Victtoria Accoramboni — Stendhal | Texto completo

Vittoria Accoramboni, de Stendhal: ilustración de intriga renacentista
Vittoria Accoramboni: belleza, ambición, poder y muerte en la Italia del siglo XVI.
Crónica italiana

Vittoria Accoramboni

Duquesa de Bracciano
Stendhal

Una mujer de extraordinaria belleza, un marido atraído hacia una emboscada, un príncipe señalado por la sospecha, un cardenal que domina hasta el último gesto de su rostro y una matanza que termina bajo la artillería de la República de Venecia.

Stendhal presenta esta historia no como una invención novelesca, sino como la traducción de una crónica italiana escrita pocos días después de la muerte de su protagonista. El resultado es un relato severo y vertiginoso sobre el deseo, la ambición, la simulación cortesana y la violencia política en la Italia del Renacimiento tardío.

Ficha de la obra

Título original: Histoire de Vittoria Accoramboni, duchesse de Bracciano

Autor: Stendhal

Lengua original: Francés

Género: Crónica histórica / relato

Primera publicación: 1837

Publicación: Revue des Deux Mondes, tomo IX

Páginas originales: 560-584

Edición: Traducción española para Librería 5

Historia de Vittoria Accoramboni

Duquesa de Bracciano

I. El manuscrito y el lector

Por desgracia para mí, y también para el lector, esto no es una novela, sino la traducción fiel de un relato muy serio escrito en Padua en diciembre de 1585.

Me encontraba en Mantua hace algunos años buscando bocetos y pequeños cuadros que estuvieran al alcance de mi modesta fortuna; pero quería que fueran obra de pintores anteriores al año 1600, pues hacia esa época terminó de morir la originalidad italiana, ya gravemente amenazada por la toma de Florencia en 1530.

En lugar de cuadros, un viejo patricio, muy rico y muy avaro, me ofreció venderme, y a un precio muy elevado, unos antiguos manuscritos amarillentos por el tiempo. Pedí examinarlos y él accedió, añadiendo que confiaba en mi honradez para que no recordase las anécdotas picantes que pudiera leer si finalmente no compraba los manuscritos.

Bajo esta condición, que me agradó, recorrí, con gran detrimento de mis ojos, trescientos o cuatrocientos volúmenes en los que, dos o tres siglos atrás, habían sido amontonados relatos de aventuras trágicas, cartas de desafío relativas a duelos, tratados de pacificación entre nobles vecinos, memorias sobre toda clase de asuntos, etcétera, etcétera. El anciano propietario pedía una suma enorme por aquellos manuscritos. Después de muchas negociaciones, compré, a muy alto precio, el derecho a mandar copiar ciertas historietas que me habían agradado y que muestran las costumbres de Italia hacia el año 1500.

Poseo veintidós volúmenes en folio, y lo que el lector va a leer, si está dotado de paciencia, es una de esas historias fielmente traducidas. Conozco la historia del siglo XVI en Italia y creo que cuanto sigue es completamente verdadero. Me he esforzado para que la traducción de aquel antiguo estilo italiano —grave, directo, soberanamente oscuro y cargado de alusiones a las cosas y a las ideas que ocupaban al mundo bajo el pontificado de Sixto V, en 1585— no presentase reflejos de la bella literatura moderna ni de las ideas de nuestro siglo libre de prejuicios.

El desconocido autor del manuscrito es un personaje circunspecto: nunca juzga un hecho ni lo prepara; su única ocupación consiste en narrar con verdad. Si algunas veces resulta pintoresco sin saberlo, es porque, hacia 1585, la vanidad todavía no envolvía todas las acciones de los hombres con una aureola de afectación. Se creía que solamente era posible influir sobre el prójimo expresándose con la mayor claridad posible.

Hacia 1585, con excepción de los bufones mantenidos en las cortes y de los poetas, nadie pensaba en resultar agradable por medio de la palabra. Todavía no se decía: «Moriré a los pies de Vuestra Majestad», justo después de haber mandado buscar caballos de posta para emprender la fuga. Era una clase de traición que todavía no había sido inventada. Se hablaba poco y cada cual prestaba una atención extrema a lo que se le decía.

Así pues, ¡oh, benévolo lector!, no busquéis aquí un estilo picante, rápido y brillante, lleno de nuevas alusiones a las maneras de sentir que están de moda.

No esperéis, sobre todo, las emociones arrebatadoras de una novela de George Sand. Esta gran escritora habría hecho una obra maestra con la vida y las desgracias de Vittoria Accoramboni. El relato sincero que os presento solamente puede ofrecer las más modestas ventajas de la historia.

Cuando, por casualidad, viajando solo en una diligencia al caer la noche, uno se pone a reflexionar sobre el gran arte de conocer el corazón humano, podrá tomar como base de sus juicios las circunstancias de la historia que sigue. El autor lo dice todo, lo explica todo y no deja nada que hacer a la imaginación del lector; escribía doce días después de la muerte de la heroína.1

II. Vittoria en la casa Peretti

Vittoria Accoramboni nació en el seno de una familia muy noble, en una pequeña ciudad del ducado de Urbino llamada Agubio. Desde su infancia llamó la atención de todos por una belleza rara y extraordinaria; pero esta belleza era el menor de sus encantos.

Nada le faltaba de cuanto puede hacer admirable a una joven de alta cuna; pero nada resultaba tan notable en ella, y puede decirse que nada parecía tan prodigioso entre tantas cualidades extraordinarias, como cierta gracia absolutamente encantadora que, desde la primera mirada, conquistaba el corazón y la voluntad de todos.

Aquella sencillez, que daba autoridad a sus menores palabras, no se veía perturbada por sospecha alguna de artificio. Desde el primer momento se confiaba en aquella dama dotada de tan extraordinaria belleza. Habría sido posible, a duras penas, resistirse a su hechizo limitándose a contemplarla; pero, si se la oía hablar y, sobre todo, si se llegaba a conversar con ella, resultaba absolutamente imposible escapar a un encanto tan extraordinario.

Muchos jóvenes caballeros de la ciudad de Roma, donde vivía su padre y donde todavía puede verse su palacio en la plaza de los Rusticuci, cerca de San Pedro, desearon obtener su mano. Hubo grandes celos y numerosas rivalidades; pero finalmente los parientes de Vittoria prefirieron a Félix Peretti, sobrino del cardenal Montalto, que más tarde sería el papa Sixto V, felizmente reinante.

Félix, hijo de Camila Peretti, hermana del cardenal, se llamó en un principio Francisco Mignucci. Adoptó los nombres de Félix Peretti cuando fue solemnemente adoptado por su tío.

Al entrar en la casa de los Peretti, Vittoria llevó consigo, sin saberlo, aquella preeminencia que podría llamarse fatal y que la acompañaba a todas partes; de manera que puede afirmarse que, para no adorarla, era preciso no haberla visto jamás.2

El amor que su marido sentía por ella llegaba hasta la verdadera locura. Su suegra Camila, y el propio cardenal Montalto, parecían no tener otra ocupación sobre la tierra que adivinar los gustos de Vittoria para procurar satisfacerlos inmediatamente. Toda Roma se admiraba de que aquel cardenal, conocido tanto por la pequeñez de su fortuna como por su horror hacia cualquier clase de lujo, encontrase un placer tan constante en adelantarse a todos los deseos de Vittoria.

Joven, resplandeciente de belleza y adorada por todos, tenía algunas veces caprichos muy costosos. Vittoria recibía de sus nuevos parientes joyas del mayor precio, perlas y, en definitiva, todo cuanto podía encontrarse de más raro entre los orfebres de Roma, que por entonces estaban muy bien abastecidos.

Por amor a aquella amable sobrina, el cardenal Montalto, tan conocido por su severidad, trató a los hermanos de Vittoria como si hubieran sido sus propios sobrinos. Octavio Accoramboni, apenas llegado a los treinta años, fue, por mediación del cardenal Montalto, designado por el duque de Urbino y nombrado por el papa Gregorio XIII obispo de Fossombrone.

Marcelo Accoramboni, joven de valor impetuoso, acusado de varios crímenes y perseguido con encarnizamiento por la corte,3 había logrado escapar con grandes dificultades de unas diligencias que podían haberlo conducido a la muerte. Honrado con la protección del cardenal, pudo recobrar cierta tranquilidad.

Un tercer hermano de Vittoria, Julio Accoramboni, fue admitido por el cardenal Alejandro Sforza entre los primeros dignatarios de su corte tan pronto como el cardenal Montalto se lo solicitó.

En una palabra, si los hombres supieran medir su felicidad, no por la infinita insaciabilidad de sus deseos, sino por el disfrute real de las ventajas que ya poseen, el matrimonio de Vittoria con el sobrino del cardenal Montalto habría podido parecer a los Accoramboni la culminación de la felicidad humana.

Pero el deseo insensato de ventajas inmensas e inciertas puede arrojar a los hombres más favorecidos por la fortuna hacia pensamientos extraños y llenos de peligros.

Bien es verdad que, si alguno de los parientes de Vittoria, como muchos sospecharon en Roma, contribuyó, movido por el deseo de una fortuna más elevada, a librarla de su marido, no tardó mucho en reconocer cuánto más prudente habría sido contentarse con las moderadas ventajas de una fortuna agradable, que tan pronto debía elevarse hasta la cumbre de cuanto puede desear la ambición humana.

III. La muerte de Félix Peretti

Mientras Vittoria vivía de este modo como una reina en su casa, una noche, cuando Félix Peretti acababa de acostarse junto a su esposa, una mujer llamada Catalina, nacida en Bolonia y doncella de Vittoria, le entregó una carta.

La carta había sido llevada por un hermano de Catalina llamado Domingo de Aquaviva, apodado el Mancino, es decir, el Zurdo. Este hombre había sido desterrado de Roma por diversos delitos; pero, a ruegos de Catalina, Félix le había procurado la poderosa protección de su tío el cardenal. El Mancino visitaba frecuentemente la casa de Félix, que depositaba en él una gran confianza.

La carta de la que hablamos estaba escrita en nombre de Marcelo Accoramboni, el hermano de Vittoria que era más querido por su marido. Marcelo vivía casi siempre escondido fuera de Roma; pero, en ocasiones, se atrevía a entrar en la ciudad y entonces encontraba refugio en la casa de Félix.

En la carta, entregada a una hora tan impropia, Marcelo llamaba en su auxilio a su cuñado Félix Peretti. Le suplicaba que acudiese a ayudarlo y añadía que, por un asunto de la mayor urgencia, lo esperaba cerca del palacio de Montecavallo.

Félix comunicó a su esposa el contenido de la extraña carta que acababan de entregarle. Después se vistió y no tomó otra arma que su espada. Acompañado por un solo criado que llevaba una antorcha encendida, estaba a punto de salir cuando encontró a sus pies a su madre Camila, a todas las mujeres de la casa y, entre ellas, a la propia Vittoria.

Todas le suplicaban con la mayor insistencia que no saliera a una hora tan avanzada. Como no cedía a sus ruegos, cayeron de rodillas y, con lágrimas en los ojos, le imploraron que las escuchase.

Aquellas mujeres, y principalmente Camila, estaban aterrorizadas por los relatos de las cosas extrañas que sucedían todos los días y quedaban impunes durante aquellos tiempos del pontificado de Gregorio XIII, llenos de desórdenes y atentados inauditos.

Además, las inquietaba otra idea: cuando Marcelo Accoramboni se arriesgaba a entrar en Roma, no acostumbraba a mandar llamar a Félix, y una petición semejante, formulada a aquella hora de la noche, les parecía completamente impropia.

Lleno de todo el ardor de su edad, Félix no cedió ante aquellos motivos de temor. Cuando supo que la carta había sido llevada por el Mancino, hombre a quien estimaba mucho y a quien había prestado ayuda, nada pudo detenerlo y salió de la casa.

Como ya se ha dicho, iba precedido únicamente por un criado que llevaba una antorcha encendida. Pero el pobre joven apenas había dado unos pasos por la subida de Montecavallo cuando cayó abatido por tres disparos de arcabuz.

Los asesinos, al verlo tendido en tierra, se arrojaron sobre él y rivalizaron en acribillarlo a puñaladas hasta que les pareció completamente muerto. Inmediatamente, la fatal noticia fue llevada a la madre y a la esposa de Félix y, por medio de ellas, llegó al cardenal, tío del difunto.

IV. La máscara del cardenal Montalto

El cardenal, sin mudar de semblante ni traicionar la menor emoción, mandó que lo vistieran rápidamente y se encomendó a sí mismo a Dios, así como a aquella pobre alma sorprendida de manera tan repentina.

Después se dirigió a la estancia de su sobrina y, con admirable gravedad y expresión de profunda paz, puso freno a los gritos y llantos femeninos que comenzaban a resonar por toda la casa. Su autoridad sobre aquellas mujeres fue tan eficaz que, desde aquel instante, e incluso en el momento en que el cadáver fue sacado de la casa, no se vio ni se oyó nada por parte de ellas que se apartase lo más mínimo de cuanto sucede, en las familias más ordenadas, ante las muertes más esperadas.

En cuanto al propio cardenal Montalto, nadie pudo sorprender en él ni siquiera los signos más moderados del dolor más sencillo. Nada cambió en el orden ni en la apariencia exterior de su vida. Roma no tardó en convencerse de ello, pues observaba con su habitual curiosidad los menores movimientos de un hombre tan profundamente agraviado.

Ocurrió por casualidad que, al día siguiente de la muerte violenta de Félix, estaba convocado en el Vaticano el consistorio de los cardenales. No hubo un solo hombre en toda la ciudad que no creyese que, al menos durante aquel primer día, el cardenal Montalto se excusaría de asistir a aquella función pública.

¡Allí debía presentarse ante las miradas de tantos y tan curiosos testigos! Se observarían los menores movimientos de aquella debilidad natural, aunque tan conveniente de ocultar en un personaje que, desde una posición eminente, aspiraba a otra todavía más elevada; pues todo el mundo convendrá en que no es decoroso que quien ambiciona elevarse por encima de todos los demás hombres se muestre hombre como los demás.

Pero quienes pensaban de aquel modo se equivocaron por partida doble. En primer lugar, según su costumbre, el cardenal Montalto fue uno de los primeros en aparecer en la sala del consistorio; y, en segundo lugar, resultó imposible para los observadores más perspicaces descubrir en él signo alguno de sensibilidad humana.

Por el contrario, mediante las respuestas que dio a aquellos colegas que, con motivo de un acontecimiento tan cruel, intentaron ofrecerle palabras de consuelo, supo llenar a todos de asombro. La constancia y la aparente inmovilidad de su alma en medio de una desgracia tan atroz se convirtieron inmediatamente en tema de conversación de toda la ciudad.

Bien es verdad que, en aquel mismo consistorio, algunos hombres más ejercitados en el arte de las cortes atribuyeron aquella aparente insensibilidad, no a una ausencia de sentimientos, sino a una gran capacidad de disimulo. Esta opinión fue compartida poco después por la multitud de los cortesanos, pues resultaba conveniente no mostrarse demasiado profundamente herido por una ofensa cuyo autor era, sin duda, poderoso y podía acaso cerrar más adelante el camino hacia la dignidad suprema.

Fuera cual fuese la causa de aquella aparente y completa insensibilidad, lo cierto es que sumió en una especie de estupor a toda Roma y a la corte de Gregorio XIII.

Cuando, reunidos todos los cardenales, el propio papa entró en la sala, volvió inmediatamente los ojos hacia el cardenal Montalto y se vio a Su Santidad derramar lágrimas. En cuanto al cardenal, sus facciones no abandonaron su inmovilidad habitual.

El asombro aumentó cuando, habiéndose acercado el cardenal Montalto, llegado su turno, a arrodillarse ante el trono de Su Santidad para darle cuenta de los asuntos que tenía encomendados, el papa, antes de permitirle comenzar, no pudo evitar que estallaran sus sollozos.

Cuando Su Santidad estuvo en condiciones de hablar, procuró consolar al cardenal, prometiéndole que se haría pronta y severa justicia por un atentado tan enorme. Pero el cardenal, después de agradecer muy humildemente las palabras de Su Santidad, le suplicó que no ordenase investigar lo sucedido, declarando que, por su parte, perdonaba de buen corazón al autor, quienquiera que fuese.

Inmediatamente después de aquella súplica, expresada en muy pocas palabras, el cardenal pasó a exponer los asuntos de los que estaba encargado, como si nada extraordinario hubiera sucedido.

Los ojos de todos los cardenales presentes en el consistorio estaban fijos en el papa y en Montalto. Aunque es ciertamente muy difícil engañar a la mirada experimentada de los cortesanos, ninguno se atrevió a afirmar que el rostro del cardenal Montalto hubiera traicionado la menor emoción al contemplar tan de cerca los sollozos de Su Santidad, quien, a decir verdad, estaba completamente fuera de sí.

La asombrosa insensibilidad del cardenal Montalto no flaqueó durante todo el tiempo que duró su despacho con Su Santidad. Hasta tal punto fue así que el propio papa quedó impresionado y, terminado el consistorio, no pudo evitar decir al cardenal de San Sisto, su sobrino predilecto:

«Veramente, costui è un gran frate!»
En verdad, este hombre es un fraile formidable.4

La conducta del cardenal Montalto no fue distinta en ninguno de los días siguientes. Como era costumbre, recibió las visitas de condolencia de los cardenales, los prelados y los príncipes romanos, y ante ninguno, por íntima que fuese su relación con él, se dejó llevar por palabras de dolor o lamentación.

Con todos ellos, después de una breve reflexión sobre la inestabilidad de las cosas humanas, confirmada y reforzada mediante sentencias y textos tomados de las Sagradas Escrituras o de los Padres de la Iglesia, cambiaba rápidamente de conversación y pasaba a hablar de las noticias de la ciudad o de los asuntos particulares del personaje con quien se encontraba, exactamente como si él hubiese querido consolar a quienes acudían a consolarlo.

Roma sentía especial curiosidad por saber lo que sucedería durante la visita que debía hacerle el príncipe Paolo Giordano Orsini, duque de Bracciano, a quien la voz pública atribuía la muerte de Félix Peretti. El vulgo pensaba que el cardenal Montalto no podría hallarse tan cerca del príncipe y hablar con él a solas sin dejar traslucir algún indicio de sus sentimientos.

Cuando el príncipe acudió a casa del cardenal, la multitud congregada en la calle y junto a la puerta era enorme. Gran número de cortesanos llenaba todas las habitaciones de la casa, tan grande era la curiosidad por observar el rostro de los dos interlocutores.

Pero nadie pudo descubrir nada extraordinario ni en uno ni en otro. El cardenal Montalto se ajustó a cuanto prescribían las conveniencias de la corte; dio a su rostro una expresión de alegría muy notable y su manera de dirigir la palabra al príncipe estuvo llena de afabilidad.

Un instante después, al subir de nuevo a su carruaje, el príncipe Paolo, encontrándose a solas con sus cortesanos más íntimos, no pudo evitar decir entre risas:

«In fatto è vero che costui è un gran frate!»
¡A fe mía que es cierto: este hombre es un fraile formidable!

Parecía querer confirmar la exactitud de las palabras que se le habían escapado al papa pocos días antes.

Los hombres prudentes consideraron que la conducta observada en aquella circunstancia por el cardenal Montalto le allanó el camino hacia el trono, pues muchos llegaron a formarse la opinión de que, fuese por naturaleza o por virtud, no sabía o no quería hacer daño a nadie, aunque tuviese grandes motivos para estar irritado.

V. Vittoria y el príncipe Orsini

Félix Peretti no había dejado ninguna disposición escrita relativa a su esposa; por consiguiente, Vittoria tuvo que regresar a casa de sus padres. Antes de su partida, el cardenal Montalto hizo que le entregasen los vestidos, las joyas y, en general, todos los regalos que había recibido mientras fue esposa de su sobrino.

El tercer día después de la muerte de Félix Peretti, Vittoria, acompañada por su madre, fue a instalarse en el palacio del príncipe Orsini.

Algunos dijeron que aquellas mujeres habían sido impulsadas a dar aquel paso por el cuidado de su seguridad personal, pues la corte parecía amenazarlas, acusándolas de haber consentido el homicidio cometido o, al menos, de haberlo conocido antes de su ejecución.5

Otros pensaron —y lo que sucedió más adelante pareció confirmar esta opinión— que habían obrado de aquel modo para llevar a cabo el matrimonio, pues el príncipe había prometido a Vittoria que se casaría con ella tan pronto como dejase de tener marido.

Sin embargo, ni entonces ni más tarde se conoció claramente al autor de la muerte de Félix, aunque todos sospechaban de todos. La mayoría, no obstante, atribuía aquella muerte al príncipe Orsini.

Todos sabían que se había enamorado de Vittoria y que había dado pruebas inequívocas de ello. El matrimonio que se celebró posteriormente constituyó una poderosa demostración, pues la condición de la mujer era tan inferior a la del príncipe que únicamente la tiranía de la pasión amorosa podía elevarla hasta la igualdad matrimonial.6

El vulgo no abandonó esta opinión a causa de una carta dirigida al gobernador de Roma y difundida pocos días después del suceso. La carta estaba escrita en nombre de César Palantieri, joven de carácter impetuoso que había sido desterrado de la ciudad.

En aquella carta, Palantieri declaraba que no era necesario que Su Señoría Ilustrísima se tomase la molestia de buscar en otra parte al autor de la muerte de Félix Peretti, puesto que él mismo había ordenado matarlo a consecuencia de ciertas desavenencias surgidas entre ambos algún tiempo atrás.

Muchos pensaron que el asesinato no se había llevado a cabo sin el consentimiento de la casa Accoramboni. Se acusó a los hermanos de Vittoria, que habrían sido seducidos por la ambición de establecer una alianza con un príncipe tan poderoso y rico.

Se acusó especialmente a Marcelo, a causa del indicio proporcionado por la carta que hizo salir de su casa al desdichado Félix. También se habló mal de la propia Vittoria cuando se la vio consentir en instalarse en el palacio de los Orsini como futura esposa, tan poco tiempo después de la muerte de su marido.

Se decía que era poco probable que se llegase así, en un abrir y cerrar de ojos, a servirse de las armas cortas, si antes no se habían utilizado durante algún tiempo las armas de largo alcance.7

La investigación sobre aquel asesinato fue realizada por monseñor Portici, gobernador de Roma, de acuerdo con las órdenes de Gregorio XIII. En ella solamente se hace constar que Domingo, apodado el Mancino, detenido por la corte, confesó sin ser sometido a tormento, durante su segundo interrogatorio, fechado el 24 de febrero de 1582:

«Que la madre de Vittoria fue la causa de todo y que recibió la ayuda de la doncella de Bolonia, la cual, inmediatamente después del asesinato, se refugió en la fortaleza de Bracciano —perteneciente al príncipe Orsini y donde la corte no se habría atrevido a penetrar—; y que los ejecutores del crimen fueron Marchione de Gubbio y Paolo Barca de Bracciano, lancie spezzate —soldados— de cierto señor cuyo nombre, por dignas razones, no ha sido incluido».

A aquellas dignas razones se unieron, según creo, las súplicas del cardenal Montalto, quien pidió insistentemente que las investigaciones no continuasen. En efecto, no volvió a hablarse del proceso.

El Mancino fue puesto en libertad con el precetto, es decir, la orden de regresar directamente a su país, bajo pena de muerte, y de no abandonarlo nunca sin permiso expreso.

La liberación de aquel hombre tuvo lugar en 1583, el día de San Luis; y, como ese día era también el aniversario del nacimiento del cardenal Montalto, esta circunstancia me confirma cada vez más en la creencia de que el asunto terminó de aquella manera por intervención suya.

Bajo un gobierno tan débil como el de Gregorio XIII, semejante proceso podía tener consecuencias muy desagradables y no ofrecer compensación alguna.

De este modo quedaron detenidas las actuaciones de la corte. El papa Gregorio XIII, sin embargo, no quiso permitir que el príncipe Paolo Orsini, duque de Bracciano, contrajese matrimonio con la viuda Accoramboni.

Su Santidad, después de imponer a esta última una especie de prisión, dictó un precetto contra el príncipe y la viuda, prohibiéndoles contraer matrimonio sin autorización expresa suya o de sus sucesores.

VI. El ascenso de Sixto V

Gregorio XIII murió a comienzos de 1585. Algunos doctores en Derecho, consultados por el príncipe Paolo Orsini, respondieron que, en su opinión, el precetto había quedado anulado por la muerte de quien lo había impuesto.

El príncipe resolvió entonces casarse con Vittoria antes de la elección de un nuevo papa. Pero el matrimonio no pudo celebrarse tan pronto como él deseaba, en parte porque quería obtener el consentimiento de los hermanos de Vittoria —y sucedió que Octavio Accoramboni, obispo de Fossombrone, se negó terminantemente a concederlo— y, en parte, porque nadie creía que la elección del sucesor de Gregorio XIII fuese a producirse con tanta rapidez.

Lo cierto es que el matrimonio se celebró precisamente el mismo día en que fue elegido papa el cardenal Montalto, tan interesado en aquel asunto: el 24 de abril de 1585. No se sabe si fue efecto del azar o si el príncipe quiso demostrar que no temía a la corte bajo el nuevo papa más de lo que la había temido durante el pontificado de Gregorio XIII.

Aquel matrimonio ofendió profundamente el alma de Sixto V —pues tal fue el nombre elegido por el cardenal Montalto—. Ya había abandonado la manera de pensar conveniente a un fraile y elevado su alma a la altura de la dignidad en la que Dios acababa de colocarlo.

El papa, sin embargo, no dio señal alguna de cólera. Solamente ocurrió que, habiéndose presentado aquel mismo día el príncipe Orsini, junto con la multitud de los señores romanos, para besarle el pie, y con la secreta intención de intentar leer en las facciones del Santo Padre lo que podía esperar o temer de aquel hombre hasta entonces tan poco conocido, comprendió que ya no era momento de bromear.

El nuevo papa miró al príncipe de una manera singular y no respondió una sola palabra al cumplido que este le dirigió. El príncipe tomó entonces la resolución de averiguar inmediatamente cuáles eran las intenciones de Su Santidad respecto a él.

Por mediación de Fernando, cardenal de Médicis y hermano de su primera esposa, y del embajador católico, solicitó y obtuvo del papa una audiencia privada en sus aposentos. Allí dirigió a Su Santidad un discurso cuidadosamente preparado y, sin hacer mención de los acontecimientos pasados, se congratuló con él por su nueva dignidad y le ofreció, como fidelísimo vasallo y servidor, todos sus bienes y todas sus fuerzas.

El papa8 lo escuchó con una gravedad extraordinaria y, al terminar, le respondió que nadie deseaba más que él que la vida y las acciones de Paolo Giordano Orsini fuesen en lo sucesivo dignas de la sangre de los Orsini y de un verdadero caballero cristiano.

En cuanto a lo que había sido en el pasado respecto de la Santa Sede y respecto de la casa y la persona de quien ahora era papa, nadie podía decírselo mejor que su propia conciencia.

Así como le perdonaba de buen grado cuanto hubiera podido hacer contra Félix Peretti y contra Félix, cardenal Montalto, jamás le perdonaría cuanto pudiera hacer en el futuro contra el papa Sixto.

En consecuencia, le ordenaba que regresase inmediatamente a su casa y expulsase de ella y de sus estados a todos los bandidos, desterrados y malhechores a quienes hasta aquel momento había dado asilo.

Sixto V poseía una eficacia singular, cualquiera que fuese el tono que eligiese al hablar; pero, cuando estaba irritado y amenazaba, parecía que sus ojos lanzaban rayos.

Lo cierto es que el príncipe Paolo Orsini, acostumbrado desde siempre a ser temido por los papas, quedó tan seriamente preocupado por aquella manera de hablar del pontífice —pues no había oído nada semejante durante los trece años anteriores— que, apenas salió del palacio de Su Santidad, corrió a casa del cardenal de Médicis para contarle lo ocurrido.

Después, siguiendo el consejo del cardenal, resolvió despedir sin la menor demora a todos aquellos hombres perseguidos por la justicia a quienes daba asilo en su palacio y sus estados. Al mismo tiempo, se apresuró a buscar algún pretexto honorable para abandonar inmediatamente los territorios sometidos al poder de un pontífice tan resuelto.

Es preciso saber que el príncipe Paolo Orsini había llegado a adquirir una corpulencia extraordinaria. Sus piernas eran más gruesas que el cuerpo de un hombre corriente, y una de aquellas piernas enormes estaba afectada por una enfermedad llamada la lupa, es decir, la loba.

Recibía este nombre porque era necesario alimentarla con gran abundancia de carne fresca, que se aplicaba sobre la parte enferma. De otro modo, el humor violento, al no encontrar carne muerta que devorar, se habría arrojado sobre las carnes vivas de alrededor.

El príncipe tomó aquella enfermedad como pretexto para trasladarse a los célebres baños de Abano, cerca de Padua, territorio dependiente de la República de Venecia. Partió con su nueva esposa hacia mediados de junio. Abano constituía para él un puerto muy seguro, pues, desde hacía muchos años, la casa de los Orsini estaba ligada a la República de Venecia por servicios recíprocos.

Una vez llegado a aquel territorio seguro, el príncipe solamente pensó en disfrutar de los placeres de diferentes residencias y, con ese propósito, alquiló tres magníficos palacios: uno en Venecia, el palacio Dandolo, situado en la calle de la Zecca; el segundo en Padua, el palacio Foscarini, en la magnífica plaza llamada la Arena; y el tercero en Saló, en la deliciosa ribera del lago de Garda, que había pertenecido antiguamente a la familia Sforza-Pallavicini.

Los señores de Venecia —es decir, el gobierno de la República— conocieron con agrado la llegada a sus estados de un príncipe semejante y le ofrecieron inmediatamente una muy noble condotta. Esta consistía en una suma considerable pagada cada año y destinada a que el príncipe levantase un cuerpo de dos mil o tres mil hombres, cuyo mando asumiría.

El príncipe se libró de aquella oferta con gran ligereza. Hizo responder a los senadores que, aunque por una inclinación natural y hereditaria de su familia se sentía cordialmente inclinado al servicio de la Serenísima República, en aquel momento estaba comprometido con el rey católico y no le parecía conveniente aceptar otro servicio.

Una respuesta tan terminante enfrió un tanto el ánimo de los senadores. En un principio habían pensado dispensarle, a su llegada a Venecia y en nombre de toda la comunidad, una recepción muy honorable; pero, después de conocer su respuesta, decidieron permitir que llegase como un simple particular.

Informado de todo, el príncipe Orsini resolvió no dirigirse siquiera a Venecia. Ya se encontraba en las cercanías de Padua, pero dio un rodeo por aquel admirable país y se trasladó, acompañado por todo su séquito, a la residencia preparada para él en Saló, a orillas del lago de Garda. Allí pasó todo el verano, entregado a los pasatiempos más agradables y variados.

VII. La muerte del duque de Bracciano

Llegada la época de cambiar de residencia, el príncipe realizó algunos pequeños viajes, después de los cuales le pareció que ya no soportaba la fatiga como antes. Comenzó a temer por su salud y, finalmente, pensó en pasar algunos días en Venecia; pero su esposa Vittoria lo disuadió, aconsejándole que continuase residiendo en Saló.

Hubo quienes pensaron que Vittoria Accoramboni se había percatado del peligro que corría la vida del príncipe, su marido, y que solamente le aconsejó permanecer en Saló con la intención de llevarlo más adelante fuera de Italia, por ejemplo, a alguna ciudad libre de los suizos.

De este modo, en caso de muerte del príncipe, habría puesto a salvo tanto su persona como su fortuna particular.

Fuera o no fundada aquella conjetura, lo cierto es que nada semejante ocurrió. El príncipe sufrió una nueva indisposición en Saló el 10 de noviembre e inmediatamente tuvo el presentimiento de lo que iba a suceder.

Sintió compasión por su desdichada esposa. La veía, en la flor más hermosa de su juventud, destinada a quedar tan pobre de reputación como de bienes de fortuna, odiada por los príncipes reinantes de Italia, poco querida por los Orsini y sin esperanza de contraer otro matrimonio después de su muerte.

Como señor magnánimo y hombre de palabra leal, otorgó por propia iniciativa un testamento mediante el cual quiso asegurar la fortuna de aquella desdichada. Le dejó, en dinero o joyas, la importante suma de cien mil piastras,9 además de todos los caballos, carruajes y muebles que utilizaba durante aquel viaje.

El resto de su fortuna lo dejó a Virginio Orsini, su único hijo, nacido de su primera esposa, hermana de Francisco I, gran duque de Toscana; aquella misma mujer a la que había mandado matar por infidelidad, con el consentimiento de sus hermanos.

¡Pero qué inciertas son las previsiones de los hombres! Las disposiciones con las que Paolo Orsini creía garantizar una perfecta seguridad a aquella desdichada joven se convirtieron para ella en precipicios y ruina.

Después de firmar su testamento, el príncipe pareció encontrarse algo mejor el 12 de noviembre. En la mañana del día 13 le practicaron una sangría. Los médicos, que solamente confiaban en una dieta severa, dejaron órdenes muy precisas para que no tomase alimento alguno.

Pero apenas habían salido de la habitación cuando el príncipe exigió que le sirvieran la comida. Nadie se atrevió a contradecirlo y comió y bebió como de costumbre. Apenas terminó la comida, perdió el conocimiento y murió dos horas antes de la puesta del sol.

Después de aquella muerte repentina, Vittoria Accoramboni, acompañada por su hermano Marcelo y por toda la corte del difunto príncipe, se trasladó a Padua, al palacio Foscarini, situado cerca de la Arena, el mismo que había alquilado el príncipe Orsini.

Poco después de su llegada se reunió con ella su hermano Flaminio, quien gozaba de todo el favor del cardenal Farnesio. Vittoria se ocupó entonces de las gestiones necesarias para obtener el pago del legado que le había dejado su marido.

Este legado ascendía a sesenta mil piastras efectivas, que debían pagársele en el plazo de dos años, con independencia de la dote, la contradote y todas las joyas y muebles que se encontraban en su poder.

El príncipe Orsini había ordenado en su testamento que se le comprase, en Roma o en cualquier otra ciudad elegida por la duquesa, un palacio por valor de diez mil piastras y una viña o residencia campestre por valor de seis mil. También había dispuesto que se atendiese su mesa y todo su servicio de la manera conveniente para una mujer de su rango. El servicio debía constar de cuarenta criados y un número proporcionado de caballos.

La signora Vittoria depositaba grandes esperanzas en el favor de los príncipes de Ferrara, Florencia y Urbino, y en el de los cardenales Farnesio y Médicis, nombrados albaceas testamentarios por el difunto príncipe.

Debe señalarse que el testamento había sido redactado en Padua y sometido al conocimiento de los excelentísimos Parrizolo y Menochio, primeros profesores de aquella universidad y actualmente jurisconsultos muy célebres.

El príncipe Luis Orsini llegó a Padua para cumplir cuanto debía hacer en relación con el difunto duque y su viuda, y trasladarse después al gobierno de la isla de Corfú, para el cual había sido nombrado por la Serenísima República.

Surgió en primer lugar una dificultad entre la signora Vittoria y el príncipe Luis respecto de los caballos del difunto duque. El príncipe sostenía que, conforme a la manera ordinaria de hablar, los caballos no podían considerarse propiamente muebles.

Pero la duquesa demostró que debían ser considerados verdaderos bienes muebles y se resolvió que conservaría su uso hasta que se adoptase una decisión definitiva. Vittoria ofreció como garante al señor Soardi de Bérgamo, condottiero de los señores venecianos, caballero muy rico y uno de los principales de su patria.

Surgió otra dificultad respecto de cierta cantidad de vajilla de plata que el difunto duque había entregado al príncipe Luis como prenda de una suma de dinero que este le había prestado. Todo fue resuelto por vía judicial, pues el Serenísimo duque de Ferrara intervenía para que las últimas disposiciones del difunto príncipe Orsini fuesen ejecutadas en su integridad.

Este segundo asunto quedó resuelto el 23 de diciembre, que era domingo.

VIII. El asesinato de Vittoria

Durante la noche siguiente, cuarenta hombres entraron en la casa de la mencionada señora Accoramboni. Vestían ropas de tela cortadas de una manera extravagante y dispuestas de tal forma que solamente podían ser reconocidos por la voz; y, cuando se llamaban unos a otros, utilizaban ciertos nombres pertenecientes a una jerga.

Buscaron primero a la duquesa y, cuando la encontraron, uno de ellos le dijo:

«Ahora tienes que morir».

Sin concederle un solo instante, aunque ella pedía poder encomendarse a Dios, la atravesó con una daga estrecha por debajo del seno izquierdo. Agitando la daga en todas direcciones, el cruel preguntó varias veces a la desdichada si le estaba tocando el corazón.

Finalmente, Vittoria exhaló el último suspiro. Mientras tanto, los demás buscaban a los hermanos de la duquesa. Uno de ellos, Marcelo, salvó la vida porque no fue encontrado en la casa; el otro fue atravesado por cien golpes.

Los asesinos dejaron los cadáveres tendidos en el suelo y toda la casa llena de llantos y gritos. Después se apoderaron del cofre que contenía las joyas y el dinero y se marcharon.

La noticia llegó rápidamente a los magistrados de Padua. Estos hicieron reconocer los cadáveres e informaron a Venecia.

Durante todo el lunes fue inmensa la afluencia de personas al palacio y a la iglesia de los Ermitaños para contemplar los cadáveres. Los curiosos se conmovían de compasión, particularmente al ver a la duquesa, tan hermosa. Lloraban su desgracia y dentibus fremebant —rechinaron los dientes— contra los asesinos, cuyos nombres todavía se desconocían.

La corte, movida por poderosos indicios, comenzó a sospechar que el crimen había sido cometido por orden del príncipe Luis o, al menos, con su consentimiento. Lo mandó llamar.

El príncipe quiso entrar in corte, es decir, en el tribunal del ilustrísimo capitán, acompañado por cuarenta hombres armados. Le cerraron el paso y le ordenaron entrar solamente con tres o cuatro. Pero, cuando estos pasaban, los demás se precipitaron detrás, apartaron a los guardias y entraron todos.

Al llegar ante el ilustrísimo capitán, el príncipe Luis se quejó de semejante afrenta, alegando que jamás había recibido un trato parecido por parte de ningún príncipe soberano.

El ilustrísimo capitán le preguntó si sabía algo acerca de la muerte de la signora Vittoria y de lo sucedido la noche anterior. Respondió que sí, y que había ordenado que se diese cuenta de ello a la justicia.

Se quiso poner por escrito su respuesta; pero él replicó que los hombres de su rango no estaban obligados a cumplir semejante formalidad y que, del mismo modo, tampoco debían ser interrogados.

El príncipe Luis solicitó permiso para enviar un correo a Florencia con una carta dirigida al príncipe Virginio Orsini, en la que le daba cuenta del proceso y del crimen cometido. Mostró una carta fingida, que no era la verdadera, y obtuvo cuanto solicitaba.

Pero el enviado fue detenido fuera de la ciudad y registrado cuidadosamente. Se encontró la carta que el príncipe Luis había mostrado y una segunda carta escondida en las botas del correo. Su contenido era el siguiente:

Al señor Virginio Orsini

«Ilustrísimo señor:

Hemos llevado a cabo lo que habíamos acordado entre nosotros, y de tal manera que hemos engañado al ilustrísimo Tondini —aparentemente, el nombre del jefe de la corte que había interrogado al príncipe—, hasta el punto de que aquí se me tiene por el hombre más galante del mundo. Yo mismo he hecho la cosa en persona; por tanto, no dejéis de enviar inmediatamente a la gente que ya sabéis».

Aquella carta impresionó a los magistrados, que se apresuraron a enviarla a Venecia. Por orden suya se cerraron las puertas de la ciudad y se guarnecieron las murallas con soldados durante el día y la noche.

Se publicó un aviso que imponía severas penas a quien, teniendo conocimiento de la identidad de los asesinos, no comunicase cuanto sabía a la justicia. Los asesinos que prestasen testimonio contra alguno de sus compañeros no serían perseguidos e incluso recibirían una suma de dinero.

IX. El asedio del príncipe Luis

Hacia las siete de la noche de la víspera de Navidad —el 24 de diciembre, alrededor de la medianoche— llegó desde Venecia Aloïse Bragadin,10 provisto de amplios poderes otorgados por el Senado y de la orden de detener, vivos o muertos y costase lo que costase, al príncipe Luis y a todos sus hombres.

El señor avogador Bragadin, el señor capitán y el podestà se reunieron en la fortaleza.

Se ordenó, bajo pena de la horca —della forca—, que toda la milicia, tanto de infantería como de caballería, se presentase bien provista de armas alrededor de la casa del príncipe Luis, situada cerca de la fortaleza y contigua a la iglesia de San Agustín, en la Arena.

Al llegar el día, que era Navidad, se publicó un edicto en la ciudad exhortando a los hijos de San Marcos a acudir armados a la casa del señor Luis. Quienes no tuviesen armas debían presentarse en la fortaleza, donde se les entregarían tantas como quisieran.

El edicto prometía una recompensa de dos mil ducados a quien entregase a la corte, vivo o muerto, al señor Luis, y quinientos ducados por la persona de cada uno de sus hombres.

Además, se ordenó que quien no estuviese provisto de armas no se acercase a la casa del príncipe, para que no obstaculizase a quienes combatirían si aquel decidía intentar alguna salida.

Al mismo tiempo se instalaron arcabuces de muralla, morteros y artillería pesada sobre las antiguas fortificaciones, frente a la casa ocupada por el príncipe. Se colocaron otras piezas en las murallas nuevas, desde las cuales se dominaba la parte trasera de la casa.

En aquel lado se había situado la caballería de manera que pudiese maniobrar libremente si resultaba necesaria. En las orillas del río se preparaban bancos, armarios, carros y otros muebles adecuados para servir de parapetos.

Se pensaba impedir de este modo los movimientos de los sitiados si intentaban avanzar en formación cerrada contra el pueblo. Aquellos parapetos también debían proteger a los artilleros y soldados contra los disparos de arcabuz de los sitiados.

Finalmente se situaron embarcaciones en el río, frente a la casa del príncipe y a ambos lados. Estaban cargadas de hombres armados con mosquetes y otras armas apropiadas para hostigar al enemigo si intentaba una salida. Al mismo tiempo se levantaron barricadas en todas las calles.

Durante aquellos preparativos llegó una carta redactada en términos muy convenientes, mediante la cual el príncipe se quejaba de haber sido declarado culpable y de verse tratado como enemigo, e incluso como rebelde, antes de que el asunto hubiese sido examinado. La carta había sido redactada por Liverotto.

El 27 de diciembre, tres caballeros, pertenecientes a las principales familias de la ciudad, fueron enviados por los magistrados ante el señor Luis. Este tenía consigo en la casa a cuarenta hombres, todos ellos antiguos soldados acostumbrados al manejo de las armas.

Los encontraron ocupados en fortificarse mediante parapetos formados por tablas y colchones mojados y en preparar sus arcabuces.

Los tres caballeros declararon al príncipe que los magistrados estaban resueltos a apoderarse de su persona. Lo exhortaron a entregarse, añadiendo que, si daba aquel paso antes de que se llegase a las vías de hecho, podía esperar de ellos alguna misericordia.

El señor Luis respondió que, si antes de cualquier otra cosa se retiraban los guardias apostados alrededor de su casa, se presentaría ante los magistrados acompañado por dos o tres de sus hombres para tratar el asunto, con la condición expresa de conservar en todo momento la libertad de regresar a su residencia.

Los embajadores recogieron aquellas proposiciones escritas de su propia mano y regresaron ante los magistrados, quienes rechazaron las condiciones, especialmente siguiendo los consejos del ilustrísimo Pio Enea y de otros nobles presentes.

Los embajadores volvieron ante el príncipe y le anunciaron que, si no se rendía pura y simplemente, su casa sería arrasada por la artillería. El príncipe respondió que prefería morir antes que realizar semejante acto de sumisión.

Los magistrados dieron la señal de batalla. Aunque habría sido posible destruir casi completamente la casa con una sola descarga, prefirieron actuar al principio con ciertas precauciones para comprobar si los sitiados acababan consintiendo en rendirse.

Esta decisión tuvo éxito y permitió ahorrar a San Marcos una gran cantidad de dinero que habría sido necesario gastar en reconstruir las partes destruidas del palacio atacado. Sin embargo, no fue aprobada por todos.

Si los hombres del señor Luis hubiesen tomado una decisión inmediata y se hubieran arrojado fuera de la casa, el resultado habría sido muy incierto. Eran soldados veteranos; no les faltaban municiones, armas ni valor y, sobre todo, tenían el mayor interés posible en vencer.

Incluso en el peor de los casos, ¿no era preferible morir de un disparo de arcabuz que a manos del verdugo? Por otra parte, ¿con quiénes debían enfrentarse? Con unos desdichados sitiadores poco experimentados en el uso de las armas. En tal caso, los señores se habrían arrepentido de su clemencia y de su natural bondad.

Se comenzó, pues, a batir la columnata situada en la parte delantera de la casa. Después, apuntando cada vez un poco más alto, se destruyó el muro de la fachada situado detrás.

Mientras tanto, los hombres del interior dispararon numerosos arcabuces, aunque sin otro resultado que herir a un hombre del pueblo en un hombro.

—¡Batalla! ¡Batalla! ¡Guerra! ¡Guerra!

El señor Luis gritaba con gran impetuosidad. Se ocupaba activamente en fundir balas con el estaño de los platos y el plomo de los cristales de las ventanas. Amenazaba con realizar una salida, pero los sitiadores adoptaron nuevas disposiciones e hicieron avanzar artillería de mayor calibre.

El primer disparo de aquellas piezas derribó una gran parte de la casa, y un tal Pandolfo Leupratti, de Camerino, cayó entre las ruinas. Era un hombre de gran valor y un bandido de considerable importancia.

Había sido desterrado de los Estados de la Santa Iglesia y el ilustrísimo señor Vitelli había puesto precio de cuatrocientas piastras a su cabeza por la muerte de Vicente Vitelli, quien había sido atacado en su carruaje y asesinado a disparos de arcabuz y puñaladas por el príncipe Luis Orsini, con la ayuda del mencionado Pandolfo y sus compañeros.

Aturdido por la caída, Pandolfo no podía realizar movimiento alguno. Un servidor de los señores Caidi Lista se acercó armado con una pistola y, con gran valentía, le cortó la cabeza. Se apresuró a llevarla a la fortaleza y entregarla a los magistrados.

Poco después, otro disparo de artillería derribó un lienzo de la casa y, al mismo tiempo, al conde de Montemelino, de Perugia. Murió entre las ruinas, completamente destrozado por la bala de cañón.

Después se vio salir de la casa a un personaje llamado coronel Lorenzo, perteneciente a una familia noble de Camerino. Era un hombre muy rico, que había dado pruebas de valor en varias ocasiones y gozaba de gran estima por parte del príncipe.

Decidió que no moriría completamente sin venganza. Quiso disparar su arma, pero, aunque la rueda giró, ocurrió —acaso por permisión de Dios— que el arcabuz no prendió. En aquel instante una bala le atravesó el cuerpo.

El disparo había sido realizado por un pobre diablo que trabajaba como preceptor de los escolares en San Miguel. Mientras este se acercaba para cortarle la cabeza y obtener la recompensa prometida, se le adelantaron otros hombres más rápidos y, sobre todo, más fuertes.

Estos tomaron la bolsa, el cinturón, el arma, el dinero y los anillos del coronel y le cortaron la cabeza.

Muertos aquellos hombres en quienes el príncipe Luis depositaba la mayor confianza, quedó profundamente turbado y dejó de mostrarse activo.

El señor Filenfi, su maestro di casa y secretario, vestido de civil, hizo señales desde un balcón con un pañuelo blanco para indicar que se rendía.

Salió y fue conducido a la fortaleza, tomado del brazo, como se dice que es costumbre en la guerra, por Anselmo Suardo, lugarteniente de los señores magistrados.

Interrogado inmediatamente, declaró no tener culpa alguna en cuanto había sucedido, pues solamente había llegado de Venecia la víspera de Navidad, después de haber permanecido allí varios días ocupado en los asuntos del príncipe.

Se le preguntó cuántos hombres tenía consigo el príncipe.

Respondió:

—Veinte o treinta personas.

Se le preguntaron sus nombres. Contestó que había ocho o diez que, por ser personas de calidad, comían junto con él en la mesa del príncipe, y que conocía sus nombres; pero que no tenía conocimiento particular de los demás, hombres de vida errante llegados poco antes al servicio del príncipe.

Nombró a trece personas, incluido el hermano de Liverotto.

Poco después comenzó a disparar la artillería situada sobre las murallas de la ciudad. Los soldados ocuparon las casas contiguas a la del príncipe para impedir la fuga de sus hombres.

El príncipe, que había corrido los mismos peligros que los dos cuya muerte acabamos de relatar, ordenó a quienes lo rodeaban que resistiesen hasta que viesen una orden escrita de su mano acompañada por cierta señal. Después se entregó al ya mencionado Anselmo Suardo.

Como no pudo ser conducido en carruaje, tal como estaba prescrito, a causa de la enorme multitud y de las barricadas levantadas en las calles, se decidió que fuese a pie.

Marchó en medio de los hombres de Marcelo Accoramboni. A sus lados iban los señores condottieri, el lugarteniente Suardo y otros capitanes y caballeros de la ciudad, todos muy bien armados. Detrás avanzaba una buena compañía de hombres de armas y soldados de la ciudad.

El príncipe Luis vestía de color pardo, llevaba el estilete al costado y sostenía el manto elegantemente recogido bajo el brazo. Con una sonrisa llena de desdén, dijo:

—¡Si yo hubiese combatido!

Parecía querer dar a entender que habría obtenido la victoria. Conducido ante los señores magistrados, los saludó inmediatamente y dijo:

—Señores, soy prisionero de este caballero —señalando al señor Anselmo— y lamento mucho cuanto ha sucedido, aunque no ha dependido de mí.

El capitán ordenó que le retirasen el estilete que llevaba al costado. El príncipe se apoyó entonces en un balcón y comenzó a cortarse las uñas con unas pequeñas tijeras que encontró allí.

Se le preguntó qué personas permanecían en su casa. Entre otras, nombró al coronel Liverotto y al conde de Montemelino, de quienes ya se ha hablado.

Añadió que daría diez mil piastras para rescatar a uno de ellos, y que por el otro entregaría su propia sangre. Solicitó ser alojado en un lugar conveniente para un hombre de su condición.

Una vez acordado el asunto, escribió de su propia mano a sus hombres, ordenándoles que se rindieran, y entregó su anillo como señal.

Dijo al señor Anselmo que le regalaba su espada y su arcabuz, rogándole que, cuando aquellas armas fuesen encontradas en la casa, las utilizase por amor hacia él, pues eran armas de un caballero y no de un soldado vulgar.

Los soldados entraron en la casa y la registraron cuidadosamente. Inmediatamente se pasó lista a los hombres del príncipe, que resultaron ser treinta y cuatro. Después fueron conducidos de dos en dos a la prisión del palacio.

Los cadáveres fueron abandonados como presa de los perros y se enviaron rápidamente noticias de todo lo sucedido a Venecia.

Se advirtió que faltaban muchos soldados del príncipe Luis que habían participado en el crimen. Se prohibió darles asilo, bajo pena de demolición de la vivienda y confiscación de los bienes de los infractores. Quienes los denunciasen recibirían cincuenta piastras. Por estos medios se encontró a varios de ellos.

Desde Venecia se envió una fragata a Candía con la orden de que el señor Latino Orsini regresase inmediatamente por un asunto de gran importancia. Se cree que perderá su cargo.

X. Sentencia y castigo

Ayer por la mañana, día de San Esteban, todo el mundo esperaba ver morir al príncipe Luis o escuchar que había sido estrangulado en prisión. Causó sorpresa general que no fuese así, puesto que no es pájaro que pueda permanecer mucho tiempo enjaulado.

Pero durante la noche siguiente se instruyó el proceso y, el día de San Juan, poco antes del amanecer, se supo que el mencionado señor había sido estrangulado y que había muerto con muy buenas disposiciones.

Su cuerpo fue trasladado sin demora a la catedral, acompañado por el clero de aquella iglesia y por los padres jesuitas. Permaneció durante todo el día expuesto sobre una mesa en medio de la iglesia, para servir de espectáculo al pueblo y de espejo a los inexpertos.

Al día siguiente, su cuerpo fue trasladado a Venecia, tal como había ordenado en su testamento, y allí recibió sepultura.

El sábado fueron ahorcados dos de sus hombres. El primero y principal era Furio Savorgnano; el otro era una persona de baja condición.

El lunes, penúltimo día de aquel año, fueron ahorcados trece más, entre los que había varios hombres muy nobles.

Otros dos, uno llamado capitán Splendiano y el otro conde Paganello, fueron conducidos a través de la plaza y atenazados ligeramente. Al llegar al lugar del suplicio, fueron golpeados hasta quedar aturdidos, les rompieron la cabeza y fueron descuartizados cuando todavía estaban casi vivos.

Aquellos hombres eran nobles y, antes de entregarse al mal, habían sido muy ricos. Se dice que el conde Paganello fue quien mató a la signora Vittoria Accoramboni con la crueldad anteriormente relatada.

Contra esta opinión se objeta que el príncipe Luis, en la carta citada, afirmaba haber realizado el crimen con sus propias manos. Quizá lo dijo movido por la misma vanagloria que había mostrado en Roma al mandar asesinar a Vitelli, o tal vez para merecer en mayor medida el favor del príncipe Virginio Orsini.

Antes de recibir el golpe mortal, el conde Paganello fue herido repetidas veces con un cuchillo por debajo del seno izquierdo, con el propósito de tocarle el corazón del mismo modo que él había hecho con aquella pobre señora.

De su pecho brotaba la sangre como un río. Vivió todavía más de media hora, para gran asombro de todos. Era un hombre de cuarenta y cinco años que aparentaba poseer una fuerza extraordinaria.

Las horcas permanecen levantadas para despachar a los diecinueve que todavía quedan, el primer día que no sea festivo. Pero, como el verdugo está extremadamente fatigado y el pueblo parece agonizar después de haber contemplado tantas muertes, la ejecución se aplaza durante estos dos días.

No se cree que se perdone la vida a ninguno. Entre las personas vinculadas al príncipe Luis, quizá solamente se haga una excepción con el señor Filenfi, su maestro di casa, quien se esfuerza con todas sus fuerzas —y realmente el asunto es de gran importancia para él— en demostrar que no tuvo participación alguna en el crimen.

Nadie recuerda, ni siquiera entre los habitantes más ancianos de esta ciudad de Padua, que jamás, mediante una sentencia más justa, se haya procedido contra la vida de tantas personas de una sola vez.

Y estos señores de Venecia han adquirido buena fama y reputación entre las naciones más civilizadas.

Añadido por otra mano

Francisco Filenfi, secretario y maestro di casa, fue condenado a quince años de prisión. El copero —copiere— Anorio Adami de Fermo, junto con otros dos hombres, fue condenado a un año de prisión. Otros siete fueron condenados a galeras, con grilletes en los pies, y finalmente siete quedaron en libertad.

Notas de Stendhal

  1. El manuscrito italiano se encuentra depositado en las oficinas de la Revue.
  2. En Milán, si no me falla la memoria, pueden verse en la Biblioteca Ambrosiana sonetos llenos de gracia y sentimiento, así como otras composiciones poéticas, obra de Vittoria Accoramboni. En su tiempo también se compusieron algunos sonetos bastante buenos acerca de su extraño destino. Parece que poseía tanto ingenio como gracia y belleza.
  3. Era el cuerpo armado encargado de velar por la seguridad pública: los gendarmes y agentes de policía del año 1580. Estaban mandados por un capitán llamado Bargello, quien respondía personalmente de la ejecución de las órdenes de monseñor, gobernador de Roma y prefecto de policía.
  4. Alusión a la hipocresía que los espíritus maliciosos consideran frecuente entre los frailes. Sixto V había sido fraile mendicante y había sufrido persecución dentro de su orden. Véase su vida escrita por Gregorio Leti, historiador entretenido que no miente más que cualquier otro. Félix Peretti fue asesinado en 1580; su tío fue elegido papa en 1585.
  5. La corte no se atrevía a penetrar en el palacio de un príncipe.
  6. La primera esposa del príncipe Orsini, con quien había tenido un hijo llamado Virginio, era hermana de Francisco I, gran duque de Toscana, y del cardenal Fernando de Médicis. La mandó matar, con el consentimiento de sus hermanos, porque mantenía una relación amorosa. Tales eran las leyes del honor introducidas en Italia por los españoles. Los amores ilegítimos de una mujer ofendían tanto a sus hermanos como a su marido.
  7. Alusión a la costumbre de combatir con una espada y una daga.
  8. Sixto V fue elegido papa en 1585, a los sesenta y ocho años, y reinó durante cinco años y cuatro meses. Presenta semejanzas sorprendentes con Napoleón.
  9. Aproximadamente dos millones de francos de 1837.
  10. Bragadino.

Texto original: Histoire de Vittoria Accoramboni, duchesse de Bracciano.

Publicado en la Revue des Deux Mondes, tomo IX, 1837, páginas 560-584.

Traducción española y edición digital preparadas para Librería 5.