El castellano viejo — Mariano José de Larra

El castellano viejo de Mariano José de Larra, recreación gráfica de Libreria5.com
El convite de don Braulio convertido en espectáculo costumbrista. Recreación gráfica de Libreria5.com inspirada en el lenguaje de los grabados del siglo XIX.
Artículo de costumbres · Madrid · 1832
Mariano José de Larra
Primera publicación: El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres, n.º 8 · Madrid · Imprenta de Repullés · diciembre de 1832
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El castellano viejo parte de una situación insignificante: un conocido encuentra al narrador por la calle y lo invita a comer por su santo. Pero la hospitalidad de Braulio se transforma gradualmente en una encerrona, y la comida familiar termina convertida en una pequeña catástrofe de retrasos, humo, ruido, comida, manchas, codazos, niños, versos obligatorios y una concepción de la franqueza que no reconoce límites.

Larra convierte lo cotidiano en radiografía moral. Su objetivo no es ridiculizar simplemente una mala comida, sino una actitud: la de quien confunde sinceridad con grosería, desprecia la urbanidad porque la considera hipocresía y transforma cualquier consideración hacia los demás en sospechosa afectación.

Fuente del texto. Esta edición de lectura ha sido establecida por Librería5 a partir de la primera publicación original de El castellano viejo en el número 8 de El Pobrecito Hablador, impreso en Madrid por la Imprenta de Repullés en diciembre de 1832. Se han regularizado algunas grafías y tildes para facilitar la lectura actual, sin alterar la redacción ni el sentido del artículo.

Claves de lectura

Lo que conviene observar mientras Braulio destruye su propio convite
Franqueza contra urbanidad Braulio considera los modales una forma de hipocresía. Larra prueba qué sucede cuando toda delicadeza hacia el otro se elimina en nombre de la sinceridad.
Patriotismo de exclusivas El anfitrión no se limita a apreciar lo español: necesita considerar inferior todo lo extranjero y justificar incluso los defectos nacionales.
El cuerpo entra en la sátira Palmadas, torniscones, codazos, humo, grasa, vino y comida convierten una discusión abstracta sobre educación en una comedia física.
La casa como escenario La mesa permite contemplar una sociedad completa: empleados, familia, niños, criados, invitados, vestidos, alimentos y jerarquías.
El Bachiller como víctima El narrador observa y juzga, pero Braulio no le permite mantenerse fuera de la escena. Lo toca, lo viste, lo alimenta, lo mancha y finalmente lo obliga a improvisar versos.
La paradoja del final Quienes dominan la educación quizá sólo fingen estimarse; los otros quizá se quieren verdaderamente, pero se ofenden y maltratan. Larra deja deliberadamente incómoda la comparación.
I

Una palmada en Madrid

Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres me obliga a aceptar a veces ciertos convites, a que parecería el negarse grosería, o por lo menos ridícula afectación de delicadeza.

Andábame días pasados por esas calles a buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de mi espíritu, ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada —a lo que por entonces entendí— a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis dos hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?

Una de esas interjecciones que una repentina sacudida suele, sin consultar el decoro, arrancar espontáneamente de una boca castellana se atravesó entre mis dientes, y hubiérale echado redondo a haber estado esto en mis costumbres y a no haber reflexionado que semejantes maneras de anunciarse, en sí algo exageradas, suelen ser las inocentes muestras de afecto o franqueza de este país de exabruptos.

No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echóme las manos a los ojos y, sujetándome por detrás:

«Un animal irracional», iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser y, sustituyendo cantidades iguales:

Al oírme suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena.

¿Quién se resiste a una alevosa sorpresa de esta especie? ¿Quién quiere parecer vano?

Tengo mucha gente; tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla.

Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder: un día malo, dije entre mí, cualquiera le pasa; en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.

Y me dio un torniscón por despedida. Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedéme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.

Braulio sorprende al Bachiller en El castellano viejo
Estampa I. La amistad empieza con una palmada y termina con una invitación imposible de rechazar. Recreación gráfica de Libreria5.com.
Tan amigo para tratarme tan mal
II

Retrato de Braulio

Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta, que tiene una cintica atada al ojal y una crucecita a la sombra de la solapa, que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes.

Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más deliciosas de todas las mujeres: es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien le sucede poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.

«Es un hombre, en fin, que vive de exclusivas.»

No hay que hablarle, pues, de estas conveniencias sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere por «plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando tiene un resentimiento se le espeta a uno cara a cara.

Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya se sabe lo que quiere decir «cumplo» y «miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego; cree que toda la crianza está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses.

En conclusión, hombre de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno o algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de alguna mesa su sombrero, que llaman su «cabeza»; y que cuando se hallan en sociedad, por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad ni saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.

El centro de la sátira. Braulio no carece de posición ni de recursos. Larra insiste en ello porque la grosería que critica no procede de la necesidad: es una concepción deliberada del trato social, convertida además en motivo de orgullo.
III

El día de días

Llegaron las dos, y como yo conocía ya a mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que se hubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días y en semejantes casas: vestíme sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más cometidos que contar para ganar tiempo; era citado a las dos, y entré en la sala a las dos y media.

No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de su oficina con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; dejo en blanco los necios cumplimientos que se dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba a mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano.

Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados. Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita que también había de cantar y tocar estaba ronca en tal disposición que se asombraba ella misma de que se la entendiese una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!

Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.

La casa de don Braulio en El castellano viejo
Estampa II. Antes incluso de sentarse a la mesa, la casa entera ha quedado absorbida por el acontecimiento. Recreación gráfica de Libreria5.com.
«En mi casa no se usan cumplimientos»

Señores —dijo el anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones—, exijo la mayor franqueza: en mi casa no se usan cumplimientos.

Y en esto me quita él mismo el frac, velis nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las gracias: ¡al fin el hombre creía hacerme un obsequio!

Los invitados y la familia de Braulio en El castellano viejo
Estampa III. Familia, criados, niños, vajilla y convidados convierten la intimidad doméstica en un teatro abarrotado. Recreación gráfica de Libreria5.com.
IV

Catorce para ocho

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta para comer con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua de un pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular y estar cómodos todos los días del año es pensar en lo excusado.

Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas que éramos, en una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo.

Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja.

Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.

Frase que creyó preciso decir. Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.

Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos a otros.

Las sabrosas impertinencias del cocido

Sucedió a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura; siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y a éste otro y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo y por consiguiente suele no estar en nada.

Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente a su mujer alguna negligencia; queriendo darnos a entender a todos, entrambos a dos, que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender a servir.

Pero estas negligencias se repetían tan a menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido recurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la señora, que a duras penas había podido hacerse superior hasta entonces a las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.

Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero todos los convidados a porfía probamos a aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo a la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llama él al estar bien servido y al saber comer.

«¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de las conveniencias sociales?»

¿Que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?

V

El capón toma el vuelo

A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas y los de las aves que había roído.

El convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca se supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas.

¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón violentamente despedido pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.

El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo impulsado por el animal furioso saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga y, al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel.

Corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel, y para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas.

Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión.

La catástrofe del convite en El castellano viejo
Estampa IV. El capón vuela, el caldo salta, el Valdepeñas corre y Fígaro recibe sobre el traje las consecuencias materiales de la hospitalidad. Recreación gráfica de Libreria5.com.
«Pero sigamos, señores, no ha sido nada.»

¡Oh honradas casas, donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de día de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.

¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea.

Por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que el Bachiller.

VI

Bulla, humo e infierno

Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.

La apoteosis de Braulio al final de El castellano viejo
Estampa V. El convite ha dejado de ser comida: quedan el humo, los brindis, las voces y un narrador que sólo piensa en escapar. Recreación gráfica de Libreria5.com.
Fuera de la casa vuelve a existir el aire

A Dios gracias logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos a mi alrededor.

¡Santo Dios, yo te doy las gracias! —exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus ladridos—; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decentemente para los convidados; en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas; en que se dicen versos; en que hay niños; en que hay gordos; en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos.

Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezca del mundo el beefsteck, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Périgueux, ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo la deliciosa espuma del Champagne.

«Líbrame de estas casas en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones.»

Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera.

Vístome y vuelo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.

VII

Contexto y recepción

Un artículo nacido en 1832

El castellano viejo apareció en diciembre de 1832 dentro del número 8 de El Pobrecito Hablador. No nació como capítulo de un libro, sino como pieza destinada al lector contemporáneo de una revista satírica de costumbres.

El Bachiller, no todavía Fígaro

En la publicación original la máscara literaria es el Bachiller don Juan Pérez de Munguía. Incluso Braulio lo llama expresamente «mi Bachiller». La posterior identificación de Larra con Fígaro puede ocultar esta etapa temprana de su escritura.

Braulio es un tipo social

Su fuerza no depende de que podamos identificar un modelo histórico concreto. Braulio concentra una serie de conductas: patriotismo excluyente, familiaridad invasiva y convencimiento de que los modales son pura hipocresía.

La catástrofe está calculada

El artículo avanza por acumulación: una palmada, un torniscón, el retraso, la chaqueta, la mesa demasiado pequeña, los platos defectuosos, el capón, el vino, la grasa, el humo y finalmente los versos obligatorios.

Por qué sigue funcionando. El Madrid material de Braulio pertenece al siglo XIX, pero la situación resulta perfectamente reconocible: alguien convierte su propia falta de consideración en una virtud y obliga a los demás a soportarla en nombre de la amistad, la franqueza o la ausencia de «formalidades».

El mecanismo de Larra consiste en hacer visible una contradicción. Braulio afirma constantemente que detesta los cumplimientos y desea que sus invitados estén cómodos; sin embargo, no les permite elegir dónde sentarse, qué ponerse, cuánto comer, qué beber ni siquiera cuándo marcharse. La supresión de la etiqueta no produce libertad. Produce el gobierno absoluto del anfitrión.

También por eso el texto supera la mera caricatura gastronómica. En torno a la mesa se representa una concepción entera de la convivencia. La urbanidad que Braulio desprecia no es para Larra un conjunto vacío de fórmulas, sino un sistema de pequeñas restricciones voluntarias destinado a impedir que cada individuo convierta sus preferencias en obligación para los demás.

El cierre evita, además, una moraleja demasiado cómoda. El narrador reconoce que las personas educadas quizá sólo fingen estimarse y respetarse para no incomodarse, mientras los otros pueden quererse sinceramente al mismo tiempo que se ofenden y se maltratan. Entre la hipocresía civilizada y la sinceridad brutal, Larra parece elegir la primera como mal menor, pero conserva intacta la ironía.

Publicación original
Mariano José de Larra, bajo la firma literaria del Bachiller don Juan Pérez de Munguía.
El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres.
N.º 8.
Madrid, Imprenta de Repullés.
Diciembre de 1832.

Texto de esta página: establecido por Librería5 a partir del facsímil de la primera publicación. Se han modernizado determinadas grafías y la acentuación para facilitar la lectura, conservando el contenido, el vocabulario y las particularidades significativas del original.

Ilustraciones: recreaciones gráficas contemporáneas de Libreria5.com inspiradas en el grabado y la prensa ilustrada del siglo XIX. No son ilustraciones originales de la edición de 1832.

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Braulio quería agasajar a su amigo. Ahí reside precisamente la eficacia de la sátira: no hace falta una mala intención para convertir el afecto, cuando se combina con vanidad y falta de consideración, en una forma de tiranía doméstica.
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