El arca y el aparecido — Stendhal | Texto completo

El arca y el aparecido de Stendhal, ilustración
Ilustración inspirada en El arca y el aparecido

Stendhal · Literatura francesa · 1830

Le Coffre et le Revenant. Aventure espagnole

Una Granada sombría, un jefe de policía temido por todos, una joven obligada a casarse con él, un antiguo prometido que regresa clandestinamente y un enorme arca de roble convertida en refugio, escondite y origen de una aparición. Stendhal lleva aquí la pasión amorosa hasta un territorio donde se confunden melodrama, ironía, violencia y tragedia.


Autor Henri Beyle (Stendhal)
Título original Le Coffre et le Revenant
Primera publicación Revue de Paris, mayo de 1830
Texto de referencia Henri Martineau, Le Divan, 1928

En una hermosa mañana del mes de mayo de 182…, don Blas Bustos y Mosquera, seguido de doce jinetes, entraba en el pueblo de Alcolote, a una legua de Granada. Al acercarse, los campesinos se apresuraban a meterse en sus casas y cerraban las puertas. Las mujeres miraban aterradas por un pequeño resquicio de las ventanas a aquel terrible director de la policía de Granada. El cielo había castigado su crueldad imprimiendo en su rostro la huella de su alma. Era un hombre de seis pies de altura, moreno y de una delgadez espantosa; no era más que director de la policía, pero hasta el propio obispo de Granada y el gobernador temblaban ante él.

Durante aquella guerra sublime contra Napoleón que, a los ojos de la posteridad, colocará a los españoles del siglo XIX por delante de todos los demás pueblos de Europa y les dará el segundo lugar después de los franceses, don Blas fue uno de los más famosos jefes de guerrillas. Cuando su partida no había matado al menos a un francés durante el día, no dormía en una cama: era un voto.

Al regreso de Fernando, lo enviaron a las galeras de Ceuta, donde pasó ocho años en la miseria más horrible. Se le acusaba de haber sido capuchino en su juventud y de haber colgado los hábitos. Después recuperó el favor, no se sabe cómo. Don Blas era ahora célebre por su silencio; jamás hablaba. En otro tiempo, los sarcasmos que dirigía a sus prisioneros de guerra antes de hacerlos ahorcar le habían proporcionado cierta reputación de hombre ingenioso: sus bromas se repetían en todos los ejércitos españoles.

Don Blas avanzaba lentamente por la calle de Alcolote, mirando a uno y otro lado las casas con sus ojos de lince. Cuando pasaba ante la iglesia tocaron a misa; más que bajar del caballo, se precipitó de él, y se le vio arrodillarse junto al altar. Cuatro de sus gendarmes se pusieron de rodillas alrededor de su silla. Lo miraron: ya no había devoción en sus ojos. Su mirada siniestra estaba fija en un joven de aspecto muy distinguido que rezaba devotamente a pocos pasos de él.

—¡Cómo! —se decía don Blas—. ¡Un hombre que, a juzgar por las apariencias, pertenece a las primeras clases de la sociedad y no es conocido por mí! ¡No ha aparecido en Granada desde que estoy allí! Se esconde.

Don Blas se inclinó hacia uno de sus gendarmes y dio orden de arrestar al joven en cuanto saliera de la iglesia. Al pronunciarse las últimas palabras de la misa, se apresuró a salir él mismo y fue a instalarse en la gran sala de la posada de Alcolote. Poco después apareció el joven, sorprendido.

—¿Su nombre?

—Don Fernando de la Cueva.

El humor siniestro de don Blas aumentó al advertir, viéndolo de cerca, que don Fernando tenía el rostro más hermoso; era rubio y, a pesar del mal trance en que se encontraba, la expresión de sus facciones era sumamente dulce. Don Blas contemplaba al joven, pensativo.

—¿Qué empleo ocupaba bajo las Cortes? —dijo por fin.

—Estaba en el colegio de Sevilla en 1823; entonces tenía quince años, pues hoy no tengo más que diecinueve.

—¿De qué vive?

El joven pareció irritado por la grosería de la pregunta; se resignó y dijo:

—Mi padre, brigadier de los ejércitos de don Carlos Cuarto —¡Dios bendiga la memoria de aquel buen rey!—, me dejó una pequeña propiedad cerca de este pueblo; me produce doce mil reales —tres mil francos— y la cultivo con mis propias manos, ayudado por tres criados.

—Que sin duda le son muy fieles. Excelente núcleo para una guerrilla —dijo don Blas con una amarga sonrisa.

—¡A prisión y rigurosamente incomunicado! —añadió mientras se marchaba, dejando al prisionero en manos de sus hombres.

Pocos momentos después, don Blas desayunaba.

«Seis meses de prisión —pensaba— harán justicia a esos hermosos colores y a ese aspecto fresco y de insolente satisfacción.»

El jinete que hacía guardia junto a la puerta del comedor levantó bruscamente su carabina. La apoyaba atravesada contra el pecho de un anciano que intentaba entrar en la sala detrás de un pinche de cocina que llevaba un plato. Don Blas corrió hacia la puerta; detrás del anciano vio a una joven que le hizo olvidar a don Fernando.

—Es cruel que no me den tiempo siquiera para comer —dijo al anciano—. Entre, sin embargo, y explíquese.

Don Blas no se cansaba de contemplar a la joven; encontraba en su frente y en sus ojos aquella expresión de inocencia y piedad celestial que resplandece en las bellas madonas de la escuela italiana. Don Blas no escuchaba al anciano ni continuaba su desayuno. Por fin salió de su ensueño; el viejo repetía por tercera o cuarta vez las razones por las cuales debía devolverse la libertad a don Fernando de la Cueva, que era desde hacía mucho tiempo prometido de su hija Inés, allí presente, y debía casarse con ella el domingo siguiente. Al oír aquellas palabras, los ojos del terrible director de policía brillaron con un resplandor tan extraordinario que asustaron a Inés e incluso a su padre.

—Siempre hemos vivido en el temor de Dios y somos cristianos viejos —continuó este—. Mi linaje es antiguo, pero soy pobre, y don Fernando constituye un buen partido para mi hija. Nunca ocupé cargo alguno en tiempos de los franceses, ni antes ni después.

Don Blas no abandonaba su feroz silencio.

—Pertenezco a la más antigua nobleza del reino de Granada —prosiguió el anciano—; y, antes de la revolución —añadió suspirando—, le habría cortado las orejas a un fraile insolente que no me hubiese respondido cuando le hablo.

Los ojos del viejo caballero se llenaron de lágrimas. La tímida Inés sacó de su seno un pequeño rosario que había tocado el manto de la Virgen del Pilar, y sus bonitas manos apretaban la cruz con un movimiento convulsivo. Los ojos del terrible don Blas se clavaron en aquellas manos. Después reparó en el cuerpo bien formado, aunque algo robusto, de la joven Inés.

«Sus rasgos podrían ser más regulares —pensó—; pero esta gracia celestial no la he visto jamás sino en ella.»

—¿Y usted se llama don Jaime Arregui? —dijo finalmente al anciano.

—Ese es mi nombre —respondió don Jaime, afirmándose en su posición.

—¿Setenta años?

—Solo sesenta y nueve.

—Es usted —dijo don Blas, cuyo rostro se distendió visiblemente—; hace mucho tiempo que lo busco. El rey nuestro señor se ha dignado concederle una pensión anual de cuatro mil reales —mil francos—. Tengo en mi casa, en Granada, dos anualidades vencidas de esta gracia real, que le entregaré mañana a mediodía. Le demostraré que mi padre fue un rico labrador de la vieja Castilla, cristiano viejo como usted, y que yo jamás fui fraile. De manera que el insulto que acaba de dirigirme no da en el blanco.

El viejo caballero no se atrevió a faltar a la cita. Era viudo y no tenía en casa más que a su hija Inés. Antes de partir hacia Granada la condujo a casa del cura del pueblo e hizo sus disposiciones como si nunca hubiese de regresar. Encontró a don Blas Bustos muy engalanado; llevaba una gran banda sobre el uniforme. A don Jaime le pareció que tenía la cortesía de un viejo soldado que intenta mostrarse bondadoso y sonríe a propósito y a destiempo.

Si se hubiese atrevido, don Jaime habría rechazado los ocho mil reales que don Blas le entregó; tampoco pudo librarse de cenar con él. Después de la comida, el terrible director de policía le hizo leer todos sus nombramientos, su partida de bautismo e incluso un acta de notoriedad gracias a la cual había salido de galeras y que demostraba que jamás había sido fraile.

Don Jaime seguía temiendo alguna terrible burla.

—Tengo, pues, cuarenta y tres años —le dijo finalmente don Blas—, un cargo honorable que me proporciona cincuenta mil reales. Poseo una renta de mil onzas sobre el Banco de Nápoles. Le pido en matrimonio a su hija, doña Inés Arregui.

Don Jaime palideció. Hubo un instante de silencio. Don Blas prosiguió:

—No le ocultaré que don Fernando de la Cueva se encuentra comprometido en un asunto desagradable. El ministro de Policía lo busca; para él se trata del garrote —modo de estrangulación empleado con los nobles— o, por lo menos, de las galeras. Yo estuve allí ocho años y puedo asegurarle que es un lugar poco agradable.

Al decir aquellas palabras se acercó al oído del anciano.

—Dentro de quince días o tres semanas recibiré probablemente del ministro la orden de trasladar a don Fernando desde la prisión de Alcolote hasta la de Granada. Esa orden será ejecutada muy entrada la noche; si don Fernando aprovecha la oscuridad para escapar, cerraré los ojos en consideración a la amistad con que usted lo honra. Que vaya a pasar uno o dos años a Mallorca, por ejemplo, y nadie volverá a molestarlo.

El viejo caballero no respondió; estaba anonadado y tuvo grandes dificultades para regresar a su pueblo.

El dinero que había recibido le producía horror.

«¿Será este —se decía— el precio de la sangre de mi amigo don Fernando, del prometido de mi Inés?»

Al llegar a la casa parroquial se arrojó en brazos de Inés.

—¡Hija mía! —exclamó—. ¡El fraile quiere casarse contigo!

Inés secó pronto sus lágrimas y pidió permiso para ir a consultar al cura, que se encontraba en la iglesia, en su confesionario. A pesar de la insensibilidad propia de su edad y de su estado, el cura lloró. El resultado de la consulta fue que había que resignarse a casarse con don Blas o huir aquella misma noche. Doña Inés y su padre debían intentar llegar a Gibraltar y embarcar rumbo a Inglaterra.

—¿Y de qué viviremos allí? —preguntó Inés.

—Podrían vender la casa y el jardín.

—¿Quién los comprará? —dijo la joven rompiendo a llorar.

—Tengo algunos ahorros —dijo el cura—, que pueden ascender a cinco mil reales; se los doy, hija mía, y de todo corazón, si cree usted que no puede salvar su alma casándose con don Blas Bustos.

Quince días después, todos los esbirros de Granada, vestidos de gran gala, rodeaban la sombría iglesia de Santo Domingo. Apenas si a pleno mediodía había luz suficiente para orientarse en su interior. Pero aquel día nadie que no estuviese invitado se atrevía a entrar.

En una capilla lateral iluminada por cientos de cirios, cuya luz atravesaba las sombras de la iglesia como un camino de fuego, se divisaba a lo lejos a un hombre arrodillado en las gradas del altar; sobresalía toda la cabeza por encima de cuantos lo rodeaban. Tenía la cabeza inclinada con aire piadoso y los brazos flacos cruzados sobre el pecho. Pronto se levantó y mostró un uniforme cargado de condecoraciones. Daba la mano a una joven cuya marcha ligera y juvenil formaba un extraño contraste con su gravedad. Las lágrimas brillaban en los ojos de la joven esposa; la expresión de sus rasgos y la dulzura angélica que conservaban a pesar de su dolor impresionaron al pueblo cuando subió al coche a la puerta de la iglesia.

Hay que reconocer que, desde su matrimonio, don Blas se volvió menos feroz; las ejecuciones fueron más escasas. En vez de hacer fusilar a los condenados por la espalda, se limitó a ahorcarlos. Permitió con frecuencia a los condenados abrazar a sus familias antes de ir a la muerte.

Un día dijo a su mujer, a quien amaba con furia:

—Estoy celoso de Sancha.

Sancha era la hermana de leche y amiga de Inés. Había vivido en casa de don Jaime con el nombre de doncella de su hija y, en esa condición, la había seguido al palacio que Inés ocupaba ahora en Granada.

—Cuando me alejo de usted, Inés —prosiguió don Blas—, se queda hablando a solas con Sancha. Es bonita, la hace reír; yo no soy más que un viejo soldado encargado de funciones severas; me hago justicia, soy poco agradable. Esa Sancha, con su rostro risueño, debe de hacerme parecer a sus ojos dos veces más viejo. Mire, aquí tiene la llave de mi caja: déle todo el dinero que quiera, todo el que haya dentro si le place, pero que se marche, que se vaya, ¡que no vuelva a verla!

Por la noche, al regresar de su despacho, la primera persona que vio don Blas fue Sancha, ocupada en sus tareas como de costumbre. Su primer impulso fue de furia; se acercó rápidamente a Sancha, que levantó los ojos y lo miró con firmeza, con aquella mirada española, mezcla tan singular de temor, valor y odio. Al cabo de un momento, don Blas sonrió.

—Mi querida Sancha —le dijo—, ¿doña Inés le ha contado que le regalo diez mil reales?

—Solo acepto regalos de mi señora —respondió ella, sin apartar los ojos de él.

Don Bustos entró en la habitación de su mujer.

—La prisión de Torre-Vieja —le preguntó ella—, ¿cuántos presos contiene en este momento?

—Treinta y dos en los calabozos y doscientos sesenta, creo, en los pisos superiores.

—Déles la libertad —dijo Inés— y me separaré de la única amiga que tengo en el mundo.

—Lo que me ordena está fuera de mi poder —respondió don Blas.

Y no añadió una sola palabra durante el resto de la velada. Inés, trabajando junto a su lámpara, lo veía enrojecer y palidecer alternativamente; abandonó su labor y se puso a rezar el rosario. Al día siguiente, el mismo silencio.

La noche siguiente se declaró un incendio en la prisión de Torre-Vieja. Dos presos murieron. Pero, a pesar de toda la vigilancia del director de policía y de sus gendarmes, todos los demás consiguieron escapar.

Inés no dijo una palabra a don Blas, ni él a ella. Al día siguiente, cuando regresó a casa, don Blas ya no vio a Sancha y se arrojó en brazos de Inés.

Habían transcurrido dieciocho meses desde el incendio de Torre-Vieja cuando un viajero cubierto de polvo bajó de su caballo ante la peor posada del pueblo de la Zubia, situado en las montañas a una legua al sur de Granada, mientras Alcolote se encuentra al norte.

Los alrededores de Granada forman como un oasis encantado en medio de las llanuras abrasadas de Andalucía. Es la región más bella de España. Pero ¿había llegado aquel viajero guiado únicamente por la curiosidad? Por su traje, se le habría tomado por catalán. Su pasaporte, expedido en Mallorca, estaba efectivamente visado en Barcelona, donde había desembarcado.

El dueño de aquella mala posada era muy pobre. Al entregarle su pasaporte, que llevaba el nombre de don Pablo Rodil, el viajero catalán lo miró.

—Sí, señor viajero —le dijo el posadero—, avisaré a Vuestra Señoría en caso de que la policía de Granada pregunte por usted.

El viajero dijo que quería conocer aquella región tan hermosa; salía una hora antes de la salida del sol y no regresaba hasta mediodía, en el momento de mayor calor, cuando todo el mundo estaba comiendo o durmiendo la siesta.

Don Fernando pasaba horas enteras sobre una colina cubierta de jóvenes alcornoques. Desde allí veía el antiguo palacio de la Inquisición de Granada, habitado ahora por don Blas y por Inés. Sus ojos no podían apartarse de los muros ennegrecidos de aquel palacio, que se elevaba como un gigante en medio de las casas de la ciudad.

Al abandonar Mallorca, don Fernando se había prometido no entrar en Granada. Un día no pudo resistir un impulso que se apoderó de él; fue a pasar por la estrecha calle sobre la que se alzaba la elevada fachada del palacio de la Inquisición. Entró en el taller de un artesano, encontró un pretexto para detenerse allí y entablar conversación. El artesano le mostró las ventanas del apartamento de doña Inés. Se encontraban en un segundo piso muy elevado.

A la hora de la siesta, don Fernando emprendió el regreso a la Zubia con el corazón devorado por todas las furias de los celos. Habría querido apuñalar a Inés y matarse después.

—¡Carácter débil y cobarde! —se repetía con rabia—. ¡Es capaz de amarlo si llega a imaginar que ese es su deber!

Al doblar una calle se encontró con Sancha.

—¡Ah, amiga mía! —exclamó, fingiendo no hablarle directamente—. Me llamo don Pablo Rodil y me alojo en la posada del Ángel, en la Zubia. Mañana, al ángelus de la tarde, ¿podrías encontrarte junto a la iglesia principal?

—Allí estaré —dijo Sancha sin mirarlo.

Al anochecer del día siguiente, don Fernando divisó a Sancha y caminó sin decir palabra hacia su posada; ella entró sin ser vista. Fernando cerró la puerta.

—¿Y bien? —le dijo con lágrimas en los ojos.

—Ya no estoy a su servicio —respondió Sancha—. Hace dieciocho meses que me despidió sin motivo, sin explicación. A fe mía, creo que ama a don Blas.

—¡Ama a don Blas! —exclamó don Fernando secándose las lágrimas—. ¡Eso era lo único que me faltaba!

—Cuando me despidió —prosiguió Sancha— me arrojé a sus pies, suplicándole que me explicara la causa de mi desgracia. Me respondió fríamente: «Mi marido lo quiere». ¡Ni una palabra más! Usted la conoció muy piadosa; ahora su vida no es más que una oración continua.

Para congraciarse con el partido gobernante, don Blas había conseguido que la mitad del palacio de la Inquisición donde vivía fuese entregada a unas monjas clarisas. Aquellas damas se habían instalado allí y acababan de terminar su iglesia. Doña Inés pasaba allí la vida. En cuanto don Blas salía de casa, era seguro encontrarla arrodillada ante el altar de la Adoración perpetua.

—¡Ama a don Blas! —repitió don Fernando.

—La víspera de mi desgracia —prosiguió Sancha—, doña Inés me hablaba…

—¿Está alegre? —interrumpió don Fernando.

—Alegre, no; pero tiene un humor sereno y dulce, muy diferente del que usted le conoció. Ya no tiene aquellos accesos de vivacidad y locura de los que hablaba el cura.

—¡La infame! —exclamó don Fernando, recorriendo la habitación a grandes pasos—. ¡Así cumple sus juramentos! ¡Así me amaba! ¡Ni siquiera está triste! Y yo…

—Como decía a Vuestra Señoría —prosiguió Sancha—, la víspera de mi desgracia doña Inés me hablaba con amistad, con bondad, como antes en Alcolote. Al día siguiente, un «mi marido lo quiere» fue cuanto encontró que decirme al entregarme un documento firmado por ella que me asegura una buena pensión de ochocientos reales.

—¡Dame ese papel! —dijo don Fernando.

Cubrió de besos la firma de Inés.

—¿Y hablaba de mí?

—Jamás —respondió Sancha—; y tan jamás que, delante de mí, el viejo don Jaime llegó una vez a reprocharle haber olvidado a un vecino tan amable. Ella palideció y no respondió. En cuanto acompañó a su padre hasta la puerta, corrió a encerrarse en la capilla.

—Soy un necio, eso es todo —exclamó don Fernando—. ¡Cómo voy a odiarla! No hablemos más… Ha sido una suerte haber entrado en Granada, mil veces más suerte todavía haberte encontrado… ¿Y tú, qué haces?

—Me he establecido como comerciante en el pequeño pueblo de Albaracín, a media legua de Granada. Tengo —añadió bajando la voz— hermosas mercancías inglesas que me traen los contrabandistas de las Alpujarras. Tengo en mis arcas más de diez mil reales en mercancías de valor. Soy feliz.

—Entiendo —dijo don Fernando—: tienes un amante entre los valientes de las Alpujarras. No volveré a verte jamás. Toma, conserva este reloj en recuerdo mío.

Sancha se marchaba; él la retuvo.

—¿Y si me presentara ante ella? —preguntó.

—Huiría de usted aunque tuviera que arrojarse por la ventana. Tenga cuidado —dijo Sancha, volviendo junto a don Fernando—: cualquiera que sea el disfraz que adopte, ocho o diez espías que rondan continuamente la casa lo detendrían.

Fernando, avergonzado de su debilidad, no añadió palabra. Acababa de tomar la resolución de partir al día siguiente hacia Mallorca.

Ocho días después pasó por casualidad por el pueblo de Albaracín. Los bandidos acababan de detener al capitán general O'Donnell, a quien habían tenido durante una hora tendido boca abajo en el barro. Don Fernando vio a Sancha corriendo con aire atareado.

—No tengo tiempo para hablarle —le dijo—. Venga a mi casa.

La tienda de Sancha estaba cerrada; se apresuraba a colocar sus telas inglesas en una gran arca de roble negro.

—Quizá nos ataquen aquí esta noche —dijo a don Fernando—. El jefe de esos bandidos es enemigo personal de un contrabandista amigo mío. Esta tienda sería la primera en ser saqueada. Vengo de Granada; acabo de obtener de doña Inés, que después de todo es una excelente mujer, permiso para depositar mis mercancías más valiosas en su habitación. Don Blas no verá esta arca, que está llena de contrabando; si por desgracia la ve, doña Inés encontrará una excusa.

Se apresuraba a ordenar sus tules y sus chales. Don Fernando la observaba trabajar; de pronto se precipitó sobre el arca, arrojó fuera los tules y los chales y ocupó su lugar.

—¿Está loco? —dijo Sancha aterrada.

—Toma, aquí tienes cincuenta onzas; pero ¡que el cielo me aniquile si salgo de esta arca antes de encontrarme en el palacio de la Inquisición de Granada! Quiero verla.

Por mucho que Sancha dijera en medio de su espanto, don Fernando no la escuchó.

Mientras ella seguía hablando entró Zanga, un mozo de carga, primo de Sancha, que debía llevar el arca hasta Granada sobre su mula. Al oír el ruido que hizo al entrar, don Fernando se apresuró a cerrar sobre sí la tapa del arca. Por si acaso, Sancha la cerró con llave. Habría sido más imprudente dejarla abierta.

Hacia las once de la mañana de un día del mes de junio, don Fernando hizo su entrada en Granada transportado dentro de un arca; estaba a punto de asfixiarse. Llegaron al palacio de la Inquisición. Por el tiempo que Zanga tardó en subir la escalera, don Fernando imaginó que llevaban el arca al segundo piso y quizá incluso a la habitación de Inés.

Cuando las puertas se cerraron y dejó de oír cualquier ruido, intentó hacer saltar con ayuda de su puñal el pestillo de la cerradura del arca. Lo consiguió. Para su inexpresable alegría, se encontraba efectivamente en la habitación de Inés. Vio ropas de mujer; reconoció junto a la cama un crucifijo que antiguamente estaba en su pequeña habitación de Alcolote. Una vez, después de una violenta disputa, ella lo había llevado hasta su habitación y, ante aquel crucifijo, le había jurado amor eterno.

El calor era extremo y la habitación estaba muy oscura. Las persianas estaban cerradas, al igual que unas grandes cortinas de la más ligera muselina de la India, recogidas muy abajo. El profundo silencio apenas era turbado por el rumor de un pequeño surtidor de agua que, elevándose algunos pies en un rincón de la habitación, caía de nuevo sobre su concha de mármol negro.

El sonido tan débil de aquel surtidor hacía estremecerse a don Fernando, que había dado en su vida veinte pruebas de la más audaz valentía. Estaba lejos de encontrar en la habitación de Inés aquella felicidad perfecta con la que tantas veces había soñado en Mallorca mientras pensaba en los medios de introducirse allí. Exiliado, desgraciado, separado de los suyos, un amor apasionado, vuelto casi loco por la duración y monotonía de la desgracia, constituía todo el carácter de don Fernando.

En aquel momento, el temor de disgustar a aquella Inés a quien sabía tan casta y tímida era el único sentimiento de don Fernando. Me avergonzaría confesarlo si no esperase que el lector posee cierto conocimiento del carácter singular y apasionado de las gentes del Sur: don Fernando estuvo a punto de desmayarse cuando, poco después de que el reloj del convento diera las dos, oyó en medio del profundo silencio unos pasos ligeros que subían por la escalera de mármol.

Pronto se acercaron a la puerta. Reconoció el paso de Inés; y, no atreviéndose a afrontar el primer momento de indignación de una persona tan apegada a sus deberes, volvió a esconderse en el arca.

El calor era sofocante y la oscuridad profunda. Inés se tendió en la cama; poco después, por la tranquilidad de su respiración, don Fernando comprendió que dormía. Solo entonces se atrevió a acercarse al lecho; vio a aquella Inés que desde hacía tantos años constituía su único pensamiento. Sola, abandonada a él en la inocencia de su sueño, le produjo miedo.

Aquel singular sentimiento aumentó cuando advirtió que, en los dos años transcurridos desde la última vez que la había visto, sus rasgos habían adquirido una expresión de fría dignidad que antes no poseían.

Poco a poco, sin embargo, la felicidad de volver a verla penetró en su alma; ¡el ligero desorden de un atuendo de verano formaba un contraste tan encantador con aquel aire de dignidad casi severa!

Comprendió que la primera idea de Inés al verlo sería huir. Fue a cerrar la puerta y tomó la llave.

Por fin llegó aquel instante que iba a decidir todo su porvenir. Inés hizo algunos movimientos, estaba a punto de despertar. Don Fernando tuvo la inspiración de arrodillarse ante el crucifijo que en Alcolote se encontraba en la habitación de Inés.

Al abrir unos ojos todavía cargados de sueño, Inés tuvo la idea de que Fernando acababa de morir lejos de allí y que la imagen que veía ante el crucifijo era una aparición.

Permaneció inmóvil, erguida delante de su cama, con las manos juntas.

—¡Pobre desgraciado! —dijo con voz temblorosa y casi ahogada.

Don Fernando, todavía arrodillado y medio vuelto hacia ella para contemplarla, le mostraba el crucifijo; pero en su turbación hizo un movimiento.

Inés, completamente despierta, comprendió la verdad y corrió hacia la puerta, que encontró cerrada.

—¡Qué audacia! —exclamó—. ¡Salga, don Fernando!

Huyó hacia el rincón más alejado de la habitación, junto al pequeño surtidor.

—¡No se acerque, no se acerque! —repetía con voz convulsa—. ¡Salga!

Todo el resplandor de la más pura virtud brillaba en sus ojos.

—No; no saldré hasta que me hayas escuchado. Desde hace dos años no he podido olvidarte; noche y día tengo tu imagen delante de los ojos. ¿No me juraste ante esta cruz que serías mía para siempre?

—¡Salga! —repitió ella furiosa—, o llamaré y nos degollarán a los dos.

Corrió hacia una campanilla, pero don Fernando llegó antes que ella y la estrechó entre sus brazos.

Don Fernando temblaba. Inés lo advirtió perfectamente y perdió toda la fuerza que obtenía de su cólera.

Don Fernando dejó de dejarse dominar por pensamientos de amor y voluptuosidad y se entregó por entero a su deber.

Temblaba más que Inés, pues sentía que acababa de comportarse con ella como un enemigo; pero no encontró en ella ni cólera ni arrebato.

—¿Quieres entonces la muerte de mi alma inmortal? —le dijo Inés—. Pero, al menos, cree una cosa: te adoro y nunca he amado sino a ti. No ha transcurrido un solo minuto de la abominable vida que llevo desde mi matrimonio en el que no haya pensado en ti. Era un pecado execrable: lo he hecho todo por olvidarte, pero en vano. No tengas horror de mi impiedad, Fernando mío: ¿podrás creerlo? Este santo crucifijo que ves ahí, junto a mi cama, muchas veces ya no me presenta la imagen de ese Salvador que ha de juzgarnos; no me recuerda sino los juramentos que te hice extendiendo la mano hacia él en mi pequeña habitación de Alcolote. ¡Ah! ¡Estamos condenados, irremediablemente condenados, Fernando! —exclamó transportada—. ¡Seamos al menos muy felices durante los pocos días que nos quedan de vida!

«¡Estamos condenados, irremediablemente condenados, Fernando! ¡Seamos al menos muy felices durante los pocos días que nos quedan de vida!»

Aquel lenguaje eliminó todo temor en don Fernando; para él comenzó la felicidad.

—¡Cómo! ¿Me perdonas? ¿Todavía me amas?…

Las horas huían rápidamente; el día comenzaba ya a declinar. Fernando le contó la repentina inspiración que aquella mañana había tenido al ver el arca.

Fueron arrancados de su arrobamiento por un gran ruido junto a la puerta de la habitación. Era don Blas, que venía a buscar a su mujer para el paseo de la tarde.

—Di que te has sentido indispuesta por el excesivo calor —dijo don Fernando a Inés—. Voy a encerrarme otra vez en el arca. Aquí tienes la llave de tu puerta; finge que no puedes abrir, gírala en sentido contrario hasta que hayas oído el ruido que hará la cerradura del arca al cerrarse.

Todo salió a pedir de boca; don Blas creyó en el accidente provocado por el calor extremo.

—¡Pobre amiga! —exclamó mientras se disculpaba por haberla despertado tan bruscamente.

La tomó en brazos y volvió a llevarla hasta su cama; la colmaba de las más tiernas caricias cuando vio el arca.

—¿Qué es esto? —preguntó frunciendo el ceño.

Todo su genio de director de policía pareció despertar de repente.

—¡Esto en mi casa! —repitió cinco o seis veces mientras doña Inés le contaba los temores de Sancha y la historia del arca.

—Deme la llave —dijo con dureza.

—No quise aceptarla —respondió Inés—; alguno de sus criados podría haber encontrado esa llave. Mi negativa a recibirla pareció agradar mucho a Sancha.

—¡Perfectamente! —exclamó don Blas—. Pero tengo aquí, en la caja de mis pistolas, instrumentos capaces de abrir todas las cerraduras del mundo.

Fue hasta la cabecera de la cama, abrió una caja llena de armas y se acercó al arca con un manojo de ganzúas inglesas.

Inés abrió las persianas de una ventana y se inclinó sobre el alféizar de modo que pudiera arrojarse a la calle en el instante en que don Blas descubriese a Fernando.

Pero el exceso del odio que Fernando sentía por don Blas le había devuelto toda su sangre fría; tuvo la idea de colocar la punta de su puñal detrás del pestillo de la mala cerradura del arca, y en vano retorció don Blas sus ganzúas inglesas.

—Es extraño —dijo don Blas levantándose—. Estas ganzúas nunca me habían fallado. Querida Inés, nuestro paseo se retrasará. Ni siquiera junto a ti podría estar tranquilo pensando en esta arca, que quizá esté llena de papeles criminales. ¿Quién me asegura que, durante mi ausencia, el obispo, mi enemigo, no hará registrar mi casa con ayuda de alguna orden arrancada al rey? Voy a mi despacho y regreso inmediatamente con un artesano que tendrá más éxito que yo.

Salió.

Doña Inés abandonó la ventana para cerrar la puerta. Don Fernando le suplicó en vano que huyera con él.

—No conoces la vigilancia del terrible don Blas —le dijo—; en pocos minutos puede comunicarse con sus agentes a varias leguas de Granada. ¡Si pudiera huir contigo e ir a vivir a Inglaterra! Imagínate que esta enorme casa es registrada todos los días hasta en sus rincones más pequeños. Voy a intentar esconderte; si me amas, sé prudente, porque no te sobreviviría.

Su conversación fue interrumpida por un fuerte golpe en la puerta. Fernando se colocó detrás de ella con el puñal en la mano.

Afortunadamente no era más que Sancha; le contaron todo en dos palabras.

—Pero, señora, ¿no piensa usted que, al esconder a don Fernando, don Blas encontrará el arca vacía? Veamos, ¿qué podemos meter dentro en tan poco tiempo? Pero con mi confusión olvido una buena noticia: toda la ciudad está agitada y don Blas muy ocupado. Don Pedro Ramos, diputado de las Cortes, insultado por un voluntario realista en el café de la Plaza Mayor, acaba de matarlo de una puñalada. Acabo de encontrar a don Blas rodeado de sus esbirros en la Puerta del Sol. Esconda a don Fernando; voy a buscar por todas partes a Zanga, que vendrá a llevarse el arca, dentro de la cual volverá a meterse don Fernando. ¿Pero tendremos tiempo suficiente? Lleve el arca a otra habitación, para disponer al menos de una primera respuesta que dar a don Blas y evitar que la apuñale de inmediato. Diga que he sido yo quien hizo trasladar el arca y quien la abrió. Y, sobre todo, no nos engañemos: si don Blas regresa antes que yo, ¡estamos todos muertos!

Los consejos de Sancha impresionaron poco a los amantes; trasladaron el arca hasta un pasillo oscuro y se contaron cuanto había ocurrido en sus vidas durante aquellos dos años.

—No encontrarás reproches en tu amiga —decía Inés a don Fernando—; te obedeceré en todo. Tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga. No puedes imaginar el poco valor que don Blas concede a su vida y a la de los demás; descubrirá que te he visto y me matará… ¿Qué encontraré en la otra vida? —continuó después de un momento de ensueño—. ¡Castigos eternos!

Después se arrojó al cuello de Fernando.

—¡Soy la más feliz de las mujeres! —exclamó—. Si encuentras algún medio para que volvamos a vernos, házmelo saber por Sancha; tienes una esclava que se llama Inés.

Zanga no regresó hasta la noche; se llevó el arca, dentro de la cual Fernando se había vuelto a instalar.

Varias veces fue interrogado por las patrullas de esbirros que buscaban por todas partes al diputado liberal sin conseguir encontrarlo; siempre dejaron pasar a Zanga cuando respondía que el arca que transportaba pertenecía a don Blas.

Zanga fue detenido por última vez en una calle solitaria que bordeaba el cementerio. La calle estaba separada de este, situado doce o quince pies más abajo, por un muro de la altura de un antepecho, contra el cual Zanga tuvo la idea de descansar. Mientras respondía a los esbirros, el arca reposaba sobre el muro.

Zanga, a quien habían cargado apresuradamente por miedo al regreso de don Blas, había colocado el arca de tal modo que don Fernando tenía la cabeza hacia abajo; el dolor que experimentaba Fernando en aquella posición se volvió insoportable.

Esperaba llegar pronto; cuando sintió que el arca permanecía inmóvil, perdió la paciencia. Reinaba un gran silencio en la calle; calculó que debían de ser al menos las nueve de la noche.

«Unos cuantos ducados —pensó— me asegurarán la discreción de Zanga.»

Vencido por el dolor, le dijo en voz muy baja:

—Gira el arca hacia el otro lado; así sufro horriblemente.

El mozo de carga, que a aquella hora intempestiva no se encontraba precisamente tranquilo junto al muro del cementerio, quedó aterrorizado por aquella voz tan próxima a su oído; creyó escuchar a un aparecido y echó a correr con todas sus fuerzas.

El arca quedó en pie sobre el parapeto; el dolor de don Fernando aumentaba. Al no recibir respuesta de Zanga, comprendió que lo habían abandonado.

Cualquiera que fuese el peligro, decidió abrir el arca; hizo un movimiento violento que lo precipitó dentro del cementerio.

Aturdido por la caída, don Fernando no recobró el conocimiento hasta unos instantes después. Veía las estrellas brillar sobre su cabeza: la cerradura del arca había cedido durante la caída y él se encontraba tendido sobre la tierra recién removida de una tumba.

Pensó en el peligro que podía correr Inés; aquella idea le devolvió todas sus fuerzas.

Le corría sangre, estaba muy magullado; consiguió, sin embargo, levantarse y poco después caminar. Tuvo algunas dificultades para escalar el muro del cementerio y después para llegar hasta el alojamiento de Sancha.

Al verlo cubierto de sangre, Sancha creyó que don Blas lo había descubierto.

—Hay que reconocer —le dijo riendo cuando comprendió lo ocurrido— que nos ha metido usted en un hermoso lío.

Convinieron en que era absolutamente necesario aprovechar la noche para retirar el arca caída en el cementerio.

—La vida de doña Inés y la mía están acabadas —dijo Sancha— si mañana algún espía de don Blas descubre esa maldita arca.

—Sin duda estará manchada de sangre —añadió don Fernando.

Zanga era el único hombre al que podían recurrir.

Mientras hablaban de él, llamó a la puerta de Sancha, quien no lo sorprendió poco al decirle:

—Sé todo lo que vienes a contarme. Abandonaste mi arca; cayó en el cementerio con todas mis mercancías de contrabando. ¡Qué pérdida para mí! Ahora escucha lo que ocurrirá: don Blas te interrogará esta noche o mañana por la mañana.

—¡Ah! ¡Estoy perdido! —exclamó Zanga.

—Estás salvado si respondes que, al salir del palacio de la Inquisición, trajiste de nuevo el arca a mi casa.

Zanga estaba verdaderamente afligido por haber comprometido las mercancías de su prima; pero había tenido miedo del aparecido, tenía miedo de don Blas y parecía incapaz de comprender las cosas más sencillas. Sancha le repetía largamente sus instrucciones sobre la manera en que debía responder al director de policía sin comprometer a nadie.

—Aquí tienes diez ducados —dijo don Fernando, apareciendo de pronto—; pero, si no dices exactamente lo que Sancha acaba de explicarte, solo morirás por este puñal.

—¿Y quién es usted, señor? —preguntó Zanga.

—Un pobre negro perseguido por los voluntarios realistas.

Zanga quedó completamente desconcertado; su miedo aumentó cuando vio entrar a dos esbirros de don Blas.

Uno de ellos se apoderó de él y lo condujo inmediatamente ante su jefe. El otro solo venía a avisar a Sancha de que la reclamaban en el palacio de la Inquisición; su misión era menos severa.

Sancha bromeó con él y lo invitó a probar un excelente vino rancio. Quería hacerlo hablar para proporcionar algunas indicaciones a don Fernando, que podía oírlo todo desde el lugar donde estaba escondido.

El esbirro contó que, al huir del aparecido, Zanga había entrado pálido como un muerto en una taberna, donde había contado su aventura. Uno de los espías encargados de descubrir al negro —es decir, al liberal— que había matado a un realista se encontraba en aquella taberna y había corrido a informar a don Blas.

—Pero nuestro director, que no es torpe —añadió el esbirro—, dijo inmediatamente que la voz oída por Zanga era la del negro escondido en el cementerio. Me envió a buscar el arca; la encontramos abierta y manchada de sangre. Don Blas pareció muy sorprendido y me envió aquí. Vámonos.

«Inés y yo estamos muertas —se decía Sancha mientras caminaba con el esbirro hacia el palacio de la Inquisición—. Don Blas habrá reconocido el arca; en este momento sabe que un extranjero se ha introducido en su casa.»

La noche era muy oscura; Sancha tuvo por un instante la idea de escapar.

«Pero no —se dijo—, sería infame abandonar a doña Inés, que es tan ingenua y que en este momento no debe saber qué responder.»

Al llegar al palacio de la Inquisición quedó sorprendida al ver que la hacían subir al segundo piso, hasta la propia habitación de Inés. El lugar de la escena le pareció un presagio siniestro. La habitación estaba brillantemente iluminada.

Encontró a doña Inés sentada junto a una mesa, a don Blas de pie a su lado, con la mirada centelleante, y el arca fatal abierta delante de ambos. Estaba cubierta de sangre.

Cuando ella entró, don Blas estaba interrogando a Zanga; inmediatamente hicieron salir al mozo.

«¿Nos habrá traicionado? —se preguntó Sancha—. ¿Habrá entendido lo que le dije que respondiera? La vida de doña Inés está en sus manos.»

Miró a doña Inés para tranquilizarla; no vio en sus ojos más que calma y firmeza. Sancha quedó asombrada.

«¿De dónde saca tanto valor esta mujer tan tímida?»

Desde las primeras palabras de su respuesta a las preguntas de don Blas, Sancha advirtió que aquel hombre, ordinariamente tan dueño de sí mismo, estaba como loco.

Pronto dijo, hablando consigo mismo:

—¡La cosa está clara!

Doña Inés debió de oír aquellas palabras igual que Sancha, pues dijo con gran sencillez:

—La gran cantidad de velas encendidas en esta habitación la convierte en un horno.

Y se acercó a la ventana.

Sancha sabía cuál había sido su proyecto unas horas antes; comprendió aquel movimiento. Inmediatamente fingió un violento ataque de nervios.

—¡Estos hombres quieren matarme! —exclamó—, porque he salvado a don Pedro Ramos.

Y agarró con fuerza a Inés por la muñeca.

En medio del extravío fingido de su ataque, las palabras entrecortadas de Sancha decían que, un instante después de que Zanga hubiese llevado de nuevo a su casa el arca de las mercancías, un hombre ensangrentado se había precipitado en su habitación con un puñal en la mano.

—«Acabo de matar a un voluntario realista —me dijo—; los compañeros del muerto me buscan. Si no me socorre, me asesinarán ante sus ojos…»

—¡Ah! ¡Mire esta sangre sobre mi mano! —exclamó Sancha como fuera de sí—. ¡Quieren matarme!

—Continúe —dijo fríamente don Blas.

—Don Ramos me dijo: «El prior del convento de los Jerónimos es mi tío; si consigo llegar hasta su convento, estoy salvado». Yo temblaba; ve el arca abierta, de la que acababa de sacar mis tules ingleses. De pronto arranca los paquetes que todavía quedaban dentro y se mete en el arca. «Cierre la cerradura sobre mí —grita— y haga llevar esta arca al convento de los Jerónimos sin perder un momento». Me arroja un puñado de ducados; aquí están. Es el precio de una impiedad; me producen horror…

—¡Basta de melindres! —exclamó don Blas.

—Tenía miedo de que me matase si no obedecía —continuó Sancha—; seguía sosteniendo en la mano izquierda el puñal que chorreaba la sangre del pobre voluntario realista. Tuve miedo, lo confieso; mandé llamar a Zanga, que tomó el arca y la llevó al convento. Yo había…

—Ni una palabra más, o es usted mujer muerta —dijo don Blas, que casi adivinaba que Sancha trataba de ganar tiempo.

A una señal de don Blas fueron a buscar a Zanga.

Sancha observó que don Blas, ordinariamente impasible, estaba fuera de sí; dudaba de la persona a quien durante dos años había creído fiel. El calor parecía aplastar a don Blas; pero, en cuanto vio aparecer a Zanga, que los esbirros traían de nuevo, se precipitó sobre él y le apretó furiosamente el brazo.

«Hemos llegado al momento fatal —se dijo Sancha—. Este hombre va a decidir la vida de doña Inés y la mía. Me es enteramente fiel; pero esta noche, aterrorizado por el aparecido y por el puñal de don Fernando, ¡Dios sabe lo que dirá!»

Zanga, violentamente sacudido por don Blas, lo miraba con los ojos desorbitados, sin responder.

«¡Dios mío! —pensó Sancha—. Van a hacerle jurar que dirá la verdad, y es tan devoto que jamás querrá mentir.»

Por casualidad, don Blas, que no se encontraba en su tribunal, olvidó hacer prestar juramento al testigo.

Finalmente Zanga, iluminado por el extremo peligro, por las miradas de Sancha y por el propio exceso de su miedo, se decidió a hablar.

Ya fuera por prudencia o por verdadera confusión, su relato resultó muy embrollado. Decía que, llamado por Sancha para hacerse cargo nuevamente del arca que poco antes había llevado desde el palacio de monseñor el director de policía, la había encontrado mucho más pesada. Agotado al pasar junto al muro del cementerio, la había apoyado sobre el parapeto. Entonces una voz lastimera se había hecho oír junto a su oreja y él había huido.

Don Blas lo abrumaba a preguntas, pero parecía él mismo vencido por el cansancio.

A una hora avanzada de la noche suspendió el interrogatorio para continuarlo a la mañana siguiente. Zanga todavía no había caído en contradicciones.

Sancha pidió a Inés que le permitiera ocupar el gabinete junto a su habitación, donde antiguamente pasaba la noche. Probablemente don Blas no oyó las pocas palabras intercambiadas al respecto.

Inés, que temblaba por don Fernando, fue a buscar a Sancha.

—Don Fernando está a salvo; pero, señora —continuó Sancha—, su vida y la mía penden de un hilo. Don Blas tiene sospechas. Mañana por la mañana amenazará seriamente a Zanga y hará que hable por medio del fraile que confiesa a ese hombre y ejerce sobre él un poder absoluto. La historia que he contado solo servía para apartar el peligro del primer momento.

—Pues bien, huye, querida Sancha —respondió Inés con su dulzura habitual, como si el destino que la aguardaba dentro de unas horas no la turbase en absoluto—. Déjame morir sola. Moriré feliz; tengo conmigo la imagen de Fernando. La vida entera no es demasiado precio por la felicidad de haberlo vuelto a ver después de dos años. Te ordeno que me abandones inmediatamente. Baja al gran patio y escóndete cerca de la puerta. Espero que puedas escapar. Solo te pido una cosa: entrega esta cruz de diamantes a don Fernando y dile que, al morir, bendigo la idea que tuvo de regresar de Mallorca.

Al despuntar el día, en cuanto sonó el ángelus, doña Inés despertó a su marido para decirle que iba a escuchar la primera misa en el convento de las Clarisas.

Aunque se encontraba en la casa, don Blas, que no le respondió ni una sílaba, ordenó que cuatro de sus criados la acompañasen.

Al llegar a la iglesia, Inés se colocó junto a la reja de las religiosas.

Un instante después, los guardianes que don Blas había asignado a su mujer vieron abrirse las rejas.

Doña Inés entró en la clausura.

Declaró que, en cumplimiento de un voto secreto, se había hecho religiosa y que jamás saldría del convento.

Don Blas acudió a reclamar a su mujer; pero la abadesa ya había mandado avisar al obispo.

Aquel prelado respondió con aire paternal a los arrebatos de don Blas:

—Sin duda la muy ilustre doña Inés Bustos y Mosquera no tiene derecho alguno a consagrarse al Señor si es su legítima esposa; pero doña Inés teme que puedan haber existido nulidades en su matrimonio.

Pocos días después, doña Inés, que pleiteaba contra su marido, fue encontrada en su cama atravesada por varias puñaladas; y, a consecuencia de una conspiración descubierta por don Blas, el hermano de Inés y don Fernando acaban de ser decapitados en la plaza de Granada.

Henri Beyle

El arca y el aparecido · Stendhal · Texto completo en español · Librería 5