más necesita un hombre para una agradable contemplación? Y ahí está Darnu. Ya ha alcanzado tal grado de bienaventuranza que los pájaros hacen sus nidos sobre él...

El aspecto de su sabio compañero no era especialmente alegre, pero Purana lo contempló reverentemente y se dijo:

—Sin duda es bienaventurado; aunque siempre recurrió a procedimientos de contemplación demasiado severos. Yo renunciaré a los grados supremos de la bienaventuranza y espero poder contar a nuestros compatriotas lo que vea en sus peldaños inferiores.

Después de disfrutar abundantemente del agua y de los frutos más jugosos, se instaló cómodamente no lejos de Darnu e inició también las prácticas de contemplación según las reglas: es decir, descubrió el vientre y fijó la mirada en el mismo lugar que el primer sabio.

Así transcurrió el tiempo, más lentamente que para Darnu, porque el afable Purana interrumpía con frecuencia la contemplación para refrescarse con agua y frutos jugosos.

Pero finalmente también del vientre del segundo sabio surgió un tallo de bambú, que igualmente alcanzó cincuenta segmentos correspondientes a sus años de vida.

Sobre la punta volvió a sentarse la Necesidad.

Sin embargo, en la niebla de su semiexistencia, a Purana le pareció que sonreía agradablemente, y él le devolvió una sonrisa no menos agradable.

—¿Quién eres, amable divinidad? —preguntó.

—Soy la Necesidad, que ha gobernado los cincuenta segmentos de tu vida... Todo lo que hiciste no lo hiciste tú, sino yo, porque tú no eres más que una hoja arrastrada por la corriente y yo soy la señora de todos los movimientos.

—Bendita seas entonces —dijo Purana—. Ya veo que no he venido hasta ti en vano. Continúa de ahora en adelante haciendo tu tarea por ti y por mí, y yo, entregado a una agradable contemplación, me limitaré a observarte.

Y se sumergió en un sopor, con una sonrisa bienaventurada en los labios.

Continuó así su agradable contemplación, extendiendo de vez en cuando la calabaza hacia el agua o recogiendo algún fruto que caía a sus pies.

Pero cada vez lo hacía con menor entusiasmo, pues la somnolencia contemplativa lo dominaba con creciente intensidad, mientras los frutos más cercanos ya habían sido comidos y alcanzar los que todavía estaban en el árbol exigía hacer un esfuerzo.

Finalmente, un día se dijo:

—Soy un hombre vano, demasiado alejado de la verdad, y por eso me entrego a preocupaciones igualmente vanas. ¿No será ésta la razón por la que la bondadosa divinidad tarda tanto en concederme sus revelaciones? Ante mí hay un fruto maduro en el árbol y mi estómago está vacío... Pero ¿acaso la ley de la Necesidad no dice que allí donde hay un estómago hambriento y allí donde hay un fruto, el fruto es necesariamente atraído hacia el estómago?... Así pues, ¡oh, bondadosa Necesidad!, me entrego a tu poder... ¿No será ésta la más elevada de las bienaventuranzas?

Y se sumergió ya por completo en la contemplación, como Darnu, y se dispuso a esperar a que la Necesidad se realizase por sí misma.

Y para facilitarle un poco la tarea, abrió la boca en dirección a la higuera...

Esperó un día, después otro y después un tercero...

Poco a poco la sonrisa quedó petrificada en su rostro; su cuerpo adelgazó, desaparecieron las agradables redondeces de su talle, se agotó la grasa bajo su piel y comenzaron a sobresalir los tendones.

Finalmente llegó la hora del fruto y éste cayó, golpeando a Purana en la nariz.

Pero el sabio ya no oyó la caída ni sintió el golpe...

Otra pareja de tórtolas construyó un nido entre los pliegues de su turbante; pronto comenzaron a piar allí los polluelos y los hombros de Purana quedaron abundantemente cubiertos de excrementos de ave.

Y cuando la exuberante vegetación trepadora terminó por envolverlo también a él, pronto resultó imposible distinguir a Purana de su compañero: al obstinado sabio que había luchado contra la Necesidad, del afable sabio que se había sometido por entero a ella.

En el templo reinó un silencio absoluto, mientras el ídolo brillante contemplaba a ambos sabios con su misteriosa y extraña sonrisa.

Los frutos se desprendían de los árboles y caían; el arroyo murmuraba; las blancas nubes atravesaban el cielo azul, asomándose al interior del templo.

Y los sabios continuaban sentados sin dar señales de vida: uno en la bienaventuranza de la negación; el otro, en la bienaventuranza de la sumisión a la Necesidad...

V

La noche eterna había extendido ya sus negras alas sobre ambos, y ninguno de los vivos habría sabido jamás qué verdad se había revelado a los dos sabios sobre la cima de los cincuenta segmentos de la caña...

Pero antes de que se extinguiera el último rayo que todavía brillaba en el crepúsculo de la conciencia del sabio Darnu, volvió a escuchar la antigua voz.

La Necesidad reía en las tinieblas que se acercaban, y aquella risa, muda y sin sonido, atravesó a Darnu con el presentimiento de la muerte.

—Pobre Darnu —decía la inexorable divinidad—. ¡Miserable sabio! Creíste escapar de mí; esperabas arrojar mi yugo y, convirtiéndote en un tronco inmóvil, comprar así la conciencia de tu libertad interior...

—Sí, soy libre —respondió mentalmente el obstinado sabio—. Yo solo, entre la multitud de tus servidores, me niego a cumplir los mandatos de la Necesidad.

—Entonces mira aquí, pobre Darnu...

Y repentinamente volvió a revelarse ante su mirada interior el significado de todas las inscripciones y de todos los cálculos de las paredes del templo.

Las cifras cambiaban lentamente por sí mismas, aumentando o disminuyendo, y una de ellas atrajo especialmente su mirada.

999.998

Y mientras la contemplaba, de pronto dos unidades más cayeron sobre la pared y el largo total comenzó lentamente a transformarse.

Darnu se estremeció por dentro.

Y la Necesidad volvió a reír.

—¿Lo has comprendido, pobre sabio? Por cada cien mil de mis servidores ciegos aparece siempre un obstinado como tú y un perezoso como Purana... Y los dos habéis venido hasta aquí... ¡Salud, sabios que completáis mis cálculos!

Entonces de los apagados ojos del sabio brotaron dos lágrimas.

Rodaron lentamente por sus mejillas secas y cayeron al suelo como dos frutos maduros del árbol de su larga sabiduría.

Fuera de los muros del templo todo continuaba como antes.

Brillaba el sol, soplaban los vientos, la gente del valle se entregaba a sus preocupaciones y las nubes se acumulaban en el cielo.

Al pasar sobre las montañas se volvieron pesadas y exhaustas.

Una tormenta estalló en las alturas.

Y de nuevo, como había ocurrido en tiempos antiguos, un necio pastor de la ladera vecina condujo su rebaño hasta allí y, por el otro lado, una joven y necia pastora llevó también el suyo.

Se encontraron junto al arroyo y la hornacina desde donde la divinidad los contemplaba con su extraña sonrisa y, mientras rugía la tormenta, se abrazaron y arrullaron exactamente del mismo modo que lo habían hecho 999.999 parejas en idéntica situación.

Y si el sabio Darnu hubiera podido verlos y escucharlos, seguramente habría dicho, desde la arrogancia de su sabiduría:

—¡Necios! No lo hacen por sí mismos, sino para complacer a la Necesidad.

Mientras tanto, la tormenta pasó.

La luz del sol volvió a jugar sobre la vegetación todavía cubierta por brillantes gotas de lluvia e iluminó el interior del templo, que poco antes había quedado sumido en la oscuridad.

—Mira —dijo la pastora—. Hay dos estatuas nuevas que antes no estaban aquí.

—Calla —respondió el pastor—. Los viejos dicen que son adoradores de la antigua divinidad. De todos modos, no pueden hacerte ningún daño... Quédate con ellos. Yo iré a buscar tus ovejas perdidas.

Y se marchó.

Ella quedó sola con el ídolo y los dos sabios.

Como sentía un poco de miedo y, además, estaba todavía llena de amor juvenil y entusiasmo, no podía permanecer quieta: caminaba por el templo cantando en voz alta canciones de amor y alegría.

Cuando la tormenta hubo pasado por completo y los extremos de la oscura nube desaparecieron detrás de las lejanas cumbres de la cordillera, recogió flores todavía húmedas y adornó con ellas al ídolo.

Y para ocultar su desagradable sonrisa le metió en la boca el fruto de un nogal de montaña, con una ramita y sus hojas.

Después lo contempló y se echó a reír.

Pero ni siquiera aquello le bastó.

Quiso adornar también con flores a los ancianos.

Como sobre el buen Purana todavía había un nido con polluelos, dirigió su atención hacia el severo Darnu, cuyo nido estaba ya vacío.

Retiró el nido abandonado, limpió el turbante, los cabellos y los hombros del anciano de los excrementos de las aves y después le lavó el rostro con agua del manantial.

Pensaba que de aquella manera pagaba a los dioses la protección que habían concedido a su felicidad.

Pero aquello tampoco le pareció suficiente.

Todavía desbordante de alegría se inclinó y, de repente, el bienaventurado Darnu, que se encontraba ya en el mismo umbral del Nirvana, sintió sobre sus secos labios el fuerte beso de aquella necia mujer...

Poco después regresó el pastor con la oveja encontrada, y ambos se marcharon cantando una alegre canción.

VI

Mientras tanto, la chispa que casi se había extinguido en la conciencia del sabio Darnu volvió a arder débilmente y comenzó a avivarse cada vez más.

Primero, como en una casa donde todos duermen, despertó el pensamiento y comenzó a agitarse inquieto en la oscuridad.

El sabio Darnu pensó durante una hora entera y sólo consiguió formular una frase:

—Ellos obedecían a la Necesidad...

Una hora después:

—Pero, a fin de cuentas, yo también me he sometido a ella...

La tercera hora trajo una nueva premisa:

—Al tomar un fruto, cumplía la ley de la Necesidad.

La cuarta:

—Pero al rechazarlo también cumplo sus cálculos.

La quinta:

—Ellos, los necios, viven y aman, mientras el sabio Purana y yo estamos muriendo.

La sexta:

—Quizá haya en esto necesidad, pero hay muy poco sentido.

Después de aquello, el pensamiento, ya completamente despierto, se levantó y comenzó a despertar las demás facultades dormidas.

—Si Purana y yo morimos —se dijo el sabio Darnu—, será inevitable, pero estúpido. Si consigo salvarme y salvar a mi compañero, también será necesario, pero será inteligente. Por tanto, salvémonos. Para ello hacen falta voluntad y esfuerzo.

Buscó dentro de sí una pequeña chispa de voluntad que todavía no se había extinguido.

Y obligó a aquella chispa a levantar sus pesados párpados.

La luz del día irrumpió en su conciencia como entra en una habitación cuando se abren los postigos.

Lo primero que vio fue la figura sin vida de su compañero, con el rostro inmóvil y una lágrima de muerte sobre la mejilla.

Entonces surgió en el corazón de Darnu tal compasión por el desgraciado compañero de su sabiduría que la voluntad comenzó a correr todavía con mayor viveza por su interior.

Corrió hacia sus manos, y éstas comenzaron a moverse.

Después las manos ayudaron a las piernas...

Todo aquello necesitó mucho más tiempo del que habían consumido sus razonamientos.

Sin embargo, a la mañana siguiente la calabaza de Darnu, llena de agua fresca, estaba ya junto a los labios de Purana, y un pedazo de jugoso fruto acabó entrando en la boca abierta del afable sabio.

Entonces las mandíbulas de Purana comenzaron a moverse por sí mismas, y éste pensó:

«¡Oh, benéfica Necesidad! Veo que ya empiezas a cumplir tu promesa».

Pero después, al comprobar que quien se ocupaba de él no era la divinidad sino su compañero Darnu, se sintió algo ofendido y dijo:

—Ocho cordilleras y siete mares, el sol y los santos dioses, tú, yo y el universo entero: a todos nos mueve la Necesidad... ¿Por qué me has despertado, Darnu? Ya estaba en el umbral del reposo bienaventurado.

—Pero parecías un muerto, amigo Purana.

—Quien, como un ciego, no ve; como un sordo, no oye; como un árbol, permanece insensible e inmóvil, de ése debe saberse que ha alcanzado el reposo... Dame un poco más de beber, amigo Darnu...

—Bebe, Purana. Todavía veo una lágrima en tu mejilla. ¿Acaso fue la bienaventuranza del reposo la que la exprimió de tus ojos?

Después de aquello, los sabios ancianos necesitaron todavía tres semanas para volver a acostumbrar sus bocas a la bebida y al alimento y sus miembros al movimiento.

Y durante esas tres semanas durmieron en el templo, calentándose mutuamente con el calor de sus cuerpos, hasta recuperar las fuerzas.

Al comienzo de la cuarta semana estaban ya de pie ante el umbral del templo derruido.

Abajo, a sus pies, reverdecían las laderas de las montañas que descendían en terrazas hacia el valle...

A lo lejos se distinguían las curvas del río y blanqueaban las casas de pueblos y ciudades donde los hombres vivían su vida ordinaria, entregados a sus preocupaciones, pasiones, amores, cóleras y odios; donde la alegría sucede al dolor y el dolor es curado por una nueva alegría; y donde, en medio del estruendoso torrente de la vida, los hombres levantan los ojos hacia el cielo buscando allí las estrellas que puedan guiarlos...

Los sabios permanecieron en el umbral del viejo templo contemplando el espectáculo de la vida.

—¿Adónde debemos ir, amigo Darnu? —preguntó Purana, deslumbrado—. ¿No habrá alguna indicación en las paredes del templo?

—Deja en paz al templo y a su divinidad —respondió Darnu—. Si vamos hacia la derecha, será conforme a la Necesidad. Si vamos hacia la izquierda, también será conforme a ella. ¿Todavía no has comprendido, amigo Purana, que esa divinidad reconoce como leyes suyas todo aquello que decida nuestra elección?

»La Necesidad no es la dueña, sino tan sólo un contador sin alma de nuestros movimientos.

»El contador registra únicamente lo que ya ha sido.

»Y aquello que todavía ha de ser sólo será por medio de nuestra voluntad...

—Entonces...

—Entonces dejemos que la Necesidad se ocupe de sus cálculos como mejor sepa. Y nosotros elijamos el camino que nos conduce allí donde viven nuestros hermanos.

Y ambos sabios comenzaron a descender con alegre paso desde las alturas de las montañas hasta el valle, hacia el lugar donde la vida de los hombres discurre entre preocupaciones, amor y dolor, donde resuenan las risas y corren las lágrimas...

—...Y donde vuestro administrador, oh Kassapa, cubre de cicatrices la espalda del esclavo Djevaka —añadió el sabio Darnu con una sonrisa de reproche.

Esto fue lo que el jovial anciano Ulaya contó al joven hijo del rajá Lichavi, que había caído en la inacción del desaliento...

Darnu y Purana sonreían, sin negar ni confirmar nada.

Kassapa escuchó el relato y se retiró pensativo en dirección a la casa de su padre, el poderoso rajá Lichavi.

1898

Notas

Shastras: término sánscrito empleado para designar tratados, enseñanzas o textos de autoridad dentro de distintas disciplinas y tradiciones intelectuales de la India.

Vedas: conjunto de antiguos textos sagrados en sánscrito védico, fundamentales en la tradición religiosa y cultural de la India.

Este relato en Librería5

El relato de Korolenko fue incluido en 1970 en Cuentos rusos, Libro RTV nº 56, de la Biblioteca Básica Salvat. La traducción publicada en esta página es una nueva versión realizada directamente del ruso por Librería5 y no procede de aquella traducción española.

Texto de referencia: В. Г. Короленко, «Необходимость. Восточная сказка», en Полное собрание сочинений, tomo IV, Товарищество А. Ф. Маркса, 1914, pp. 185-199. El relato fue publicado originalmente en 1898. Traducción nueva realizada directamente del ruso para Librería5. Una edición rusa posterior de 1954 se ha consultado únicamente como testimonio de cotejo textual.

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