Olga Zotova ha vivido varias vidas antes de cumplir veintidós años: hija de una familia acomodada de Kazán, víctima de la violencia, prisionera, combatiente del Ejército Rojo y superviviente de la guerra civil.
Pero regresar a la paz resulta más difícil que sobrevivir al frente. En el Moscú de la posguerra, Olga descubre un mundo de oficinas, viviendas comunales, murmuraciones, deseo y humillación para el que nadie la ha preparado.
La víbora (Гадюка) es un relato feroz sobre la transformación de una mujer por la guerra y sobre la imposible adaptación de quien ha aprendido a vivir siempre frente a un enemigo visible.
Librería5 presenta una nueva traducción realizada directamente del texto ruso publicado en 1928.
1
Cuando aparecía Olga Viacheslávovna, con una bata de percal, despeinada y sombría, en la cocina todos callaban; sólo los hornillos Primus, bien limpiados, llenos de queroseno y de una furia contenida, siseaban.
De Olga Viacheslávovna emanaba cierta sensación de peligro.
Uno de los inquilinos había dicho de ella:
—Hay arpías así, con el gatillo amartillado... Cuanto más lejos de ellas, mejor, amigos...
Con una taza y un cepillo de dientes, ceñida por una toalla áspera, Olga Viacheslávovna se acercaba al fregadero y se lavaba, dejando que el agua del grifo corriera sobre su cabeza morena y de pelo corto.
Cuando en la cocina sólo había mujeres, se bajaba la bata hasta la cintura y se lavaba los hombros y los pechos, apenas desarrollados como los de una adolescente, de pezones oscuros. Subida a un taburete, se lavaba las hermosas y fuertes piernas.
Entonces podía verse en su muslo una larga cicatriz transversal; en la espalda, por encima del omóplato, una cavidad rosada y brillante, señal de salida de una bala; y en el brazo derecho, cerca del hombro, un pequeño tatuaje azulado.
Su cuerpo era esbelto, moreno, de tonalidad dorada.
Todos aquellos detalles habían sido minuciosamente estudiados por las mujeres que habitaban una de las numerosas viviendas de un gran edificio de Zariadie.
La costurera María Afanásievna, que odiaba a Olga Viacheslávovna con todas sus entrañas, la llamaba «la marcada».
Rosa Abrámovna Bézikovich, desempleada —su marido residía en las tundras de Siberia—, se sentía literalmente enferma al ver a Olga Viacheslávovna.
La tercera mujer, Sonia Varentsova, o Lialechka, como todos la llamaban, una muchacha encantadora que trabajaba en el Trust del Tabaco, abandonaba la cocina en cuanto oía los pasos de Olga Viacheslávovna, dejando allí el Primus zumbando...
Y menos mal que María Afanásievna y Rosa Abrámovna sentían simpatía por Lialechka; de lo contrario, casi todos los días habría acabado comiendo las gachas quemadas.
Después de lavarse, Olga Viacheslávovna dirigía hacia las mujeres una mirada oscura y «salvaje» y regresaba a su habitación, situada al final del pasillo.
No tenía Primus, y nadie en el piso comprendía cómo se alimentaba por las mañanas.
Vladímir Lvóvich Ponizovski, otro inquilino, antiguo oficial y ahora intermediario en compraventa de antigüedades, aseguraba que Olga Viacheslávovna bebía por la mañana coñac de sesenta grados.
Todo podía ser.
En realidad tenía Primus, pero, debido a su odio hacia la humanidad, lo utilizaba dentro de su habitación, hasta que una disposición de la administración de la cooperativa de viviendas se lo prohibió.
El administrador, Zhuravliov, amenazó a Olga Viacheslávovna con llevarla ante los tribunales y expulsarla si volvía a repetirse semejante «barbaridad antiincendios».
Por poco lo mata.
Olga Viacheslávovna le arrojó el Primus encendido —por suerte él consiguió esquivarlo— y lo cubrió con una sarta de obscenidades como jamás había oído, ni siquiera en un día de fiesta por las calles.
Naturalmente, el hornillo desapareció.
A las nueve y media Olga Viacheslávovna se marchaba.
Por el camino seguramente compraba un bocadillo relleno de alguna de aquellas salchichas baratas conocidas como «alegría de perro», y bebía el té en el trabajo.
Regresaba a una hora imprevisible.
Nunca iban hombres a visitarla.
Mirar su habitación a través del ojo de la cerradura tampoco satisfacía la curiosidad.
Paredes desnudas: ni fotografías ni postales. Sólo un pequeño revólver colgado sobre la cama.
Cinco muebles: dos sillas, una cómoda, un catre de hierro y una mesa junto a la ventana.
Algunas veces la habitación estaba ordenada; la cortinilla de la ventana, levantada; un espejito, un peine y dos o tres frascos colocados cuidadosamente sobre la cómoda desconchada; en la mesa, una pequeña pila de libros e incluso alguna flor metida en media botella que antes había contenido nata.
Otras veces, en cambio, hasta la noche reinaba allí un desorden de pesadilla: parecía que alguien hubiera luchado y se hubiera revolcado sobre la cama, el suelo entero estaba cubierto de colillas y en medio de la habitación había un orinal.
Rosa Abrámovna gemía débilmente:
—Eso no es una mujer, es un soldado desmovilizado...
Piotr Semiónovich Morsh, empleado del Medsnabtorg, soltero de costumbres firmemente establecidas, propuso un día, entre risitas y haciendo brillar su calva, expulsar a Olga Viacheslávovna introduciendo por el ojo de la cerradura, mediante un tubo de papel, unos diez gramos de yodoformo.
—Ningún ser vivo puede soportar una atmósfera envenenada con yodoformo.
Pero el plan nunca se llevó a cabo.
Tuvieron miedo.
De un modo u otro, la vida de Olga Viacheslávovna era objeto diario de murmuraciones; las pequeñas pasiones hervían entre los inquilinos y, de no haber estado ella, probablemente el piso se habría vuelto insoportablemente aburrido.
Pero ningún ojo curioso conseguía penetrar hasta el fondo de su vida.
Incluso el miedo constante que sentía hacia ella la inofensiva Sonia Varentsova seguía siendo un misterio.
Interrogaban a Lialechka. Ella agitaba los rizos, confundía las cosas, se perdía en detalles.
De no haber sido por su nariz, Lialechka habría podido ser desde hacía mucho una estrella de cine.
—En París, con su nariz —le decía Rosa Abrámovna—, harían un bombón... Pero a ver quién se va a París desde aquí, ¡ay, Dios mío!
Sonia Varentsova se limitaba a sonreír; las mejillas se le volvían rosadas y sus ojitos azules temblaban con sueños codiciosos.
Piotr Semiónovich Morsh había dicho de ella:
—La chica no está mal, pero es tonta...
¡Mentira!
La fuerza de Lialechka consistía precisamente en parecer tonta, y que a los diecinueve años hubiera encontrado con tanta seguridad su propio estilo demostraba que poseía una inteligencia oculta y práctica.
Gustaba muchísimo a los hombres mayores, agotados por el trabajo: funcionarios de responsabilidad, administradores, hombres de negocios.
Despertaba desde las profundidades olvidadas del alma una sonrisa de ternura.
Uno deseaba sentarla sobre sus rodillas y, balanceándola, olvidar el estrépito y el hedor de la ciudad, las cifras y el susurro de papeles de las oficinas.
Cuando se limpiaba la naricilla con un pañuelo y se sentaba muy derecha delante de la máquina de escribir, en las lúgubres habitaciones del Trust del Tabaco florecía la primavera sobre el papel pintado y sucio.
Ella lo sabía perfectamente.
Era inofensiva.
Y si Olga Viacheslávovna la odiaba, tenía que haber algún misterio detrás...
El domingo, a las ocho y media, como de costumbre, chirrió la puerta situada al final del pasillo.
Sonia Varentsova dejó caer un platillo, soltó un pequeño grito y huyó de la cocina.
Se oyó cómo cerraba su puerta con llave y sollozaba.
Olga Viacheslávovna entró en la cocina.
Junto a su boca, fuertemente apretada, aparecían dos arrugas; las altas cejas estaban fruncidas y su rostro delgado, de aspecto gitano, parecía enfermo.
La toalla estaba ceñida con toda su fuerza alrededor de una cintura delgada como la de una avispa.
Sin levantar las pestañas abrió el grifo y comenzó a lavarse, salpicando agua a su alrededor «como un perro».
—¿Y quién va a secar esto? Bonito asunto... —susurró Rosa Abrámovna.
Después de secarse el cabello mojado, Olga Viacheslávovna recorrió con una mirada oscura la cocina, a las mujeres y a Piotr Semiónovich Morsh, que acababa de entrar por la puerta trasera con un pedazo de pan blanco en una mano, una botella de leche y un perro repugnante que temblaba sin cesar.
Los labios secos del hombre sonreían venenosos.
Así era él: enseñadle una hermosa manzana y rechinaría inmediatamente:
—Bueno, bueno... ¿y el gusano?
Nariz aguileña, aspecto de pájaro, una barba corta medio gris y grandes dientes amarillos: personificaba la «ironía universal», aquel inconmovible:
—Bueno, bueno... ya veremos...
Sobre sus piernas torcidas bailaban unos pantalones inmundos que se ponía para los quehaceres matutinos.
Entonces Olga Viacheslávovna produjo con la garganta un sonido extraño, como si todo cuanto la llenaba hubiera escapado en aquel ruido, mitad graznido, mitad fragmento de una risa dolorosa.
—¡El diablo sabe qué es esto! —dijo con voz grave.
Se echó la toalla sobre el hombro y se marchó.
En el rostro de pergamino de Piotr Semiónovich apareció una sonrisita satisfecha.
—A nuestro administrador, después de una borrachera, se le ha despertado de pronto el amor por la limpieza —dijo, dejando al perrito en el suelo—. Está abajo, al pie de la escalera, asegurando que mi perro ha ensuciado los peldaños. Dice: «Es su excremento. Si su perro continúa con estas manifestaciones en la escalera, iniciaré acciones judiciales». Yo le digo: «Se equivoca, Zhuravliov. Eso no es de ella...» Y ahí nos quedamos discutiendo, en vez de barrer él la escalera e irme yo a trabajar. Así es la realidad rusa...
En aquel momento volvió a oírse desde el extremo del pasillo:
—¡Ah, el diablo sabe qué es esto!
Una puerta dio un portazo.
Las mujeres de la cocina se miraron.
Piotr Semiónovich se marchó a tomar el té y a cambiar sus pantalones de casa por los del domingo.
El pequeño reloj de la cocina marcaba las nueve.
A las nueve de la noche una mujer entró precipitadamente en la comisaría.
Llevaba calado sobre los ojos un gorrito marrón con forma de casco; el cuello alto del abrigo le ocultaba el cuello y la barbilla. La parte visible del rostro parecía cubierta de polvos blancos.
El jefe de la comisaría, al mirarla con atención, descubrió que no eran polvos, sino palidez.
No había una gota de sangre en aquel rostro.
Apoyando el pecho contra el borde de una mesa manchada de tinta, la mujer dijo en voz baja, con una desesperación desgarradora:
—Vayan al callejón Pskovski... Allí he hecho algo... ni yo misma sé qué... Ahora tengo que morir...
Sólo entonces el jefe reparó en que, dentro del puño amoratado de la mujer, había un pequeño revólver Velodog.
Se lanzó por encima de la mesa, la agarró por la muñeca y le arrancó de la mano aquel juguete peligroso.
—¿Tiene usted permiso para portar armas? —gritó por alguna razón.
La mujer echó la cabeza hacia atrás, porque le molestaba el sombrero, y continuó mirándolo sin comprender.
—¿Nombre, apellidos y domicilio? —preguntó él con mayor calma.
—Olga Viacheslávovna Zotova...
2
Diez años antes, en Kazán, en plena luz del día, se incendió en la calle Prolómnaya la casa del comerciante de segunda guilda y viejo creyente Viacheslav Ilariónovich Zotov.
En la planta baja los bomberos encontraron dos cadáveres atados con cables eléctricos: el propio Zotov y su esposa, María Kiríkovna.
Arriba encontraron el cuerpo inconsciente de su hija Olga Viacheslávovna, una colegiala de diecisiete años.
Tenía el camisón hecho jirones; las manos y el cuello estaban arañados por uñas. Todo a su alrededor indicaba que había tenido lugar una lucha desesperada.
Los bandidos, al parecer, no habían podido dominarla o, con prisa por marcharse, se habían limitado a golpearla con una pesa de cinco libras sujeta a una correa que encontraron allí mismo.
No fue posible salvar la casa.
Todas las propiedades de los Zotov ardieron hasta los cimientos.
Olga Viacheslávovna fue trasladada al hospital; tuvieron que colocarle de nuevo el hombro en su sitio y coserle el cuero cabelludo.
Permaneció varios días inconsciente.
Su primera impresión al despertar fue el dolor mientras le cambiaban el vendaje.
Vio a un médico militar sentado junto a su cama, con unos bondadosos anteojos.
Conmovido por la belleza de la muchacha, el médico comenzó a sisearle que no se moviese ni se agitara.
Ella extendió hacia él una mano.
—Doctor, ¡qué bestias!
Y rompió a llorar.
Varios días después le dijo:
—A dos no los conozco. Llevaban capotes... Al tercero sí. Había bailado con él... Valka, de séptimo curso... Oí cómo mataban a papá y mamá... Crujían los huesos... Doctor, ¿para qué hicieron aquello? ¡Qué bestias!
—Shhh, shhh... —siseaba el médico asustado.
Tras los cristales de sus gafas tenía los ojos húmedos.
Nadie visitaba a Olia Zotova en el hospital.
No eran tiempos para esas cosas.
La guerra civil desgarraba Rusia; la vida estable crujía y se derrumbaba; las palabras de los decretos respiraban una furia frenética desde los carteles blancos que aparecían por todas partes hacia donde volviese la cabeza el transeúnte.
A Olia no le quedaba más que llorar durante todo el día por una compasión insoportable —seguía oyendo en los oídos el terrible grito de su padre y el alarido animal de su madre, que jamás había gritado así—, por miedo a cómo iba a vivir ahora y por desesperación ante aquella cosa desconocida que rugía, gritaba y disparaba de noche más allá de las ventanas del hospital.
Durante aquellos días debió de derramar todas las lágrimas que le habían sido concedidas para el resto de su vida.
Su juventud despreocupada e irreflexiva se quebró.
El alma comenzó a cubrirse de cicatrices como una herida que se cura.
Todavía ignoraba cuántas fuerzas sombrías y apasionadas escondía en su interior.
Un día se sentó a su lado, en un banco del corredor, un hombre con un brazo vendado.
Vestía bata de hospital, calzoncillos largos y zapatillas.
Y, a pesar de todo, de él emanaba una salud cálida y alegre como de una estufa de hierro.
Silbaba apenas perceptiblemente Yáblochko y marcaba el ritmo golpeando el suelo con los talones desnudos.
Sus ojos grises de halcón rodaron más de una vez hacia la hermosa muchacha.
Su rostro ancho y tostado, cubierto en los pómulos por una barba que parecía no haber conocido jamás una cuchilla, expresaba despreocupación, casi pereza.
Sólo los ojos de halcón eran duros.
Crueles.
—¿Vienes de venéreas? —preguntó indiferentemente.
Olia no comprendió al principio.
Después se inundó de indignación.
—¡Intentaron matarme y no pudieron! ¡Por eso estoy aquí!
Se apartó de él, respirando agitadamente, con las aletas de la nariz ensanchadas.
—¡Ah, caramba! Vaya aventura... Alguna razón habría. ¿O fueron bandidos sin más? ¿Eh?
Olia lo miró fijamente.
¿Cómo podía preguntar aquello como si se tratara de la cosa más corriente del mundo, simplemente para combatir el aburrimiento?
—¿Es que no ha oído hablar de nosotros? Los Zotov, en la Prolómnaya...
—Ah, ya... recuerdo... Bueno, eres una muchacha brava, ya veo. No te dejaste... —frunció el ceño—. A esa gente habría que quemarla en el fuego, hervirla en calderas; a lo mejor así conseguimos algo... Ha salido tanta inmundicia que ni siquiera nosotros la esperábamos. Nos llevamos las manos a la cabeza. Un desastre.
Sus ojos fríos volvieron a examinar a Olia.
—Tú, claro, entiendes la revolución únicamente a través de la violencia que te han hecho... Y es una lástima. ¿Eres de los viejos creyentes? ¿Crees en Dios? No importa, se te pasará.
Golpeó con el puño el brazo del banco.
—En esto es en lo que hay que creer: en la lucha.
Olia quiso responderle algo malvado y, desde luego, absolutamente justo acerca de toda la ruina que había caído sobre los Zotov, pero bajo aquella mirada burlona y expectante todos sus pensamientos se levantaron y volvieron a caer antes de llegar hasta la lengua.
Él dijo:
—Eso es... Y eres caliente, yegüita. Buena sangre rusa, con un poco de gitana... De otro modo habrías vivido como todos: contemplando la vida por una ventana, detrás de un ficus... Qué aburrimiento.
—¿Y esto que ocurre ahora es más divertido?
—¿Cómo no va a serlo? Alguna vez habrá que darse una buena vuelta; no vamos a pasarnos la vida haciendo cuentas...
Olia volvió a indignarse y volvió a ser incapaz de decir nada.
Se encogió de hombros.
Él estaba demasiado seguro de sí mismo.
Sólo consiguió gruñir:
—Han arruinado toda la ciudad... Acabarán arruinando toda Rusia, sinvergüenzas...
—¡Menuda cosa, Rusia!... Pensamos recorrer a caballo el mundo entero. Los caballos han roto las cadenas; quizá sólo nos detengamos cuando lleguemos al océano... Quieras o no, tendrás que venir de paseo con nosotros...
Se inclinó hacia ella y enseñó los dientes.
En ellos brilló una alegría salvaje.
A Olia le dio vueltas la cabeza.
Parecía que alguna vez hubiera oído aquellas mismas palabras, que conociera aquella dentadura blanca, que la memoria se levantara desde la oscuridad de su propia sangre y las antiguas voces de generaciones desaparecidas gritaran:
«¡A caballo! ¡Que se divierta el alma!»
Le dio vueltas la cabeza.
Y luego volvió a ver simplemente a un hombre sentado en bata de hospital, con el brazo vendado.
Pero el corazón se le había vuelto cálido e inquieto.
Aquel hombre de ojos grises se había vuelto de algún modo cercano.
Frunció el ceño y se apartó hasta el extremo del banco.
Él volvió a silbar y a marcar el ritmo con el talón.
La conversación había sido breve: palabras para matar el aburrimiento en un corredor de hospital.
El hombre silbó y se marchó.
Olga Viacheslávovna ni siquiera supo su nombre.
Pero al día siguiente volvió a sentarse en el mismo banco, miró hacia el fondo del corredor sofocante y repasó cuidadosamente en su cabeza todo cuanto debía decirle —algo convincente, muy inteligente, que destruyera aquella seguridad en sí mismo—.
Y él no llegaba.
En su lugar apareció renqueando no sé quién, apoyado en unas muletas.
De pronto comprendió que la conversación del día anterior la había alterado terriblemente.
Esperó quizá sólo un minuto más.
Las lágrimas le acudieron a los ojos por la ofensa:
ella estaba allí esperando y a él no le importaba en absoluto.
Se marchó, se tumbó en la cama y empezó a pensar de él todas las injusticias que podían caberle en la cabeza.
Pero ¿qué demonios había hecho aquel hombre para alterarla tanto?
Más que la ofensa la atormentaba la curiosidad.
Sólo verlo de nuevo un instante.
¿Y qué tenía de especial?
Nada.
Había un millón de idiotas como aquél.
Bolchevique, claro.
Bandido...
Pero aquellos ojos...
Aquellos ojos insolentes...
Y la atormentaba también el orgullo de muchacha:
¡pasarse el día pensando en un hombre así!
¡Apretar los dedos fríos por culpa de un hombre así!
Aquella noche despertaron a todo el hospital.
Los médicos y los enfermeros corrían arrastrando fardos.
Los enfermos permanecían aterrados, sentados en sus camas.
Detrás de las ventanas retumbaban ruedas y rodaban insultos furiosos.
Los checos entraban en Kazán.
Los rojos evacuaban la ciudad.
Todos los que podían marcharse abandonaron el hospital.
Olga Viacheslávovna se quedó.
Nadie se acordó de ella.
Al amanecer, por el corredor del hospital resonaban las culatas de unos checos robustos, vestidos con una limpieza casi extranjera.
Arrastraron a alguien.
La voz quebrada del ayudante del director gritó:
—¡Yo obedezco órdenes! ¡No soy bolchevique! ¡Soltadme! ¿Adónde me lleváis?
Dos paralíticos se arrastraron hasta la ventana que daba al patio.
Susurraron:
—Lo llevan al cobertizo para ahorcarlo, pobrecillo...
Olga Viacheslávovna se vistió.
Llevaba un vestido gris del hospital y cubrió con un pañuelo blanco el vendaje de la cabeza.
Sobre la ciudad flotaba el repique festivo de las campanas.
Nacía el alba.
Se oía, creciendo unas veces y apagándose otras, la música militar de los regimientos que entraban en la ciudad.
A lo lejos, detrás del Volga, retumbaba el trueno cada vez más remoto de los cañones.
Olga salió de la sala.
Al doblar el corredor la detuvo una patrulla: dos checos bajos y bigotudos que, entre siseos y palabras incomprensibles, le exigieron que regresara.
—¡No soy prisionera! ¡Soy rusa! —les gritó Olga, con los ojos encendidos.
Ellos rieron y extendieron las manos para pellizcarle la mejilla y la barbilla.
Pero no iba a arrojar el pecho contra las hojas de dos bayonetas inclinadas hacia ella.
Regresó a su sala, dilatando las aletas de la nariz, se sentó en la cama y comenzó a temblar, castañeteándole los dientes.
Aquella mañana los enfermos no recibieron té.
Comenzaron las protestas.
A la hora de comer los checos se llevaron a cinco soldados rojos amputados.
Los paralíticos junto a la ventana informaron de que también a aquellos pobrecillos los conducían al cobertizo.
Después entró en la sala un oficial ruso, ceñido muy alto por el cinturón y con unos pantalones de montar anchos como alas de murciélago.
Los enfermos tiraron de las mantas hacia sí.
Los ojos entornados del oficial se detuvieron sobre Olga Viacheslávovna.
—¿Zotova?
—Sí.
—Sígame.
Parecía volar sobre las alas de sus pantalones de montar; sus espuelas llenaban de un tintineo metálico el vacío del corredor.
Tenían que atravesar el patio.
En aquel momento salió del edificio al que la conducían un joven de cabellos rizados, vestido con una camisa rusa bordada.
Mientras se ponía la gorra lanzó hacia Olga una mirada fugaz y se apresuró hacia la puerta.
Olga Viacheslávovna tropezó.
Le había parecido...
No.
No podía ser.
Entró en la sala de recepción y se sentó junto a una mesa, mirando al militar que tenía delante.
Su rostro era alargado y deformado como si se reflejara en un mal espejo.
Los dos ojos parecían diferentes.
—¿No le da vergüenza, hija de un hombre respetado en la ciudad, una joven instruida, relacionarse con semejante gentuza?
La voz era reprobatoria y cargaba desdeñosamente las vocales.
Olga hizo un esfuerzo por comprender de qué estaba hablando.
Un pensamiento insistente le impedía concentrarse.
Suspiró, juntó las manos sobre las rodillas y comenzó a contarle todo cuanto le había sucedido.
El oficial fumaba lentamente, apoyado sobre un codo.
Cuando terminó, dio la vuelta a una hoja de papel.
Debajo había una nota escrita a lápiz.
—Nuestros datos no coinciden del todo con los suyos —dijo frunciendo pensativamente la frente—. Nos gustaría escuchar algo acerca de sus relaciones con la organización criminal bolchevique.
—¿Qué?
Una esquina de la boca del oficial subió hacia arriba; las cejas se torcieron.
Olga observaba aterrada aquella espantosa asimetría de su rostro recién afeitado.
—Pero usted... Yo no comprendo... Usted está loco...
—Lamentablemente poseemos datos irrefutables, por extraño que resulte...
Sostenía el cigarrillo apartado del cuerpo y, balanceándose, dejó escapar una espiral de humo.
Era difícil imaginar algo más propio de un salón elegante que aquel hombre.
—Su sinceridad resulta convincente... Sea sincera hasta el final, querida... Por cierto, sus amigos, los soldados rojos, han muerto como héroes.
Uno de sus ojos, moteado, se dirigió hacia la ventana, desde la que podían verse las puertas del cobertizo.
—Así que continuamos callando... Bien...
Se volvió hacia los checos:
—Bitte... Por favor.
Los checos se abalanzaron sobre Olga, la levantaron de la silla y le recorrieron con las manos los costados y los pechos, moviendo satisfechos los bigotes.
La registraban.
Buscaban bolsillos bajo la falda.
El oficial se había incorporado para mirar, con sus dos ojos desiguales muy abiertos.
Olga se quedó sin respiración.
Un incendio de sangre le cubrió las mejillas.
Consiguió soltarse.
Gritó.
—A prisión —ordenó el oficial.
Olga Viacheslávovna permaneció dos meses en la cárcel.
Primero en una celda común y después en aislamiento.
Durante los primeros días estuvo a punto de volverse loca por una imagen obsesiva: las puertas del cobertizo atrancadas con una tabla.
No podía dormir.
En sueños una cuerda se le enroscaba alrededor del cuello.
Nadie la interrogaba.
Nadie la llamaba.
Parecía que se hubieran olvidado de ella.
Poco a poco empezó a pensar.
Y de pronto fue como si ante ella se hubiese abierto un libro:
todo resultó claro.
El joven de cabellos rizados y camisa bordada era efectivamente Valka, el asesino.
No se había equivocado.
Temiendo que Olga lo denunciara, se había apresurado a acusarla él primero.
La nota escrita a lápiz era su denuncia.
Olga podía recorrer como un puma la diagonal de su celda cuanto quisiera.
Podía suplicar a través de la mirilla que la recibieran el director de la cárcel, el investigador, el fiscal.
Los sombríos guardianes se limitaban a volver la cara.
En su desesperación seguía creyendo en la justicia.
Inventaba planes fantásticos:
conseguir papel y lápiz, escribir toda la verdad a unas autoridades superiores que necesariamente serían justas como Dios.
Una noche la despertaron voces bruscas y entrecortadas y el estrépito de una puerta que se abría.
Alguien había entrado en la celda contigua.
Allí estaba encerrado un hombre de piel terrosa y gafas, del que sólo sabía que por las noches tosía hasta desgarrarse.
Olga saltó de la cama y escuchó.
Las voces del otro lado de la pared crecieron hasta convertirse en gritos: insoportables, apresuradas.
Se quebraron.
Callaron.
En el silencio apareció un gemido, como si alguien estuviera sufriendo y tratara de contenerse del mismo modo que en el sillón de un dentista.
Olga Viacheslávovna se apretó contra un rincón bajo la ventana, abriendo desmesuradamente los ojos hacia la oscuridad.
Recordó lo que había oído contar acerca de las torturas.
Le parecía ver el rostro terroso del hombre de las gafas echado hacia atrás, las mejillas flácidas temblando de dolor.
Le retorcían con alambre las muñecas y los tobillos hasta que el metal llegaba al hueso.
—Hablarás... Hablarás...
Creyó oírlo.
Sonaron golpes.
Como si estuvieran sacudiendo una alfombra y no golpeando a un hombre.
Él callaba.
Un golpe.
Otro.
Y de repente algo mugió.
—¡Ajá! ¡Hablarás!
Ya no fue un mugido.
Un aullido enfermo llenó toda la prisión.
Como si el polvo de aquella terrible alfombra hubiera envuelto a Olga, la náusea le subió hasta el corazón, las piernas cedieron, el suelo de piedra se inclinó y ella se golpeó la nuca contra él.
Aquella noche, en la que un ser humano torturó a otro, cubrió de oscuridad hasta el último resto de su tímida esperanza en la justicia.
Pero el alma apasionada de Olga Viacheslávovna no podía existir en el silencio ni en la inacción.
Después de varios días negros, cuando estuvo a punto de perder la razón, encontró la salvación mientras recorría diagonalmente la celda:
Odio.
Venganza.
¡Odio, venganza!
Oh, con tal de salir de allí...
Levantaba la cabeza hacia la estrecha ventana.
Los cristales polvorientos tintineaban débilmente; unas arañas secas se balanceaban en sus telas.
En algún lugar suspiraban los cañones con estampidos de trueno.
El Quinto Ejército Rojo avanzaba hacia Kazán.
El guardián trajo la comida, se sonó la nariz y miró de reojo hacia la ventana.
—Le he traído un panecillo, señorita... Si necesita algo, no tiene más que golpear... Nosotros siempre hemos estado con los políticos...
Durante todo el día vibraron los cristales.
Los guardianes suspiraban detrás de las puertas.
Olga permaneció sentada en la cama, abrazándose las rodillas.
No tocó la comida.
El corazón le golpeaba las rodillas.
Los cañones golpeaban con truenos detrás de la ventana.
Al anochecer volvió a entrar el guardián de puntillas.
Susurró:
—Nosotros obedecemos órdenes, pero siempre hemos estado con el pueblo...
Hacia medianoche comenzó el movimiento en los corredores.
Golpearon puertas.
Sonaron órdenes amenazadoras.
Varios oficiales y civiles armados hicieron bajar a una multitud de unos treinta prisioneros.
Sacaron a Olga de su celda y la arrastraron corriendo escaleras abajo.
Se retorcía como un gato e intentaba morder las manos que la sujetaban.
Durante un instante vio el cielo ventoso dentro del cuadrado del patio.
El frío de la noche otoñal le llenó el pecho.
Después una puerta baja.
Escalones de piedra.
La humedad podrida de un sótano abarrotado de personas.
Los conos luminosos de linternas eléctricas saltaban por el muro de ladrillo, por rostros pálidos, ojos desmesuradamente abiertos...
Una furiosa tormenta de obscenidades.
Retumbaron los disparos de los revólveres.
Pareció que las bóvedas del sótano se derrumbaban.
Olga Viacheslávovna se lanzó hacia algún lugar de la oscuridad.
Durante un instante apareció bajo el rayo de una linterna el rostro deformado de Valka.
Algo caliente le golpeó el hombro.
Un huso de fuego le perforó el pecho y salió desgarrando por la espalda.
Tropezó.
Cayó de bruces sobre un moho que olía a hongos.
El Quinto Ejército tomó Kazán.
Los checos se retiraron río abajo en vapores.
Las unidades rusas se dispersaron en todas direcciones.
La mitad de los habitantes, aterrorizados ante el terror rojo, huyó hacia los confines del mundo.
Durante semanas, por ambas orillas del Volga crecido por las lluvias otoñales, caminaron fugitivos embrutecidos, con un hatillo y un bastón, soportando privaciones inimaginables.
Valka también abandonó Kazán.
Olga Viacheslávovna, contra todo sentido común, continuaba viva.
Cuando sacaron del sótano los cadáveres de los fusilados y los colocaron en fila en el patio bajo un cielo gris que lloviznaba, un soldado de caballería vestido con una corta pelliza se agachó junto a ella y comenzó a girarle suavemente la cabeza.
—Pues la muchacha respira —dijo—. Habrá que ir a buscar a un médico, camaradas...
Era aquel mismo hombre de dientes blancos y ojos de halcón.
Él mismo llevó a la muchacha a la enfermería de la prisión.
Después corrió por el caos de la ciudad conquistada buscando «necesariamente un profesor de la vieja escuela».
Irrumpió en la casa de uno, en el arrebato lo arrestó, asustándolo casi hasta la muerte, lo transportó en motocicleta hasta la enfermería y, señalando a Olga Viacheslávovna, inconsciente y con el rostro sin una gota de sangre, le dijo:
—Quiero que siga viva.
Siguió viva.
Después de los vendajes y el alcanfor abrió ligeramente los párpados azulados y debió de reconocer aquellos ojos de halcón inclinados sobre ella.
—Más cerca... —susurró.
Cuando él acercó mucho el rostro y permaneció esperando, Olga dijo, sin que se supiera a qué venía:
—Béseme...
Había gente junto a la cama.
Eran tiempos de guerra.
El hombre de ojos de halcón resopló, miró alrededor, se encogió de hombros:
—¡Diablos!
Y no se decidió.
Sólo le acomodó la almohada.
El soldado de caballería se llamaba Emeliánov.
Camarada Emeliánov.
Ella preguntó su nombre y patronímico.
Dmitri Vasílievich.
Después de saberlo cerró los ojos y movió los labios repitiendo:
—Dmitri Vasílievich... Dmitri Vasílievich...
Su regimiento estaba formándose en Kazán y Emeliánov visitaba a la muchacha todos los días.
—Tengo que decírselo —repetía para animarla—: es usted dura de matar, Olga Viacheslávovna. Como una víbora... En cuanto se recupere la alisto en el escuadrón. Será mi ordenanza personal...
Se lo decía cada día.
Él no se cansaba de repetirlo.
Ella no se cansaba de oírlo.
Él reía enseñando los dientes; sobre los débiles labios de Olga aparecía una sonrisa tierna.
—Le cortaremos el pelo, conseguiremos unas botitas ligeras; tengo guardadas unas que le quitamos a un estudiante muerto... Al principio, naturalmente, habrá que atarla al caballo con una correa para que no se caiga... Ja, ja, ja...
Olga Viacheslávovna era realmente tenaz como una víbora.
Después de todo lo sucedido parecía que de ella sólo hubieran quedado los ojos.
Pero ardían con una pasión insomne, con un deseo impaciente.
La vida anterior permanecía en la otra orilla.
La casa estricta y acomodada de su padre.
El instituto.
Las amigas sentimentales.
La nieve en las calles.
Los enamoramientos juveniles de actores llegados a la ciudad.
La inevitable pasión por el profesor de lengua rusa, el apuesto y corpulento Vorónov.
El «Círculo Herzen» del instituto y la exaltación por los compañeros del círculo.
La lectura de novelas traducidas y aquella dulce nostalgia por las heroínas septentrionales de Hamsun, mujeres que no existían en la vida real.
La inquietante curiosidad despertada por las novelas de Marguerite...
¿De verdad había existido todo aquello?
El vestido nuevo para las fiestas de Navidad.
El enamoramiento navideño de un estudiante disfrazado de Mefistófeles, con cuernos de sarga negra rellenos de algodón...
El olor de las flores congeladas a treinta grados bajo cero...
La triste quietud, el repicar de las campanas durante la Cuaresma, las nieves debilitándose, marrones en las calles comerciales...
La inquietud de la primavera.
La ligera fiebre nocturna...
La dacha en Verjni Uslón.
Los pinos.
Los prados.
El Volga resplandeciente extendiéndose en inundaciones sin fin y los cúmulos en el horizonte...
Todo aquello sólo regresaba ahora quizá en sueños, en el calor húmedo de lágrimas de la almohada del hospital.
Y en aquellos sueños, así lo sentía ella, había irrumpido con carne enfurecida Valka, armado con su pesa de cinco libras y una correa.
A Valka Brykin lo habían expulsado del instituto por gamberrismo; se había marchado voluntario al frente y un año después había reaparecido en Kazán pavoneándose con uniforme de ulano y una Cruz de San Jorge de soldado.
Se contaba que su padre, el jefe de policía Brykin —el mismo que había promulgado aquella célebre orden de que «los agentes entraran en el templo de Dios sin hacer uso de la fuerza»—, había dirigido una petición al comandante militar del distrito rogándole que enviara a su hijo Valka a las posiciones más avanzadas, donde sin duda lo matarían, porque para el corazón de un padre era preferible contemplar muerto a semejante sinvergüenza que verlo vivo.
Valka siempre tenía hambre.
Codiciaba los placeres.
Y era valiente como el diablo.
La guerra le había enseñado los procedimientos.
Había aprendido que la sangre sólo olía agria y nada más.
La revolución le había soltado las manos.
Su pesa de cinco libras había hecho añicos la fina capa de hielo irisado de los sueños de Olia.
Qué delgado había resultado aquel hielo.
Y sobre él pretendía construir su felicidad:
matrimonio, amor, familia, una casa firme y feliz.
Debajo del hielo estaba el abismo.
Crujió.
Y una vida áspera y apasionada la cubrió con sus aguas turbias.
Olga Viacheslávovna la aceptó tal como era:
la lucha furiosa —la habían matado dos veces y dos veces no habían conseguido matarla; ya no temía a nada—;
odio con toda la libertad del alma;
un pedazo de pan para aquel día;
y la salvaje inquietud de un amor que todavía desconocía.
Eso era la vida.
Emeliánov se sentaba junto a su cama.
Ella se colocaba una almohada bajo la espalda, aferraba con sus dedos delgados y tenaces el borde de la manta y, mirándolo a los ojos, decía:
—Yo me imaginaba algo así: un marido rubio y respetable, yo con un peinador rosa; estamos sentados y los dos nos reflejamos en una cafetera niquelada... Y eso era la felicidad... ¡Odio a aquella muchacha! ¡Me odio a mí misma por haber sido feliz!... ¡Un peinador rosa! ¡Vaya imbécil!
Emeliánov, apoyando los puños sobre los muslos, reía con sus historias.
Olia, sin comprenderlo ella misma, intentaba trasvasarse entera dentro de aquel hombre.
Ahora sólo deseaba una cosa:
arrancar su cuerpo de aquella odiosa cama de hospital.
Se cortó el pelo.
Emeliánov consiguió para ella una corta pelliza de caballería, pantalones azules con ribete rojo y, tal como había prometido, unas elegantes botitas de cabritilla.
En noviembre Olga Viacheslávovna recibió el alta.
No tenía familiares ni conocidos en la ciudad.
Las nubes del norte corrían sobre calles desiertas y tiendas tapiadas, azotándolas con lluvia y nieve.
Emeliánov avanzaba enérgicamente por el barro, de callejón en callejón, buscando alojamiento.
Olia caminaba un paso detrás de él, con la pesada pelliza empapada y las botas del estudiante muerto.
Le temblaban las rodillas.
Pero habría preferido morir antes que quedarse atrás de Dmitri Vasílievich.
Él obtuvo del comité ejecutivo una orden de alojamiento para «la camarada Zotova, torturada por los guardias blancos» y buscó algo extraordinario.
Finalmente eligió la enorme mansión de los comerciantes Starobogátov, con columnas y ventanales de espejo, abandonada por sus propietarios.
La requisó.
En la casa deshabitada, el viento atravesaba los cristales rotos y recorría una sucesión interminable de salones con techos pintados y muebles dorados, ya medio saqueados.
Los prismas de cristal de las lámparas tintineaban lastimeramente.
En el jardín, los tilos desnudos murmuraban con tristeza.
Emeliánov abría de una patada las puertas de dos hojas.
—Mira esto. Los diablos hicieron sus necesidades directamente sobre el parqué, en señal de protesta...
En el salón principal destrozó un órgano de roble que ocupaba toda una pared y llevó la madera hasta una habitación de esquina llena de sofás.
Allí encendió un gran fuego en la chimenea.
—Aquí podrás hervir el té. Caliente y con luz. Sabían vivir los burgueses...
Le consiguió una tetera de hojalata, zanahorias secas para hacer infusión, cereal, tocino y patatas.
Provisiones para unas dos semanas.
Y Olga Viacheslávovna quedó sola dentro de aquella casa oscura y vacía, donde las chimeneas ululaban de manera aterradora, como si los fantasmas de los comerciantes Starobogátov estuvieran sentados sobre el tejado bajo la lluvia otoñal, desgarrándose de tristeza.
Olga tenía todo el tiempo del mundo para pensar.
Se sentaba en una silla y miraba el fuego mientras la tetera comenzaba a cantar.
Pensaba en Dmitri Vasílievich.
¿Vendría aquella noche?
Sería bueno que viniera: precisamente acababa de cocer las patatas.
Desde lejos reconocía sus pasos sobre los resonantes parqués.
Él entraba alegre, con aquellos ojos terribles.
Entraba su vida.
Se desabrochaba el revólver y las dos granadas, se quitaba el capote mojado y preguntaba si todo iba bien, si necesitaba algo.
—Lo principal es que desaparezca esa tos del pecho y que no haya sangre en el esputo... Para Año Nuevo estará completamente recuperada...
Después del té, mientras liaba un cigarrillo de makhorka, le hablaba de asuntos militares y describía de manera pintoresca las batallas de caballería.
A veces se exaltaba tanto que daba miedo mirar aquellos ojos de halcón.
—La guerra imperialista fue una guerra de posiciones y trincheras porque no había impulso. Se moría con tristeza —decía, plantado en medio de la habitación, sacando el sable de la vaina—. La revolución ha creado el ejército de caballería. ¿Lo entiendes? El caballo es un elemento de la naturaleza. El combate de caballería es el impulso revolucionario. Yo tengo un sable en la mano y me meto dentro de una formación de infantería; cargo contra un nido de ametralladoras... ¿Puede el enemigo soportar mi aspecto? No puede. Le entra el pánico, huye, y yo lo corto. Tengo alas a la espalda... ¿Sabes qué es un combate de caballería? Una avalancha corre contra otra, sin disparar... El estruendo... Tú vas borracho... Chocan... Empieza el trabajo... Un minuto, quizá dos como máximo... El corazón no soporta semejante horror... Al enemigo se le pone el pelo de punta... Y vuelve grupas... Entonces ya sólo queda cortar y perseguir... No hay prisioneros...
Sus ojos relucían como acero.
El sable de acero silbaba en el aire.
Olga Viacheslávovna lo contemplaba con la espalda helada por la emoción, los codos puntiagudos apoyados sobre las rodillas y la barbilla contra los puños cerrados.
Parecía que, si aquella hoja silbante le abriera el corazón, gritaría de alegría.
Hasta tal punto amaba a aquel hombre.
¿Por qué la respetaba?
¿No sentía por ella más que compasión?
¿Compadecía a la huérfana como a un perro recogido de la calle?
Algunas veces le parecía sorprender una mirada de soslayo: rápida, empañada por un sentimiento que no era precisamente fraternal.
El calor le subía a las mejillas.
No sabía hacia dónde volver el rostro.
El corazón, desbocado, caía en un abismo vertiginoso.
Pero no.
Él sacaba del bolsillo un periódico de Moscú, se sentaba delante del fuego y leía en voz alta un artículo donde ponían a la burguesía mundial de vuelta y media con las palabras más gruesas.
—¡No con balas, con palabras de gallina vamos a acabar con ellos!... ¡Mira cómo escriben, los diablos!
Y golpeaba los pies de placer.
Llegó el invierno.
La salud de Olga mejoraba.
Una mañana, antes del amanecer, Emeliánov fue a buscarla, le ordenó vestirse y la llevó al campo de instrucción, donde le enseñó las primeras reglas de asiento de caballería y manejo del caballo.
Caía una nieve suave.
Olga galopaba sobre el campo blanco, dejando tras los cascos huellas de arena.
Emeliánov gritaba:
—¡Te sientas, me cago en... como un perro encima de una valla! ¡Recoge las puntas de los pies! ¡No te tumbes!
Ella reía.
El viento silbaba de alegría en sus oídos y embriagaba su pecho.
Los copos de nieve se derretían sobre sus pestañas.
3
Dentro de aquella muchacha débil se ocultaban fuerzas de hierro.
Era imposible comprender de dónde salían.
Después de un mes de instrucción a caballo y a pie se había estirado como una cuerda; el viento helado había dado color a su rostro.
—Mirándola desde lejos —decía Emeliánov— parece que un estornudo pueda partirla por la mitad. Pero vaya demonio...
Y era hermosa como el diablo.
Los jóvenes soldados de caballería torcían la nariz y hasta los veteranos se quedaban pensativos cuando Zotova, alta y delgada, con aquella pequeña y armoniosa cofia de cabello oscuro, la pelliza apretada por el cinturón y las espuelas tintineando, atravesaba el humo de makhorka del cuartel.
Sus brazos delgados aprendieron a gobernar el caballo con habilidad y sensibilidad.
Las piernas, que parecían hechas únicamente para bailes burgueses y faldas de seda, se desarrollaron y fortalecieron.
Emeliánov admiraba especialmente sus piernas de jinete:
acero y sensibilidad.
Se sujetaba a la silla como una tenaza y el caballo caminaba bajo ella como un cordero.
Aprendió también a utilizar el sable.
Cortaba con soltura los blancos de práctica y las varas, aunque naturalmente no poseía un golpe verdaderamente poderoso: toda la fuerza tenía que salir del hombro, y sus hombros continuaban siendo los de una muchacha.
Tampoco era tonta en instrucción política.
Emeliánov temía los «eructos burgueses».
Eran tiempos severos.
—Camarada Zotova, ¿qué objetivo persigue el Ejército Rojo Obrero y Campesino?
Olga saltaba al frente y respondía sin titubear:
—¡La lucha contra el capitalismo sangriento, los terratenientes, los curas y los intervencionistas, por la felicidad de todos los trabajadores de la Tierra!
Zotova fue incorporada como combatiente al escuadrón que mandaba Emeliánov.
En febrero el regimiento embarcó en vagones de tropa y fue enviado al frente de Denikin.
Cuando Olga Viacheslávovna, sujetando las riendas de su caballo sobre la nieve sucia y mezclada con estiércol de la estación donde habían descargado los trenes, miró el resplandor sombrío, rojo como carbón y azul entre nubes barridas por el viento, de un atardecer de primavera y escuchó los cañones que retumbaban a lo lejos, todo el pasado reciente se levantó dentro de ella convertido en una ofensa imborrable y en odio vengativo.
—¡Dejaaad de fumar!... ¡A caballo! —resonó la voz de Emeliánov.
Con un movimiento ligero montó.
El sable le golpeó el muslo.
Ahora ya no intentarían desgarrarle el camisón ni amenazarla con una pesa de cinco libras ni arrastrarla cogida por los brazos hacia un sótano.
—¡Al tro-o-ote... march!
Crujió la silla.
Silbó el viento húmedo.
Sus ojos miraban hacia la oscuridad purpúrea del crepúsculo.
«Los caballos han roto las cadenas. Quizá sólo nos detengamos en el océano...»
Como una canción embriagadora y salvaje regresaron las palabras del hombre amado.
Así comenzó su vida de combate.
En el escuadrón todos llamaban a Olga Viacheslávovna «la mujer de Emeliánov».
Pero no lo era.
Nadie lo habría creído —se habrían desternillado de risa— si hubiera sabido que Zotova seguía siendo virgen.
Tanto ella como Emeliánov lo ocultaban.
Que la consideraran su mujer era más comprensible y más sencillo.
Nadie la manoseaba.
Todos sabían que Emeliánov tenía el puño pesado; varias veces había tenido que demostrarlo.
Para todos ellos Zotova era simplemente un camarada más.
Como ordenanza, permanecía constantemente junto al jefe del escuadrón.
En campaña dormía en la misma casa que él y muchas veces incluso en la misma cama: él con la cabeza hacia un lado, ella hacia el otro, cada uno cubierto con su propia pelliza.
Después de jornadas agotadoras de cincuenta verstas, tras ocuparse del caballo y tragarse deprisa unas cucharadas del caldero, Olga se quitaba las botas, se desabrochaba el cuello de la camisa de paño y se dormía apenas conseguía tumbarse sobre un banco, la estufa o el borde de una cama.
No oía cuándo se acostaba Emeliánov ni cuándo se levantaba.
Él dormía como una fiera:
poco, alerta, como si incluso dormido escuchara los ruidos de la noche.
Emeliánov la trataba con dureza.
No la distinguía de los demás combatientes y probablemente encontraba más defectos en ella que en nadie.
Sólo entonces comprendió Olga la fuerza de aquellos ojos de halcón:
era la mirada de la lucha.
En campaña la bonachonería y las bromas habían desaparecido de él junto con la grasa sobrante.
Después de una inspección nocturna, cuando había comprobado que los caballos estaban atendidos, los hombres dormidos y las avanzadillas y centinelas en su sitio, Emeliánov entraba en la casa agotado, oliendo fuertemente a sudor.
Se sentaba en un banco para arrancarse con un último esfuerzo las botas hinchadas y muchas veces permanecía allí extenuado, con una de ellas a medio sacar.
Después se acercaba a la cama y durante un minuto contemplaba el rostro de Olga, encendido durante el sueño, curtido por el viento y al mismo tiempo femenino e infantil.
Sus ojos se empañaban.
Sobre sus labios aparecía una sonrisa tierna.
Pero si hubiera cometido una falta, no la habría perdonado.
Zotova llevaba un despacho al cuartel general de la división.
Sobre la estepa, unas veces verde y otras gris plateada por el ajenjo, el cielo despejado de mayo cantaba con las voces de las alondras.
El caballo marchaba al trote con una suavidad casi de amblador.
Pequeñas ardillas amarillas cruzaban corriendo el camino.
En una mañana semejante podía olvidarse que existía la guerra.
Que el enemigo presionaba y flanqueaba.
Que divisiones enteras de infantería se retiraban sin aceptar combate.
Que en las ciudades había hambre.
Que en las aldeas había rebeliones.
La primavera, igual que siempre, adornaba la tierra de belleza y agitaba los sueños.
Hasta el caballo, sudoroso por la mala alimentación, resoplaba, el muy canalla, miraba de lado con su ojo violáceo y parecía interesado únicamente en retozar y jugar.
El camino pasaba junto a una laguna medio cubierta de juncos.
Sobre el agua se reflejaba, llena de pliegues, una pared de creta.
El caballo redujo el paso y tiró hacia el agua.
Zotova desmontó, le quitó el freno y el animal entró hasta las rodillas y comenzó a beber.
Pero apenas tomó el primer sorbo levantó bruscamente la cabeza y, estremeciéndose entero, relinchó con fuerza y alarma.
Desde unos sauces, al extremo de la laguna, respondió otro relincho.
Zotova volvió a embridarlo rápidamente y saltó sobre la silla.
Mientras miraba hacia allí, sacó el fusil de la espalda.
Entre los sauces aparecieron dos cabezas.
Dos jinetes salieron a la orilla.
Se detuvieron.
Era una patrulla.
Pero ¿de quién?
¿De los nuestros o de los blancos?
El caballo de uno de ellos bajó la cabeza para espantarse un tábano de la pata.
El jinete estiró la mano hacia las riendas.
Sobre su hombro brilló una franja dorada.
¡Huir!
Olga golpeó al caballo con la vaina, se inclinó hacia delante y los arbustos de ajenjo y las bardanas secas comenzaron a volar hacia ella.
Detrás sonó el pesado galope que la perseguía.
Un disparo.
Miró de soslayo.
Uno de los jinetes se abría hacia la derecha para cortarle el paso.
Su caballo, un alazán del Don, volaba como un galgo.
Otro disparo detrás.
Olga arrancó el fusil de la espalda y soltó las riendas.
El jinete del caballo del Don estaba a unos cincuenta pasos.
—¡Alto! ¡Alto! —gritó terriblemente mientras agitaba el sable.
Era Valka Brykin.
Olga lo reconoció.
Clavó la pierna en el caballo y giró hacia él.
Levantó el fusil.
Su disparo relampagueó de odio ardiente.
El semental del Don sacudió la cabeza, se levantó sobre las patas traseras y cayó pesadamente, aplastando al jinete.
—¡Valka! ¡Valka! —gritó Olga, salvaje y alegre.
En aquel mismo instante el segundo jinete la alcanzó desde atrás.
Sólo vio sus largos bigotes y los grandes ojos abiertos de asombro.
—¡Una mujer!
Su sable levantado chocó débilmente contra el cañón del fusil de Olga.
El caballo lo arrastró hacia delante.
Olga ya no tenía el fusil en las manos.
Debió de arrojarlo o dejarlo caer; más tarde, cuando contaba la historia, nunca consiguió recordarlo.
Su mano sintió el peso vivo y elástico de la hoja del sable que acababa de desenvainar.
Su garganta cerrada soltó un chillido.
El caballo se tendió al galope.
Lo alcanzó.
Olga descargó un golpe de revés.
El hombre de los bigotes cayó sobre la crin de su caballo sujetándose la nuca con ambas manos.
El caballo de Olga, respirando bruscamente, la llevó a través de la estepa de ajenjo.
Ella descubrió que todavía apretaba la empuñadura del sable.
Con dificultad, incapaz de acertar con la vaina, consiguió guardarlo.
Después detuvo el caballo.
La pared blanca y la laguna quedaban ya muy lejos, a la izquierda.
La estepa estaba vacía.
Nadie la perseguía.
Habían cesado los disparos.
Las alondras tintineaban en el azul resplandeciente y cantaban bondadosas y dulces, como durante la infancia.
Olga agarró la camisa sobre el pecho.
Se apretó la garganta con los dedos, intentando aterrada contenerse.
No pudo.
Las lágrimas brotaron y todo su cuerpo comenzó a temblar mientras lloraba sobre la silla.
Durante el resto del camino hacia el cuartel general siguió secándose los ojos con rabia, primero con un puño y después con el otro.
En el escuadrón la obligaron cien veces a contar aquella historia.
Los soldados reían, movían la cabeza y se caían al suelo de la risa.
—¡Ay, que me muero, camaradas! ¡Una mujer se ha cargado a dos hombres!
—Espera, cuenta eso otra vez: ¿va hacia ti por detrás y de repente grita «¡una mujer!»?
—¿Y eran grandes sus bigotes?
—Se le salieron los ojos de las órbitas, del susto.
—¿Y ya no pudo levantar la mano?
—Naturalmente.
—Y tú entonces, ¡zas!, en la nuca... ¡Ay, camaradas, me muero! Menudo caballero...
—¿Y después qué hiciste?
—¿Qué queréis que hiciera después? —respondía Olga Viacheslávovna—. Lo normal: limpié el sable y continué hacia la división con el despacho.
Había una dificultad importante en la vida de campaña:
Olga Viacheslávovna no conseguía superar el pudor.
Le resultaba especialmente molesto cuando, durante un día caluroso, el escuadrón llegaba por fin a un río o un estanque.
Los hombres, completamente desnudos, entre arcoíris de agua pulverizada, entraban riendo y gritando en el agua azul montados sobre los caballos sin silla.
Zotova tenía que buscarse un rincón aparte detrás de unos arbustos o de los juncos.
Le gritaban:
—¡Muchacha idiota! ¡Ponte una venda alrededor y vente con nosotros!
Emeliánov vigilaba estrictamente la limpieza y el aseo.
—Si un jinete tiene un grano en el trasero, fuera de la formación. Ése no es un combatiente —solía decir—. Un jinete debe cuidar ante todo el cu... Siempre que las circunstancias lo permitan, verano e invierno, agua del pozo y un cuarto de hora de ejercicio físico.
Lavarse en el pozo también planteaba dificultades para Olga.
Tenía que levantarse antes que los demás y correr por el rocío helado cuando entre nubes estratificadas y brumas la mañana apenas comenzaba a abrirse como una rendija carmesí.
Un día sacó, haciendo gemir la pértiga del pozo, un cubo de agua helada y olorosa.
Lo dejó sobre el brocal.
Se desnudó, estremeciéndose por la humedad.
Y sintió como si algo hubiera tocado silenciosamente su espalda.
Se volvió.
Dmitri Vasílievich estaba de pie en el porche y la contemplaba de una manera fija y extraña.
Olga se ocultó lentamente detrás del pozo y se agachó hasta que sólo quedaron visibles sus ojos, abiertos y sin parpadear.
De haber sido cualquier otro camarada, habría gritado simplemente:
—¿Qué demonios miras? ¡Vuélvete!
Pero la voz se le había secado por la vergüenza y la emoción.
Emeliánov se encogió de hombros, sonrió y se marchó.
El incidente no tenía importancia.
Y, sin embargo, desde aquel momento todo cambió.
De repente, hasta las cosas más sencillas se volvieron complicadas.
El escuadrón pasó una noche en unas granjas incendiadas.
Para dormir sólo había una cama, como sucedía con frecuencia.
Aquella noche Olga se acostó en el borde extremo, sobre una manta que olía a caballo, y permaneció despierta mucho tiempo aunque apretaba con fuerza los párpados.
A pesar de todo no oyó cuándo llegó Emeliánov.
Cuando los gallos la despertaron descubrió que él había dormido directamente en el suelo, junto a la puerta.
Había desaparecido la sencillez.
Al hablar, Dmitri Vasílievich fruncía el ceño y miraba hacia otro lado.
Ella sentía sobre su rostro y sobre el de él la misma máscara tensa y fingida.
Y, sin embargo, durante aquellos días vivía borracha de felicidad.
Hasta entonces Zotova no había participado en una acción verdaderamente importante.
El regimiento continuaba retirándose hacia el norte con la división.
Durante las pequeñas escaramuzas permanecía siempre junto al comandante del escuadrón.
Pero en algún lugar del frente ocurrió una gran desgracia.
Comenzaron a hablar de ella en voz baja y con inquietud.
El regimiento recibió la orden de atravesar las líneas enemigas, recorrer la retaguardia y volver a abrirse paso hasta el extremo del flanco del ejército.
Por primera vez Olga oyó la palabra:
raid.
Partieron inmediatamente.
El escuadrón de Emeliánov iba primero.
Al caer la noche se detuvieron en un bosque, sin quitar los frenos a los caballos y sin encender fuego.
La lluvia tibia sonaba sobre las hojas.
No podía verse una mano extendida delante del rostro.
Olga estaba sentada sobre un tocón cuando una mano afectuosa se posó en su hombro.
Supo quién era.
Suspiró y levantó la cabeza.
Dmitri Vasílievich se inclinó sobre ella.
—¿No te acobardarás? Bueno, bueno... Ya sabes. Mantente cerca de mí...
Después sonó una orden en voz baja.
Los hombres montaron sin hacer ruido.
Olga avanzó a tientas hasta que su estribo tocó el de Dmitri Vasílievich.
Marcharon mucho tiempo al paso.
Bajo los cascos chapoteaba el barro.
De algún lugar llegaba olor a hongos.
Después aparecieron claros borrosos dentro de la oscuridad impenetrable.
El bosque se hacía menos espeso.
A la derecha, muy cerca, saltaron agujas de fuego.
Los estampidos corrieron por el bosque negro.
Emeliánov gritó:
—¡Sables fuera!... ¡March, march!
Las ramas mojadas azotaron los rostros.
Los caballos se apretaban unos contra otros, resoplaban, las rodillas golpeaban los troncos.
Y de repente una explanada gris y humeante que descendía hacia abajo se abrió delante de ellos.
Por ella ya corrían sombras de jinetes.
La orilla se cortaba de pronto.
Olga clavó las espuelas.
El caballo recogió las patas traseras y se lanzó al río.
El regimiento había atravesado la línea y se encontraba en la retaguardia enemiga.
Galoparon por la oscuridad bajo nubes bajas.
La estepa temblaba bajo los cascos de quinientos caballos.
A pleno galope, entrecortadas, comenzaron a sonar las trompetas.
Llegó la orden de desmontar.
Distribuyeron hombreras y escarapelas blancas entre los escuadrones.
Emeliánov reunió a sus hombres en círculo.
—A efectos de camuflaje, desde este momento somos un regimiento combinado del Ejército del Cáucaso Norte del teniente general barón Wrangel. ¿Lo habéis entendido, hijos de gallina?
Los soldados relincharon de risa.
—¿Quién se ríe? ¡Un puñetazo en los dientes! ¡Silencio! Yo ya no soy «camarada comandante». Ahora soy su señoría, el señor capitán.
Encendió una cerilla.
En su hombro brilló una hombrera dorada con una franja y sin estrellas.
—Vosotros ya no sois camaradas, sino tropa. Firmes, saludad, tratadme de usted... ¡Sileeeencio! ¡Brazos pegados al cuerpo! ¿Comprendido?
Todo el escuadrón rugía de risa, se ponía firme y saludaba, añadiendo a «su señoría» toda clase de palabras sencillas.
—Cosed las hombreras. La estrella al bolsillo. La escarapela en la gorra. Descanso. Podéis fumar.
Durante tres días el regimiento disfrazado recorrió a toda velocidad la retaguardia de Wrangel.
Tras su paso se levantaban columnas de humo negro.
Ardían estaciones ferroviarias, trenes y almacenes militares.
Volaban por los aires depósitos de agua y polvorines.
Al cuarto día los caballos comenzaron a agotarse y tropezar.
Hicieron una parada diurna en una aldea apartada.
Olga atendió a su caballo y, sin siquiera pasar al otro lado de un montón de heno, cayó junto a él y se quedó dormida.
La despertó la risa sonora de una mujer.
Una campesina fresca y robusta, con una falda negra recogida por encima de las pantorrillas desnudas, decía a alguien mientras señalaba a Zotova:
—Qué chico tan guapo...
La mujer colgaba sobre una cuerda las vendas de los pies recién lavadas.
Cuando Olga entró en la casa, Emeliánov estaba sentado junto a la mesa, soñoliento y alegre, con pelusa en el pelo y los pies descalzos.
Así que eran sus vendas las que aquella mujer había lavado.
—Siéntate. Ahora traerán borsch. ¿Quieres vodka? —dijo Emeliánov.
La campesina entró con una olla de borsch, apartando la mejilla colorada del vapor aromático.
Dejó la olla con un golpe justo delante de Emeliánov y movió el hombro carnoso.
—Parece que los estábamos esperando; hasta hemos hecho borsch...
Tenía una voz aguda y cantarina.
Descarada.
Atrevida.
—También le he lavado las vendas. Antes de que se dé cuenta estarán secas...
Y lanzó a Dmitri Vasílievich una mirada de perra.
Él comía y gruñía satisfecho.
Parecía haberse vuelto blando de repente.
Olga dejó la cuchara.
Una serpiente rabiosa le mordió el corazón.
Quedó lívida.
Bajó los ojos.
Cuando la mujer salió retorciéndose por la puerta, Olga la alcanzó en el zaguán, la agarró del brazo y, ahogándose, le susurró:
—¿Qué pasa? ¿Quieres morir?
La mujer lanzó un grito, arrancó violentamente el brazo y huyó.
Dmitri Vasílievich miró varias veces a Olga completamente desconcertado.
¿Qué mosca la había picado?
Pero cuando fue a montar vio aquellos ojos feroces y oscurecidos, las aletas de la nariz ensanchadas y a la campesina, despeinada, asomándose aterrada desde la esquina del cobertizo como una rata.
Entonces lo comprendió todo.
Y se echó a reír como antiguamente, enseñando toda la blancura de sus dientes.
Al cruzar la puerta rozó con la rodilla la de Olga y le dijo con una ternura inesperada:
—Ay, tontita...
A Olga estuvieron a punto de brotarle las lágrimas.
Al quinto día descubrieron que una división entera de cosacos seguía las huellas del regimiento rojo disfrazado.
Ahora huían a toda velocidad, abandonando los caballos agotados.
Al caer la noche comenzó un combate de retaguardia.
La bandera del regimiento fue confiada al primer escuadrón.
Sin detenerse irrumpieron en una aldea oscura, sin una sola luz.
Golpeaban los postigos con las empuñaduras de los sables.
Los perros aullaban.
Todo parecía muerto.
Sólo una campana golpeó una vez en el campanario y volvió a callar.
Finalmente trajeron a dos campesinos que habían encontrado escondidos entre la paja, peludos como espíritus del bosque.
Mirando aterrados a los jinetes sólo repetían:
—Hermanos, buenos hermanos, no nos matéis...
Emeliánov se inclinó desde la silla.
—¿Vuestra aldea está con los blancos o con el poder soviético?
—Hermanos, nosotros mismos no lo sabemos... Todos nos han quitado cosas, todos nos han saqueado, todos nos han arruinado...
Finalmente consiguieron averiguar que la aldea no estaba ocupada todavía por nadie, que efectivamente esperaban a los cosacos de Wrangel y que al otro lado del río, detrás del puente ferroviario, había bolcheviques atrincherados.
El regimiento se quitó las hombreras, volvió a ponerse las estrellas rojas y cruzó el puente hacia su propio lado.
Allí descubrieron que los blancos avanzaban como locos a lo largo de todo el frente y que había orden de defender aquel puente aunque todos murieran.
Pero no tenían con qué combatir.
Las cintas de munición no servían para las ametralladoras.
Las trincheras estaban llenas de piojos.
No había pan.
Los soldados rojos, alimentados con grano hervido, estaban hinchados hasta extremos espantosos.
Por la noche desertaban.
Había habido un agitador, pero había muerto de diarrea.
El comandante del regimiento estableció comunicación directa con el comandante en jefe.
Era cierto.
La orden era defender el puente hasta la última gota de sangre mientras el ejército salía del cerco.
—No saldremos vivos de aquí —dijo Emeliánov.
Llenó dos marmitas en el río, entregó una a Olga y se sentó junto a ella contemplando el contorno incierto de la orilla opuesta.
Una estrella turbia y amarillenta permanecía suspendida sobre el río.
Durante todo el día las baterías de Wrangel habían destrozado las trincheras bolcheviques con fuego constante.
Al anochecer llegó una orden:
atravesar el puente, expulsar a los blancos del río y ocupar la aldea.
Olga Viacheslávovna contemplaba el reflejo turbio e inmóvil de la estrella sobre el agua.
Había tristeza en aquella luz.
—Vamos, Olia —dijo Dmitri Vasílievich—. Hay que dormir una hora.
Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
Desde los matorrales subían sigilosamente hacia la orilla escarpada hombres con marmitas de agua.
Durante todo el día había sido imposible acercarse al río y nadie había bebido una sola gota.
Todos conocían ya aquella terrible orden.
Para muchos, aquella noche parecía la última.
—Bésame —dijo Olga con una tristeza silenciosa.
Él depositó cuidadosamente la marmita en el suelo.
La atrajo por los hombros.
La gorra de Olga cayó.
Cerró los ojos.
Emeliánov la besó en los ojos, en la boca, en las mejillas.
—Te haría mi mujer, Olia... Pero ahora no se puede. Lo comprendes...
Los ataques nocturnos fueron rechazados.
Los blancos fortificaron el puente, cubrieron su extremo con alambre y disparaban a lo largo de él con las ametralladoras.
Una mañana gris nació sobre el río humeante y las praderas húmedas.
La tierra saltaba a cada instante en ambas orillas como si crecieran y se derrumbaran arbustos negros.
El aire aullaba y chillaba.
La metralla explotaba en nubes compactas.
El estruendo embrutecía a los hombres.
Cerca del puente yacían numerosos cuerpos con los brazos abiertos y el rostro contra la tierra.
Todo era inútil.
Los hombres ya no podían avanzar contra las ametralladoras.
Entonces, detrás del terraplén ferroviario, ocho comunistas se reunieron bajo la bandera del regimiento.
Desgarrada y agujereada por las balas, al amanecer parecía del color de la sangre.
Dos escuadrones montaron.
El comandante del regimiento dijo:
—Hay que morir, camaradas.
Y avanzó al paso hasta situarse bajo la bandera.
Dmitri Vasílievich era el octavo.
Desenvainaron los sables.
Clavaron las espuelas.
Salieron de detrás del terraplén y cargaron a pesado galope sobre las tablas resonantes del puente.
Olga lo veía todo.
El caballo de uno cayó contra la barandilla y jinete y animal se precipitaron desde más de veinte metros hacia el río.
Siete llegaron al centro.
Otro cayó de la silla como si se hubiera dormido.
Los primeros alcanzaron el alambre y comenzaron a cortarlo con los sables.
El alto abanderado se tambaleó.
La bandera descendió.
Emeliánov se la arrancó de las manos.
Inmediatamente su caballo cayó y comenzó a debatirse.
Las balas cantaban calientes.
Olga Viacheslávovna galopaba por las tablas llenas de grietas, suspendida sobre una altura vertiginosa.
Detrás de Zotova rugieron y temblaron las estructuras de hierro del puente.
Ciento cincuenta gargantas lanzaron un alarido.
Dmitri Vasílievich estaba de pie con las piernas separadas, sujetando el asta delante del cuerpo.
Su rostro estaba muerto.
De la boca abierta le corría sangre.
Al pasar junto a él, Olga le arrancó la bandera de las manos.
Emeliánov se inclinó hacia la barandilla.
Se sentó.
Los escuadrones pasaron como una tormenta:
crines,
espaldas encorvadas,
hojas de acero.
Todos consiguieron llegar a la otra orilla.
El enemigo huyó.
Los cañones callaron.
Durante mucho tiempo la bandera destrozada siguió ondeando sobre la avalancha de jinetes que atravesaba el campo y desaparecía detrás de los sauces de la aldea.
Ahora la llevaba un soldado rojo de rostro ancho, golpeando al caballo con los talones desnudos y agitando el asta.
—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Acabad con ellos!
A Olga Viacheslávovna la recogieron del campo.
La caída la había dejado inconsciente y tenía una herida grave en el muslo.
Los camaradas del escuadrón sentían una compasión terrible por ella.
No sabían cómo decirle que Emeliánov había muerto.
Enviaron una delegación al comandante del regimiento para pedir que Zotova recibiera una condecoración por su hazaña.
Pensaron durante mucho tiempo qué podían darle.
Una pitillera no: no fumaba.
Un reloj no parecía cosa de mujer.
En el macuto de un jinete encontraron un broche de oro puro:
una flecha atravesando un corazón.
El comandante aceptó sin objeciones, aunque al redactar la orden hizo una precisión:
—Condecorar a Zotova por su hazaña con el broche de oro en forma de flecha; el corazón, como emblema burgués, deberá ser retirado.
4
Como un pájaro que vuela por un cielo de viento y locura y de pronto, con las alas quebradas, cae hecho un ovillo sobre la tierra, así se interrumpieron y se hicieron añicos la vida apasionada y el amor inocente de Olga Viacheslávovna.
Y comenzaron unos días pesados, nebulosos, de los que ya no necesitaba nada.
Durante mucho tiempo fue arrastrándose de hospital en hospital.
La evacuaban dentro de vagones podridos.
Se congelaba bajo un capote miserable.
Se moría de hambre.
La gente era desconocida y hostil.
Para todos ella era únicamente el número correspondiente dentro de una lista de hospital.
No existía una sola persona cercana en todo el mundo.
Vivir resultaba nauseabundo y oscuro.
Y, aun así, la muerte no conseguía llevársela.
Cuando recibió el alta tenía la cabeza completamente rapada y estaba tan delgada que el capote y las botas le colgaban como si estuvieran puestos sobre un esqueleto.
Fue a la estación, donde en las salas de espera vivían y morían sobre el suelo unas criaturas que apenas parecían seres humanos.
¿Adónde ir?
El mundo entero era como un campo salvaje.
Regresó a la ciudad, al punto de reclutamiento del comisariado militar.
Presentó sus documentos y el broche de la flecha que había recibido como condecoración.
Poco después se marchó en un tren hacia Siberia.
A seguir combatiendo.
El golpeteo de las ruedas.
El calor de hierro de la pequeña estufa entre humo azulado.
Miles y miles de verstas.
Canciones tan largas como el camino.
El hedor y la nieve llena de suciedad de los cuarteles.
Las letras a gritos de los carteles militares.
Pedazos de carteles y de Dios sabe qué anuncios y comunicados: jirones de papel que susurraban bajo la helada.
Reuniones sombrías entre paredes de troncos, iluminadas apenas por una lámpara que humeaba.
Y otra vez nieve.
Pinos.
El humo de las hogueras.
El conocido sonido de los látigos de hierro del combate.
Frío.
Aldeas incendiadas.
Manchas de sangre sobre la nieve.
Miles y miles de cadáveres, dispersos como leños, que el viento iba cubriendo de nieve...
Todo aquello se mezclaba en sus recuerdos y formaba un único rollo interminable de calamidades.
Olga Viacheslávovna estaba delgada y oscura.
Podía beber alcohol carburante.
Fumaba makhorka.
Y, cuando era necesario, sabía soltar obscenidades tan bien como cualquiera.
Casi nadie la consideraba una mujer.
Era demasiado flaca y demasiado malvada.
Como una víbora.
Hubo una ocasión en que un camarada de cuartel, un hombre barbudo y de enormes labios al que llamaban «el Bocazas», se le acercó de noche pidiéndole «divertirse un rato».
Con una furia repentina Olga le asestó tal golpe con la empuñadura del Nagant en el puente de la nariz que tuvieron que llevar al hombre a la enfermería.
Después de aquello desaparecieron incluso las ganas de pensar en «la Viborcita».
En primavera el destino la llevó hasta Vladivostok.
Por primera vez en su vida vio el océano.
Azul.
Oscuro.
Vivo.
Largas crines de espuma corrían hacia la costa; las olas se levantaban ya en el horizonte y, después de recorrer aquella distancia, golpeaban el malecón y volaban convertidas en nubes líquidas.
Olga Viacheslávovna quiso marcharse en un barco.
Reviven en sus recuerdos las imágenes sobre las que había soñado durante la infancia:
costas pobladas por árboles jamás vistos,
picos de montañas,
un rayo de sol descendiendo desde nubes inconmensurables,
el viaje silencioso de un pequeño barco...
Pasar junto al cabo de las Tormentas.
Sentarse melancólica sobre una piedra a orillas del Zambeze...
Naturalmente, todo aquello eran tonterías.
Nadie la aceptó en ningún barco.
Sólo un viejo práctico, en una taberna clandestina del puerto, la tomó por una prostituta y, con lágrimas de borracho, lamentó aquella juventud perdida.
Después le tatuó un ancla en el brazo.
—Recuerda —le dijo—: esto significa esperanza de salvación.
Después terminó la guerra.
Olga Viacheslávovna compró en el bazar una falda hecha con una cortina de felpa verde y comenzó a trabajar en distintas instituciones:
mecanógrafa de un comité ejecutivo,
secretaria del Glavles,
o simplemente una señorita encargada de papeles, trasladada junto con su escritorio de un piso a otro.
Nunca permanecía mucho tiempo en el mismo lugar.
Se desplazaba constantemente de ciudad en ciudad.
Cada vez más cerca de Rusia.
Pensaba:
ojalá pudiera atravesar alguna vez aquel puente.
Regresar hasta la orilla donde Dmitri Vasílievich había llenado una marmita en el río y se había sentado junto a ella por última vez.
Encontraría incluso aquel arbusto de sauce y el lugar aplastado donde estuvieron sentados...
El pasado no se olvidaba.
Vivía sola.
Con dureza.
Pero poco a poco la rigidez de la guerra comenzó a desprenderse de ella.
Olga Viacheslávovna volvía a convertirse en mujer.
5
A los veintidós años tenía que comenzar una tercera vida.
Lo que ahora estaba sucediendo se lo imaginaba como el esfuerzo de poner bajo el yugo del trabajo a unos caballos de guerra.
El país, estremecido, todavía erizaba cada uno de sus pelos.
Los ojos, todavía embriagados de sangre, buscaban algo que destruir.
Y, sin embargo, por todas partes, levantando una barrera frente al día de ayer, empezaban a blanquear hojas de decretos que llamaban a reparar, reconstruir, edificar.
Olga leía y oía hablar de aquello.
Y le parecía más difícil que la guerra.
Las ciudades por las que pasaba habían sido destruidas con una furia salvaje.
Todo estaba torcido y derrumbado.
Sobre los solares quemados crecía la ortiga.
El hombre vivía debajo de una simple estera.
Comía.
Dormía.
Y mientras dormía seguía soñando con imágenes de la guerra.
La creatividad se expresaba fabricando escobas para los baños y cacharros de barro idénticos a los de los antepasados del Neolítico.
Las hojas de los decretos llamaban a restaurar y crear.
¿Con qué manos?
Con aquellas mismas.
Con aquellas manos todavía encorvadas como las garras de un ave de presa.
Durante las horas del crepúsculo Olga Viacheslávovna disfrutaba vagando por la ciudad.
Miraba los rostros sombríos y desconfiados de personas cuyas arrugas de ira, terror y odio todavía no se habían alisado.
Conocía perfectamente aquella contracción de los labios, aquellos muñones, los huecos donde habían estado unos dientes devorados por la guerra.
Todos habían pasado por allí.
Desde el niño hasta el anciano.
Y ahora vagaban por una ciudad llena de inmundicia, vestidos con ropas de sacos o con las cortinas de los burgueses, calzando bastas sandalias destrozadas, despeinados y preparados a cada instante para echarse a llorar o matar.
Los decretos exigían con insistencia:
creación, creación, creación...
Sí.
Aquello era más difícil que hacer volar un puente con una carga de piroxilina.
Más difícil que despedazar a sablazos a la dotación de una batería durante una carga de caballería.
Más difícil que bombardear un edificio industrial donde estuviera atrincherado el enemigo.
Olga Viacheslávovna se detenía delante de un cartel multicolor pegado sobre una valla inclinada.
Alguien ya lo había tachado con un pedazo de yeso y había escrito encima una obscenidad.
Ella contemplaba rostros imposibles, banderas desplegadas, edificios de cien plantas, chimeneas y humos que ascendían hacia unas letras que parecían bailar:
INDUSTRIALIZACIÓN.
Era impresionable con una pureza casi virginal.
Soñaba delante de aquel cartel elegante.
La grandeza de aquella nueva lucha la emocionaba.
El crepúsculo se oscurecía.
El último frenesí de sus colores atravesaba una nube de plomo y encendía los cristales rotos de los edificios vacíos y abiertos como bocas.
De vez en cuando pasaba un transeúnte mordisqueando semillas de girasol y escupiendo sobre el barro de una calle destruida, donde yacían planchas oxidadas y el cadáver de un gato enseñando los dientes.
Semillas.
Semillas.
El ocio humano se llenaba con el movimiento de las mandíbulas.
El cerebro dormía entre las sombras.
En aquellas semillas había un regreso a una existencia anterior al hacha de piedra.
Olga Viacheslávovna cerraba los puños.
No podía reconciliarse con el silencio, las semillas, las escobas de baño y los inmensos solares vacíos de provincias.
Consiguió finalmente un traslado a Moscú.
Llegó con su falda verde confeccionada con una cortina de felpa, llena de decisión y espíritu de sacrificio.
Olga aceptaba tranquilamente las privaciones de la vida cotidiana.
Había pasado por cosas peores.
Durante sus primeras semanas en Moscú durmió donde pudo.
Después consiguió una habitación en un piso comunal de Zariadie.
Rellenó formularios.
Presentó innumerables solicitudes.
Y, de pronto, quedó amansada ante la increíble complejidad del viaje que realizaban todos aquellos papeles y ante el ruido de las instituciones de varias plantas que zumbaban como colmenas.
Consiguió empleo en el departamento de control del Trust de Metales No Ferrosos.
Tenía la sensación de ser un gorrión que hubiera penetrado en el mecanismo de mil ruedas del reloj de una torre.
Recogió la cola.
Llegaba al trabajo exactamente a su hora.
Observaba.
Se intimidaba.
Por mucho que forzase el entendimiento, no conseguía determinar qué utilidad aportaba copiando papeles.
Allí no servían de nada su agilidad, su valentía insensata ni aquella furia de víbora.
Sólo golpeaban las máquinas Underwood, como pequeños martillos dentro de los oídos durante el delirio del tifus.
Susurraban papeles.
Voces administrativas murmuraban dentro de los teléfonos.
¡Qué distinto había sido en la guerra!
Allí todo era claro y preciso:
bajo el canto de las balas,
siempre hacia un objetivo visible.
Poco a poco, como era natural, se acostumbró.
Se adaptó.
«Alisó el pelaje».
Los días comenzaron a correr:
laborales,
idénticos,
tranquilos.
Para no hundirse completamente dentro del olvido de las oficinas empezó a aceptar tareas sociales.
Introdujo en las actividades del club la disciplina y la terminología del escuadrón.
Tuvieron que contener varias veces su excesiva brusquedad.
El primer golpe llegó del subjefe, que trabajaba a un lado de ella, al otro lado de la puerta del despacho del jefe.
Fue a causa del tabaco makhorka.
—Me sorprende usted, camarada Zotova. Una mujer en general bastante interesante y ha apestado todo el despacho con makhorka... ¿Es que no tiene ninguna feminidad? Podría fumar «Java»...
Aquella observación insignificante debió de llegar exactamente en el momento adecuado.
Primero Olga se sintió molesta.
Después sintió un dolor que casi la hizo llorar.
Al salir del trabajo se detuvo en el descansillo delante de un espejo y por primera vez en muchos años se miró como una mujer.
—¡El diablo sabe qué es esto!... ¡Un espantapájaros!
La falda de felpa estaba gastada, levantada por delante y deshilachada por detrás por los tacones.
Zapatos de hombre.
Una blusa gris de percal.
¿Cómo había sucedido aquello?
Dos mecanógrafas, con falditas provocativas y medias rosas, pasaron corriendo.
Miraron a Zotova, inmóvil y salvaje delante del espejo.
En el piso inferior estallaron en risitas.
Sólo consiguió distinguir:
—...se asustarían los caballos...
La sangre inundó el hermoso rostro gitano de Olga Viacheslávovna.
Una de aquellas mecanógrafas vivía precisamente en el mismo piso de Zariadie.
Se llamaba Sonia Varentsova.
Varios días después, las mujeres que habitaban el piso del callejón Pskovski quedaron asombradas por una extraña conducta de Olga Viacheslávovna.
Aquella mañana entró en la cocina para lavarse.
Clavó unos ojos brillantes como los de una víbora sobre Sonia Varentsova, que preparaba el desayuno.
Se acercó.
Señaló sus medias.
—¿Dónde has comprado esto?
Le levantó la falda a Sonia.
Señaló la ropa interior.
—¿Y esto dónde lo has comprado?
Preguntaba con furia, como si estuviera descargando golpes de sable.
Sonia, tierna por naturaleza, se asustó ante aquellos movimientos bruscos.
Rosa Abrámovna acudió al rescate.
Explicó con voz melodiosa y todo detalle que Olga podría encontrar aquellas cosas en Kuznetski Most; que en París se llevaban ahora los vestidos chemise, las medias color carne y todas aquellas cosas.
Olga Viacheslávovna escuchaba y asentía bruscamente.
—Entendido... Bien... Comprendido...
Después agarró uno de los rizos claros de Sonia.
Aunque aquello no era la crin de un caballo, sino un mechón extraordinariamente delicado.
—¿Y esto cómo se peina?
—Sin ninguna duda, hay que cortarlo, tesoro mío —canturreó Rosa Abrámovna—. Cortado à la garçonne, y después ondulado...
Piotr Semiónovich Morsh entró en la cocina, escuchó un momento y, haciendo brillar satisfecho la calva, soltó:
—Un poco tarde realiza usted la transición desde el comunismo de guerra, Olga Viacheslávovna...
Ella giró hacia él con tal rapidez que posteriormente él aseguraría que hasta le castañetearon los dientes.
Dijo en voz baja, pero perfectamente clara:
—¡Cerdo mal degollado! Si te hubiera encontrado yo en campo abierto...
En las oficinas del Trust de Metales No Ferrosos todos quedaron desconcertados cuando Zotova apareció vestida con un traje negro de seda de manga corta, medias color carne y zapatitos de charol.
El cabello castaño estaba cortado à la garçonne y brillaba como piel de zorro negro.
Se sentó a su escritorio y bajó mucho la cabeza sobre los papeles.
Tenía las orejas ardiendo.
El subjefe, un muchacho joven e ingenuo, abrió los ojos desmesuradamente bajo un teléfono que repiqueteaba como loco.
—¡Caramba! ¿De dónde ha salido esto?
La verdad era que Zotova estaba terriblemente hermosa.
Un rostro fino y elegante cubierto por un ligero vello moreno en las mejillas.
Ojos como la noche.
Largas pestañas.
Se había limpiado de tinta las manos.
En una palabra:
pon la máquina en marcha.
Hasta el jefe asomó casualmente desde el despacho y la pinchó con un ojo de plomo.
—¡Una chica de choque! —dicen que comentó después.
Vinieron desde otras habitaciones sólo para mirarla.
No se hablaba de otra cosa que de la increíble transformación de Zotova.
Ella llevaba aquella nueva piel con la misma naturalidad y libertad con que en otro tiempo había llevado el uniforme del instituto o el casco de caballería, la pelliza fuertemente ceñida y las espuelas.
Sólo cuando los hombres la miraban demasiado bajaba las pestañas al pasar,
como si cubriera el alma.
Al parecer, el efecto embriagador de la belleza femenina procede de una antigua ley de eugenesia natural.
Pero aquella remotísima causa apenas podía arrojar luz alguna sobre el complejo desconcierto espiritual en que cayó el subjefe Iván Fiódorovich Pedotti después de contemplar durante tres días a Olga Viacheslávovna desde su puesto al otro lado de la puerta.
Pasaban minutos y horas.
Sonaba el teléfono.
Se firmaban documentos.
Y a él le parecía cada vez más hermosa.
Experimentaba la emoción de un niño que abre por primera vez los ojos al mundo bajo torrentes de sol matinal.
Veía el milagro de la vida.
Pedotti era joven, inexperto y poco familiarizado con la literatura.
Estaba convencido de que «el problema sexual» debía resolverse por procedimientos de choque.
El instinto le decía que lo que le sucedía era extraordinario y muy grave, semejante a contraer la rabia, y que había que lanzarse a toda velocidad hacia el objetivo.
Pero por alguna razón tenía miedo.
Durante sus atormentadas búsquedas de una fórmula ideológica capaz de vencer su timidez —e incluso aquella repentina cobardía, porque normalmente no era hombre miedoso— recordó una escena.
El verano abrasador de 1920.
Una ciudad marítima.
El escalofrío febril que le producía contemplar a cada mujer que pasaba.
Y un antiguo camarada de armas, un hombretón rojo como el cobre, de pelo cobrizo.
Tumbado sobre la arena, con las piernas dentro del mar azul, aquel hombre le había comunicado la fórmula para abordar el problema:
—Lo principal es agarrarla por los pechos y no andar con mariconadas...
Al tercer día, a las cinco, mientras Zotova arrancaba un trozo de papel secante, lo humedecía con saliva y limpiaba una mancha de tinta del codo, Pedotti se acercó a su mesa con el ceño fruncido.
—Tenemos que hablar de una cosa extremadamente seria.
Olga Viacheslávovna levantó apenas las hermosas líneas de sus cejas y se puso el sombrero.
Salieron.
—Lo más sencillo es ir a mi casa. Está aquí mismo, a la vuelta de la esquina.
Zotova encogió ligeramente un hombro.
Caminaron.
El viento caliente arrastraba polvo.
Los moscovitas, sudorosos y apresurados, olían mal.
Pero de todos los olores de la ciudad sólo uno llegaba hasta la nariz de Pedotti, helada por la emoción:
el olor, extraordinariamente agradable, de su indiferente compañera.
Subieron al cuarto piso.
Olga Viacheslávovna entró primero en la habitación y se sentó.
—Bueno —preguntó—, ¿de qué quería hablar conmigo?
Pedotti arrojó la cartera sobre la cama, se revolvió el cabello y, venciendo mediante la fuerza de voluntad aquel asqueroso eructo de idealismo que amenazaba con apoderarse de él, comenzó a golpear con el puño el aire sin ventilar.
—Camarada Zotova, nosotros abordamos siempre las cuestiones de frente, directamente... Por procedimientos de choque... La atracción sexual es un hecho real y una necesidad natural... Todo ese romanticismo hace tiempo que debería haberse arrojado por la borda... Bueno... Ya le he explicado los fundamentos... ¿Lo comprende todo?
Agarró a Olga debajo de los brazos y trató de arrancarla de la silla para apretarla contra su pecho.
Dentro de aquel pecho, de manera frenética y vergonzosa, como si se encontrara al borde de un abismo inexpresable, golpeaba su corazón ignorante.
Pero encontró inmediatamente resistencia.
No era tan fácil arrancar a Zotova de una silla.
Era delgada y elástica como el acero.
Sin alterarse, casi con tranquilidad, Olga Viacheslávovna agarró ambas muñecas de Pedotti y se las retorció de tal manera que éste gimió, trató de soltarse y, como ella continuaba atormentándolo, gritó:
—¡Me hace daño! ¡Suélteme! ¡Váyase al diablo!
—La próxima vez no te abalances sin preguntar, idiota —dijo ella.
Lo soltó.
Cogió de una caja sobre la mesa un cigarrillo «Java».
Lo encendió.
Y se marchó.
Olga Viacheslávovna pasó la noche dando vueltas en la cama.
Se sentaba junto a la ventana.
Fumaba.
Volvía a intentar esconder la cabeza debajo de las almohadas.
Durante aquellas horas recordó su vida entera.
Todo lo que parecía haberse dormido para siempre despertó y comenzó a sufrir, cubierto de lágrimas.
Vaya noche del demonio.
¿Y por qué?
¿Por qué?
¿No era posible vivir fresca como el agua de un manantial, sin aquella fiebre del amor?
Y mientras se estremecía comprendía que, aunque la vida la había golpeado y triturado en un mortero, no había conseguido sacarle aquella tontería del cuerpo.
Ahora empezaría aquello.
Sin duda.
No podría evitarlo.
No podría escapar.
A la mañana siguiente, cuando iba hacia la cocina para lavarse, Olga oyó risas.
Y la voz de Sonia Varentsova:
—Es increíble hasta qué punto se hace la difícil... Da asco verla... No se la puede tocar, según parece, tan selectiva que es... Cuando rellenó el formulario escribió con unas letras enormes: «señorita»...
Risas.
El siseo de los Primus.
—Y todo el mundo dice que simplemente la llevaban detrás del escuadrón... ¿Lo entendéis? ¡Vivía prácticamente con todo el escuadrón!
La voz de María Afanásievna, la costurera:
—Sífilis sin ninguna duda. Se le ve en la cara.
La voz de Rosa Abrámovna:
—Y mírala, parece la baronesa Rothschild.
El tono grave de Piotr Semiónovich Morsh:
—Tengan cuidado con ella. Hace mucho que yo he calado a esa víbora. Hará carrera delante de nuestras narices.
La voz indignada de Sonia:
—Usted siempre tiene que soltar alguna barbaridad, Piotr Semiónovich. Tranquilícese. Hoy día no se hace carrera con unos antecedentes como ésos...
Olga Viacheslávovna entró en la cocina.
Todos callaron.
Su mirada se detuvo sobre Sonia Varentsova.
Las arrugas que aparecieron junto a su boca expresaban un grado tan supremo de repugnancia que las mujeres empezaron a hervir de indignación.
Pero aquella vez Olga no gritó.
Sonia Varentsova tenía razón.
Con unos antecedentes como los de Olga Viacheslávovna no se hacía carrera.
Después del incidente con Pedotti, que llegó a odiarla con toda la fuerza del orgullo masculino azotado, alrededor de Zotova surgió una hostilidad silenciosa entre las mujeres y una actitud burlona entre los hombres.
Nadie quería discutir directamente con ella.
Era peligroso.
Pero Olga sentía con la nuca aquellas miradas hostiles que la perseguían.
Los apodos se consolidaban:
la víbora.
La marcada.
La puta del escuadrón.
Los escuchaba entre susurros.
Los encontraba escritos sobre el papel secante.
Y lo más extraño era que aquellas estupideces le dolían.
Como si pudiera gritarles a todos:
«¡Pero yo no soy así!»
No en vano Dmitri Vasílievich la había llamado una vez «gitanita».
Con una oscura tristeza empezó a advertir que volvían a despertarse dentro de ella, ahora con toda la fuerza de una mujer adulta, los deseos.
Su virginidad se rebelaba.
Pero ¿qué podía hacer?
¿Lavarse de pies a cabeza bajo un grifo de agua helada?
Ya se había quemado demasiado.
Le daba miedo arrojarse otra vez al fuego.
No necesitaba aquello.
Era horrible.
Olga Viacheslávovna miró durante apenas un minuto a aquel hombre.
Y todo su ser dijo:
Él.
Era inexplicable.
Y tan catastrófico como chocar con un autobús que apareciera rugiendo desde un callejón.
El hombre estaba en el rellano leyendo el periódico mural.
Era alto, llevaba una blusa de lona y parecía empezar a engordar.
Empleados subían y bajaban las escaleras y corrían de una puerta a otra.
Olía a polvo y tabaco.
Todo era completamente normal.
El hombre contemplaba con una sonrisa perezosa una caricatura situada en el centro del periódico mural.
Representaba al director económico del Trust del Tabaco, cuyas oficinas estaban un piso más arriba.
Como Olga también se había detenido ante el periódico, el hombre se volvió hacia ella y señaló la caricatura.
Tenía una mano pesada, grande y hermosa.
—Usted está en la redacción, ¿verdad, camarada Zotova? Dibújenme todo lo que quieran, por delante y por detrás. No me importa... Pero esto no le sirve a nadie. Es una pequeñez. No tiene talento.
Su voz era baja y poderosa.
En la caricatura lo habían representado con un vaso de té entre varios teléfonos, de los que salían rayos quebrados.
La gracia consistía en que bebía té durante el horario laboral mientras los teléfonos lo llamaban a la actividad.
—Han tenido miedo de morder de verdad y se han limitado a ladrar sin talento, como criados. ¿Y qué si tomo té? En 1919 bebía alcohol con cocaína para no dormirme...
Olga Viacheslávovna lo miró a los ojos.
Grises.
Algo fríos.
Del color del acero cansado.
Le recordaban de alguna manera a aquellos otros ojos, amados y apagados para siempre.
El rostro bien afeitado era regular, grande, con una sonrisa inteligente y cansada.
Lo recordó.
En 1919 había sido dictador de abastecimientos en Siberia.
Había alimentado al ejército.
Su nombre había sembrado el terror durante decenas de miles de verstas.
Olga imaginaba a hombres como aquél caminando con la cabeza dentro de las nubes.
Barajaban acontecimientos y vidas como una baraja de cartas.
Y allí estaba ahora.
Con una cartera.
Con una sonrisa cansada.
Mientras la vida que él mismo había contribuido a engendrar corría a su lado empujándolo con los codos.
—Es una torpeza empequeñecer todo de esta forma —dijo otra vez—. Así terminaréis reduciendo toda la revolución a pequeñas caricaturas baratas. Los viejos hicieron su trabajo y ahora, al vertedero... Ya tenemos el sueldo, ahora vámonos a beber cerveza... Sí... La juventud es la juventud, pero resulta peligroso separarse del pasado. Sólo las efímeras viven exclusivamente para el día de hoy. Los seres de un solo día... Así están las cosas.
Se marchó.
Olga Viacheslávovna contempló su nuca poderosa y la ancha espalda que subía lentamente los escalones de piedra.
Le parecía que realizaba un enorme esfuerzo para no encorvarse bajo el peso de los días.
Sintió de pronto una compasión aguda por él.
Y, como es sabido,
la compasión...
A la primera oportunidad, llevando un documento del comité local, Olga subió hasta las sombrías dependencias del Trust del Tabaco y entró en el despacho del director económico.
Él removía con una cucharilla un vaso de té.
Sobre su cartera descansaba un bollo.
Junto a la ventana una mecanógrafa tecleaba furiosamente.
Olga Viacheslávovna estaba tan alterada que no reparó en ella.
Sólo veía aquellos ojos de acero.
El hombre leyó el papel que le había entregado.
Firmó.
Olga continuó allí de pie.
—Eso es todo, camarada... Puede marcharse.
Era realmente todo.
Cuando Olga cerraba la puerta tras de sí le pareció oír que la mecanógrafa soltaba una risita.
Ahora ya sólo quedaba volverse loca.
Porque no volverían a golpearla con una pesa.
No volverían a fusilarla en un sótano.
Aquel hombre no la sacaría en brazos.
No se sentaría junto a su cama.
No le prometería unas botitas tomadas de un estudiante muerto.
Pasó aquella noche de una manera que era mejor no recordar.
A la mañana siguiente los inquilinos miraron su habitación por el ojo de la cerradura.
Fue precisamente entonces cuando Piotr Semiónovich Morsh propuso introducir diez gramos de yodoformo por un tubo.
—Nuestra víbora se ha vuelto loca —dijeron en la cocina.
Sonia Varentsova sonrió misteriosamente.
En sus ojitos azules dormía la serenidad de una seguridad inconmovible.
Superar la timidez era más difícil que superar el miedo a la muerte.
Pero Olga Viacheslávovna había pasado por la escuela de la guerra.
Si había que hacerlo, había que hacerlo.
Esperar una casualidad.
Esperar la felicidad.
Actuar mediante pequeñeces: enseñar aquí unas medias color carne, sacar allí apresuradamente un hombro desnudo del vestido...
Aquello no era propio de ella.
Decidió:
iría directamente.
Se lo diría todo.
Y después que hiciera con ella lo que quisiera.
Porque de aquella manera no había vida posible.
Varias veces corrió detrás de él por las escaleras con intención de agarrarlo del brazo en plena calle:
—Lo amo. Me estoy muriendo...
Pero cada vez él subía a un automóvil sin reparar en Zotova entre los demás empleados.
Fue precisamente durante aquellos días cuando lanzó el Primus encendido contra Zhuravliov.
La vivienda comunal estaba saturada de electricidad de tormenta.
Sonia Varentsova se ponía nerviosa y abandonaba la cocina al escuchar los pasos de Zotova.
El bromista Vladímir Lvóvich Ponizovski consiguió entrar en la habitación de Olga con una llave improvisada y le colocó un tronco debajo del colchón.
Olga durmió toda la noche sin advertirlo.
Finalmente, un día el hombre salió andando del trabajo.
El automóvil estaba averiado.
Olga Viacheslávovna lo alcanzó.
Lo llamó de manera brusca, casi áspera.
La boca y la garganta se le quedaron secas.
Caminó a su lado.
No podía levantar los ojos.
Pisaba torpemente.
Llevaba los codos separados del cuerpo.
Un segundo se extendió hasta convertirse en eternidad.
Tenía calor y frío.
Ternura y rabia.
Él caminaba indiferente.
Sin sonrisa.
Severo.
—Lo que ocurre es...
—Lo que ocurre —la interrumpió inmediatamente él, con repugnancia— es que me hablan de usted por todas partes. Me sorprende, sí, sí... Usted me persigue... Sus intenciones son evidentes. Por favor, no mienta. No necesito explicaciones. Sólo ha olvidado usted que yo no soy un nepman que babea delante de cualquier cara bonita... En el trabajo social se ha comportado usted bien. Mi consejo es que se saque de la cabeza esos sueños pequeñoburgueses de medias de seda, polvos y demás... Todavía podría salir de usted una buena camarada.
Sin despedirse cruzó la calle.
En la acera, junto a una confitería, Sonia Varentsova lo tomó del brazo.
Encogiéndose de hombros y mostrando indignación, comenzó a decirle algo.
Él continuó frunciendo la cara con disgusto, soltó su brazo y siguió caminando con la pesada cabeza inclinada.
Una nube de humo de gasolina de un autobús los ocultó a los ojos de Olga Viacheslávovna.
Así que la heroína había resultado ser Sonia Varentsova.
Había sido ella quien había informado detalladamente al director económico del Trust del Tabaco acerca de la vida pasada y presente de «la puta del escuadrón» Zotova.
Sonia estaba triunfante.
Pero tenía un miedo espantoso.
La mañana de domingo que ya hemos descrito, cuando chirrió la puerta de Olga Viacheslávovna, Sonia huyó a su habitación y rompió a llorar, porque ya no soportaba tener que vivir permanentemente aterrada.
Después de lavarse, Olga había dicho sin que se supiera por qué:
—¡Ah, el diablo sabe qué es esto!
Lo dijo dos veces.
En la cocina.
Y otra vez mientras regresaba a su habitación.
Después salió del edificio.
Los inquilinos volvieron a reunirse en la cocina.
Piotr Semiónovich llevaba los pantalones del domingo y una gorra nueva con la parte superior blanca.
Vladímir Lvóvich estaba sin afeitar y alegre por la resaca.
Rosa Abrámovna preparaba mermelada de ciruela mirabel.
María Afanásievna planchaba una blusa.
Charlaban.
Hacían bromas.
Apareció Sonia Varentsova con los ojos hinchados.
—No puedo más —dijo todavía desde la puerta—. Esto tiene que acabarse de una vez... Acabará tirándome ácido...
Vladímir Lvóvich Ponizovski propuso cortar inmediatamente cerdas de un cepillo para la ropa y echarlas todos los días en la cama de la víbora.
No lo soportaría y terminaría marchándose.
Piotr Semiónovich Morsh propuso defensa química:
ácido sulfhídrico o, una vez más, yodoformo.
Todo aquello eran fantasías de hombres.
Sólo María Afanásievna dijo algo práctico:
—Aunque es usted extraordinariamente reservada, Lialechka, confiese una cosa: ¿ha formalizado su relación con el director?
—Sí —respondió Lialechka—. Anteayer estuvimos en el registro civil... Incluso insistí en que hubiera ceremonia religiosa porque eso es más seguro...
—Indudablemente —dijo Piotr Semiónovich haciendo relucir la calva.
—Pero él, naturalmente, no quiere ni oír hablar de eso...
María Afanásievna agitó la plancha.
—Entonces a esa alimaña rastrera le arroja usted en plena cara el certificado del registro civil. Tiene que hablar con ella.
—¡Ay, no!... Por nada del mundo... Le tengo tanto miedo... Tengo unos presentimientos tan terribles...
—Todos nosotros estaremos junto a la puerta mientras hablan.
Vladímir Lvóvich, feliz por su resaca, baló como un carnero:
—Permaneceremos armados con los instrumentos de producción de la cocina.
Convencieron a Lialechka.
Olga Viacheslávovna regresó a las ocho de la tarde.
Venía encorvada por el cansancio.
Tenía el rostro terroso.
Se encerró en su habitación.
Se sentó sobre la cama dejando caer las manos entre las rodillas.
Sola.
Sola en una vida salvaje y hostil.
Tan sola como en el instante de la muerte.
Innecesaria para todos.
Desde el día anterior se había ido apoderando de ella, cada vez con mayor fuerza, una extraña distracción.
Entonces, por ejemplo, descubrió que tenía entre las manos el pequeño Velodog.
No recordaba cuándo lo había descolgado de la pared.
Permaneció sentada mirando aquel juguete de acero y muerte.
Pensaba.
Y de pronto,
sonrió.
En aquel momento llamaron a la puerta.
Olga se levantó en silencio.
La abrió de par en par.
Los inquilinos que estaban amontonados detrás retrocedieron atropellándose en la oscuridad del pasillo.
Parecía que llevaban cepillos y atizadores en las manos.
Varentsova entró.
Estaba pálida.
Tenía los labios apretados.
Comenzó a hablar inmediatamente con una voz que se quebraba hasta convertirse en chillido:
—¡Es una desvergüenza absoluta meterse con un hombre casado!... Aquí está el certificado del registro civil... Todo el mundo sabe que usted tiene enfermedades venéreas... ¡Y pretende hacer carrera con ellas!... ¡Y además por medio de mi marido!... Aquí está el certificado... Le exijo que deje de perseguirlo y lo mejor que puede hacer es marcharse de este piso... Porque aquí vive gente decente... ¡Aquí está el certificado!
Olga Viacheslávovna miraba como una ciega a Sonia, que chillaba delante de ella.
Y entonces subió una oleada de aquel conocido odio salvaje.
Le apretó la garganta.
Todo su cuerpo se tensó como acero.
De su garganta salió un alarido.
Olga Viacheslávovna disparó.
Y continuó disparando
contra aquel rostro blanco
que se agitaba delante de ella...
Nota sobre el texto y esta traducción
La víbora (Гадюка), con el subtítulo Relato sobre una muchacha, fue publicada originalmente por Alexéi N. Tolstói en la revista rusa Krásnaya Nov, nº 8, en 1928.
La presente versión de Librería5 ha sido traducida directamente del ruso tomando como referencia la tradición textual de aquella primera publicación.
Tolstói preparó posteriormente otras versiones del relato. Entre ellas existe una adaptación abreviada y simplificada de 1934 que incorpora un desenlace posterior relacionado con el juicio de Olga Zotova. Ese epílogo no pertenece al cierre de la publicación original de 1928 y no se incluye aquí.
Por ello esta versión termina deliberadamente en el instante de los disparos contra Sonia Varentsova, conservando la brusquedad y la ambigüedad del final temprano.
La traducción es nueva e independiente y no reproduce ninguna traducción española anteriormente publicada.
Más literatura rusa en Librería5
Isaac Bábel: El despertar , nueva traducción directa del ruso.
Vladimir Korolenko: La necesidad , nueva traducción directa del ruso.
El volumen que sirvió de punto de partida para esta serie de lecturas: Cuentos rusos — Biblioteca Básica Salvat .
Más cuentos rusos en Librería5
El conde de Mediterráneo — Iliá Ilf y Evgueni Petrov
El despertar — Isaac Bábel
La necesidad — Vladimir Korolenko
Chelkash — Máximo Gorki