Los Cenci
1599
Nota editorial
La presente traducción toma como texto base la primera publicación de Les Cenci en la Revue des Deux Mondes (1837), cotejada con su facsímil y con la transcripción validada de Wikisource. Se ha modernizado la ortografía francesa únicamente en la lectura del original y se ha procurado conservar la sintaxis, la ironía, las repeticiones y las oscilaciones de registro de Stendhal.
Los nombres de los personajes históricos se ofrecen en su forma italiana habitual: Francesco, Beatrice, Giacomo, Bernardo y Lucrezia. Se mantienen en cursiva los términos italianos y latinos que Stendhal conserva en el original. Las cantidades y equivalencias monetarias son las que proporciona el propio autor y no se han actualizado.
Los errores históricos o contradicciones presentes en la edición de 1837 no se corrigen silenciosamente. Cuando afectan de manera clara a la comprensión, se señalan en una nota editorial. La evidente errata italiana e non fu taro se normaliza como e non fu caro, lectura coherente con la glosa francesa del propio texto y adoptada por las ediciones posteriores. Las notas numeradas pertenecen a Stendhal, salvo indicación expresa.
Prólogo de Stendhal
El don Juan de Molière es galante, sin duda, pero ante todo es un hombre de buena sociedad; antes de entregarse a la inclinación irresistible que lo arrastra hacia las mujeres bonitas, procura ajustarse a cierto modelo ideal: quiere ser el hombre que sería soberanamente admirado en la corte de un rey joven, galante e ingenioso.
El don Juan de Mozart está ya más cerca de la naturaleza y es menos francés: piensa menos en la opinión de los demás; no se preocupa, ante todo, de parecer, como dice el barón de Fœneste, de D’Aubigné. Solo poseemos dos retratos del don Juan italiano, tal como debió de mostrarse en aquel hermoso país durante el siglo XVI, en los comienzos de la civilización renaciente.
De esos dos retratos hay uno que me resulta absolutamente imposible dar a conocer: el siglo es demasiado remilgado. Conviene recordar aquella gran expresión que tantas veces oí repetir a lord Byron: This age of cant. Esta hipocresía tan fastidiosa, que no engaña a nadie, posee la inmensa ventaja de dar algo que decir a los necios: se escandalizan de que alguien se haya atrevido a decir tal cosa, de que alguien haya osado reírse de tal otra, etcétera. Su inconveniente es que reduce infinitamente el dominio de la historia.
Si el lector tiene la bondad de permitírmelo, voy a presentarle, con toda humildad, una noticia histórica acerca del segundo de esos donjuanes de los que resulta posible hablar en 1837. Se llamaba Francesco Cenci.
Para que don Juan sea posible, es necesario que haya hipocresía en el mundo. Don Juan habría sido en la Antigüedad un efecto sin causa: la religión era una fiesta, exhortaba a los hombres al placer; ¿cómo habría podido condenar a quienes hacían de cierto placer su única ocupación? Solo el gobierno hablaba de abstenerse: prohibía las cosas que podían perjudicar a la patria, es decir, al interés bien entendido de todos, y no aquello que podía perjudicar al individuo que actuaba.
Todo hombre aficionado a las mujeres y poseedor de mucho dinero podía, por tanto, ser un don Juan en Atenas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nadie sostenía allí que esta vida fuese un valle de lágrimas ni que hubiera mérito alguno en hacerse sufrir.
No creo que el don Juan ateniense pudiera llegar al crimen tan rápidamente como el don Juan de las monarquías modernas. Una gran parte del placer de este último consiste en desafiar a la opinión, y comenzó en su juventud imaginando que solo desafiaba a la hipocresía.
Quebrantar las leyes en una monarquía como la de Luis XV, disparar contra un techador y hacerlo caer desde lo alto de un tejado, ¿no es una prueba de que se vive en la sociedad del príncipe, de que se pertenece al mejor tono y de que uno se burla por completo del juez? ¿No es burlarse del juez el primer paso, el primer ensayo de todo pequeño don Juan que empieza?
Entre nosotros, las mujeres ya no están de moda, y por eso los donjuanes son raros. Pero, cuando los había, comenzaban siempre buscando placeres muy naturales y se vanagloriaban al mismo tiempo de desafiar aquello que, dentro de la religión de sus contemporáneos, les parecía constituido por ideas carentes de fundamento racional. Solo más tarde, cuando comienza a pervertirse, encuentra don Juan una voluptuosidad exquisita en desafiar opiniones que incluso a él mismo le parecen justas y razonables.
Ese tránsito debía de ser muy difícil entre los antiguos. Apenas bajo los emperadores romanos, después de Tiberio y de Capri, encontramos libertinos que aman la corrupción por ella misma, es decir, por el placer de desafiar las opiniones razonables de sus contemporáneos.
Así pues, atribuyo a la religión cristiana la posibilidad del papel satánico de don Juan. Sin duda fue esta religión la que enseñó al mundo que un pobre esclavo o un gladiador poseían un alma absolutamente igual en facultades a la del propio César; por ello debemos agradecerle la aparición de los sentimientos delicados. No dudo, por lo demás, de que tarde o temprano esos sentimientos habrían brotado en el seno de los pueblos. La Eneida es ya mucho más tierna que la Ilíada.
La teoría de Jesús era la de los filósofos árabes contemporáneos suyos. La única cosa nueva introducida en el mundo a raíz de los principios predicados por san Pablo fue un cuerpo de sacerdotes absolutamente separado del resto de los ciudadanos y cuyos intereses eran incluso opuestos a los de estos.[1]
Ese cuerpo hizo de cultivar y fortalecer el sentimiento religioso su única ocupación. Inventó prestigios y costumbres destinados a conmover los espíritus de todas las clases, desde el pastor inculto hasta el viejo cortesano hastiado; supo vincular su recuerdo a las encantadoras impresiones de la primera infancia, y no dejó pasar ninguna epidemia ni ninguna gran desgracia sin aprovecharla para redoblar el miedo y el sentimiento religioso o, cuando menos, para construir una hermosa iglesia, como la Salute de Venecia.
La existencia de ese cuerpo produjo este hecho admirable: el papa san León resistiendo, sin fuerza física alguna, al feroz Atila y a aquellas nubes de bárbaros que acababan de espantar a China, Persia y las Galias.
Así, la religión, al igual que el poder absoluto templado por canciones al que llamamos monarquía francesa, ha producido cosas singulares que quizá el mundo nunca habría visto de haber carecido de esas dos instituciones.
Entre esas cosas, buenas o malas, pero siempre singulares y curiosas, y que tanto habrían sorprendido a Aristóteles, Polibio, Augusto y las demás grandes inteligencias de la Antigüedad, sitúo sin vacilar el carácter completamente moderno de don Juan. A mi juicio, es un producto de las instituciones ascéticas de los papas posteriores a Lutero, pues León X y su corte, en 1506, seguían aproximadamente los principios de la religión de Atenas.
El Don Juan de Molière fue representado al comienzo del reinado de Luis XIV, el 15 de febrero de 1665. El príncipe todavía no era devoto y, sin embargo, la censura eclesiástica hizo suprimir la escena del pobre en el bosque. Para fortalecerse, aquella censura quería persuadir al joven rey, prodigiosamente ignorante, de que la palabra jansenista era sinónima de republicano.[2]
El original es obra de un español, Tirso de Molina.[3] Una compañía italiana representaba hacia 1664 una imitación en París que causaba furor. Probablemente sea la comedia que más veces se ha representado en el mundo. En ella están el diablo y el amor, el miedo al infierno y una pasión exaltada por una mujer, es decir, lo más terrible y lo más dulce a los ojos de todos los hombres, por poco que se hayan elevado por encima del estado salvaje.
No es extraño que el retrato de don Juan fuera introducido en la literatura por un poeta español. El amor ocupa un lugar muy importante en la vida de ese pueblo. Allí es una pasión seria, a la que se sacrifican sin dificultad todas las demás e incluso —¿quién lo creería?— la vanidad. Lo mismo sucede en Alemania y en Italia. Bien mirado, Francia es el único país completamente liberado de esa pasión que lleva a los extranjeros a cometer tantas locuras; por ejemplo, casarse con una muchacha pobre bajo el pretexto de que es bonita y de que uno está enamorado de ella. En Francia, las muchachas que carecen de belleza no carecen de pretendientes: somos gente previsora. En otros lugares se ven reducidas a hacerse religiosas, y por eso los conventos son indispensables en España. Las muchachas no reciben dote en ese país, y esa ley ha mantenido el triunfo del amor. En Francia, ¿no se ha refugiado el amor en el quinto piso, es decir, entre las muchachas que no se casan con la intervención del notario de la familia?
No debemos hablar del don Juan de lord Byron. No es más que un Faublas, un joven hermoso e insignificante sobre quien se precipitan toda clase de felicidades inverosímiles.
Solo en la Italia del siglo XVI debió de aparecer por primera vez este carácter singular. Fue también en Italia donde, durante el siglo XVIII, una princesa, saboreando con deleite un helado al final de un día muy caluroso, dijo:
—¡Qué lástima que esto no sea pecado!
Este sentimiento constituye, a mi parecer, la base del carácter de don Juan y, como puede verse, necesita de la religión cristiana.
A propósito de ello, exclama un autor napolitano:
—¿No significa nada desafiar al cielo y creer que, en ese mismo instante, el cielo puede reduciros a cenizas? De ahí procede, según dicen, la extrema voluptuosidad de tener por amante a una religiosa, y a una religiosa llena de piedad, que sabe perfectamente que obra mal y pide perdón a Dios con tanta pasión como pasión pone en pecar.[4]
Imaginemos a un cristiano extremadamente perverso, nacido en Roma en la época en que el severo Pío V acababa de rehabilitar o inventar multitud de prácticas minuciosas completamente ajenas a esa moral sencilla que solo llama virtud a lo que resulta útil a los hombres. Una Inquisición inexorable, tan inexorable que duró poco en Italia y tuvo que refugiarse en España, acababa de ser reforzada[5] y atemorizaba a todos. Durante algunos años se impusieron penas muy graves por incumplir o despreciar públicamente aquellas pequeñas prácticas minuciosas.
El hombre perverso del que hablamos debió de sentirse indignado al oír que esas prácticas insignificantes eran colocadas entre los deberes más sagrados de la religión. Debió de encogerse de hombros al ver a la totalidad de los ciudadanos temblar ante las terribles leyes de la Inquisición.
«Pues bien —debió de decirse—, soy el hombre más rico de Roma, capital del mundo; seré también el más valiente. Me burlaré públicamente de todo cuanto estas gentes respetan y que tan poco se parece a lo que verdaderamente debería respetarse».
Porque un don Juan, para serlo, debe poseer valentía y ese espíritu vivo y penetrante que permite ver con claridad los motivos de las acciones humanas.
Francesco Cenci debió de decirse:
«¿Mediante qué acciones elocuentes podré yo, romano, nacido en Roma en 1527, precisamente durante los seis meses en que los soldados luteranos del condestable de Borbón cometieron allí las más espantosas profanaciones contra las cosas sagradas; mediante qué acciones podré hacer notar mi valor y procurarme, de la manera más intensa posible, el placer de desafiar a la opinión? ¿Cómo asombraré a mis necios contemporáneos? ¿Cómo podré concederme el placer tan vivo de sentirme diferente de todo este vulgo?».
A un romano, y a un romano de la Edad Media, no podía ocurrírsele limitarse a las palabras. No existe país alguno donde las palabras audaces sean más despreciadas que en Italia.
El hombre que pudo dirigirse a sí mismo tales pensamientos se llamaba Francesco Cenci. Fue muerto ante los ojos de su hija y de su esposa el 15 de septiembre de 1598.[N. del E. 1] Nada amable queda de aquel don Juan. Su carácter no fue suavizado ni empequeñecido por la idea de ser, ante todo, un hombre de buena sociedad, como el don Juan de Molière. Solo pensaba en los demás hombres para señalar su superioridad sobre ellos, utilizarlos en sus proyectos u odiarlos. Don Juan nunca obtiene placer de la simpatía, de las dulces ensoñaciones ni de las ilusiones de un corazón tierno. Necesita, ante todo, placeres que sean triunfos, que puedan ser vistos por los demás y que nadie pueda negar. Necesita la lista que el insolente Leporello despliega ante los ojos de la triste Elvira.
El don Juan romano se guardó muy bien de cometer la enorme torpeza de proporcionar la clave de su carácter y hacer confidencias a un criado, como el don Juan de Molière. Vivió sin confidente y solo pronunció palabras útiles para el progreso de sus proyectos. Nadie vio en él esos momentos de verdadera ternura y encantadora alegría que nos hacen perdonar al don Juan de Mozart. En una palabra: el retrato que voy a traducir es espantoso.
Por voluntad propia no habría narrado este carácter; me habría limitado a estudiarlo, pues se encuentra más próximo a lo horrible que a lo curioso. Pero confesaré que me fue solicitado por unos compañeros de viaje a quienes no podía negar nada. En 1823 tuve la dicha de recorrer Italia con unos seres amables a quienes jamás olvidaré. Como ellos, quedé seducido por el admirable retrato de Beatrice Cenci que puede verse en Roma, en el palacio Barberini.
La galería de este palacio se encuentra ahora reducida a siete u ocho cuadros, pero cuatro de ellos son obras maestras. El primero es el retrato de la célebre Fornarina, amante de Rafael, pintado por el propio Rafael. Este retrato, sobre cuya autenticidad no puede existir duda, pues se conservan copias contemporáneas, es completamente distinto de la figura que en la galería de Florencia se presenta como retrato de la amante de Rafael y que Morghen grabó bajo ese nombre. El retrato de Florencia ni siquiera es obra de Rafael. En atención a tan gran nombre, ¿querrá el lector perdonar esta pequeña digresión?
El segundo retrato precioso de la galería Barberini es obra de Guido Reni: el retrato de Beatrice Cenci, del que circulan tantos grabados malos. El gran pintor colocó sobre el cuello de Beatrice un trozo insignificante de tela y cubrió su cabeza con un turbante. Habría temido llevar la verdad hasta lo horrible de haber reproducido exactamente el vestido que ella mandó confeccionar para comparecer en la ejecución y los cabellos desordenados de una pobre muchacha de dieciséis años que acaba de abandonarse a la desesperación. El rostro es dulce y hermoso; la mirada, muy apacible, y los ojos, muy grandes. Tienen el asombro de una persona sorprendida cuando lloraba amargamente. Los cabellos son rubios y muy bellos. El rostro no posee nada de la altivez romana ni de esa conciencia de las propias fuerzas que con tanta frecuencia se descubre en la mirada segura de una hija del Tíber: di una figlia del Tevere, dicen ellas mismas con orgullo. Por desgracia, durante los doscientos treinta y ocho años que nos separan de la catástrofe cuyo relato va a leerse, las medias tintas han adquirido un color rojo ladrillo.
El tercer retrato de la galería Barberini es el de Lucrezia Petroni, madrastra de Beatrice, ejecutada con ella. Es el tipo de la matrona romana en su belleza y orgullo naturales.[6] Sus facciones son grandes y la tez de una blancura resplandeciente; las cejas, negras y muy marcadas; la mirada, imperiosa y al mismo tiempo cargada de voluptuosidad. Forma un hermoso contraste con el rostro tan dulce, sencillo y casi alemán de su hijastra.
El cuarto retrato, brillante por la veracidad y el esplendor de sus colores, es una de las obras maestras de Tiziano. Representa a una esclava griega que fue amante del célebre dux Barbarigo.
Casi todos los extranjeros que llegan a Roma se hacen conducir a la galería Barberini desde el comienzo de su recorrido. Los atraen, sobre todo a las mujeres, los retratos de Beatrice Cenci y de su madrastra. Compartí la curiosidad general y, después, como todo el mundo, procuré obtener acceso a los documentos de aquel célebre proceso. Quien posea la influencia necesaria para conseguirlo quedará muy sorprendido, creo yo, al leer aquellos documentos, escritos completamente en latín salvo las respuestas de los acusados, y no encontrar casi ninguna explicación de los hechos. La razón es que en la Roma de 1599 nadie ignoraba lo sucedido. Compré el permiso para copiar un relato contemporáneo y creí poder ofrecer su traducción sin ofender ninguna conveniencia. Por lo menos, esta traducción pudo ser leída en voz alta ante unas damas en 1823. Se sobreentiende que el traductor deja de ser fiel cuando ya no puede seguir siéndolo: lo horrible prevalecería fácilmente sobre el interés de la curiosidad.
El triste papel del don Juan puro —aquel que no procura conformarse a ningún modelo ideal y solo piensa en la opinión del mundo para ultrajarla— aparece aquí expuesto en todo su horror. Los excesos de sus crímenes fuerzan a dos mujeres desgraciadas a hacer que lo maten ante sus ojos. Una de ellas era su esposa; la otra, su hija. El lector no se atreverá a decidir si fueron culpables. Sus contemporáneos consideraron que no debían morir.
Estoy convencido de que la tragedia de Galeotto Manfredi —muerto por su esposa, asunto tratado por el gran poeta Monti— y tantas otras tragedias domésticas del siglo XV, menos conocidas y apenas mencionadas en las historias particulares de las ciudades italianas, concluyeron con una escena semejante a la del castillo de Petrella.
He aquí la traducción del relato contemporáneo. Está escrito en el italiano de Roma y fue redactado el 14 de septiembre de 1599.
Historia verdadera
De la muerte de Giacomo y Beatrice Cenci y de Lucrezia Petroni Cenci, madrastra de ambos, ejecutados por el delito de parricidio el pasado sábado 11 de septiembre de 1599, bajo el reinado de nuestro santo padre el papa Clemente VIII Aldobrandini
La vida execrable que siempre llevó Francesco Cenci, nacido en Roma y uno de nuestros conciudadanos más opulentos, acabó conduciéndolo a la perdición. Arrastró a una muerte prematura a sus hijos, jóvenes fuertes y valerosos, y a su hija Beatrice, quien, aunque fue conducida al suplicio con apenas dieciséis años —hace hoy cuatro días—, era considerada una de las personas más hermosas de los Estados Pontificios y de toda Italia.
Corre la noticia de que el señor Guido Reni, uno de los discípulos de aquella admirable escuela de Bolonia, quiso retratar a la pobre Beatrice el viernes pasado, es decir, el mismo día anterior a su ejecución. Si este gran pintor cumplió la tarea como lo hizo en las demás pinturas ejecutadas en esta capital, la posteridad podrá formarse alguna idea de la belleza de aquella muchacha admirable.
Para que la posteridad pueda conservar también algún recuerdo de sus desgracias sin igual y de la asombrosa fortaleza con que aquella alma verdaderamente romana supo combatirlas, he resuelto escribir cuanto he sabido acerca de la acción que la condujo a la muerte y cuanto vi el día de su gloriosa tragedia.
Las personas que me proporcionaron mis informaciones se encontraban en situación de conocer las circunstancias más secretas, todavía ignoradas en Roma, aunque desde hace seis semanas no se habla de otra cosa que del proceso de los Cenci. Escribiré con cierta libertad, pues tengo la seguridad de poder depositar mi comentario en unos archivos respetables de los que ciertamente no será extraído hasta después de mi muerte.
Mi único pesar consiste en tener que hablar, porque así lo exige la verdad, contra la inocencia de la pobre Beatrice Cenci, adorada y respetada por cuantos la conocieron en la misma medida en que su terrible padre era odiado y execrado.
Aquel hombre, que, no puede negarse, había recibido del cielo una sagacidad y una singularidad asombrosas, era hijo de monseñor Cenci, quien, bajo Pío V Ghislieri, había ascendido hasta el cargo de tesorero, es decir, ministro de Hacienda. Aquel santo papa, enteramente ocupado, como es sabido, por su justa aversión a la herejía y por el restablecimiento de su admirable Inquisición, no sentía más que desprecio por la administración temporal de sus Estados. De ese modo, monseñor Cenci, que fue tesorero durante algunos años anteriores a 1572, encontró la manera de legar a aquel hombre espantoso, hijo suyo y padre de Beatrice, una renta neta de ciento sesenta mil piastras, aproximadamente dos millones y medio de francos de 1837.
Además de aquella inmensa fortuna, Francesco Cenci poseía una reputación de valentía y prudencia que ningún otro romano de su juventud había logrado igualar. Esta reputación le concedía tanto más crédito en la corte pontificia y entre todo el pueblo cuanto que las acciones criminales que comenzaban a imputársele pertenecían únicamente a la clase de delitos que el mundo perdona con facilidad.
Muchos romanos recordaban todavía, con amargo pesar, la libertad de pensamiento y de acción de que se había disfrutado en tiempos de León X, arrebatado al mundo en 1513, y bajo Pablo III, muerto en 1549.[N. del E. 2] Durante el pontificado de este último comenzó a hablarse del joven Francesco Cenci a causa de ciertos amores singulares, llevados a buen término por medios todavía más singulares.
Bajo Pablo III, época en la que aún se podía hablar con cierta confianza, muchos decían que Francesco Cenci ansiaba, sobre todo, acontecimientos extraños capaces de proporcionarle peripezie di nuova idea, sensaciones nuevas e inquietantes. Quienes afirmaban esto se apoyaban en que en sus libros de cuentas se habían encontrado anotaciones como la siguiente:
«Por las aventuras y peripezie de Toscanella, tres mil quinientas piastras —aproximadamente sesenta mil francos de 1837—, e non fu caro: y no fue demasiado caro».
Quizá no se sepa en las demás ciudades de Italia que nuestro destino y nuestra manera de vivir en Roma cambian según el carácter del papa reinante. Así, durante los trece años del buen papa Gregorio Buoncompagni todo estaba permitido en Roma. Quien quería hacía apuñalar a su enemigo y no era perseguido, siempre que se condujera con discreción.
A aquel exceso de indulgencia sucedió el exceso de severidad durante los cinco años en que reinó el gran Sixto V, de quien se dijo, como del emperador Augusto, que habría sido mejor que nunca hubiera llegado o que hubiera permanecido para siempre. Entonces se vio ejecutar a desgraciados por asesinatos o envenenamientos olvidados desde hacía diez años, pero que habían tenido la desdicha de confesar al cardenal Montalto, convertido después en Sixto V.
Fue principalmente bajo Gregorio XIII cuando comenzó a hablarse mucho de Francesco Cenci. Había contraído matrimonio con una mujer muy rica y apropiada para un señor tan acreditado. Murió después de darle siete hijos. Poco después de su muerte tomó por segunda esposa a Lucrezia Petroni, de singular belleza y célebre sobre todo por la resplandeciente blancura de su tez, aunque algo demasiado corpulenta, como suele ocurrir a nuestras romanas. No tuvo hijos con Lucrezia.
El menor de los vicios que podían reprocharse a Francesco Cenci era su inclinación hacia unos amores infames; el mayor, no creer en Dios. En toda su vida nadie lo vio entrar en una iglesia.
Fue encarcelado tres veces por sus amores infames y salió de prisión entregando doscientas mil piastras a personas influyentes cerca de los doce papas bajo cuyos pontificados vivió sucesivamente. Doscientas mil piastras equivalen aproximadamente a cinco millones de francos de 1837.
Yo solo vi a Francesco Cenci cuando ya tenía los cabellos grises, durante el reinado del papa Buoncompagni, cuando todo estaba permitido a quien se atrevía. Era un hombre de unos cinco pies y cuatro pulgadas, muy bien proporcionado aunque demasiado delgado. Pasaba por ser extraordinariamente fuerte, aunque quizá fuera él mismo quien propagaba esa fama. Tenía los ojos grandes y expresivos, pero el párpado superior caía un poco demasiado; la nariz, excesivamente prominente y grande; los labios, delgados, y la sonrisa, llena de gracia.
Aquella sonrisa se volvía terrible cuando fijaba la mirada en sus enemigos. En cuanto se emocionaba o irritaba, temblaba violentamente, hasta el punto de que aquello lo incomodaba.
Lo vi en mi juventud, durante el pontificado de Buoncompagni, viajar a caballo de Roma a Nápoles, sin duda por alguno de sus amoríos. Atravesaba los bosques de San Germano y de la Fajola sin preocuparse en absoluto por los bandidos y, según decían, recorría el camino en menos de veinte horas. Viajaba siempre solo y sin avisar a nadie. Cuando su primer caballo estaba cansado, compraba o robaba otro. Si alguien le planteaba dificultades, él no tenía dificultad alguna en darle una puñalada. Pero debe reconocerse que en los tiempos de mi juventud, es decir, cuando él tenía cuarenta y ocho o cincuenta años, nadie era bastante audaz para resistírsele. Su principal placer consistía en desafiar a sus enemigos.
Era muy conocido en todos los caminos de los Estados de Su Santidad. Pagaba generosamente, pero también era capaz, dos o tres meses después de haber recibido una ofensa, de enviar a uno de sus sicarios para matar al ofensor.
La única acción virtuosa que realizó durante toda su larga vida fue construir, en el patio de su vasto palacio junto al Tíber, una iglesia dedicada a santo Tomás. Y aun aquella buena acción nació del singular deseo de tener ante los ojos las tumbas de todos sus hijos,[7] hacia quienes sintió un odio excesivo y contrario a la naturaleza incluso desde su más tierna infancia, cuando todavía no podían haberlo ofendido en nada.
—Aquí quiero meterlos a todos —decía con frecuencia, con una risa amarga, a los obreros empleados en construir la iglesia.
Envió a los tres mayores, Giacomo, Cristoforo y Rocco, a estudiar en la Universidad de Salamanca, en España. Una vez que se encontraron en aquel país lejano, se complació maliciosamente en no enviarles ninguna cantidad de dinero. Los desdichados jóvenes dirigieron numerosas cartas a su padre, todas ellas sin respuesta, y se vieron reducidos a la miserable necesidad de regresar a su patria pidiendo prestadas pequeñas cantidades o mendigando durante todo el camino.
En Roma encontraron un padre más severo, más rígido y más áspero que nunca. A pesar de sus inmensas riquezas, no quiso vestirlos ni darles el dinero necesario para adquirir los alimentos más groseros. Aquellos desgraciados se vieron obligados a recurrir al papa, quien forzó a Francesco Cenci a concederles una pequeña pensión. Con aquel auxilio muy modesto se separaron de él.
Poco después, a causa de sus amores infames, Francesco fue encarcelado por tercera y última vez. Los tres hermanos solicitaron entonces una audiencia de nuestro santo padre el papa actualmente reinante y le rogaron conjuntamente que hiciera morir a Francesco Cenci, su padre, quien, dijeron, deshonraba a su familia. Clemente VIII tenía grandes deseos de hacerlo, pero no quiso seguir su primer impulso para no dar satisfacción a aquellos hijos desnaturalizados, y los expulsó vergonzosamente de su presencia.
El padre, como hemos dicho, salió de prisión entregando una gran suma de dinero a quienes podían protegerlo. Puede comprenderse que la extraña iniciativa de sus tres hijos mayores incrementó todavía más el odio que sentía hacia sus hijos. Los maldecía continuamente, tanto a los mayores como a los pequeños, y todos los días cubría de bastonazos a sus dos pobres hijas, que vivían con él en el palacio.
La mayor, aunque estrechamente vigilada, se esforzó tanto que logró hacer llegar una súplica al papa. Suplicaba a Su Santidad que la casara o la encerrase en un monasterio. Clemente VIII se apiadó de sus desgracias y la casó con Carlo Gabrielli, miembro de la familia más noble de Gubbio. Su Santidad obligó al padre a entregar una importante dote.
Francesco Cenci mostró una cólera extrema ante aquel golpe inesperado. Para impedir que Beatrice, al crecer, concibiera la idea de seguir el ejemplo de su hermana, la encerró en uno de los aposentos de su inmenso palacio.
Nadie obtuvo permiso para ver a Beatrice, que apenas tenía catorce años y se encontraba ya en todo el esplendor de una belleza encantadora. Poseía, sobre todo, una alegría, una candidez y un ingenio cómico que nunca vi en ninguna otra persona. El propio Francesco Cenci le llevaba la comida. Cabe creer que fue entonces cuando el monstruo se enamoró de ella o fingió enamorarse para atormentar a su desdichada hija. Le hablaba con frecuencia de la traición que le había hecho su hermana mayor y, enfureciéndose al escuchar sus propias palabras, acababa cubriendo de golpes a Beatrice.
Entretanto, su hijo Rocco Cenci fue muerto por un carnicero y, al año siguiente, Cristoforo Cenci fue muerto por Paolo Corso de Massa. En aquella ocasión mostró su negra impiedad, pues durante los funerales de sus dos hijos no quiso gastar ni siquiera un baiocco en cirios.
Al conocer la suerte de su hijo Cristoforo, exclamó que no podría experimentar alegría alguna hasta que todos sus hijos estuvieran enterrados y que, cuando muriera el último, quería incendiar su palacio como señal de felicidad. Roma quedó asombrada por aquellas palabras, pero lo creía todo posible en un hombre semejante, que cifraba su gloria en desafiar a todo el mundo y al propio papa.
(Aquí resulta completamente imposible seguir al narrador romano en el relato, muy oscuro, de las extrañas acciones con que Francesco Cenci trató de asombrar a sus contemporáneos. Su esposa y su desgraciada hija fueron, según todas las apariencias, víctimas de sus ideas abominables).
Todo aquello no le bastó. Intentó, mediante amenazas y empleando la fuerza, violar a su propia hija Beatrice, que ya era mayor y hermosa. No sintió vergüenza de meterse completamente desnudo en la cama de ella. Se paseaba con Beatrice por las salas de su palacio estando él enteramente desnudo; después la llevaba al lecho de su esposa para que, a la luz de las lámparas, la pobre Lucrezia pudiera ver lo que hacía con Beatrice.
Trataba de inculcar a aquella pobre muchacha una herejía espantosa que apenas me atrevo a reproducir: que, cuando un padre conoce carnalmente a su propia hija, los hijos nacidos de la unión son necesariamente santos, y que todos los grandes santos venerados por la Iglesia habían nacido de esa manera, es decir, que su abuelo materno había sido también su padre.
Cuando Beatrice se resistía a sus execrables deseos, él la castigaba con los golpes más crueles. Incapaz de soportar una vida tan desgraciada, la pobre joven concibió la idea de seguir el ejemplo de su hermana. Dirigió a nuestro santo padre el papa una súplica muy detallada. Pero cabe creer que Francesco Cenci había tomado precauciones, pues no parece que aquella súplica llegara jamás a manos de Su Santidad.
Al menos resultó imposible encontrarla en la secretaría de los Memoriali cuando, estando Beatrice en prisión, su defensor tuvo la mayor necesidad de aquel documento. Habría podido demostrar de algún modo los inauditos excesos cometidos en el castillo de Petrella. ¿No habría resultado evidente para todos que Beatrice Cenci se había encontrado en una situación de legítima defensa? El memorial hablaba también en nombre de Lucrezia, madrastra de Beatrice.
Francesco Cenci tuvo conocimiento de aquella tentativa, y puede imaginarse con qué furia redobló los malos tratos contra las dos desdichadas mujeres.
La vida llegó a resultarles absolutamente insoportable. Al comprender que nada podían esperar de la justicia del soberano, cuyos cortesanos habían sido ganados por los ricos regalos de Francesco, concibieron la idea de recurrir a la decisión extrema que las perdió, aunque tuvo la ventaja de poner fin a sus padecimientos en este mundo.
Debe saberse que el célebre monseñor Guerra visitaba con frecuencia el palacio Cenci. Era alto y, además, muy hermoso. Había recibido de la fortuna el don particular de salir con singular gracia de cualquier empresa a la que quisiera aplicarse.
Se supuso que amaba a Beatrice y que proyectaba abandonar la mantelletta y casarse con ella.[8] Aunque procuraba ocultar sus sentimientos con extremo cuidado, Francesco Cenci lo aborrecía y le reprochaba haber estado muy unido a todos sus hijos.
Cuando monseñor Guerra sabía que el señor Cenci se encontraba fuera del palacio, subía a los aposentos de las damas y pasaba varias horas conversando con ellas y escuchando sus quejas sobre los increíbles tratos que ambas padecían.
Parece que Beatrice fue la primera que se atrevió a hablar directamente a monseñor Guerra del proyecto que habían adoptado. Con el tiempo, él accedió a participar y, presionado vivamente en varias ocasiones por Beatrice, aceptó por fin comunicar aquel extraño designio a Giacomo Cenci, sin cuyo consentimiento nada podía hacerse, pues era el hermano mayor y el jefe de la familia después de Francesco.
Resultó muy fácil atraerlo a la conspiración. Su padre lo trataba con extrema crueldad y no le prestaba ningún auxilio, cosa tanto más dolorosa para Giacomo cuanto que estaba casado y tenía seis hijos.
Escogieron el aposento de monseñor Guerra para reunirse y discutir los medios de dar muerte a Francesco Cenci. El asunto fue tratado con todas las formalidades convenientes y, en todas las cuestiones, se solicitó el voto de la madrastra y de la joven.
Una vez tomada definitivamente la decisión, escogieron a dos vasallos de Francesco Cenci que habían concebido contra él un odio mortal. Uno de ellos se llamaba Marzio. Era un hombre de corazón, muy unido a los desdichados hijos de Francesco, y aceptó participar en el parricidio para hacer algo que pudiera agradarles.
Olimpio, el segundo, había sido nombrado castellano de la fortaleza de Petrella, en el reino de Nápoles, por el príncipe Colonna. Pero Francesco Cenci, gracias a su influencia todopoderosa sobre el príncipe, había logrado que fuera destituido.
Lo acordaron todo con aquellos dos hombres. Como Francesco Cenci había anunciado que, para evitar el aire malsano de Roma, pasaría el verano siguiente en la fortaleza de Petrella, concibieron la idea de reunir a una docena de bandidos napolitanos. Olimpio se encargó de proporcionarlos.
Decidieron ocultarlos en los bosques cercanos a Petrella, avisarlos en el momento en que Francesco Cenci se pusiera en camino y hacer que lo secuestraran durante el viaje. Después comunicarían a la familia que solo lo liberarían a cambio de un cuantioso rescate.
Los hijos se verían obligados a regresar a Roma para reunir la suma exigida por los bandidos. Debían fingir que no podían encontrarla rápidamente y los bandidos, cumpliendo sus amenazas ante la falta de pago, matarían a Francesco Cenci. De este modo nadie sospecharía de los verdaderos autores de su muerte.
Pero, llegado el verano, cuando Francesco Cenci partió de Roma hacia Petrella, el espía encargado de avisar de su salida informó demasiado tarde a los bandidos escondidos en los bosques, que no tuvieron tiempo de descender hasta el camino real. Cenci llegó sin contratiempos a Petrella. Los bandidos, cansados de esperar una presa incierta, se marcharon a robar por su cuenta a otro lugar.
Por su parte, Cenci, anciano prudente y desconfiado, nunca se aventuraba fuera de la fortaleza. Su mal humor aumentaba con las enfermedades de la edad, que le resultaban insoportables, y redobló los atroces malos tratos infligidos a las dos pobres mujeres. Afirmaba que se alegraban de su debilidad.
Beatrice, llevada al límite por las cosas horribles que tenía que soportar, hizo llamar a Marzio y Olimpio bajo los muros de la fortaleza. Durante la noche, mientras su padre dormía, les habló desde una ventana baja y les arrojó unas cartas dirigidas a monseñor Guerra.
Mediante aquellas cartas se acordó que monseñor Guerra prometería mil piastras a Marzio y Olimpio si aceptaban matar personalmente a Francesco Cenci. Monseñor Guerra pagaría en Roma, antes de la acción, una tercera parte de la suma, y Lucrezia y Beatrice abonarían las otras dos terceras partes cuando, consumado el hecho, fueran dueñas de la caja fuerte de Cenci.
Se acordó, además, que la acción tendría lugar el día de la Natividad de la Virgen, y para ello ambos hombres fueron introducidos hábilmente en la fortaleza. Pero Lucrezia se detuvo por respeto a una festividad de la Virgen e instó a Beatrice a retrasarlo un día, para no cometer un doble pecado.
Así pues, en la tarde del 9 de septiembre de 1598, la madre y la hija administraron con gran habilidad opio a Francesco Cenci, hombre tan difícil de engañar, y este cayó en un sueño profundo.
Hacia medianoche, la propia Beatrice introdujo en la fortaleza a Marzio y Olimpio. Después, Lucrezia y Beatrice los condujeron a la habitación del anciano, que dormía profundamente. Los dejaron allí para que ejecutaran lo acordado y fueron a esperar a una estancia contigua.
De pronto vieron regresar a los dos hombres, pálidos y como fuera de sí.
—¿Qué sucede? —exclamaron las mujeres.
—Es una bajeza y una vergüenza matar a un pobre anciano dormido —respondieron—. La compasión nos ha impedido actuar.
Al oír aquella excusa, Beatrice fue presa de la indignación y comenzó a insultarlos:
—¿De modo que vosotros, hombres perfectamente preparados para semejante acción, no tenéis valor para matar a un hombre que duerme?[9] ¡Mucho menos os atreveríais a mirarlo a la cara si estuviera despierto! ¡Y osáis recibir dinero para acabar de esta manera! Pues bien, ya que así lo exige vuestra cobardía, mataré yo misma a mi padre. Y en cuanto a vosotros, ¡no viviréis mucho tiempo!
Enardecidos por aquellas pocas palabras fulminantes y temiendo que disminuyera el precio acordado, los asesinos regresaron resueltamente a la habitación, seguidos por las mujeres.
Uno de ellos llevaba un gran clavo, que colocó verticalmente sobre el ojo del anciano dormido. El otro, armado con un martillo, introdujo el clavo en la cabeza. Hundieron del mismo modo otro gran clavo en la garganta, de manera que aquella pobre alma, cargada de tantos pecados recientes, fue arrebatada por los demonios. El cuerpo se debatió, pero en vano.
Consumado el hecho, la joven entregó a Olimpio una gran bolsa llena de dinero. A Marzio le dio un manto de paño adornado con un galón de oro que había pertenecido a su padre, y los despidió.
Las mujeres, una vez solas, comenzaron por extraer el gran clavo hundido en la cabeza del cadáver y el que tenía en el cuello. Después envolvieron el cuerpo en una sábana y lo arrastraron por una larga sucesión de habitaciones hasta una galería que daba a un pequeño jardín abandonado.
Desde allí arrojaron el cuerpo sobre un gran saúco que crecía en aquel lugar solitario. Como al extremo de la pequeña galería estaban las letrinas, esperaban que, cuando al día siguiente se encontrara el cadáver del anciano caído entre las ramas del saúco, se supusiera que había resbalado y caído cuando se dirigía a ellas.
Todo sucedió exactamente como habían previsto. Por la mañana, cuando se encontró el cadáver, se levantó un gran alboroto en la fortaleza. Ellas no dejaron de lanzar grandes gritos y llorar la desdichada muerte de un padre y un esposo.
Pero la joven Beatrice poseía el valor de la pudicia ultrajada, no la prudencia necesaria para desenvolverse en la vida. A primera hora de la mañana había entregado a una mujer encargada de lavar la ropa de la fortaleza una sábana manchada de sangre. Le dijo que no se sorprendiera por aquella cantidad de sangre, porque durante toda la noche había padecido una gran hemorragia. De momento, todo salió bien.
Se dio honrosa sepultura a Francesco Cenci, y las mujeres regresaron a Roma para gozar de la tranquilidad que durante tanto tiempo habían deseado en vano. Creían que serían felices para siempre, porque ignoraban cuanto sucedía en Nápoles.
La justicia de Dios, que no quería dejar sin castigo un parricidio tan atroz, hizo que, en cuanto llegó a aquella capital la noticia de lo sucedido en la fortaleza de Petrella, el juez principal concibiera sospechas y enviara a un comisario real para examinar el cadáver y detener a las personas sospechosas.
El comisario real hizo prender a todos los habitantes de la fortaleza. Todos fueron conducidos encadenados a Nápoles, y nada pareció sospechoso en sus declaraciones salvo que la lavandera afirmó haber recibido de Beatrice una o varias sábanas ensangrentadas.
Le preguntaron si Beatrice había tratado de explicar aquellas grandes manchas de sangre. Respondió que Beatrice había hablado de una indisposición natural. Le preguntaron si manchas de semejante tamaño podían proceder de esa indisposición. Contestó que no, porque las manchas de la sábana eran de un rojo demasiado vivo.
La información fue enviada inmediatamente a la justicia de Roma. Sin embargo, transcurrieron varios meses antes de que aquí se pensara en detener a los hijos de Francesco Cenci. Lucrezia, Beatrice y Giacomo habrían podido escapar mil veces, bien marchando a Florencia bajo el pretexto de alguna peregrinación, bien embarcando en Civitavecchia. Pero Dios les negó aquella saludable inspiración.
Al tener noticia de lo ocurrido en Nápoles, monseñor Guerra puso inmediatamente en campaña a unos hombres encargados de matar a Marzio y Olimpio. Únicamente Olimpio pudo ser asesinado en Terni. La justicia napolitana había detenido a Marzio, que fue conducido a Nápoles y lo confesó todo inmediatamente.
Su terrible declaración fue enviada sin demora a la justicia de Roma, que decidió finalmente detener y conducir a la prisión de Corte Savella a Giacomo y Bernardo Cenci, los únicos hijos supervivientes de Francesco, así como a Lucrezia, su viuda.
Beatrice quedó custodiada en el palacio de su padre por una gran tropa de esbirros. Marzio fue trasladado desde Nápoles y encerrado también en la prisión Savella. Allí fue confrontado con las dos mujeres, que lo negaron todo con firmeza. Beatrice, en particular, se negó siempre a reconocer el manto adornado con galones que había entregado a Marzio.
Este, entusiasmado por la admirable belleza y la asombrosa elocuencia con que la joven respondía al juez, negó todo cuanto había confesado en Nápoles. Fue sometido a tormento; no confesó nada y prefirió morir entre suplicios. ¡Justo homenaje a la belleza de Beatrice!
Muerto aquel hombre, y no habiéndose demostrado el cuerpo del delito, los jueces no encontraron razones suficientes para someter a tortura ni a los dos hijos de Cenci ni a las dos mujeres. Los cuatro fueron conducidos al castillo de Sant’Angelo, donde pasaron varios meses con bastante tranquilidad.
Todo parecía concluido, y nadie dudaba en Roma de que aquella joven tan hermosa y valiente, que había despertado tan vivo interés, sería puesta pronto en libertad. Pero, por desgracia, la justicia detuvo al bandido que había asesinado a Olimpio en Terni. Conducido a Roma, aquel hombre lo confesó todo.
Monseñor Guerra, tan gravemente comprometido por la confesión del bandido, fue citado para comparecer en el plazo más breve. La prisión era segura y, probablemente, también la muerte.
Pero aquel hombre admirable, a quien el destino había concedido la capacidad de hacer bien todo cuanto emprendía, consiguió escapar de una manera casi milagrosa. Pasaba por ser el hombre más hermoso de la corte pontificia y era demasiado conocido en Roma para albergar esperanzas de huida. Además, las puertas se encontraban bien vigiladas y probablemente su casa había sido observada desde el momento mismo en que fue citado.
Era muy alto, tenía el rostro de una blancura perfecta, una hermosa barba rubia y unos cabellos admirables del mismo color.
Con una rapidez inconcebible, se ganó a un vendedor de carbón, tomó sus ropas, se hizo afeitar la cabeza y la barba, se tiñó la cara, compró dos asnos y comenzó a recorrer cojeando las calles de Roma mientras vendía carbón.
Adoptó admirablemente cierto aire tosco y estúpido. Gritaba por todas partes anunciando su carbón con la boca llena de pan y cebolla, mientras centenares de esbirros lo buscaban no solo en Roma, sino también en todos los caminos.
Cuando su nueva figura se hizo bien conocida por la mayoría de los esbirros, se atrevió a salir de Roma, conduciendo siempre delante de él sus dos asnos cargados de carbón. Encontró varias partidas de guardias que se cuidaron mucho de detenerlo.
Desde entonces solo se recibió una carta suya. Su madre le envió dinero a Marsella y se supone que combate en Francia como soldado.
La confesión del asesino de Terni y aquella fuga de monseñor Guerra, que produjo una sensación extraordinaria en Roma, reavivaron de tal modo las sospechas e incluso los indicios contra los Cenci que fueron sacados del castillo de Sant’Angelo y conducidos de nuevo a la prisión Savella.
Los dos hermanos, sometidos a tortura, estuvieron muy lejos de imitar la grandeza de alma del bandido Marzio. Tuvieron la pusilanimidad de confesarlo todo.
La señora Lucrezia Petroni estaba tan acostumbrada a la molicie y a las comodidades del mayor lujo, y era además de cuerpo tan grueso, que no pudo soportar el tormento de la cuerda. Dijo cuanto sabía.
No sucedió lo mismo con Beatrice Cenci, joven llena de vivacidad y valentía. Ni las palabras amables ni las amenazas del juez Moscati consiguieron nada. Soportó el tormento de la cuerda sin un solo instante de flaqueza y con un valor perfecto.
El juez nunca pudo inducirla a dar una respuesta que la comprometiera, ni siquiera mínimamente. Más aún: con su vivacidad llena de ingenio confundió por completo al célebre Ulises Moscati, juez encargado de interrogarla.
Quedó tan sorprendido por la conducta de aquella joven que consideró necesario informar de todo a Su Santidad el papa Clemente VIII, felizmente reinante.
Su Santidad quiso ver los documentos del proceso y estudiarlos. Temió que el juez Ulises Moscati, tan célebre por su profunda ciencia y por la superior sagacidad de su espíritu, hubiera sido vencido por la belleza de Beatrice y la tratara con demasiada consideración durante los interrogatorios.
En consecuencia, Su Santidad le retiró la dirección del proceso y la confió a otro juez más severo. En efecto, aquel bárbaro tuvo el valor de atormentar sin piedad un cuerpo tan hermoso ad torturam capillorum, es decir, sometió a Beatrice Cenci al tormento suspendiéndola por los cabellos.[10]
Mientras permanecía atada a la cuerda, el nuevo juez hizo comparecer ante Beatrice a su madrastra y a sus hermanos. En cuanto Giacomo y la señora Lucrezia la vieron, le gritaron:
—El pecado está cometido. También es necesario cumplir la penitencia y no dejar que te desgarren el cuerpo por una vana obstinación.
—¿De modo que queréis cubrir de vergüenza nuestra casa —respondió la joven— y morir con ignominia? Os equivocáis gravemente; pero, puesto que lo queréis, que así sea.
Volviéndose hacia los esbirros, les dijo:
—Desatadme y haced que me lean el interrogatorio de mi madre. Aprobaré lo que deba aprobarse y negaré lo que deba negarse.
Así se hizo. Confesó todo cuanto era verdadero.[11]
Inmediatamente retiraron las cadenas a todos y, como hacía cinco meses que no veía a sus hermanos, quiso comer con ellos. Los cuatro pasaron un día muy alegre.
Pero al día siguiente fueron separados de nuevo. Los dos hermanos fueron conducidos a la prisión de Tordinona y las mujeres permanecieron en la prisión Savella.
Nuestro santo padre el papa, después de ver el acta auténtica que contenía las confesiones de todos, ordenó que sin demora fueran atados a las colas de caballos indómitos y muertos de aquella manera.
Roma entera se estremeció al conocer tan rigurosa decisión. Numerosos cardenales y príncipes fueron a arrodillarse ante el papa y le suplicaron que permitiera a los desgraciados presentar su defensa.
—¿Y ellos dieron a su anciano padre tiempo para presentar la suya? —respondió indignado el papa.
Finalmente, como gracia especial, accedió a conceder un aplazamiento de veinticinco días. Los principales abogados de Roma comenzaron inmediatamente a escribir en aquella causa que había llenado la ciudad de inquietud y compasión.
El vigesimoquinto día comparecieron todos juntos ante Su Santidad. Niccolò De Angelis habló primero, pero apenas había leído dos líneas de su defensa cuando Clemente VIII lo interrumpió:
—¡De modo que en Roma se encuentran hombres que matan a su padre y después abogados dispuestos a defenderlos!
Todos permanecieron en silencio, hasta que Farinacci se atrevió a alzar la voz:
—Santísimo padre, no estamos aquí para defender el crimen, sino para demostrar, si podemos, que uno o varios de estos desgraciados son inocentes del delito.
El papa le hizo una señal para que hablara, y Farinacci habló durante tres largas horas. Después, el papa recogió los escritos de todos y los despidió.
Cuando se marchaban, Altieri, que caminaba el último, temió haberse comprometido. Se arrodilló ante el papa y dijo:
—No podía hacer menos que comparecer en esta causa, pues soy abogado de los pobres.
El papa respondió:
—No nos sorprendemos de vos, sino de los demás.
El papa no quiso acostarse. Pasó toda la noche leyendo los alegatos de los abogados, ayudado por el cardenal de San Marcello. Su Santidad pareció tan conmovido que varios concibieron alguna esperanza de salvar la vida de los desgraciados.
Para salvar a los hijos, los abogados atribuían todo el crimen a Beatrice. Como se había demostrado durante el proceso que su padre había empleado varias veces la fuerza con una intención criminal, esperaban que el homicidio le fuera perdonado por haber actuado en legítima defensa.
Si la principal autora del crimen conservaba la vida, ¿cómo podían ser condenados a muerte sus hermanos, que habían sido seducidos por ella?
Después de aquella noche consagrada a sus deberes de juez, Clemente VIII ordenó que los acusados fueran devueltos a prisión y puestos en régimen de incomunicación.
Esta circunstancia despertó grandes esperanzas en Roma, que en toda aquella causa solo veía a Beatrice. Estaba probado que había amado a monseñor Guerra, pero que jamás había transgredido las normas de la virtud más severa.
Por tanto, en verdadera justicia no podía imputársele el crimen de un monstruo. ¿Iba a ser castigada por haber ejercido el derecho a defenderse? ¿Qué habría sucedido si hubiera consentido?
¿Era necesario que la justicia humana aumentara todavía más el infortunio de una criatura tan amable, tan digna de compasión y ya tan desgraciada?
Después de una vida tan triste, que había acumulado sobre ella toda clase de desgracias antes de cumplir los dieciséis años, ¿no tenía derecho finalmente a algunos días menos terribles?
Todos en Roma parecían encargados de su defensa. ¿No habría sido perdonada si hubiera apuñalado a Francesco Cenci la primera vez que intentó cometer el crimen?
El papa Clemente VIII era dulce y misericordioso. Comenzábamos a esperar que, un poco avergonzado por el arrebato con que había interrumpido el alegato de los abogados, perdonara a quien había repelido la fuerza mediante la fuerza, no en el momento del primer crimen, ciertamente, sino cuando se intentaba cometer de nuevo.
Roma entera se encontraba en la ansiedad cuando el papa recibió la noticia de la muerte violenta de la marquesa Costanza Santa Croce. Su hijo, Paolo Santa Croce, acababa de matar a puñaladas a aquella mujer de sesenta años porque no quería comprometerse a instituirlo heredero de todos sus bienes.
El informe añadía que Santa Croce había huido y que no quedaba esperanza alguna de detenerlo. El papa recordó el fratricidio de los Massimi, cometido poco tiempo antes.
Afligido por la frecuencia de aquellos asesinatos de parientes cercanos, Su Santidad consideró que no le estaba permitido perdonar.
Cuando recibió aquel informe fatal sobre Santa Croce, el papa se encontraba en el palacio de Monte Cavallo, adonde había ido el 6 de septiembre para hallarse más cerca, a la mañana siguiente, de la iglesia de Santa María de los Ángeles, donde debía consagrar obispo a un cardenal alemán.
El viernes, a las veintidós horas —las cuatro de la tarde—, hizo llamar a Ferrante Taverna,[12] gobernador de Roma, y le dirigió exactamente estas palabras:
—Os entregamos el asunto de los Cenci para que, bajo vuestra responsabilidad y sin demora alguna, se haga justicia.
El gobernador regresó a su palacio profundamente afectado por la orden que acababa de recibir. Expidió inmediatamente la sentencia de muerte y reunió una congregación para deliberar sobre la forma de ejecución.
La mañana del sábado 11 de septiembre de 1599, los primeros señores de Roma, miembros de la cofradía de los confortatori, se dirigieron a las dos prisiones: a Corte Savella, donde se encontraban Beatrice y su madrastra, y a Tordinona, donde estaban Giacomo y Bernardo Cenci.
Durante toda la noche del viernes al sábado, los señores romanos que conocían lo que estaba sucediendo no hicieron otra cosa que correr desde el palacio de Monte Cavallo hasta los palacios de los principales cardenales.
Trataban de conseguir, al menos, que las mujeres fueran ejecutadas en el interior de la prisión y no sobre un infame cadalso, y que se concediera el perdón al joven Bernardo Cenci, quien, con apenas quince años, no podía haber sido hecho partícipe de ningún secreto.
El noble cardenal Sforza se distinguió especialmente por su celo durante aquella noche fatal, pero, aunque era un príncipe tan poderoso, no pudo obtener nada.
El crimen de Santa Croce era un crimen vil, cometido para conseguir dinero; el crimen de Beatrice había sido cometido para salvar su honor.
Mientras los cardenales más poderosos realizaban tantas gestiones inútiles, Farinacci, nuestro gran jurisconsulto, tuvo la audacia de abrirse paso hasta el papa. Una vez ante Su Santidad, aquel hombre extraordinario tuvo la habilidad de interesar su conciencia y, finalmente, a fuerza de importunarlo, consiguió salvar la vida de Bernardo Cenci.
Cuando el papa pronunció aquella gran palabra podían ser las cuatro de la madrugada del sábado 11 de septiembre. Durante toda la noche se había trabajado en la plaza del puente de Sant’Angelo preparando aquella cruel tragedia.
Sin embargo, las copias necesarias de la sentencia de muerte no pudieron terminarse hasta las cinco de la mañana, de modo que solo a las seis fue posible comunicar la fatal noticia a aquellos pobres desgraciados, que dormían tranquilamente.
Durante los primeros instantes, la joven ni siquiera encontraba fuerzas para vestirse. Lanzaba gritos penetrantes y continuos y se abandonaba sin reserva a la desesperación más espantosa:
—¿Cómo es posible, Dios mío —exclamaba—, que deba morir así, de improviso?
Lucrezia Petroni, por el contrario, no dijo más que cosas muy convenientes. Primero rezó de rodillas y después exhortó tranquilamente a su hija a acompañarla a la capilla, donde ambas debían prepararse para aquel gran tránsito de la vida a la muerte.
Aquellas palabras devolvieron a Beatrice toda su serenidad. En la misma medida en que había mostrado al principio exaltación y arrebato, se volvió prudente y razonable cuando su madrastra hizo que aquella gran alma regresara a sí misma. Desde ese momento fue un espejo de constancia que Roma entera admiró.
Pidió un notario para otorgar testamento, lo que le fue concedido. Ordenó que su cuerpo fuera llevado a San Pietro in Montorio y dejó trescientos mil francos a las Stimâte, religiosas de los estigmas de san Francisco. La suma debía destinarse a proporcionar dote a cincuenta muchachas pobres.
Su ejemplo conmovió a la señora Lucrezia, quien también otorgó testamento y ordenó que su cuerpo fuera llevado a San Giorgio. Dejó a aquella iglesia quinientos mil francos de limosna e hizo otros legados piadosos.
A las ocho se confesaron, oyeron misa y recibieron la sagrada comunión. Pero antes de ir a misa, la señora Beatrice consideró que no era conveniente comparecer en el cadalso, ante los ojos de todo el pueblo, con los ricos vestidos que llevaban.
Encargó dos vestidos: uno para ella y otro para su madre. Fueron confeccionados como hábitos de religiosas, sin adornos en el pecho ni en los hombros, únicamente plisados y con mangas anchas. El vestido de la madrastra era de tela de algodón negra; el de la joven, de tafetán azul, ceñido a la cintura por una gruesa cuerda.
Cuando llevaron los vestidos, la señora Beatrice, que estaba de rodillas, se levantó y dijo a la señora Lucrezia:
—Señora madre mía, se aproxima la hora de nuestra pasión. Conviene que nos preparemos, que vistamos estas otras ropas y que, por última vez, nos prestemos mutuamente el servicio de vestirnos.
En la plaza del puente de Sant’Angelo habían levantado un gran cadalso con un cepo y una mannaia, una especie de guillotina.
Hacia las trece horas —las ocho de la mañana—, la Compañía de la Misericordia llevó su gran crucifijo a la puerta de la prisión.
Giacomo Cenci fue el primero en salir. Se arrodilló devotamente en el umbral de la puerta, rezó y besó las santas llagas del crucifijo.
Lo seguía Bernardo Cenci, su hermano menor, que también tenía las manos atadas y una pequeña tabla delante de los ojos. La multitud era enorme y se produjo un tumulto porque una vasija cayó desde una ventana, casi sobre la cabeza de uno de los penitentes que sostenía una antorcha encendida junto al estandarte.
Todos miraban a los dos hermanos cuando apareció de improviso el fiscal de Roma y dijo:
—Señor Bernardo, nuestro señor os concede la vida. Resignaos a acompañar a vuestros parientes y rogad a Dios por ellos.
En aquel mismo instante, sus dos confortatori le retiraron la pequeña tabla que llevaba delante de los ojos.
El verdugo estaba acomodando a Giacomo Cenci en la carreta y le había quitado las ropas para poder atenazarlo.
Cuando llegó ante Bernardo, comprobó la firma del indulto, lo desató y le quitó las esposas. Como estaba sin ropa porque también debía haber sido atenazado, el verdugo lo subió a la carreta y lo envolvió en el rico manto de paño adornado con galones de oro. Se dijo que era el mismo que Beatrice había entregado a Marzio después del crimen cometido en la fortaleza de Petrella.
La inmensa multitud que ocupaba la calle, las ventanas y los tejados se agitó de pronto. Se oyó un rumor sordo y profundo. Comenzó a decirse que el muchacho había recibido el perdón.
Empezó el canto de los salmos, y la procesión avanzó lentamente por la plaza Navona hacia la prisión Savella.
Cuando llegó ante la puerta de la prisión, el estandarte se detuvo. Las dos mujeres salieron, adoraron a los pies del santo crucifijo y después emprendieron a pie la marcha, una detrás de otra.
Vestían del modo ya descrito y llevaban la cabeza cubierta por un gran velo de tafetán que descendía casi hasta la cintura.
La señora Lucrezia, en su condición de viuda, llevaba un velo negro y, según la costumbre, unas chinelas de terciopelo negro sin tacón.
El velo de la joven era de tafetán azul, como su vestido. Llevaba además sobre los hombros un gran velo de paño de plata, una falda de tela violeta y chinelas de terciopelo blanco, elegantemente acordonadas y sujetas por lazos carmesíes.
Caminaba con singular gracia vestida de aquel modo, y las lágrimas acudían a todos los ojos a medida que la veían avanzar lentamente entre las últimas filas de la procesión.
Las dos mujeres tenían las manos libres, pero los brazos atados al cuerpo de modo que cada una pudiera sostener un crucifijo, que mantenían muy cerca de los ojos.
Las mangas de sus vestidos eran muy anchas, por lo que se veían sus brazos cubiertos por una camisa ajustada en las muñecas, según la costumbre del país.
La señora Lucrezia, cuyo corazón era menos firme, lloraba casi continuamente. La joven Beatrice, por el contrario, mostraba un gran valor. Volviendo los ojos hacia cada una de las iglesias por las que pasaba la procesión, se arrodillaba durante un instante y decía con voz firme:
—Adoramus te, Christe! ¡Te adoramos, Cristo!
Mientras tanto, el pobre Giacomo Cenci era atenazado sobre la carreta y mostraba una gran constancia.
La procesión apenas pudo atravesar la parte baja de la plaza del puente de Sant’Angelo, tan grande era el número de carruajes y la multitud del pueblo.
Las mujeres fueron conducidas inmediatamente a la capilla que se había preparado, y después llevaron también allí a Giacomo Cenci.
El joven Bernardo, cubierto con el manto adornado de galones, fue conducido directamente al cadalso. Todos creyeron entonces que iban a ejecutarlo y que no había recibido el perdón.
El pobre muchacho sintió tanto miedo que cayó desmayado al dar el segundo paso sobre el cadalso. Lo reanimaron con agua fresca y lo sentaron frente a la mannaia.
El verdugo fue a buscar a la señora Lucrezia Petroni. Tenía las manos atadas a la espalda y ya no llevaba velo sobre los hombros.
Apareció en la plaza acompañada por el estandarte, con la cabeza envuelta en el velo de tafetán negro. Allí se reconcilió con Dios y besó las santas llagas.
Le dijeron que dejara las chinelas sobre el pavimento. Como era muy corpulenta, tuvo algunas dificultades para subir.
Cuando llegó al cadalso y le retiraron el velo de tafetán negro, sufrió mucho al verse expuesta con los hombros y el pecho descubiertos. Se miró, miró después la mannaia y, como señal de resignación, levantó lentamente los hombros.
Las lágrimas acudieron a sus ojos y dijo:
—¡Dios mío!... Y vosotros, hermanos míos, rogad por mi alma.
Como no sabía qué debía hacer, preguntó a Alessandro, el primer verdugo, cómo tenía que colocarse. Le dijo que se sentara a horcajadas sobre la tabla del cepo.
Aquel movimiento le pareció ofensivo para el pudor y tardó mucho tiempo en realizarlo.
(Los detalles que siguen resultan tolerables para el público italiano, que desea conocer todas las cosas con la mayor exactitud. Baste al lector francés saber que el pudor de aquella pobre mujer hizo que se hiriera en el pecho. El verdugo mostró la cabeza al pueblo y después la envolvió en el velo de tafetán negro).
Mientras preparaban de nuevo la mannaia para la joven, se derrumbó un estrado cargado de curiosos y murieron muchas personas. Comparecieron así ante Dios antes que Beatrice.
Cuando Beatrice vio regresar el estandarte hacia la capilla para recogerla, preguntó vivamente:
—¿Ha muerto bien la señora, mi madre?
Le respondieron que sí. Se arrodilló ante el crucifijo y rezó con fervor por su alma.
Después habló en voz alta y durante largo tiempo al crucifijo:
—Señor, tú has vuelto por mí, y yo te seguiré de buen grado, sin desesperar de tu misericordia por mi enorme pecado...
Recitó a continuación varios salmos y oraciones, siempre en alabanza de Dios.
Cuando finalmente compareció ante ella el verdugo con una cuerda, dijo:
—Ata este cuerpo que debe ser castigado y desata esta alma que debe alcanzar la inmortalidad y la gloria eterna.
Se levantó entonces, rezó, dejó sus chinelas al pie de la escalera y, una vez subida al cadalso, pasó ágilmente una pierna sobre la tabla, colocó el cuello bajo la mannaia y se acomodó perfectamente ella misma para evitar que el verdugo la tocara.
Gracias a la rapidez de sus movimientos impidió que el público viera sus hombros y su pecho cuando le retiraron el velo de tafetán.
El golpe tardó mucho tiempo en ser ejecutado porque surgió una dificultad. Mientras tanto, invocaba en voz alta el nombre de Jesucristo y de la Santísima Virgen.[13]
El cuerpo realizó un gran movimiento en el instante fatal.
El pobre Bernardo Cenci, que había permanecido sentado en el cadalso, volvió a caer desmayado, y sus confortatori necesitaron más de media hora larga para reanimarlo.
Después compareció en el cadalso Giacomo Cenci, pero también aquí es necesario omitir detalles demasiado atroces. Giacomo Cenci fue muerto a mazazos: mazzolato.
Inmediatamente devolvieron a Bernardo a la prisión. Tenía mucha fiebre y fue sangrado.
En cuanto a las pobres mujeres, cada una fue acomodada en su ataúd y depositada a pocos pasos del cadalso, junto a la estatua de san Pablo, que es la primera a la derecha sobre el puente de Sant’Angelo.
Permanecieron allí hasta las cuatro y cuarto de la tarde. Alrededor de cada ataúd ardían cuatro cirios de cera blanca.
Después, junto con lo que quedaba de Giacomo Cenci, fueron llevadas al palacio del cónsul de Florencia.
A las nueve y cuarto de la noche,[14] el cuerpo de la joven, cubierto con sus vestidos y profusamente coronado de flores, fue llevado a San Pietro in Montorio.
Poseía una belleza encantadora. Se habría dicho que dormía.
Fue enterrada delante del altar mayor y de la Transfiguración de Rafael de Urbino. La acompañaban cincuenta grandes cirios encendidos y todos los religiosos franciscanos de Roma.
Lucrezia Petroni fue llevada a las diez de la noche a la iglesia de San Giorgio.
Durante aquella tragedia, la multitud fue innumerable. Hasta donde alcanzaba la mirada podían verse las calles llenas de carruajes y de gente, y los estrados, las ventanas y los tejados cubiertos de curiosos.
El sol ardió con tanta fuerza aquel día que muchas personas perdieron el conocimiento. Un número infinito enfermó de fiebre.
Cuando todo terminó, a las diecinueve horas —las dos menos cuarto—, y la multitud comenzó a dispersarse, muchas personas murieron asfixiadas y otras fueron aplastadas por los caballos. El número de muertos fue muy considerable.
La señora Lucrezia Petroni era más bien baja que alta y, aunque tenía cincuenta años, todavía se conservaba muy bien. Poseía facciones muy bellas, nariz pequeña, ojos negros y un rostro muy blanco, de hermosos colores. Tenía poco cabello, y era castaño.
Beatrice Cenci, que despertará eternos lamentos, tenía exactamente dieciséis años. Era baja, tenía una agradable redondez y hoyuelos en medio de las mejillas, de manera que, muerta y coronada de flores, se habría dicho que dormía e incluso que sonreía, como hacía con tanta frecuencia cuando estaba viva.
Tenía la boca pequeña y los cabellos rubios y naturalmente rizados. Mientras caminaba hacia la muerte, aquellos cabellos rubios y rizados le caían sobre los ojos, lo que le daba una gracia particular e inspiraba compasión.
Giacomo Cenci era bajo y grueso, de rostro blanco y barba negra. Tenía aproximadamente veintiséis años cuando murió.
Bernardo Cenci se parecía por completo a su hermana y, como llevaba los cabellos largos igual que ella, muchas personas, cuando apareció sobre el cadalso, lo confundieron con Beatrice.
El sol había sido tan ardiente que varios de los espectadores de aquella tragedia murieron durante la noche. Entre ellos estaba Ubaldino Ubaldini, joven de singular belleza que hasta entonces había disfrutado de una salud perfecta. Era hermano del señor Renzi, tan conocido en Roma.
De este modo, las sombras de los Cenci marcharon bien acompañadas.
Ayer, martes 14 de septiembre de 1599, los penitentes de San Marcello, con motivo de la festividad de la Santa Cruz, utilizaron su privilegio para liberar de la prisión al señor Bernardo Cenci, quien se obligó a pagar, dentro de un año, cuatrocientos mil francos a la Santísima Trinidad del puente Sixto.
(Añadido por otra mano).
De él descienden Francesco y Bernardo Cenci, que viven en la actualidad.
El célebre Farinacci, que gracias a su obstinación salvó la vida del joven Cenci, publicó sus alegatos. Solo ofrece un extracto del alegato número 66, pronunciado ante Clemente VIII en favor de los Cenci.
Aquel alegato, escrito en latín, ocuparía seis páginas grandes y no puedo incluirlo aquí, cosa que lamento. Refleja las maneras de pensar de 1599 y me parece muy razonable.
Muchos años después de 1599, al enviar sus alegatos a la imprenta, Farinacci añadió una nota al que había pronunciado en favor de los Cenci:
Omnes fuerunt ultimo supplicio effecti, excepto Bernardo qui ad triremes cum bonorum confiscatione condemnatus fuit, ac etiam ad interessendum aliorum morti prout interfuit.
«Todos sufrieron finalmente el último suplicio, salvo Bernardo, que fue condenado a galeras y a la confiscación de sus bienes, así como a presenciar la muerte de los demás, como en efecto hizo».
El final de aquella nota latina es conmovedor, pero supongo que el lector estará cansado de una historia tan larga.
Notas de Stendhal
[1] Véase Montesquieu, Política de los romanos en materia de religión. ↩
[2] Saint-Simon. — Memorias del abate Blache. ↩
[3] Este nombre fue adoptado por un monje ingenioso, fray Gabriel Téllez. Pertenecía a la Orden de la Merced, y se conservan varias obras suyas en las que aparecen escenas geniales, entre ellas El vergonzoso en palacio. Téllez escribió trescientas comedias, de las cuales todavía existen sesenta u ochenta. Murió hacia 1610.[N. del E. 3] ↩
[4] Don Domenico Paglietta. ↩
[5] San Pío V Ghislieri, piamontés, cuya figura delgada y severa puede verse en la tumba de Sixto V, en Santa María la Mayor, era gran inquisidor cuando fue llamado al trono de san Pedro en 1566. Gobernó la Iglesia durante seis años y veinticuatro días. Véanse sus cartas, publicadas por el señor De Potter, el único hombre entre nosotros que ha conocido este aspecto de la historia. La obra del señor De Potter, vasta mina de hechos, es fruto de catorce años de estudios concienzudos en las bibliotecas de Florencia, Venecia y Roma. ↩
[6] Este orgullo no procede de la posición social, como ocurre en los retratos de Van Dyck. ↩
[7] En Roma se entierra bajo las iglesias. ↩
[8] La mayoría de los monsignori no han recibido órdenes sagradas y pueden casarse. ↩
[9] Todos estos detalles están probados en el proceso. ↩
[10] Véase el tratado De suppliciis del célebre Farinacci, jurisconsulto contemporáneo. Contiene detalles horribles cuya lectura no soportaría nuestra sensibilidad del siglo XIX y que soportó perfectamente una joven romana de dieciséis años abandonada por su amante. ↩
[11] En Farinacci se encuentran varios pasajes de las confesiones de Beatrice. Me parecen de una sencillez conmovedora. ↩
[12] Más tarde fue nombrado cardenal por una causa singular. Nota del manuscrito. ↩
[13] Un autor contemporáneo cuenta que Clemente VIII se encontraba muy preocupado por la salvación del alma de Beatrice. Como sabía que había sido condenada injustamente, temía que experimentara un movimiento de impaciencia. En el instante en que colocó la cabeza bajo la mannaia, el castillo de Sant’Angelo, desde donde podía verse perfectamente el instrumento, disparó un cañonazo. El papa, que rezaba en Monte Cavallo esperando aquella señal, concedió inmediatamente a la joven la absolución papal mayor in articulo mortis. De ahí el retraso durante aquel cruel momento del que habla el cronista. ↩
[14] Es la hora reservada en Roma a los funerales de los príncipes. El cortejo de un burgués se celebra al ponerse el sol; la pequeña nobleza es llevada a la iglesia una hora después de anochecer; los cardenales y los príncipes, dos horas y media después del anochecer, lo que el 11 de septiembre correspondía aproximadamente a las nueve y tres cuartos. ↩
Notas de la edición
[N. del E. 1] La primera publicación de 1837 da aquí el 15 de septiembre de 1598. La propia narración sitúa después el asesinato en la noche del 9 de septiembre. Se conserva la contradicción del texto original. ↩
[N. del E. 2] La edición de 1837 dice que León X «fue arrebatado» en 1513. León X fue elegido papa en 1513 y murió en 1521. Se mantiene la fecha impresa y se señala el error. ↩
[N. del E. 3] La edición de 1837 fecha hacia 1610 la muerte de Tirso de Molina. La fecha generalmente aceptada es 1648. Se conserva el dato de Stendhal y se advierte la discrepancia. ↩
Ficha bibliográfica
Autor: Stendhal, seudónimo de Henri Beyle (1783-1842).
Título original: «Les Cenci (1599)».
Primera publicación: Revue des Deux Mondes, cuarta serie, tomo XI, París, Bureau de la Revue des Deux Mondes, 1 de julio de 1837, pp. 5-32.
Texto base: facsímil de la primera publicación y transcripción validada de Wikisource.
Título de esta versión: Los Cenci (1599).
Lengua de partida: francés, con pasajes y expresiones en italiano, latín e inglés.
Criterio de traducción: versión íntegra, en español actual, con conservación del tono, la estructura y las notas del original.