El filtro — Stendhal

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El filtro

Stendhal

Relato completo · Traducción española a partir del texto francés publicado en 1830

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El filtro de Stendhal, escena nocturna con Leonor y el teniente Liéven Ilustración para Librería5 inspirada en el comienzo de El filtro: una noche lluviosa en Burdeos, Leonor huye de una casa y cae a los pies del joven teniente Liéven.

Ficha del relato

Título español: El filtro

Título original: Le Philtre

Autor: Stendhal (Henri Beyle)

Lengua original: francés

Primera publicación: 1830

Publicación original: La Revue de Paris

Subtítulo original: Imité de l’italien de Silvia Valaperta

Escenario principal: Burdeos

Personajes principales: Leonor, Liéven, don Gutier Ferrandez y Mayral

Género: relato / nouvelle

Texto: completo

Edición digital: Librería5

La primera publicación de Le Philtre

Stendhal dio a conocer Le Philtre en 1830 en las páginas de La Revue de Paris, una de las publicaciones literarias francesas en las que aparecieron varios de sus relatos breves.

El texto se presentó con un subtítulo deliberadamente curioso:

«Imité de l’italien de Silvia Valaperta»
«Imitado del italiano de Silvia Valaperta».

La supuesta procedencia italiana forma parte de la peculiar historia literaria del relato. La crítica posterior ha puesto en duda la existencia de esa fuente tal como se presenta al lector, convirtiendo el subtítulo en una pequeña mistificación stendhaliana.

Lo importante para el lector actual es que el relato apareció en vida de Stendhal y bajo su firma. Nuestra traducción parte precisamente del texto francés de aquella tradición editorial temprana, y no de una traducción española intermedia.

En 1855, años después de la muerte del escritor, Le Philtre volvió a aparecer dentro de la recopilación Chroniques et Nouvelles.

¿Qué significa aquí el «filtro»?

En la tradición literaria, un filtro es una bebida o preparación capaz de provocar amor. El ejemplo más célebre de esa idea pertenece al viejo motivo del amor producido por encantamiento: alguien bebe, pierde el gobierno de su voluntad y queda ligado a otra persona.

Pero Stendhal introduce una inversión mucho más interesante.

Leonor no afirma haber bebido realmente una sustancia misteriosa. Busca desesperadamente una explicación para una contradicción que ella misma no comprende: Mayral se ha revelado mentiroso, violento, interesado y cruel, pero ella continúa amándolo.

Cuando ya no encuentra una explicación racional, aparece la posibilidad del hechizo.

«Quizá me haya hecho beber un filtro —me decía—, porque no puedo odiarlo. Ante semejantes infamias no puedo odiarlo, señor; siento que lo adoro.»

El filtro se convierte así en una metáfora perfecta: la pasión experimentada como una fuerza extranjera dentro de uno mismo.

No «quiero» amar. No «debo» amar. Sé que no existe ninguna razón para amar. Y, sin embargo, amo.

Sobre esta traducción

Esta versión española ha sido preparada para Librería5 a partir del texto francés de Le Philtre.

Se han corregido los defectos puramente mecánicos de la digitalización del original —palabras pegadas, cortes de línea, espacios anómalos y signos tipográficos mal reconocidos—, pero se ha procurado conservar el ritmo narrativo, el tratamiento entre los personajes y el sabor decimonónico del relato.

No se ha intentado convertir a Stendhal en un escritor del siglo XXI. Allí donde el original utiliza una construcción algo solemne, irónica o deliberadamente enfática, la traducción procura mantenerla antes que sustituirla por una expresión contemporánea más plana.

Criterio de Librería5: traducir para que el lector español pueda leer con naturalidad, pero sin borrar la época ni la personalidad del texto original.

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EL FILTRO

Imitado del italiano de Silvia Valaperta

Durante una noche oscura y lluviosa del verano de 182*, un joven teniente del 96.º regimiento, de guarnición en Burdeos, regresaba del café donde acababa de perder todo su dinero. Maldecía su necedad, pues era pobre.

Recorría en silencio una de las calles más desiertas del barrio de Lormond cuando, de pronto, oyó unos gritos y, de una puerta que se abrió con estrépito, escapó una persona que vino a caer a sus pies. La oscuridad era tan profunda que sólo por el ruido podía adivinarse lo que sucedía. Los perseguidores, fueran quienes fuesen, se detuvieron en la puerta, probablemente al oír los pasos del joven oficial.

Éste escuchó durante un instante. Los hombres hablaban en voz baja, pero no se acercaban. Por mucho disgusto que aquella escena le inspirase, Liéven creyó que debía levantar a la persona que había caído.

Advirtió que estaba en camisa; a pesar de la profunda oscuridad de la noche —serían entonces las dos de la madrugada—, creyó distinguir unos largos cabellos sueltos: era, pues, una mujer. El descubrimiento no le agradó en absoluto.

Parecía incapaz de caminar sin ayuda. Liéven tuvo que acordarse de los deberes impuestos por la humanidad para no abandonarla.

Ya se veía compareciendo al día siguiente ante un comisario de policía, soportando las bromas de sus camaradas y las relaciones satíricas de los periódicos de la ciudad.

«Voy a apoyarla contra la puerta de alguna casa —se dijo—, llamaré y me marcharé a toda prisa.»

Eso intentaba hacer cuando oyó que la mujer se lamentaba en español.

No sabía una sola palabra de español. Quizá precisamente por eso las dos palabras sencillísimas que pronunció Leonor lo arrojaron a las ideas más novelescas. Ya no vio un comisario de policía ni una muchacha golpeada por unos borrachos; su imaginación se extravió entre pensamientos de amor y singulares aventuras.

Liéven había levantado a la mujer y le dirigía palabras de consuelo.

«¿Y si es fea?», se dijo.

La duda, devolviéndolo a la razón, le hizo olvidar sus fantasías novelescas.

Liéven quiso hacerla sentar en el umbral de una puerta, pero ella se negó.

—Vayamos más lejos —dijo con un acento completamente extranjero.

—¿Teméis a vuestro marido? —preguntó Liéven.

—¡Ay! He abandonado a ese marido, el hombre más respetable del mundo y que me adoraba, por un amante que ahora me arroja de su casa con la mayor barbarie.

Aquella frase hizo olvidar a Liéven el comisario de policía y todas las desagradables consecuencias de una aventura nocturna.

—Me han robado, señor —dijo Leonor algunos instantes después—, pero veo que aún me queda un pequeño anillo de diamantes. Quizá algún posadero quiera recibirme. Pero, señor, voy a convertirme en la comidilla de toda la casa, porque debo confesaros que no llevo más vestido que esta camisa. Me arrojaría a vuestros pies, señor, si tuviéramos tiempo, para suplicaros, en nombre de la humanidad, que me permitáis entrar en cualquier habitación y compréis a alguna mujer del pueblo un mal vestido. Una vez vestida —añadió, animada por el joven oficial—, podréis conducirme hasta la puerta de alguna pequeña posada, y allí dejaré de reclamar los cuidados de un hombre generoso y os rogaré que abandonéis a una desgraciada.

Todo aquello, dicho en mal francés, agradó bastante a Liéven.

—Señora —respondió—, haré cuanto me ordenéis. Lo esencial, sin embargo, tanto para vos como para mí, es evitar que nos detengan. Me llamo Liéven, teniente del 96.º regimiento. Si encontramos una patrulla y no pertenece a mi regimiento, nos llevarán al cuerpo de guardia, donde tendremos que pasar la noche; y mañana, señora, tanto vos como yo seremos la comidilla de Burdeos.

Liéven sintió estremecerse a Leonor, que se apoyaba en su brazo.

«Ese horror al escándalo es una buena señal», pensó.

—Dignaos tomar mi redingote, señora. Voy a conduciros hasta mi casa.

—¡Oh, cielos, señor...!

—No encenderé ninguna luz, os lo juro por mi honor. Os dejaré como dueña absoluta de mi habitación y no volveré a aparecer hasta mañana por la mañana. Es necesario, porque a las seis llega mi sargento, y es hombre capaz de llamar hasta que le abran. Estáis tratando con un hombre de honor...

«Pero ¿será hermosa?», se preguntaba Liéven.

Abrió la puerta de su casa. La desconocida estuvo a punto de caer al pie de la escalera, pues no encontraba el primer peldaño. Liéven le hablaba muy bajo y ella respondía del mismo modo.

—¡Qué horror, traer mujeres a mi casa! —exclamó con voz agria una tabernera bastante bonita, abriendo su puerta y sosteniendo una pequeña lámpara.

Liéven se volvió vivamente hacia la desconocida, vio un rostro admirable y apagó de un soplo la lámpara de la hostelera.

—¡Silencio, señora Saucède, o mañana mismo me marcho! Hay diez francos para vos si no decís nada a nadie. La señora es la esposa del coronel, y yo vuelvo a salir inmediatamente.

Liéven llegó al tercer piso, ante la puerta de su habitación. Temblaba.

—Entrad, señora —dijo a la mujer en camisa—. Hay un encendedor fosfórico junto al reloj. Encended la vela, haced fuego y cerrad la puerta por dentro. Os respeto como a una hermana y no volveré hasta que amanezca; os traeré un vestido.

—¡Jesús María! —exclamó la hermosa española.

Cuando Liéven llamó a su puerta al día siguiente, estaba locamente enamorado. Para no despertar demasiado pronto a la desconocida, había tenido la paciencia de esperar a su sargento en la calle y luego ir a un café a firmar sus papeles.

Había alquilado una habitación en las cercanías; traía a la desconocida vestidos e incluso una máscara.

—Así, señora, no os veré si así lo exigís —le dijo a través de la puerta.

La idea de la máscara agradó a la joven española, distrayéndola de su profundo dolor.

—Sois tan generoso —le dijo sin abrir— que me atrevo a rogaros que dejéis junto a la puerta el paquete de ropa que habéis comprado para mí. Cuando os haya oído bajar, lo recogeré.

—Adiós, señora —dijo Liéven, marchándose.

Leonor quedó tan encantada por la prontitud de aquella obediencia que le dijo casi con el tono de la amistad más tierna:

—Si podéis, señor, volved dentro de media hora.

Cuando regresó, Liéven la encontró enmascarada; pero vio los brazos más hermosos, el cuello más bello y las manos más perfectas. Estaba embelesado.

Era un joven de buena familia y aún necesitaba violentarse para tener valor ante las mujeres a quienes amaba. Su tono fue tan respetuoso y puso tanta gracia en hacer los honores de su pobre habitación que, al volverse después de colocar un biombo, permaneció inmóvil de admiración al contemplar a la mujer más hermosa que jamás hubiera encontrado.

La extranjera se había quitado la máscara. Tenía unos ojos negros que parecían hablar. Quizá, por exceso de energía, hubieran parecido duros en las circunstancias ordinarias de la vida. La desesperación les daba cierta dulzura, y podía decirse que nada faltaba a la belleza de Leonor.

Liéven pensó que tendría entre dieciocho y veinte años.

Hubo un instante de silencio.

A pesar de su profundo dolor, Leonor no pudo evitar observar con cierto placer el embeleso de aquel joven oficial, que parecía pertenecer a la mejor sociedad.

—Sois mi bienhechor —le dijo por fin— y, a pesar de vuestra edad y de la mía, espero que continuéis comportándoos bien.

Liéven respondió como puede hacerlo el hombre más enamorado; pero consiguió dominarse lo suficiente para negarse la felicidad de decir que amaba. Además, había algo tan imponente en los ojos de Leonor, y tenía un aire tan distinguido pese a la pobreza de las ropas que acababa de ponerse, que le costó menos ser prudente.

«Ya puestos, más vale parecer un completo necio», se dijo.

Se abandonó a su timidez y al celestial deleite de contemplar a Leonor sin decirle nada.

No podía haber actuado mejor. Aquella manera de comportarse fue tranquilizando poco a poco a la hermosa española.

Resultaban bastante cómicos, uno frente al otro, mirándose en silencio.

—Necesitaría un sombrero enteramente de mujer del pueblo —le dijo ella—, y que oculte el rostro; porque, por desgracia —añadió casi riendo—, no puedo utilizar vuestra máscara por la calle.

Liéven consiguió un sombrero y después condujo a Leonor a la habitación que había alquilado para ella.

La joven redobló su agitación y casi su exaltación al decirle:

—Todo esto puede terminar para mí en el cadalso.

—Para serviros —respondió Liéven con la mayor vehemencia— me arrojaría al fuego. He alquilado esta habitación a nombre de la señora Liéven, mi esposa.

—¿Vuestra esposa? —repitió la desconocida, casi enfadada.

—Había que presentarse con ese nombre o enseñar un pasaporte, y no tenemos ninguno.

Aquel «tenemos» fue una felicidad para él.

Había vendido el anillo, o al menos había entregado a la desconocida cien francos, que era su valor.

Trajeron el desayuno y la desconocida le rogó que se sentara.

—Os habéis mostrado como el hombre más generoso —le dijo después de desayunar—. Si queréis, dejadme. Este corazón os guardará una gratitud eterna.

—Os obedezco —dijo Liéven levantándose.

Llevaba la muerte en el corazón.

La desconocida permaneció pensativa y luego dijo:

—Quedaos. Sois muy joven, pero necesito un apoyo; ¿quién me asegura que podré encontrar otro hombre tan generoso? Además, si sintierais por mí un sentimiento al que ya no debo aspirar, el relato de mis faltas pronto me hará perder vuestra estima y os quitará todo interés por la más culpable de las mujeres.

»Porque, señor, toda la culpa es mía. No puedo quejarme de nadie, y menos que de nadie de don Gutier Ferrandez, mi marido.

»Es uno de esos desgraciados españoles que buscaron refugio en Francia hace dos años. Los dos somos de Cartagena, pero él muy rico y yo muy pobre.

»“Tengo treinta años más que vos, mi querida Leonor —me dijo llevándome aparte la víspera de nuestro matrimonio—; pero poseo varios millones y os amo como un loco, como jamás he amado. Mirad, elegid: si mi edad os aparta de este matrimonio, asumiré ante vuestros padres toda la culpa de la ruptura.”

»Señor, hace cuatro años de aquello. Yo tenía quince. Lo que entonces sentía con mayor intensidad era el fastidio de la profunda pobreza en que la revolución de las Cortes había sumido a mi familia. No amaba a nadie y acepté.

»Pero, señor, necesito vuestros consejos, porque no conozco ni las costumbres de este país ni vuestra lengua, como veis. Sin esa necesidad extrema que tengo de vos, no podría soportar la vergüenza que me mata...

»Esta noche, al verme expulsada de una casa de pobre apariencia, habréis podido creer que estabais socorriendo a una mujer de mala vida. Pues bien, señor, valgo todavía menos. Soy la más culpable y también la más desgraciada de las mujeres.

Leonor rompió a llorar.

—Uno de estos días quizá me veáis ante vuestros tribunales y seré condenada a alguna pena infamante. Apenas casados, don Gutier comenzó a mostrarse celoso. ¡Ah, Dios mío!, entonces no tenía razón alguna; pero sin duda adivinaba mi mal carácter. Tuve la necedad de irritarme mucho por las sospechas de mi marido; mi amor propio quedó herido. ¡Ah, desgraciada de mí!

—Aunque tuvierais que reprocharos los mayores crímenes —la interrumpió Liéven—, os seré fiel hasta la vida y la muerte. Pero si debemos temer la persecución de la gendarmería, decídmelo cuanto antes para que pueda organizar vuestra huida sin perder tiempo.

—¿Huir? —respondió ella—. ¿Cómo podría viajar por Francia? Mi acento español, mi juventud, mi turbación harán que me detenga el primer gendarme que me pida el pasaporte. Sin duda los gendarmes de Burdeos me buscan en este momento; mi marido les habrá prometido puñados de oro si consiguen encontrarme. Dejadme, señor, abandonadme...

»Voy a deciros algo todavía más atrevido. Adoro a un hombre que no es mi marido, ¡y qué hombre! Ese hombre es un monstruo; lo despreciaréis. Pues bien: basta que me dirija una sola palabra de arrepentimiento y volaré, no diré a sus brazos, sino a sus pies.

»Voy a permitirme una confesión muy inconveniente, pero en el abismo de oprobio al que he caído no quiero al menos engañar a mi bienhechor. Veis ante vos a una desgraciada que os admira, que está penetrada de gratitud, pero que jamás podrá amaros.

Liéven se puso muy triste.

—No interpretéis, señora, como deseo de abandonaros —dijo finalmente con voz débil— la súbita tristeza que inunda mi corazón. Estoy pensando en los medios de evitar la persecución de los gendarmes. Lo menos arriesgado sigue siendo permanecer escondida en Burdeos. Más adelante os propondré embarcaros ocupando el lugar de otra mujer de vuestra edad y también hermosa, para la cual reservaré pasaje en un navío.

Al terminar estas palabras, los ojos de Liéven parecían muertos.

—Don Gutier Ferrandez —continuó Leonor— se hizo sospechoso al partido que tiraniza España. Solíamos pasear por alta mar. Un día encontramos mar adentro un pequeño bergantín francés.

»“Embarquémonos —me dijo mi marido—; abandonemos todos nuestros bienes de Cartagena.”

»Partimos.

»Mi marido sigue siendo muy rico; alquiló una magnífica casa en Burdeos, donde reanudó su comercio, pero vivimos completamente solos. Se opone a que frecuente la sociedad francesa. Desde hace un año, sobre todo, con el pretexto de precauciones políticas que no le permiten tratar con los liberales, no he realizado ni dos visitas. Me moría de aburrimiento.

»Mi marido es muy estimable; es el más generoso de los hombres, pero desconfía de todo el mundo y todo lo ve negro.

»Por desgracia, hace un mes cedió a mis ruegos y tomó un palco en el teatro. Escogió el peor y eligió uno pegado al escenario para no exponerme a las miradas de los jóvenes de la ciudad.

»Acababa de llegar a Burdeos una compañía de jinetes napolitanos... ¡Ah, señor, cuánto vais a despreciarme!

—Señora —respondió Liéven—, os escucho atentamente, pero no pienso sino en mi desgracia: amáis para siempre a un hombre más afortunado.

—Sin duda habréis oído hablar del famoso Mayral —dijo Leonor bajando los ojos.

—¿El jinete español? Por supuesto —respondió Liéven, sorprendido—. Todo Burdeos ha hablado de él; es muy ágil y un muchacho muy apuesto.

—¡Ay, señor! Creí que no era un hombre vulgar. Me miraba sin cesar mientras hacía sus ejercicios a caballo. Un día, pasando bajo mi palco cuando mi marido acababa de salir, me dijo en catalán:

»“Soy capitán del ejército de Marquesito y os adoro.”

»¡Ser amada por un volatinero! ¡Qué horror, señor! Y todavía era mayor infamia poder pensar en ello sin horror.

»Durante los días siguientes me obligué a no pisar el teatro. ¿Qué queréis que os diga, señor? Era profundamente desgraciada.

»Un día mi doncella me dijo:

»“El señor Ferrandez ha salido. Os suplico, señora, que leáis este papel.”

»Y huyó cerrando la puerta con llave.

»Era una carta muy tierna de Mayral. Me contaba la historia de su vida; decía ser un pobre oficial obligado por la más espantosa miseria a ejercer aquel oficio, que se ofrecía a abandonar por mí.

»Su verdadero nombre, decía, era don Rodrigo Pimentel.

»Volví al teatro.

»Poco a poco creí en las desgracias de Mayral; recibí sus cartas con placer. ¡Ay! Terminé por responderle.

»Lo amé apasionadamente, y con una pasión —añadió doña Leonor rompiendo a llorar— que nada ha podido apagar, ni siquiera los más tristes descubrimientos.

»Pronto cedí a sus ruegos y deseé tanto como él encontrar ocasión de hablarle.

»Sin embargo, ya entonces tuve una sospecha: pensé que quizá Mayral no fuese ni un Pimentel ni un oficial del cuerpo de Marquesito. No tenía suficiente orgullo; varias veces me manifestó el temor de que quisiera burlarme de él a causa de su oficio de jinete volatinero en una compañía de saltimbanquis napolitanos.

»Hace aproximadamente dos meses, cuando estábamos a punto de salir para ir al teatro, mi marido recibió la noticia de que uno de sus barcos había encallado cerca de Royan, río abajo.

»Él, que nunca hablaba y no me decía diez palabras en todo el día, exclamó:

»“Tendré que ir mañana.”

»Aquella noche, en el teatro, hice a Mayral una señal convenida. Mientras veía a mi marido en su palco, fue a recoger una carta que yo había dejado en casa de nuestra portera, a quien había sobornado.

»Pronto vi a Mayral en el colmo de la alegría.

»Había tenido la debilidad de escribirle que la noche siguiente lo recibiría en una sala baja que daba al jardín.

»Mi marido se embarcó hacia el mediodía, después de la llegada del correo de París. Hacía un tiempo magnífico y estábamos en los días más calurosos.

»Por la noche dije que dormiría en la habitación de mi marido, situada en la planta baja y abierta al jardín. Esperaba sufrir menos allí por el calor excesivo.

»A la una de la madrugada, justo cuando, después de abrir la ventana con gran precaución, esperaba a Mayral, oigo de pronto un gran ruido en la puerta: era mi marido.

»A mitad de camino de Royan había visto su barco remontando tranquilamente la Gironda y avanzando hacia Burdeos.

»Al regresar, don Gutier no advirtió mi horrible turbación; elogió la buena idea que había tenido de dormir en una habitación fresca y se acostó a mi lado.

»Imaginad mi inquietud: por desgracia hacía una magnífica noche de luna.

»Menos de una hora después vi claramente a Mayral acercarse a las ventanas.

»No había pensado, tras el regreso de mi marido, en cerrar la puerta-ventana de un gabinete contiguo al dormitorio. Estaba completamente abierta, igual que la puerta que comunicaba aquel gabinete con la habitación.

»En vano intenté, mediante movimientos de cabeza —todo cuanto me atrevía a hacer teniendo a un marido tan celoso dormido a mi lado—, hacer comprender a Mayral que había ocurrido una desgracia.

»Lo oí entrar en el gabinete y pronto estuvo junto a la cama, del lado en que yo dormía.

»Imaginad mi terror: se veía como a plena luz del día.

»Por fortuna, Mayral no habló al acercarse.

»Le señalé a mi marido dormido junto a mí y vi que de pronto sacaba un puñal.

»Presa de horror, me incorporé a medias. Él acercó la boca a mi oído y dijo:

»“Es vuestro amante. Comprendo el contratiempo de mi llegada; o más bien os ha parecido divertido burlaros de un pobre jinete volatinero. Pero este hermoso caballero va a pasar un mal cuarto de hora.”

»“Es mi marido”, le repetía en voz muy baja con toda la energía posible, mientras le sujetaba la mano.

»“¡Vuestro marido, al que he visto embarcar al mediodía en el vapor de Royan! Un saltimbanqui napolitano no es tan estúpido para creerse eso. Levantaos y venid a hablar conmigo al gabinete vecino; lo exijo. De lo contrario despertaré a este hermoso caballero y quizá entonces nos diga quién es. Soy más fuerte, más ágil y estoy mejor armado; y por pobre diablo que sea, le demostraré que no conviene burlarse de mí. Quiero ser vuestro amante, ¡vive Dios!, y entonces será él quien haga el ridículo.”

»En aquel momento mi marido despertó.

—¿Quién habla de amantes? —exclamó, completamente turbado.

»Mayral, que estaba junto a mí, abrazándome y hablándome al oído, tuvo la fortuna de agacharse al advertir aquel movimiento inesperado.

»Extendí el brazo como si las palabras de mi marido acabaran de despertarme y le dije varias cosas que demostraron claramente a Mayral que aquel hombre era realmente mi esposo.

»Finalmente don Gutier, creyendo que había soñado, volvió a dormirse.

»El puñal desnudo de Mayral seguía reflejando los rayos de la luna, que en aquel momento caían de lleno sobre la cama.

»Prometí todo cuanto Mayral quiso. Exigía que fuera con él al gabinete contiguo.

»“Sea vuestro marido, de acuerdo; pero no por eso dejo de estar haciendo el papel de un imbécil”, repetía furioso.

»Finalmente, después de una hora, se marchó.

»Pero ¿me creeréis, señor, cuando os diga que toda aquella conducta estúpida de Mayral casi me abrió los ojos acerca de él, pero no consiguió disminuir mi amor?

»Mi marido, que jamás frecuentaba sociedad alguna, pasaba la vida conmigo. Nada era más difícil que conseguir el segundo encuentro que yo había jurado conceder a Mayral.

»Me escribía cartas llenas de reproches; en el teatro fingía no mirarme.

»Finalmente, señor, mi fatal amor dejó de conocer límites.

»“Venid en el momento de la Bolsa, un día en que hayáis visto allí a mi marido —le escribí—. Os esconderé. Si la casualidad me proporciona un instante de libertad durante el día, os veré; si otro azar favorable hace que mi marido vuelva a acudir a la Bolsa al día siguiente, os veré. Si no, al menos habréis recibido una prueba de mi entrega y de la injusticia de vuestras sospechas. Pensad a qué me expongo.”

»Esto respondía a su constante temor de que yo hubiese elegido otro amante entre la buena sociedad y que ambos nos burlásemos del pobre saltimbanqui napolitano. Uno de sus compañeros le había contado sobre el asunto no sé qué historia absurda.

»Ocho días después mi marido fue a la Bolsa. Mayral entró en mi casa a plena luz del día saltando el muro del jardín.

»¡Ved a qué me exponía!

»No llevábamos tres minutos juntos cuando regresó mi marido.

»Mayral pasó a mi gabinete de tocador; pero don Gutier sólo había vuelto a casa para recoger unos papeles indispensables.

»Por desgracia llevaba también una bolsa de monedas portuguesas. Le dio pereza bajar hasta su caja; entró en mi gabinete, puso el oro en uno de mis armarios, lo cerró con llave y, para mayor precaución, como es extremadamente desconfiado, se llevó también la llave del gabinete.

»Imaginad mi desconsuelo: Mayral estaba furioso y apenas pude hablarle un poco a través de la puerta.

»Mi marido volvió poco después. Tras la cena, casi me obligó a salir a pasear. Quiso ir al teatro y, finalmente, no pude regresar hasta muy tarde.

»Todas las puertas de la casa se cerraban cuidadosamente cada noche y mi marido se quedaba con todas las llaves.

»Fue por la mayor casualidad del mundo que, aprovechando el primer sueño de don Gutier, conseguí hacer salir a Mayral del gabinete donde llevaba tanto tiempo impacientándose.

»Le abrí la puerta de un pequeño desván bajo el tejado. Era imposible hacerlo bajar al jardín. Habían extendido allí unas balas de lana vigiladas por dos o tres mozos de carga.

»Mayral pasó todo el día siguiente en el desván.

»Imaginad cuánto sufría: a cada instante me parecía verlo descender puñal en mano y abrirse camino asesinando a mi marido. Era capaz de cualquier cosa.

»Al menor ruido en la casa me estremecía.

»Para colmo de desgracia, mi marido no fue a la Bolsa.

»Finalmente, sin haber podido hablar ni un solo minuto con Mayral, tuve la inmensa fortuna de poder enviar a todos los mozos de carga a hacer recados y encontrar un momento para hacerlo escapar por el jardín.

»Al pasar, rompió con el mango de su puñal el gran espejo del salón. Estaba fuera de sí.

»Aquí, señor, vais a despreciarme tanto como me desprecio yo misma.

»Desde aquel momento —ahora lo comprendo— Mayral dejó de amarme. Creyó que me había burlado de él.

»Mi marido sigue enamorado de mí; varias veces aquel día me besó y me tomó en sus brazos.

»Mayral, enfermo de orgullo más que de amor, imaginó que sólo lo había escondido para obligarlo a presenciar aquellas muestras de afecto.

»Dejó de responder a mis cartas; ni siquiera se dignaba mirarme en el teatro.

»Debéis de estar cansado, señor, de esta sucesión de infamias. Ahora viene la más atroz y la más cobarde.

»Hace ocho días la compañía de volatineros napolitanos anunció su partida.

»El lunes pasado, día de San Agustín, loca de amor por un hombre que desde hacía tres semanas —desde la aventura de haberlo escondido en mi casa— no se había dignado mirarme ni responder a mis cartas, abandoné el hogar del mejor de los maridos.

»Y, señor, además lo robé: yo, que no había aportado al matrimonio más dote que un corazón infiel.

»Me llevé los diamantes que me había regalado y cogí de su caja tres o cuatro rollos de quinientos francos, porque pensé que en Burdeos Mayral resultaría sospechoso si intentaba vender diamantes.

Al llegar a este punto de su relato, doña Leonor se ruborizó intensamente.

Liéven estaba pálido y desesperado.

Cada palabra de Leonor le atravesaba el corazón y, sin embargo, por una espantosa perversidad de su carácter, cada una de aquellas palabras redoblaba el amor que lo abrasaba.

Fuera de sí, tomó la mano de doña Leonor, y ella no la retiró.

«¡Qué bajeza la mía —se dijo Liéven—, gozar de esta mano mientras Leonor me habla abiertamente de su amor por otro! Me la deja por desprecio o distracción, y yo soy el menos delicado de los hombres.»

—El lunes pasado, señor —continuó Leonor—, hace cuatro días, hacia las dos de la madrugada, después de cometer la cobardía de adormecer con láudano a mi marido y al portero, huí.

»Vine a llamar a la puerta de la casa de la que esta noche, en el momento en que pasabais, he conseguido escapar. Es la casa de Mayral.

»“¿Creerás ahora que te amo?”, le dije al presentarme ante él.

»Yo estaba ebria de felicidad.

»Desde el primer momento me pareció más sorprendido que enamorado.

»A la mañana siguiente, cuando le enseñé mis diamantes y mi oro, decidió abandonar su compañía y huir conmigo a España.

»Pero, ¡Dios mío!, por su ignorancia de ciertas costumbres de mi país empecé a sospechar que quizá no fuese español.

»“Probablemente —me dije— acabo de unir para siempre mi destino al de un simple jinete de circo. ¡Y qué me importa, si me ama! Yo siento que es el dueño de mi vida. Seré su criada, su esposa fiel; él continuará con su oficio.

»Soy joven; si hace falta, aprenderé a montar a caballo. Si en nuestra vejez caemos en la miseria, ¡qué importa! Dentro de veinte años moriré pobre a su lado. No seré digna de lástima: habré vivido feliz.”

—¡Qué locura! ¡Qué perversidad! —exclamó Leonor, interrumpiéndose.

—Hay que reconocer —dijo Liéven— que moríais de aburrimiento junto a vuestro viejo marido, que no quería llevaros a ninguna parte. Esto os justifica mucho a mis ojos. Sólo tenéis diecinueve años y él cincuenta y nueve. ¡Cuántas mujeres viven honradas en la sociedad de mi país y, en el fondo, no poseen vuestros generosos remordimientos y han cometido faltas mayores!

Algunas frases de este género parecieron aliviar a Leonor de un gran peso.

—Señor —continuó—, pasé tres días con Mayral.

»Por las noches me dejaba para ir a su teatro.

»Ayer por la noche me dijo:

»“Como la policía podría registrar mi casa, voy a depositar vuestros diamantes y vuestro oro en casa de un amigo seguro.”

»A la una de la madrugada, después de esperarlo mucho más allá de la hora acostumbrada y muriéndome de miedo de que hubiese caído del caballo, regresó, me dio un beso y poco después volvió a salir de la habitación.

»Por suerte había conservado una luz, aunque él me había prohibido hacerlo dos veces e incluso había apagado la lamparilla.

»Mucho tiempo después me quedé dormida.

»Un hombre entró en mi cama.

»Inmediatamente advertí que no era Mayral.

»Cogí un puñal. El cobarde tuvo miedo y se arrojó a mis rodillas implorando piedad.

»Me abalancé sobre él para matarlo.

»“¡Os espera la guillotina si me tocáis!”, decía.

»La bajeza de aquellas palabras me produjo horror.

»“¡Con qué clase de gente me he comprometido!”, pensé.

»Tuve la presencia de ánimo de decirle que contaba con poderosas protecciones en Burdeos y que el procurador general lo haría detener si no me decía toda la verdad.

»“Pues bien —respondió—, yo no he robado nada de vuestro oro ni de vuestros diamantes.

»Mayral acaba de abandonar Burdeos. Va a París llevándose todo el botín. Se ha marchado con la mujer de nuestro director. Le ha dado veinticinco de vuestros hermosos luises al director, y éste le ha cedido a su mujer.

»A mí me dio estos dos luises, que aquí tenéis y que os devuelvo, salvo que tengáis la generosidad de dejármelos. Me los dio para que os retuviera aquí el mayor tiempo posible, de modo que él pudiera obtener veinte o treinta horas de ventaja.”

»“¿Es español?”, pregunté.

»“¡Él, español! Es de Santo Domingo, de donde huyó después de robar o asesinar a su amo.”

»“¿Por qué has venido aquí esta noche? Responde —le dije—, o mi tío te enviará a galeras.”

»“Como yo dudaba si venir aquí a vigilaros, Mayral me dijo que erais una mujer muy hermosa.

»‘Nada más fácil —añadió— que ocupar mi puesto junto a ella. Será divertido. En otro tiempo quiso burlarse de mí; ahora me burlaré yo de ella.’

»Con esa condición acepté; pero como no me atrevía, hizo venir la silla de postas hasta delante de la puerta, subió a besaros delante de mí y me hizo esconderme junto a la cama.”

Aquí los sollozos volvieron a ahogar la voz de Leonor.

—El joven saltimbanqui que estaba conmigo —continuó— estaba intimidado y me daba los detalles más verdaderos y desesperantes sobre Mayral.

»Yo estaba desesperada.

»“Quizá me haya hecho beber un filtro —me decía—, porque no puedo odiarlo. Ante semejantes infamias no puedo odiarlo, señor; siento que lo adoro.”

Doña Leonor se interrumpió y permaneció pensativa.

«¡Extraño extravío! —pensó Liéven—. ¡Una mujer de tanto entendimiento y tan joven creyendo en hechizos!»

—Finalmente —continuó doña Leonor—, aquel joven, al verme pensativa, empezó a tener menos miedo. Me dejó bruscamente y una hora después volvió con uno de sus compañeros.

»Tuve que defenderme. La lucha fue seria. Quizá querían quitarme la vida, aunque fingieran querer otra cosa.

»Me quitaron algunas pequeñas joyas y mi bolsa.

»Finalmente conseguí llegar hasta la puerta de la casa; pero sin vos, señor, probablemente me habrían perseguido por la calle.

Cuanto más veía Liéven a Leonor enloquecida de amor por Mayral, más la adoraba.

Ella lloró mucho; él le besaba la mano.

Como le hablaba veladamente de su amor, algunos días después Leonor le dijo:

—¿Creeríais, mi verdadero amigo, que me imagino que, si pudiera demostrar a Mayral que jamás quise engañarlo ni burlarme de él, quizá me amaría?

—Tengo muy poco dinero —respondió Liéven—. El aburrimiento me ha convertido en jugador; pero quizá el banquero a quien mi padre me recomendó en Burdeos no se niegue a prestarme quince o veinte luises si voy a suplicárselo. Haré cuanto sea preciso, incluso bajezas. Con ese dinero podréis partir hacia París.

Leonor se arrojó a su cuello.

—¡Dios mío! ¡Por qué no puedo amaros! ¿Cómo? ¿Me perdonaríais mis horribles locuras?

—Hasta tal punto que me casaría con vos lleno de felicidad y pasaría mi vida a vuestro lado siendo el más afortunado de los hombres.

—Pero si encuentro a Mayral, me siento lo bastante loca y culpable para abandonaros, a vos, mi bienhechor, y caer a sus pies.

Liéven enrojeció de cólera.

—Sólo hay un medio de curarme: matarme —le dijo cubriéndola de besos.

—¡Ah, no te mates, amigo mío! —le decía ella.

Nunca más se volvió a ver a Liéven.
Leonor tomó los hábitos en el convento de las Ursulinas.
STENDHAL
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Una pequeña pieza de Stendhal que merece ser recuperada

El filtro no tiene la extensión ni la fama de las grandes novelas de Stendhal, pero contiene en miniatura muchas de las razones por las que sus relatos breves continúan siendo interesantes: velocidad narrativa, ironía, personajes que se observan a sí mismos mientras cometen sus propias locuras y una absoluta falta de complacencia a la hora de describir la pasión.

En apenas unas páginas pasamos de una calle oscura de Burdeos a una confesión matrimonial, un teatro, encuentros clandestinos, un marido que regresa inesperadamente, un amante escondido, un puñal a la luz de la luna, un robo, una fuga y una traición.

Pero toda esa maquinaria narrativa está al servicio de una pregunta extremadamente sencilla:

¿Por qué seguimos queriendo aquello que sabemos que nos destruye?

Leonor cree que para responder haría falta recurrir a la magia.

Stendhal deja al lector decidir si realmente hace falta.

Edición digital de Librería5. Traducción española preparada a partir del texto francés de Le Philtre. Se han normalizado exclusivamente errores mecánicos procedentes de la digitalización de la fuente.

Texto original publicado por Stendhal en La Revue de Paris, 1830.

Esta edición: https://www.libreria5.com/2026/08/el-filtro.html

Imagen de cabecera creada para esta edición de Librería5.